Capítulo 26
— R oss, coja un coche, tenemos que subir a casa de los Carlton. Es Precious Carlton, lo ha hecho todo. No consigo contactar con McGrath por el móvil. Dé el aviso por Airwave. ¿Por qué me hace gestos con las manos?
Macleod había entrado corriendo en la oficina justo cuando Ross acababa de colgar el teléfono. Durante todo el rato que Macleod llevaba hablando, Ross había estado intentando decirle algo con las manos, pero, para Macleod, aquello no tenía ningún sentido.
—Llamada de emergencia de McGrath, señor. Va tras ella; la señora Carlton ha salido huyendo o algo así. Pero la llamada se cortó.
—Intentó llamarme. Tenemos que subir allí. Ponga coches en marcha, Ross. Y consiga un helicóptero; si está huyendo, necesitamos ver hacia dónde. Puede que tenga a Missy en algún sitio. ¿Queda alguien en la zona del bothy ?
—Negativo —contestó Ross—, todo terminado y despejado allí. Creo que hemos retirado a la última persona de allí esta tarde.
—Maldita sea. Pondremos coches en marcha.
Macleod giró sobre sus talones, salió de la oficina y se dirigió a los calabozos. Hizo una seña al sargento de custodia, que lo condujo hasta la celda de Justin Carlton. El hombre estaba tumbado en el estrecho catre y lloraba.
—Se ha fugado, Carlton. Su mujer se ha fugado. Y puede que también se haya llevado a mi detective. ¿Adónde iría? ¿Hay algún sitio al que pudiera huir?
—No va a huir —dijo el hombre, incorporándose de golpe—.
No va a huir. Consumará su vocación. Dijeron que era lo más importante.
Dar un escarmiento, que sirviera de lección a las demás.
Lo hará por Sera, ¿me entiende? Está haciendo esto por Sera.
Por eso me fui yo. Le di otra cosa para que no tuviera que hacer esto. Le di una versión mejor.
—Parece que la secta light no funcionó. ¿Tiene que haber un sitio? ¿Se dirige a algún lugar concreto?
El hombre estaba ahora doblado sobre sí mismo, llorando. Soltó un aullido y Macleod intentó levantarle la cabeza, sacar algo en claro, pero el hombre se había ido, perdido en un mundo de arrepentimiento, remordimiento y terror ante la mujer con la que compartía la vida.
Dios mío, no dejes que llegue demasiado tarde. ¿Me oyes? No dejes que llegue demasiado tarde.
Macleod salió disparado de la zona de celdas y vio a Ross, que le indicó que había un coche esperándolo fuera.
Agarró el abrigo y la bufanda de la oficina, se metió de un salto en el coche.
Al volante, un agente alto arrancó y se adentró en la noche de Inverness.
Mientras el coche serpenteaba fuera de la ciudad y cruzaba el puente de Kessock en dirección a Black Isle, Macleod intentó llamar al móvil de Hope.
Pero una y otra vez sonaba hasta que saltaba el buzón de voz. Llamó a Ross.
—¿Estamos rastreando su móvil?
—No hace falta, señor. Lo acabamos de encontrar, hace unos segundos.
Estaba en el cobertizo que hay en el campo, detrás de la casa.
Hay un pasadizo allí, posiblemente desde la casa; lo estamos revisando.
Hay huellas en la nieve, pero son tenues y la nieve las va cubriendo.
Lo único que sabemos es que se dirigen hacia el mar.
—¿Hacia el bothy ? —preguntó Macleod.
—No —respondió Ross—, en dirección contraria. Luego las huellas llegan a la playa y se pierden en la franja de rocas arrastradas por la marea.
—Entonces, ¿no pueden saber hacia dónde?
—Negativo.
—¿Ha ido alguien al bothy ?
—Sí, hay un coche allí ahora mismo, a la espera del informe.
—¿Tenemos helicóptero?
—Negativo. Se acerca una tormenta de nieve y no pueden volar. Relámpagos y de todo.
—¿Es que no pueden intentarlo? —Macleod golpeó el salpicadero delante de él y el conductor dio un respingo—. Creo que va a matar a alguien. Si no, se habría quedado en casa. Dar un escarmiento; eso es lo más importante. Eso es lo que ha dicho Justin Carlton.
—Volveré a intentar lo del helicóptero, señor. Estoy enviando a todos los que puedo. Movilizaré a otros cuerpos de seguridad, a ver si conseguimos que peinen también la costa.
El coche cruzaba la noche a toda velocidad, y las carreteras se iluminaban brevemente al pasar por Munlochy, Avoch y Rosemarkie.
Macleod intentaba ordenar sus pensamientos mientras subían la cuesta desde Rosemarkie, por una carretera que zigzagueaba aquí y allá; los faros iluminaban los árboles que anunciaban un gran desnivel más allá.
En realidad, Macleod no era consciente de dónde se encontraban en el trayecto.
Su mente estaba ocupada con las posibilidades que necesitaba comprobar al llegar.
