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Oriol Duarte amarra el cabo a una roca y comprueba por última vez que el pequeño velero queda firme, balanceándose con suavidad sobre el agua tranquila de la costa noreste de la Île du Pilier, a once millas náuticas de la desembocadura del Loira, en Francia.
Han sido dos días de travesía.
Siempre le ha gustado el mar, pero nunca había afrontado una singladura de esa duración completamente solo.
Durmiendo a intervalos, corrigiendo el rumbo una y otra vez, vigilando el viento y las corrientes...
Ha descubierto que el tiempo adquiere otra dimensión cuando no existe nada alrededor salvo agua y horizonte.
Cualquier otra persona habría abierto aquel regalo por mera curiosidad y, después de leer su contenido, lo habría arrojado a la basura o habría avisado a la policía. Con más razón alguien con un historial como el suyo.
Pero él no es así.
El inspector Duarte siempre ha sentido una atracción difícil de explicar por los enigmas. Da igual lo peligrosos que parezcan o las señales que desaconsejen adentrarse en ellos. Si existe una incógnita, necesita llegar hasta el final.
El afán de aventura no solo es parte de su naturaleza, también es la razón por la que ha aceptado navegar durante dos días bordeando la costa, sin llamar la atención.
El motivo por el que ahora se encuentra en una isla desierta en el Atlántico donde no hay absolutamente nada. Salvo un misterio que quiere resolver.
No es la primera vez que alguien deja un paquete inesperado en su puerta. Ya ocurrió hace algún tiempo, cuando se alojaba en una caravana de alquiler en Fiumicino. Aquella historia terminó mejor de lo que cualquiera habría imaginado en un principio.
¿Por qué esta debía ser diferente?
Mientras observa la silueta de la isla elevándose frente a él, vuelve a recordar la tarjeta que encontró dentro de la caja roja envuelta con un lazo negro.
Las palabras continúan grabadas en su memoria.
Estimado Oriol:
Te propongo un juego.
Uno al que no deberías jugar, pero que te dará una respuesta que llevas años buscando si consigues salir ganador.
Si aceptas la invitación, sigue al pie de la letra las instrucciones que acompañan esta nota.
No hagas preguntas. No te desvíes del camino.
De lo contrario, quedarás eliminado.
Debajo del texto había una fotografía.
La imagen de una niña rubia a quien conoce a la perfección. Una niña a quien el mundo entero le falló cuando le faltaba muy poco para cumplir los cuatro años.
Tras contemplar su rostro, no necesitó leer nada más.
Valoró la posibilidad de que se tratase de una trampa, pero le dio igual. Si había una sola posibilidad de resolver el caso, aunque fuese ínfima, tenía que intentarlo.
Por supuesto, fuese quien fuese la persona que había preparado todo aquello, sabía exactamente dónde golpear. Sabía que Oriol jamás rechazaría esa posibilidad, aunque hacerlo conllevara un riesgo innecesario.
No perdió el tiempo y cumplió con las directrices que acompañaban la nota.
Preparó una mochila con lo imprescindible, arrancó la motocicleta y comenzó a seguir el recorrido indicado en las instrucciones.
Durante más de una hora, alternó carreteras secundarias con pistas de tierra, desviándose una y otra vez del trayecto lógico que lo llevara a su destino.
El itinerario resultaba ridículo para cualquiera que pretendiera llegar cuanto antes a la Punta de la Sartén, cerca de Cabo Redondo, en Cantabria.
Además de absurdo, también resultaba tremendamente revelador.
No es necesario haber dedicado media vida a la investigación criminal para entender que aquel rodeo tenía un único objetivo: mantener su matrícula alejada de las cámaras de tráfico y hacerlo desaparecer.
Alguien estaba borrando cuidadosamente cada paso que daba.
Y él, plenamente consciente, lo aceptó.
Aunque lo suele pensar con asiduidad, no es capaz de recordar el momento en el que su vida dejó de ser prioritaria.
Tal vez fue tras su dolorosa infancia, sería lo más lógico.
Probablemente todo se rompió el día que encontró a su hermano muerto en el sótano húmedo y oscuro en el que estaba encerrado.
Desde entonces ya nada importa, y cada desafío busca una dosis extra de riesgo que acentúe su temeridad.
Abandonó la motocicleta cuando la vegetación le cerró definitivamente el paso de una zona muy boscosa y aislada. El resto del recorrido lo hizo caminando, atravesando un terreno cada vez más abrupto hasta alcanzar el borde del acantilado.
