El regalo (Inspector Oriol Duarte 5)
© inepub.com
PRÓLOGO
Lefebvre entra en la sala de operaciones de la Interpol acompañado por el inspector Markus Graff. Le basta una mirada para comprender que algo no va bien.
Avanza con el rostro endurecido, visiblemente exasperado y molesto.
Varias hileras de monitores brillan sobre una mesa alargada. Frente a ellos trabajan dos analistas. Un hombre joven y delgado que no deja de rascarse distraídamente la parte posterior de la cabeza y una mujer que mantiene la vista fija en un monitor.
—Lamento que haya tenido que cancelar su viaje a Ginebra, señor —se disculpa Markus mientras cierran la puerta.
Lefebvre apoya las manos en la cintura y deja escapar lentamente el aire.
—No es culpa suya, Markus. Una vez más debo agradecérselo a nuestro genial amigo, el inspector Oriol Duarte. Ignoro en qué lío se habrá metido esta vez, pero esto empieza a cansarme.
La mujer levanta la vista un instante. Parece dispuesta a intervenir, aunque finalmente opta por guardar silencio.
Lefebvre da un paso hacia la mesa.
—Bien. Díganme qué es eso tan importante que no puede esperar.
Markus se sitúa junto a él.
—Lo primero que quiero decirle, señor, es que no tenemos la certeza de que…
—Vaya al grano, Markus. No tengo todo el día.
El inspector Graff asiente, moviendo la cabeza con rapidez.
—Hace una semana que nadie consigue contactar con el inspector Duarte. Eso resulta extraño. Sé que es imprevisible, pero esto no es algo propio de él.
—Según me consta, lleva un tiempo revisando expedientes antiguos. No tenía ninguna operación asignada. Ni siquiera debía presentarse aquí, en la sede de Lyon. Solo necesitaba acceso a los informes y lo hacía desde su nueva casa de alquiler.
—Exacto. Por ese motivo se mudó al norte de España.
A Cantabria, para ser precisos. Alquiló una cabaña en Comillas, cerca de la costa.
De eso hace tres semanas. Durante las dos primeras accedió con normalidad al Sistema Integrado de Gestión de Casos de la Interpol.
Los registros muestran que ha estado consultando información con asiduidad, pero desde hace siete días no se ha vuelto a conectar.
Lefebvre permanece impasible.
—Estamos hablando de Oriol Duarte. De momento no me ha contado nada que justifique el tiempo que estoy perdiendo.
Markus aprieta los labios antes de responder.
—Hay unas imágenes que preferiría que viera usted mismo. —Se gira hacia la analista—. Gisèle, por favor.
Ella asiente y mueve el ratón.
Unos segundos después aparece una grabación de una cámara de tráfico en una de las pantallas.
Una carretera secundaria atraviesa un paisaje intensamente verde.
El cielo permanece cubierto por una capa uniforme de nubes.
El tráfico es escaso. Al fondo, casi escondida entre los árboles, se distingue una cabaña de madera.
Markus señala la pantalla.
—Esa es la cabaña donde se aloja Oriol.
Lefebvre desvía la mirada hacia él.
—¿Cómo sabe que es esa en particular?
—Hablo con él con bastante frecuencia. Somos amigos, señor.
Lefebvre arquea ligeramente una ceja.
—Algún día tendrá que contarme qué ocurrió realmente en Alemania cuando trabajaron juntos.
Markus sonríe con timidez, luego retoma la conversación.
—Tiene que entender que Oriol ha enviado a prisión a demasiados criminales.
Si desaparece de repente es, cuanto menos, preocupante.
Es posible que sea la persona con más enemigos de Europa.
Cuando dejó de responder a mis llamadas y a mis correos me asusté e intenté localizar su vivienda mediante imágenes por satélite.
Había demasiadas nubes y era imposible ver con claridad.
Así que busqué alternativas y así fue como encontré esta cámara de tráfico.
El rostro de Lefebvre cambia. Percibe que va a ver algo que no le va a gustar. Sus hombros caen y se lleva la mano a la barbilla.
Gisèle amplía la imagen y reproduce un tramo concreto de la grabación.
—Durante la última semana nadie ha entrado ni ha salido de la cabaña —continúa Markus—. Al menos por la puerta principal. El miércoles, a primera hora de la mañana, Oriol abandonó la cabaña, se subió a su moto y desapareció. Desde entonces no se le ha vuelto a ver.
Lefebvre se toma unos segundos para procesar la información.
—Imagino que ya han rastreado la matrícula.
—Sí. No figura en la lectura de ninguna cámara de reconocimiento automático. Tampoco hay constancia de que haya cruzado la frontera francesa. Es como si se hubiera evaporado.
Se produce una pausa en la que nadie habla hasta que Lefebvre termina apartándose de la pantalla.
