El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

Se puso el guante de nuevo, se guardó el móvil y se arrodilló para examinar las huellas en la arena.

Con cautela, las siguió hasta la abertura en la roca y se adentró bajo la estructura.

En la oscuridad le tentaba encender la linterna, pero no sabía si había alguien cerca y prefería no delatar su posición ni convertirse en un faro para un posible asesino.

No había sombras en aquella oquedad, y supo que no era solo el frío lo que le hacía temblar.

Macleod intentó aguzar el oído, pero el viento arremolinado que arrastraba la copiosa nevada ahogaba casi todo salvo el embate repetitivo de las olas en la orilla. Aun así, si el ruido encubría a quien pudiera estar observándolo, también encubría el suyo.

Decidió avanzar pegado a los bordes de la oquedad y abandonar las huellas.

Tanteó con cuidado hasta la pared de roca del lado más próximo.

Las manos le recorrían las grietas de la abertura mientras se adentraba en la oscuridad con un pie vacilante.

Cuando la sacudida repentina de pisar un charco de agua helada le subió un escalofrío por la pierna, se obligó a dejar de maldecir.

Aquello era una locura; sacaría la linterna y asumiría las consecuencias.

Pero entonces la mano dio con algo de plástico.

Siguió el contorno y se dio cuenta de que sostenía una especie de recipiente; lo confirmó al agitarlo y oír el chapoteo del líquido dentro.

El estruendo de los elementos se había amortiguado un poco ahora que estaba más adentro de la abertura y algo resguardado del viento.

Tanteó el recipiente, encontró un tapón de rosca y lo abrió.

El olor acre de la gasolina le llegó a la nariz y el corazón le dio un vuelco. ¿Va a hacerlo otra vez? ¡Hope!

Volver sobre sus pasos le llevaría un tiempo que Hope, y quizá Missy, no tenían.

Tendría que seguir adelante y ver qué podía hacer.

Aún no las había encontrado. Una parte de él pensó en prender fuego a algo de combustible allí mismo como señal para posibles rescatadores.

Pero, si lo hacía, ¿quién le decía que eso no aceleraría los planes de Precious Carlton, si es que no se habían acelerado ya?

Dejó el combustible atrás y siguió por la abertura en la roca hasta lograr atravesar a trompicones al otro lado.

Ahora la luz mortecina, casi inexistente, le ofrecía algunos perfiles borrosos para orientarse.

Delante tenía una roca enorme, tan ancha como varias personas y de al menos la altura de un hombre.

Más arriba reconoció la silueta del bothy .

Macleod avanzó hasta el borde de la gran roca para poder asomarse al edificio manteniéndose oculto.

Al salir del abrigo de la abertura, volvió a quedar expuesto de lleno a la tormenta de nieve, y el mordisco del viento en la cara le cortaba sin piedad.

Los hombros le temblaban de frío, pero se obligó a no dar pisotones ni frotarse el cuerpo para entrar en calor.

Observó el bothy y no vio movimiento, aunque sabía que Precious Carlton debía de andar por allí.

Las marcas en la arena delataban sus movimientos: tenía que estar allí.

Macleod se acercó despacio y en silencio a la estructura, que recordaba con una sola entrada.

Había una pequeña chimenea para evacuar el humo de cualquier hoguera que encendiera un excursionista.

Por lo demás, solo una entrada, bastante ancha y siempre abierta.

Quizá alguna vez hubo una puerta o algo que la cubriera, quién sabía.

Al llegar al lateral del bothy , avanzó sigiloso hasta la abertura y se quedó completamente inmóvil.

Al otro lado alguien hablaba. Con el viento castigándole los oídos, no distinguía las palabras, pero alguien despotricaba sin parar.

Confiaba en no haber llegado demasiado tarde.

Aquella perorata iba dirigida a alguien vivo.

