Capítulo 28
M acleod intentó incorporarse a trompicones mientras las llamas se extendían.
Precious Carlton había salido corriendo del edificio y, al levantarse, Macleod no tenía más obstáculo para llegar hasta Hope que las llamas, que se propagaban con rapidez por el suelo.
Agachándose, la agarró por debajo de las axilas y empezó a arrastrarla hacia la puerta.
Pesaba más de lo que le habría gustado y, a decir verdad, no es que ella pesara más de lo normal para su complexión, sino que a él le faltaba fuerza.
Las llamas saltaron del suelo a los pies de Hope, pero Macleod no intentó detener su avance, sino que se lanzó hacia la entrada del bothy .
Vio cómo las llamas empezaban a quemarle las piernas a Hope mientras la sacaba a rastras a la ventisca.
La arrojó sobre la nieve, haciéndola rodar, desesperado por apagar el fuego que ardía en su ropa.
El edificio quedó envuelto en llamas, que salían por la puerta y la chimenea.
Macleod miró a Hope. Parecía a salvo; al menos, el fuego ya no la alcanzaba.
Se ciñó el abrigo como pudo, observó arder el bothy y tragó saliva.
Por dentro estaba aterrado, y estuvo a punto de quedarse clavado en el sitio.
Pero era policía, tenía un deber y la chica no podía valerse por sí misma.
Recordó a Hope zambulléndose en las aguas de la isla de Lewis, cómo había luchado con todas sus fuerzas para mantener a flote a la víctima, cómo le había salvado la vida a aquella chica. Mirando el rostro de Hope, con los ojos en blanco y sin saber si ella llegaba siquiera a entenderle, dijo:
—Recuérdame que tenga esa conversación con Jane. Si no, dile… bueno, tú díselo.
Macleod se puso en pie y experimentó una de las sensaciones más extrañas de su vida. El frío y la nieve azotada por el viento le mordían la cara, mientras el fuego del bothy se la abrasaba. En ese momento, prefería el frío. Levantó el brazo por delante y entró corriendo.
Una embestida del fuego lo hizo retroceder, obligándolo a agacharse un instante, con las manos cubriéndose la cara.
Donde antes había oscuridad, ahora la luz lo inundaba todo, pero era una luz roja y anaranjada que parecía querer devorarlo todo en vez de iluminarlo.
En el rincón del fondo de la habitación vio la alfombra enrollada.
Estaba ardiendo. No podía levantarla así.
No con las manos desnudas. Metió las manos en los bolsillos del abrigo y volvió a ponerse los guantes.
Se incorporó e intentó cruzar la habitación.
Ahora le ardían los pies: el combustible que había pisado le había prendido los zapatos y por mucho que golpeaba el suelo no conseguía apagarlos.
Sudaba a chorros dentro de la chaqueta y los pies empezaron a gritarle a medida que se le quemaban.
No había tiempo. Corrió hacia delante, avanzando a ciegas pese a las llamas que le saltaban encima.
En unos segundos había cruzado la habitación, pero la chaqueta ya le ardía y estaba seguro de que se le había acabado el tiempo.
Pero jamás se había rendido sin luchar. Incluso cuando su mujer se suicidó, había seguido adelante.
De algún modo, había seguido. Y esta vez también lo haría.
Macleod metió las manos bajo el fardo y notó el peso. Echó la cabeza atrás para apartarla del fuego, pero los brazos le ardieron enseguida. Se puso en pie con la carga, se tambaleó y reunió fuerzas para correr.
Avanzó a trompicones. Cuando tropezó y rebotó contra la pared, no fue ninguna sorpresa.
Se dio un golpe seco en la cabeza, pero siguió adelante a duras penas.
Segundos después, salió de aquel cascarón en llamas y sintió la bendita nieve desgarrándole la cara.
Pero él estaba en llamas junto con su carga.
Solo tenía un pensamiento y se lanzó descontrolado hacia el mar.
No avanzaba en línea recta, sino en un zigzag caótico que solo iba, más o menos, hacia donde quería.
Oyó el estruendo de las olas, pugnando por encima del viento para hacerse oír.
Detrás de él, el bothy rugía mientras las llamas lamían cada vez más alto.
Todo era dolor para Macleod, pero ya corría por puro instinto de supervivencia, no por pensamiento racional.
Sintió las olas estrellarse contra él y siguió avanzando, luchando con cada gramo de fuerza que le quedaba.
Cuando notó el agua acariciarle la cintura, se desplomó hacia delante y soltó la alfombra en el agua frente a él.
Con los brazos cruzados, se lanzó sobre la alfombra, intentando hundirla bajo la superficie.
Ahogar el fuego, ahogarlo. Sintió el frío del mar en la cara y lo agradeció.
Con todas sus fuerzas, trató de hundirla más, de empujarla más hondo.
La salvaría. Missy Carlton no caería víctima de su lunática madre.
Salió a la superficie y tomó aire antes de volver a empujar la alfombra bajo el agua.
Los pies aún le ardían, pero el torso empezaba a enfriársele otra vez.