—No nos anticipemos a los acontecimientos. Usted lo conoce tan bien como yo. Es un hombre peculiar. Brillante, sin duda, pero incapaz de llevar una vida normal. Y si hay algo que ha demostrado durante todos estos años es que sabe cuidarse a sí mismo.
—Hay algo más, señor.
Lefebvre cierra los ojos, resignado. No quería escuchar eso.
Markus mira a Gisèle.
—Enseñádselo, por favor.
El joven junto a ella deja por fin de rascarse la cabeza. Se acerca al teclado, abre otra aplicación y comienza a revisar una larga lista de archivos de vídeo.
—No, ese no... —murmura Gisèle.
—Espera... creo que está en la otra carpeta.
Lefebvre consulta su reloj sin disimular la impaciencia.
Finalmente, encuentran el archivo que buscaban y Gisèle hace doble clic.
El vídeo comienza a reproducirse.
Lefebvre arruga la frente intentando distinguir mejor la imagen. Tras unos segundos de esfuerzo, mete la mano en el bolsillo de la camisa, saca las gafas y se las coloca con calma.
—¿Qué estoy viendo?
—Estas imágenes corresponden al día anterior a la desaparición de Oriol Duarte —comenta Gisèle.
Nadie añade nada más.
La grabación continúa reproduciéndose hasta que la analista amplía una zona concreta del vídeo.
La definición empeora durante un instante antes de estabilizarse sobre una figura que avanza por el sendero que conduce a la cabaña.
Es un hombre vestido completamente de negro.
Un pasamontañas le cubre completamente el rostro y sostiene un objeto envuelto en papel rojo.
—¿Qué lleva en las manos? —pregunta Lefebvre.
El técnico congela el fotograma, aplica una ampliación digital y prueba un par de filtros para mejorar el contraste. La imagen sigue siendo imperfecta, pero suficiente para distinguirlo.
Lefebvre reconoce la forma.
—¿Es... un regalo?
—Sí, señor. El típico paquete envuelto en papel rojo con un lazo negro. Aproximadamente del tamaño de una caja de zapatos.
La reproducción continúa. El desconocido se aproxima a la cabaña con cautela, procurando mantenerse fuera de la zona más despejada.
Cuando llega al porche, deja la caja frente a la puerta, golpea tres veces con los nudillos y se aleja sin mirar atrás hasta desaparecer entre los árboles del bosque detrás de la cabaña.
Durante casi medio minuto no sucede nada.
Entonces la puerta se abre.
Oriol aparece en el umbral. Observa primero el sendero. Después dirige la vista hacia el bosque. Se queda quieto unos segundos antes de descubrir el paquete. No lo toca. Retrocede al interior de la vivienda.
—Se ha dado cuenta... —murmura Markus.
Lefebvre asiente sin apartar la vista de la pantalla.
Poco después, Oriol vuelve a aparecer. Esta vez lleva guantes.
Todo el mundo en la Interpol conoce su obsesión con no contaminar una prueba.
Se agacha, recoge cuidadosamente la caja por los laterales y la examina durante unos segundos.
Luego entra otra vez en la cabaña y cierra la puerta tras de sí.
El silencio se instala en la sala.
—Ya le ocurrió algo parecido en Roma —dice finalmente Lefebvre.
—En el caso de Giulia Bernardi —añade el inspector Graff.
—Exacto. ¿Ha hablado con Dante Puzzo? Él asistió a Oriol durante aquella investigación. Quizá reconozca esa caja.
—Lo hice esta mañana. Dice que guarda muchas similitudes con la de entonces.
Lefebvre vuelve a fijarse en la imagen congelada.
—¿Lo siguiente que aparece es Oriol marchándose?
—Sí, señor. Unas horas después sale de la cabaña, monta en su motocicleta... y desaparece.
Lefebvre permanece pensativo unos instantes.
—Entonces sí es posible que se haya metido en un problema.
Nadie responde.
—¿Tenemos a alguien disponible en España?
—Puedo ir yo mismo, señor. Hay un vuelo desde Lyon hasta Bilbao que sale dentro de tres horas. Desde allí alquilaré un coche y estaré en Comillas antes de que anochezca.
Lefebvre asiente.
—Hágalo, pero no vaya solo. Mientras tanto, quiero que reconstruyan el recorrido de la motocicleta —dice girándose hacia los analistas—.
No puede desaparecer un vehículo así porque sí.
Quiero que revisen otra vez todas las lecturas de cámaras, peajes, estaciones de servicio y cualquier registro que pueda haberse pasado por alto.
Contacten también con la Policía española.
Que difundan la matrícula y el modelo. Esa moto tiene que estar en alguna parte.
—Me pongo con ello —anuncia Gisèle.
Lefebvre ya se dirige hacia la puerta cuando se detiene en seco. Sin girarse, dice:
—En cuanto llegue a la cabaña, llámame, Markus.
Hace una breve pausa.
—No me gusta esto. No me gusta en absoluto.