Seguro que iría al bothy . Si Missy seguía viva, ¿no la quemaría en el bothy como a su hermana?
Pero a Anna Campbell no la mataron allí.
Pero no podía matarla allí; ellos todavía estaban en el bothy , así que se la llevó a otro sitio.
Cuando el coche entró en el camino de entrada nevado de los Carlton, ya había cuatro vehículos aparcados.
Macleod bajó del coche a zancadas y se dirigió hacia un agente que estaba en la puerta principal.
Pese al abrigo y la bufanda, Macleod notaba cómo el temporal se le echaba encima y la nieve empezaba a caer con más fuerza.
Con el viento que arreciaba, se veía obligado a protegerse un poco los ojos.
—Agente, ¿qué está pasando? —preguntó Macleod.
—El sargento está al final del campo, señor, con el resto del equipo de búsqueda.
—¿Cuántos tenemos?
—Cinco, señor, tres de nosotros aquí en la propiedad.
Macleod asintió y entró. Desde el recibidor, abrió la puerta del salón y se encontró a un agente con Sera, que estaba llorando, sorbiéndose los mocos. Macleod no estaba de humor para juegos y no sentía demasiada compasión.
—Sera Carlton, ¿adónde iría? No está en el bothy , así que ¿dónde está su madre? ¿A qué otro sitio iba, ahí fuera?
—No lo sé. Con nosotras todo el tiempo, espiándonos, eso dijo su compañera.
Dijo que fue Mamá quien mató a Lib. No puede ser.
—La mujer se levantó histérica y agarró el abrigo de Macleod.
Le zarandeó con tal violencia que él la sujetó también y, con un agarre que solía reservar para los maleantes, la empujó de vuelta a la silla de la que se había levantado.
Estaba claro que Sera no iba a ser de mucha ayuda.
De vuelta al recibidor, Macleod llamó a Ross por el móvil.
—¿Tiene ya algún equipo de búsqueda?
—Los estoy reuniendo, señor. Vamos muy justos de efectivos en la zona esta noche. Estoy intentando conseguir una lancha de salvamento para que rastree la costa. Con el temporal que se nos echa encima, tampoco va a ser fácil movilizar a mucha gente ni siquiera poner en marcha las búsquedas.
Macleod quería gritarle, quería gritar que su compañera había desaparecido y que más le valía ponerse en marcha de una maldita vez y mandar gente aquí.
Pero no era culpa de Ross. Era solo un hombre atrapado en el problema de siempre: falta de personal.
En todos los cuerpos policiales estaban igual.
La financiación pública, por un sinfín de razones, ya no era la de hacía veinte años.
—Siga intentándolo, Ross —dijo Macleod en tono animoso, aunque estaba de todo menos animado.
Macleod decidió acercarse hasta las huellas que habían encontrado, porque con la nieve que estaba cayendo no tardarían en desaparecer.
Al salir por la puerta principal cayó en la cuenta de que no llevaba las botas de agua y se estremeció ligeramente al pensar en los zapatos que calzaba.
Eran bastante recios. Negros, con una plataforma que alojaba una de las plantillas más cómodas que había encontrado nunca, pero no le cubrían el tobillo.
También necesitaba unos pantalones impermeables.
Ross podía hacer que le subieran unos, pero había poco tiempo: tenía que encontrar a Hope.
Ya le había salvado antes. Desde zambullirse en el mar hasta luchar en un río, había acudido a su rescate y al de otros.
En el poco tiempo que llevaba conociéndola, Macleod le había cogido afecto a su compañera.
Tras luchar contra los sentimientos que le dejó la muerte de su mujer veinte años atrás, Hope había despertado algo en él, le había ayudado a volver a la vida.
Por muy basta que fuera, por mucho que vistiera de una forma demasiado descarada para su gusto y, si era sincero, por mucho que resultara, en cierto modo, una distracción sexual, había acabado cogiéndole respeto.
Eran algo más que compañeros: se habían hecho amigos.
Aquella mezcla turbadora hacía que Macleod apenas lograra mantener la calma. Pese al frío, estaba empezando a sudar.
Rodeó la fachada de la casa, pasó por detrás del edificio y salió al campo que llevaba finalmente hacia la orilla.
¿Podía Precious Carlton estar dirigiéndose a la orilla?
¿Había una barca? ¿Podía volver sobre sus pasos y salir a la carretera por algún punto para coger un coche?
Quizá le estaba dando demasiadas vueltas.
Quería dar un escarmiento, no escapar. Quería hacer una demostración.
Ya había matado antes en el lugar donde se había cometido aquella iniquidad.
En el nido de amor, el picadero, como sin duda lo llamaría Hope.
La nieve ya era lo bastante profunda para sobrepasar los zapatos y empezar a mojarle los bajos del pantalón.
Notó cómo se le enfriaba la parte superior de los calcetines e intentó ignorar las protestas del cuerpo, que le pedía refugio y calor.