Emergió de nuevo y examinó la alfombra en busca de llamas.
O se había acabado el combustible o el mar lo había dispersado lo suficiente para que ya no prendiera en la superficie.
Necesitaba sacar la alfombra a la orilla, necesitaba abrirla.
Los guantes estaban húmedos, pero también notaba que se le pegaban a la piel.
Agarró la alfombra con una mano y tiró de ella por el oleaje hasta que tocó la arena.
Allí necesitó las dos manos para arrastrarla y el avance fue lento.
Cuando llegó hasta donde alcanzaba la marea, se dejó caer e intentó arrancar la cinta adhesiva de los dos extremos.
Aún estaba caliente y le costó dos intentos quitar la cinta y luego desenrollar la alfombra.
La persona que había dentro era un amasijo, pero aún respiraba.
Partes de la alfombra se le habían quedado pegadas al cuerpo y Macleod apenas conseguía encontrarle la boca.
Al agacharse para comprobar si había vida, algo le golpeó en la nuca.
Se fue hacia un lado y oyó una risa.
—¡Apártate de ella, que se va al infierno; no querrás ir con esa mujerzuela! —El veneno de esa voz desató el pánico en Macleod y rodó por el suelo como pudo, pero le agarraron del pelo y le descargaron un golpe en plena cara, directo a la nariz.
—¡Seoras! ¡Seoras!
Era la voz de McGrath, pero Macleod no podía verla desde su posición boca abajo.
—¡McGrath, aquí! —gritó, y por toda respuesta recibió una patada en la espalda.
Volvió a rodar e intentó ponerse en pie, pero empezaron a lloverle piedras del tamaño de media palma.
Se dio la vuelta para protegerse y vio un reflector barrer el mar.
Metió la mano en el bolsillo, encontró la linterna y empezó a contestar con destellos: tres puntos, tres rayas, tres puntos.
Solo llegó a hacer los tres puntos antes de que se le echaran encima.
Precious Carlton se abalanzó sobre Macleod mientras este rodaba por la arena y le clavó los dientes en una oreja.
Desesperado, lanzó un brazo, pero no consiguió quitársela de encima.
Gritó al notar cómo se le desgarraba la carne de la oreja.
Entonces sonó un golpe sordo, como si a alguien le hubieran dado una patada en el estómago.
El peso dejó de aplastarlo y la oreja ya no parecía estar desgarrándose, aunque seguía escociéndole.
Le dieron la vuelta y el pelo rojo y mojado de un rostro conocido le cayó desordenado sobre los ojos. Por el rabillo del ojo, vio una figura alejarse en la oscuridad, tambaleante, aunque claramente huía.
—¡Seoras! ¿Estás bien?
—Sí, pero Missy, ve con Missy.
Hope le recorrió el rostro con la mirada hasta quedar satisfecha y se bajó de encima de él.
Macleod se incorporó con esfuerzo hasta quedar de rodillas.
Entre la nieve que arreciaba, distinguió a Precious, una silueta borrosa que empezaba a trepar por el costado de la formación rocosa con la oquedad.
El fuego rugiente del bothy proyectaba sombras danzantes sobre la pared de roca, pero Precious escalaba por el lado opuesto al edificio.
Al girarse hacia el mar, Macleod volvió a ver la luz. Había aumentado de tamaño y la acompañaba otra luz más pequeña. Alguien se acercaba; Hope estaba ocupada con Missy.
—Voy a por Precious —le gritó a McGrath.
No sabía si lo había oído.
Hope estaba inclinada sobre Missy en lo que parecía una respiración boca a boca. Dando traspiés en medio de la ventisca, se dirigió a la base de la pared de roca.
La superficie era bastante lisa y Macleod, con los ojos entrecerrados por el viento, buscó los mejores puntos de apoyo al iniciar la ascensión.
No era en absoluto una pared vertical y cualquier crío de diez años la habría subido en un santiamén.
Pero los diez años le quedaban muy atrás y, entre el viento, la nieve y todo lo que acababa de pasar, Macleod debía de ser uno de los escaladores más lentos que había visto aquel peñasco.
De vez en cuando levantaba la vista hacia su presa, que se acercaba a la cima de aquella extraña formación, y se preguntaba adónde podría ir. Le escocían las manos, los guantes medio quemados se le pegaban a la piel, y cada nuevo agarre le provocaba dolor. Pero ella no iba a escaparse.
Mientras seguía trepando, la vio detenerse.
Estaba de pie contra el viento, iluminada por el resplandor anaranjado del fuego.
Llevaba el pelo suelto, ondeando a su espalda, mientras la nieve empezaba a pegársele a la ropa y a acumularse en una capa finísima sobre un costado.
Impulsándose hacia arriba, Macleod se puso en pie a menos de dos metros de ella.
Solo entonces se dio cuenta de lo estrecha que era la estructura en la cima: un pequeño pináculo con caída por todos los lados.
La altura sería de unos doce metros, pero no era una altura desde la que uno quisiera caer.
—¡Ella debería estar ahí dentro! ¡No tiene derecho a vivir!