Pero necesitaba ver. Entrar por el único acceso y enfrentarse a la persona fuera de sí que había dentro. Precious Carlton no era tan fuerte; podía con ella, eso lo sabía. Pero entonces reconoció algo en el aire.

El bothy había ardido, y no le había sorprendido percibir un olor a chamuscado en el ambiente al acercarse.

Pero ahora, en la entrada, había algo más intenso.

Algo que le crispó los nervios. El olor a gasolinera, a combustible derramado, le llegó a las fosas nasales.

¿Ya había rociado el edificio? ¿Había rociado a sus cautivas? ¿A sí misma?

Macleod asomó la cabeza de golpe por la esquina del edificio para intentar echar un vistazo al interior.

Estaba oscuro, demasiado oscuro para ver nada.

Con cautela, rodeó la esquina y entró de puntillas en la estructura.

El olor a gasolina recién vertida era ya abrumador, y se llevó la mano a la nariz y notó que le goteaba.

El aullido del viento quedaba ahora fuera y, aunque seguía siendo fuerte, se reducía a un tapiz de fondo.

Macleod oyó a alguien moverse más adelante y el sonido de un líquido al verterse.

Pensó en encender la linterna, pero ¿para qué?

Si la encendía, Precious Carlton podría tener tiempo de dejar caer una cerilla sin más.

Suponía, por el olor, que el lugar estaba empapado de combustible.

Y eso significa que mis pies también , pensó Macleod.

Pero ¿qué hago? ¿Ir a trompicones hasta encontrarla, una versión letal de la gallinita ciega? ¿Esperar ayuda? Pero ¿cuándo llegará?

A lo mejor encontraba a Hope o a Missy. Arrastrarlas hasta la salida, darles una oportunidad si la mujer prendía fuego al lugar. Tenía que ser ese el plan: liberar a las cautivas y olvidarse de detenerla. Ya le echarían el guante más tarde.

Empezó a bordear la estancia. Oía a Precious Carlton mascullar para sí, aunque no entendía lo que decía.

Con el pie izquierdo tanteó hacia un lado y, al notar espacio vacío, se deslizó en esa dirección.

Siguió avanzando despacio hasta que la cabeza le dio contra algo sólido.

Le costó un esfuerzo de voluntad no soltar un grito.

Por suerte, aunque el golpe había sido fuerte, apenas había hecho ruido.

Esta vez Macleod se agachó, los brazos extendidos alrededor, tanteando la oscuridad.

La mano tocó algo y enseguida se dio cuenta de que era una pierna.

Subió la mano por las nalgas y luego por la espalda.

Estuvo a punto de dar un respingo, pero comprendió que lo que le había rozado era el pelo del cuerpo tendido boca abajo.

Siguió palpando y encontró una oreja y luego la nariz, en la parte delantera de la cara. El cuerpo emitió un leve murmullo.

—¡Cállate! Tú quieta y aguanta el castigo —gritó Precious Carlton.

Macleod volvió la cabeza de golpe hacia el lugar de donde había salido el sonido. En la oscuridad se colaba un pequeño haz de lo que podía llamarse luz por un agujero del techo. Lo justo para distinguir una silueta y poco más.

—¿Dónde está la maldita linterna?

Macleod se alejó del cuerpo a toda prisa y en silencio, con la suerte de que un gemido tremendo de la figura tendida lo cubrió.

—¡Cállate!

Una linterna alumbró el cuerpo y Macleod distinguió los rasgos de Hope, el pelo rojo y la figura torneada. Tenía sangre en la nuca, pero respiraba. De hecho gemía, de forma incoherente, pero seguía gimiendo.

—Estás recibiendo lo que te mereces.

Macleod sopesó abalanzarse sobre la mujer, pero en ese momento tenía a Hope a la vista y necesitaba averiguar si Missy estaba en el edificio. El foco de la linterna se acercó y vio cómo una mano le asestaba una bofetada a Hope en la cara.