Las instrucciones de aquella caja eran precisas.
Descendió con cuidado por la ladera de roca hasta llegar al agua. Temió que en ese momento alguien se abalanzara sobre él y concluyera su alocada aventura antes de tiempo.
Pero no fue así. Alzó la vista y, como prometían las indicaciones, allí estaba.
Un velero de apenas veinte pies cabeceaba despacio a unos metros de la costa.
Era una embarcación demasiado pequeña para afrontar una travesía semejante con comodidad. Cualquier patrón experimentado habría elegido algo de mayor eslora. Pero quien había organizado el juego no quería ofrecer facilidades. Quería anonimato y, para ello, ese diminuto velero era perfecto.
No tuvo más remedio que lanzarse al agua y nadar hasta alcanzarlo.
A bordo encontró lo justo para sobrevivir durante varios días: bidones de agua dulce, varias latas de conserva, fruta deshidratada, combustible de reserva para un motor fueraborda en caso de que el viento no colaborara y una carpeta que únicamente contenía unas coordenadas escritas a mano.
Nada más.
Sin demora, levantó el ancla y puso rumbo al norte.
Durante cuarenta y ocho horas navegó pegado a la costa, evitando en todo momento las rutas marítimas más transitadas; como lo haría un aficionado a la navegación al que le gusta disfrutar del mar. Finalmente alcanzó el punto exacto señalado en aquellas coordenadas.
El lugar donde se encuentra, la Île du Pilier.
El silencio se adueña del entorno cuando salta del velero a la arena con la mochila colgada al hombro. La incertidumbre comienza a disiparse cuando descubre que no es la única persona en la isla.
Una moto de agua yace tumbada de lado, abandonada con la misma naturalidad con la que alguien dejaría una bicicleta apoyada contra un árbol.
Se detiene unos segundos para observar. No escucha nada, salvo el rumor constante del Atlántico golpeando la costa y el viento recorriendo la vegetación baja de la isla.
Reanuda la marcha mientras examina el terreno.
Cuando recibió aquellas coordenadas dentro del paquete, pasó varias horas investigando aquel lugar que no conocía.
Descubrió que se trataba de una isla frente a la costa de Noirmoutier, era poco más que un punto perdido en los mapas.
Una extensión diminuta, completamente deshabitada desde hacía décadas y convertida en refugio para numerosas aves marinas.
Una extensión de tierra que no tendría la menor relevancia, de no ser por su proximidad con la Isla de Yeu, el lugar donde se originó el misterio que le ha traído hasta aquí.
Vuelve la vista atrás y comprende por qué las instrucciones que encontró en el paquete indicaban que debía acercarse a la isla por la playa del noreste.
La costa sur se sitúa expuesta hacia la bahía de Bourgneuf, el amplio brazo de mar que separa la isla del continente francés.
Desde allí, en los días despejados, se pueden distinguir los pueblos costeros de la Vendée, una franja de playas interminables, marismas y pequeños puertos pesqueros donde el turismo empieza a despertar con la llegada del buen tiempo.
La cara noreste, en cambio, permanece mucho más protegida y no resulta visible desde tierra firme. De ese modo, nadie sabe que está allí.
Sigue avanzando por la playa.
La isla no tarda en revelarse por completo.
Es pequeña; no supera unas pocas decenas de hectáreas.
No hay caminos asfaltados ni construcciones modernas.
El suelo alterna arena, roca y hierba castigada por el salitre.
Matorrales bajos cubren buena parte del terreno y, aquí y allá, aparecen pequeñas depresiones donde las aves han instalado sus nidos.
A Oriol le cuesta imaginar que hace siglos hubiera vida permanente allí.
Los primeros habitantes fueron unos monjes que levantaron un pequeño priorato y sobrevivieron gracias a la pesca.
Mucho tiempo después se construyó el faro y, junto a él, una estación de semáforos marítimos desde la que se transmitían señales visuales a los barcos que navegaban por aquellas aguas.
Hoy en día ambas construcciones están vacías.
El faro sigue dominando el horizonte con su silueta blanca y esbelta, visible incluso desde buena parte de la costa francesa. La antigua estación parece resignada a contemplar el paso del tiempo entre ventanas cegadas y muros desgastados por el viento del océano.
Es allí hacia donde se dirige Oriol. El edificio de la antigua estación, situado en medio de la isla, es el único lugar al que puede acudir.