El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 2 #2
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—Sí, Oriol. Deja de hacerte el interesante, sabes que estás deseando saber de qué va todo esto.

—Lo dice quien prefiere enviar paquetes misteriosos a descolgar el teléfono.

—Por si se te ha olvidado, sigo siendo una de las personas más buscadas del mundo.

Para mí, esta ubicación es perfecta. Estoy a un paso de aguas internacionales por si algún día tengo que desaparecer deprisa, aquí nadie puede reconocerme y, gracias al antiguo cable submarino de telecomunicaciones que pasa por la zona, tengo acceso a internet a toda velocidad.

Sinceramente... no podría haber elegido un sitio mejor.

Y espero que entiendas que no podía correr el riesgo de que alguien pudiera seguir tus pasos.

Oriol vuelve la vista hacia uno de los monitores donde aparece la playa.

—Podrías haberlo hecho mucho más sencillo, Jason. Me he pasado dos días metido en un velero diminuto —lamenta el inspector Duarte.

—Había que hacerlo interesante. Ya sabes que me encantan estos juegos. Ayudan a meternos en el papel... y le dan un toque romántico a la investigación.

—Estoy convencido de que la moto de agua con la que has llegado hasta la isla es parte del equipamiento de un lujoso yate bastante más cómodo que mi velero.

Jason se encoge de hombros con una expresión inocente que no resulta nada convincente.

—Puede que el trayecto hasta aquí haya sido... ligeramente más confortable que el tuyo.

Los dos permanecen unos segundos en silencio.

No hace falta añadir nada.

Jason acorta la distancia que los separa. Oriol hace lo mismo. Se observan un instante, con esa familiaridad que solo nace después de haber compartido demasiadas situaciones límite. Finalmente, Jason levanta los brazos y lo estrecha con fuerza.

—Te he echado de menos, Oriol.

Oriol le devuelve el abrazo sin vacilar.

—Y yo a ti, Jason.

Jason se separa con una palmada amistosa en el hombro de Oriol.

Después se gira y señala una mesa redonda situada junto a la gran pizarra blanca.

Sobre ella descansan varias carpetas clasificadas por colores, un bloc de notas repleto de esquemas y una lámpara articulada que ilumina únicamente el centro del tablero.

—Siéntate.

Oriol obedece.

—¿Quieres tomar algo? —pregunta Jason mientras se aleja.

—Un poco de café estaría bien.

Al fondo de la sala ha improvisado una pequeña cocina.

Una encimera metálica sostiene un fregadero portátil y una cafetera italiana de acero que aún conserva el calor.

Junto a ella hay una nevera compacta, un microondas, varios armarios desmontables y estanterías cargadas de conservas, platos preparados, botellas de agua, cajas de pasta, arroz y todo tipo de alimentos que permitirían sobrevivir durante semanas sin abandonar la isla.

Jason llena dos tazas humeantes.

Regresa despacio y deja una frente a Oriol.

Durante un instante ninguno de los dos aparta la vista del otro; parecen evaluarse.

Oriol sostiene la taza entre las manos, deja que el calor le temple los dedos y, antes siquiera de probar el café, formula la pregunta que lleva haciéndose desde que recibió aquel misterioso regalo.

—¿De verdad tienes algo sobre Célia Tessier?

Los ojos de Jason se desvían automáticamente hacia el gran panel de corcho.

Allí, entre decenas de fotografías, destaca la imagen de una niña que aún no había cumplido los cuatro años cuando desapareció.

Tiene el cabello rubio muy claro, cortado a la altura de los hombros, con un flequillo perfectamente recto que enmarca una mirada luminosa a través de unos ojos verde esmeralda.

Sonríe directamente a la cámara mostrando los incisivos superiores algo separados, esa pequeña imperfección que hace que su expresión resulte todavía más entrañable.

Transmite una inocencia difícil de asociar con el misterio que rodea su desaparición.