—Cállate. Toma, mastica esto, descarada. Malditas fulanas, ahora hasta en la policía; deberíais saber cuál es vuestro lugar.

Macleod se obligó a no reaccionar, pero la diatriba de la mujer contra Hope le encendió la rabia por dentro.

Le había costado aceptar el avance de las mujeres en la profesión y, sí, seguía pensando que era cosa de hombres, como muchos otros trabajos peligrosos.

Pero se había adaptado, se había hecho a ello y jamás había acusado a las mujeres que asumían esos puestos de nada que no fuera imprudencia.

Pero aquello era horrible, una mujer increpando a otra por no ser sumisa ante un hombre.

Pero, por mucho que su mente diera vueltas ante aquella injusticia, el olor del combustible le recordó su problema inmediato y pensó que tal vez pudiera alargar el brazo y agarrar a Precious Carlton.

Y entonces oyó el raspado de una cerilla.

Se le disparó el pulso al ver cómo prendía la llama amarilla.

—Basta con que caiga una cerilla y será tu fin; ya no volverás a exhibirte ni a contonearte delante de mi marido.

Y en cuanto a ti —dijo Precious, girándose y enfocando con la linterna un gran trozo de alfombra enrollada, sellada con cinta en los extremos—, pagarás.

No eres hija mía; ninguna hija mía sería una puta, correteando por sitios como este, abriéndose de piernas a cualquier hombre.

Tú hundiste a esta familia, corrompiste a Liberty, la condenaste al infierno en la vida venidera. Así que arderás y estarás con ella.

Macleod clavó los ojos en la cerilla, calculando si podría alcanzarla antes de que cayera.

Pero, tan rápido como se encendió, se apagó.

Se tensó para actuar, pero se encendió otra.

Echado hacia atrás sobre los talones, supo que tendría que moverse pronto, antes de que aquella loca consumara su plan.

Pero si el fuego se declaraba, tendría que elegir a quién salvar primero.

Y tal vez no hubiera una segunda oportunidad.

La linterna volvió a girar y Macleod vio cómo iluminaba el rostro de Hope. Precious estaba ahora muy cerca, arrodillada ante ella, con una cerilla encendida en la otra mano. Paseaba la cerilla adelante y atrás frente a la cara de Hope mientras la provocaba.

—Mira la luz, mira cómo el fuego purificará este lugar, pero a ti no.

El pergamino te mantendrá en el infierno, lejos de nosotros, impedirá que tu mancha nos contamine.

Si mi marido fuera medio hombre, te haría esto.

Te habría abofeteado la primera vez que te vio en vez de quedarse mirándote el pecho. ¡Perdida! ¡Ramera!

Macleod vio cómo crecía la furia y calculó que no faltaría mucho para que se desbordara y cayera una cerilla que incendiara el lugar.

Con cuidado, se deslizó a hurtadillas por detrás del haz de la linterna.

El resplandor le dificultaba distinguir la silueta que tenía delante.

Se lanzó hacia delante para aferrar el brazo de Precious Carlton.

Le agarró el brazo con una mano y, antes de que ella pudiera reaccionar, juntó la mano de Precious con la suya y sofocó la llama apretando con los dedos desnudos.

Pero no reparó en el brazo libre, el de la linterna.

Precious le descargó un codazo que le alcanzó el pómulo y lo derribó de espaldas al suelo.

Intentó levantarse rápido, pero en la oscuridad se le resbaló el pie y volvió a caerse.

Mientras se recomponía, observó horrorizado cómo se encendía otra cerilla.

—Las encontrarás en el infierno —le gritó Precious a Macleod—, y tú con ellas.

Cogió la cerilla y la dejó caer en la caja de cerillas que sacó del bolsillo. Cuando Macleod se puso en pie, ella soltó la caja en llamas y echó a correr hacia la puerta. Y entonces las llamas brotaron por todo el suelo.