El regalo (Inspector Oriol Duarte 5) 2
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Oriol se queda unos segundos inmóvil frente a la antigua estación de l’île du Pilier.

El edificio, de piedra clara, conserva una presencia sólida pese al abandono.

La fachada es austera, sin ningún elemento ornamental, dominada por una única puerta de madera reforzada y muros que parecen construidos para resistir cualquier temporal.

Da una vuelta completa al edificio sin perder detalle.

Su mente ya ha empezado a analizar cada matiz.

Sus ojos recorren el terreno, la línea de árboles, la playa y las rocas.

Cada pocos pasos se detiene y vuelve la cabeza, esperando descubrir algo que se le haya escapado.

Una sombra; un movimiento; cualquier indicio que le permita anticipar el misterio que encontrará al cruzar esa puerta.

No encuentra nada, salvo la entrada.

Las ventanas de la planta baja están tapiadas con gruesos tablones envejecidos. En el piso superior descubre una única abertura libre, protegida por unos barrotes de hierro que todavía parecen firmes.

Inclina ligeramente la cabeza y contiene la respiración durante unos instantes, aguzando el oído.

Silencio.

Ni voces. Ni pasos. Ni el roce de una silla desplazándose. Absolutamente nada.

Entonces percibe otro sonido de manera sutil, un traqueteo grave y constante que rompe la quietud de la isla.

No tarda en identificarlo; es un motor diésel en funcionamiento.

El generador no está a la vista, probablemente esté oculto en algún lugar del interior del edificio o enterrado en algún cobertizo, pero el rumor metálico de los pistones y la vibración acompasada del escape lo delatan.

Alguien mantiene la estación con suministro eléctrico.

Aquello resulta llamativo porque no debería ser así. Según ha podido leer, esta isla se encuentra totalmente desierta. Tendrá que averiguar quién ha puesto en marcha ese motor.

Oriol vuelve la vista hacia la costa. No encuentra otro medio de transporte salvo su velero y la moto de agua. Sus sospechas iniciales comienzan a confirmarse.

Lo más probable es que en la isla haya solo una persona además de él. Aunque sería un error dar esa cifra por segura.

Todo resulta deliberadamente anónimo. Quien ha organizado todo aquello no ha dejado cabos sueltos. Conoce a un hombre en particular cuyo estilo se asemeja mucho y que sería capaz de algo así.

Su mirada termina inevitablemente sobre la moto de agua.

Con la mano puesta en el pomo, no puede evitar pensar que una vez más va a cruzar la línea.

Quizá ese sea su mayor defecto. Son demasiadas las veces que ha cruzado la línea que separa la temeridad de lo insensato.

Si actuara siempre de manera ortodoxa, como dicta el protocolo, probablemente no se habría visto envuelto en la mitad de los contratiempos a los que se ha enfrentado a lo largo de su carrera.

Y, sin embargo, tampoco habría resuelto muchos de sus casos.

Sonríe para sí con cierta resignación. Lleva demasiado tiempo aceptando que su instinto tiene la última palabra. No siempre es una buena idea, pero hasta ahora ha conseguido salir adelante.

Confía en que esta vez ocurra lo mismo.

Gira el pomo con lentitud; la puerta se abre y cruza el umbral con cautela, dejando la isla a su espalda.

Jason sabe exactamente dónde está Oriol en cada momento.

No necesita asomarse al exterior para comprobarlo, ya que lleva semanas preparando su llegada con meticulosidad.

Calculó la distancia desde la costa cantábrica, la velocidad media de una embarcación como la de Oriol, las posibles paradas obligadas por el estado del mar e incluso el margen que supondría un cambio de viento.

Cuando el inspector Duarte aparece finalmente en la playa noreste, no supone una sorpresa.

Supone la confirmación de un cálculo que ya había dado por correcto de antemano, como casi todos los movimientos que realiza.

Además de todo eso, lo ha visto venir a través de uno de los monitores.

La pequeña cámara oculta entre las ramas de un espino marino ofrece una imagen perfecta del desembarco. Oriol asegura el velero, desciende a la arena y comienza a internarse en la isla.

Es muy consciente de que este tipo de juegos solo los puede llevar a cabo con él; cualquier otra persona no querría participar en sus excentricidades.

Jason sonríe para sí.

En cierto modo, le satisface haber escondido media docena de cámaras repartidas por Île du Pilier y que Oriol no las haya descubierto.

Algunas están camufladas entre la piedra del antiguo priorato, otras en cajas eléctricas abandonadas, bajo cornisas, entre la vegetación o integradas en viejos elementos metálicos de la estación de semáforos.

Sabe que, en realidad, todo podría haber sido más sencillo que montar este circo.

Hubiera bastado con contactarle directamente para explicarle lo que ha descubierto. Con total seguridad habrían encontrado la manera de trabajar juntos una vez más.

Sin embargo, a Jason le gustan este tipo de juegos. Los considera una evasión de su monotonía que consigue alejarle de rutinas aburridas y soledad. Por eso, se plantea cada aventura como una oportunidad de dar rienda suelta a las excentricidades que su privilegiada mente le ofrece.