Jason asiente.

—No tengo la prueba definitiva. Pero conseguí interceptar un mensaje de Isaac Le Floch que podría ser clave.

Oriol agita la cabeza, asombrado por la afirmación de Jason.

—Te refieres al vecino de los Tessier. ¿El que vivía justo enfrente de su casa? Falleció hace algunas semanas. Cáncer.

Jason chasquea los dedos mientras lo señala.

—Se me olvidaba que eres un enfermo de los casos antiguos y los sigues sin perder detalle.

—Solo los estudio, Jason. Es mi trabajo. ¿Qué mensaje has interceptado y cómo? Porque, como te he dicho, el hombre está muerto.

—Ya... pero Facebook no tiene forma de saber que has muerto. A no ser que la familia solicite convertir la cuenta en conmemorativa o eliminarla, el perfil sigue ahí. Y un perfil que sigue activo... se puede hackear .

Oriol levanta una ceja.

—Debí imaginarlo.

Jason adopta un gesto ofendido con cierta sorna.

—Oriol, por favor... Es mi trabajo.

Jason rodea la mesa, abre una carpeta gris y extrae un grueso fajo de hojas grapadas. Lo deja delante de Oriol.

—Es una conversación entre Isaac Le Floch y un usuario al que llama cariñosamente «Mi pulguita».

Nunca utiliza su nombre real. La otra cuenta aparece registrada como Lameule56 .

Hackeé el perfil esperando encontrar alguna pista, pero no hay absolutamente nada relevante.

Solo lo utilizaba para hablar con Isaac.

Oriol hojea las primeras páginas.

—Isaac estaba casado, si no recuerdo mal.

—Lo estaba... pero se portaba mal, ya me entiendes.

Jason le guiña un ojo y deja que continúe observando el documento por unos segundos.

—La conversación deja bastante claro que mantenían una relación desde hacía muchísimos años —añade Jason—.

Se conocían desde niños, aquí, en la isla.

Después cada uno hizo su vida, se casaron con otras personas, formaron una familia...

pero nunca dejaron de buscarse. Hay mensajes en los que recuerdan encuentros junto al faro, paseos por la playa, citas improvisadas en distintos rincones de la Isla de Yeu cuando conseguían escaparse sin levantar sospechas; mencionan a menudo un lugar al que se refieren como «nuestro lugar secreto».

Parece que intentaron poner distancia entre ellos muchas veces, pero siempre acababan encontrando una excusa para volver a verse.

Era una historia clandestina que sobrevivió durante décadas.

Oriol continúa pasando páginas.

—¿Y dónde está lo importante?

Jason señala el montón de folios.

—Casi al final. Página quince. Está subrayado en amarillo.

Oriol busca con rapidez hasta encontrar la marca fluorescente.

Allí puede leer:

«Isaac: Los médicos ya me han dicho que no hay nada que hacer. En unos meses no estaré».

«Lameule56: No digas eso, siempre hay esperanza. ¿Crees que podríamos vernos?»

«Isaac: No. No tengo buen aspecto y no quiero que me veas así. Quiero que me recuerdes de otra manera».

«Lameule56: No quiero despedirme así. ¿No crees que es algo de lo que podrías arrepentirte? Hemos vivido muchas cosas juntos».

«Isaac: Solo hay una cosa de la que me arrepiento y la única que sabe de qué hablo eres tú. Me refiero a lo de la pobre Célia. Tenía que haber actuado de otra manera. Tenía que haber hablado seriamente con la policía».

«Lameule56: No vuelvas a mencionar eso».

«Isaac: A estas alturas, ¿qué más da?»

«Isaac: ¿Estás?»

«Isaac: ¿Mi pulguita?»

«Isaac: Bueno... Solo quería desahogarme un poco. Supongo que estarás ocupada».

Oriol levanta la vista del documento.

—¿Ahí termina la conversación?

Jason asiente.