Esta es solo una más de ellas.

Después de dejar la caja roja frente a la puerta de su amigo, no regresó navegando en un velero como Oriol.

Lo hizo a bordo de un yate capaz de cubrir el mismo trayecto en mucho menos tiempo.

Atracó en el Puerto de Plaisance de l'Herbaudière y, desde allí, recorrió el último tramo sobre una moto de agua, la misma que ahora reposa sobre la arena de la playa.

La imagen cambia de cámara.

Ahora Oriol se encuentra en la puerta del edificio.

Jason desvía la mirada.

Cuando la puerta termina de abrirse y Oriol accede a la gran sala, no se gira para recibirlo. Mantiene la misma postura, de tal manera que lo encuentra de espaldas, con las manos entrelazadas detrás de la nuca y los codos abiertos.

Completamente inmóvil.

Oriol se fija en Jason y, acto seguido, su atención se centra en la sala donde se encuentra.

La antigua estación resulta irreconocible.

Donde antes se hallaban habitaciones desnudas y paredes desconchadas, ahora se extiende una auténtica sala de operaciones.

Tres mesas corridas sostienen varios ordenadores conectados entre sí, pantallas de distintos tamaños muestran simultáneamente las imágenes de las cámaras repartidas por la isla, mapas digitales, software de última generación.

Decenas de cables perfectamente ordenados desaparecen bajo canaletas fijadas al suelo, mientras un conjunto de baterías y equipos de alimentación mantiene todo el sistema funcionando.

La pared principal está completamente cubierta con recortes de prensa procedentes de distintos países que conviven con fotografías, informes policiales, capturas de cámaras de seguridad y retratos de los principales implicados en el caso que Jason ha preparado con esmero.

Un entramado de hilos rojos conecta unas imágenes con otras formando una red tan compleja que resulta imposible comprenderla de un solo vistazo.

En una enorme pizarra blanca se acumulan fechas, nombres, flechas y preguntas escritas con rotuladores de varios colores.

Algunas anotaciones aparecen tachadas; otras permanecen rodeadas por gruesos círculos, esperando una respuesta que aún no ha llegado.

Jason sigue sin girarse.

Prefiere que Oriol contemple primero el escenario y que valore el trabajo que hay detrás de todo aquello.

Solo cuando calcula que ha tenido tiempo suficiente para recorrer la sala con la mirada, rompe el silencio con un tono divertido.

—¿Qué te parece? —pregunta sin volverse—. No está mal tratándose de una isla abandonada, ¿verdad?

Jason mantiene la vista fija en la inmensa pared cubierta de fotografías durante unos segundos más. Se yergue y, con la yema de un dedo, recoloca una chincheta que sostiene un recorte de prensa y después deja caer lentamente los brazos.

—En el momento en el que tuve el regalo en las manos supe que iba a volver a verte —contesta Oriol, serio.

Una sonrisa discreta se dibuja en el rostro de Jason.

—Era la intención —responde con naturalidad—. Sé que me echas de menos.

Oriol arquea una ceja mientras pasea la mirada por la estancia. Se detiene frente a una pizarra repleta de anotaciones y fechas.

—No mucho, no te creas.

Jason suelta una breve carcajada.

—Venga... por el amor de Dios. Sabes que soy capaz de hackear el FBI si me lo propongo. ¿De verdad crees que no estoy al tanto de que has intentado buscarme? Sobre eso, he de decirte algo... olvida las redes sociales, no soy tan idiota. ¿En serio pensabas...?

Niega lentamente con la cabeza, riendo, incapaz de terminar la frase.

Oriol, ahora sí, esboza una sonrisa resignada.

—Eres capaz de todo, Jason Bennett. Para entenderte es mejor dejar de pensar en lo que haría una persona que se guíe por la lógica. Porque tú tiendes a hacer justo lo contrario.

Jason abre los brazos, orgulloso, abarcando con el gesto toda la sala.

—Bueno, si no vas a admitir que me has echado de menos, admite al menos que he hecho un trabajo extraordinario.

Oriol gira sobre sí mismo con calma. Observa los mapas clavados en los paneles de corcho, los hilos rojos que unen nombres y fotografías, los archivadores perfectamente etiquetados, la fila de ordenadores encendidos, las baterías de respaldo, los discos duros apilados bajo una mesa y el pequeño servidor que parpadea sin descanso en una esquina.

Asiente despacio.

—¿Sabes por qué esta isla está deshabitada, Jason? —inquiere Oriol.

—Porque no hay absolutamente nada, además de un viejo faro y un edificio olvidado.

—Y también porque es el único espacio donde anida el plumón de éider. Una especie protegida. Es cuestión de tiempo que recibas la visita de un grupo de ecologistas. Me encantará ver cómo les hablas de tu nuevo proyecto.

—No he molestado a ningún pájaro. Además, nos habremos ido antes de que eso suceda.

—¿Nos?

Jason resopla entre risas.