Miró hacia delante, esforzándose por ver, y sacó del abrigo una pequeña linterna de bolsillo.
A lo lejos divisó unas figuras, pero no podía mantener la cara vuelta hacia la tormenta mucho rato seguido.
Apretó los dientes y siguió avanzando con esfuerzo por el campo y pasó junto al cobertizo donde habían encontrado el móvil.
Llegó al final del campo y encontró a dos agentes esforzándose por ver algo en la oscuridad. Le indicaron que otros habían empezado a avanzar por la playa en dirección contraria al bothy y le señalaron las huellas, ya casi borradas, que habían encontrado, un rastro que ahora seguían.
—¿Se puede llegar a una carretera yendo por aquí? —preguntó Macleod.
—Sí, señor —respondió el agente de voz profunda que retumbó en la tormenta—. Es una buena caminata, pero se puede. Quizá sea media hora andando.
—¿Hay algún pantalán o muelle cerca?
—No, señor, solo playa hacia ese lado. Algún saliente rocoso aquí y allá, pero sobre todo playa. Nos quedamos aquí para mantener un punto de comunicaciones, porque en esta zona es difícil comunicarse. Parece que las señales no llegan bien; incluso la Airwave va mal.
Macleod asintió y se quedó mirando a lo largo de la playa, escrutando una costa a oscuras.
Por encima del ruido de la tormenta oyó el estruendo de las olas y se vio transportado a un mar frío de Lewis, donde había luchado por su vida.
Recordó cómo Hope acudió al rescate, cómo nadó con fuerza en el mar, sosteniendo en alto la bolsa en la que había estado la víctima.
El mundo tenía una deuda con Hope por aquello, igual que él.
—Agente, esa mujer lo tiene crudo. Y lleva a McGrath con ella, cargándola a cuestas, según parece. ¿Eran profundas las huellas cuando bajaron aquí?
El agente se estremeció y se limpió una gota de la nariz. —Difícil asegurarlo, pero sí, parecía que alguien podía estar cargando con otra persona.
—¿Ha llegado alguien al final de la carretera desde el otro lado?
—Están de camino, señor. Dudo que llegue muy lejos por ahí. Solo hay una carretera de salida y, según tengo entendido, estamos cerrando los accesos a Black Isle. Creo que estamos en buena posición.
—Muy bien, agente. Yo voy a cubrir la otra posibilidad por si ha sido más lista. Iré por la playa hacia el bothy para asegurarme de que no ha vuelto sobre sus pasos ni nada. Como dice, vamos bien, pero más vale no dejar cabos sueltos.
El agente asintió, pero antes de que Macleod pudiera darse la vuelta, levantó la mano.
—Antes de que se vaya, señor: no hay cobertura de móvil en todo ese tramo. ¿Cuánto calcula que va a tardar, para saber cuándo ir a por usted? ¿O prefiere llevarse a alguien? Si espera, le busco a alguien.
—Mejor que me vaya ya —dijo Macleod—, así estaré de vuelta si surge algo más. Iré lo más rápido que pueda, pero si paso de media hora, venga a buscarme.
Macleod vio al agente asentir y volver a vigilar la oscuridad del otro lado. La nieve espesa ya se le derretía sobre el pantalón, empapándoselo, y empezó a notar cómo el frío le subía desde los calcetines. Tenía las manos metidas en unos guantes, pero el frío también se le iba colando por ellos.
Empezó a andar por las rocas sueltas, resbalando y patinando, pero intentando mantener un buen ritmo.
De vez en cuando giraba la linterna, oteando entre los remolinos de nieve.
Todo a su alrededor parecía una escena invernal, pero no de postal navideña.
Era más bien de terror: la oscuridad sobrecogedora le desafiaba la mente mientras veía sombras por todas partes, sombras que luego se deshacían en aquel lienzo que la nieve rehacía sin cesar.
Macleod no era una persona nerviosa, pero tenía los nervios destrozados mientras luchaba por oír algo por encima del estruendo del viento.
Forzaba la vista para ver a través de la nieve que caía y se sentía expuesto.
Los hombros le temblaban de frío al doblar un pequeño saliente rocoso y llegar a una playa que ya había visto antes.
Un poco más atrás se alzaba un bothy , con el exterior carbonizado pero ya sin el hedor a muerte, porque el viento le daba por la espalda.
No distinguía ningún detalle y desde luego no podía decir si había alguien.
En lugar de eso, se dirigió hacia una gran formación rocosa que tenía un hueco tallado en el centro.
La había visto cuando estuvo en el bothy , pero había tenido cosas más importantes que hacer.
El mar se colaba bajo la formación y había creado una abertura de la altura de un hombre con su propia pequeña playa.
Macleod avanzó con cuidado bordeando el exterior.
Por el lado que daba al mar vio roca desnuda y fue arañando la roca, aterido de frío, hasta alcanzar la abertura.
Al dejarse caer, notó el pie sumergido y se apresuró a pisar la orilla hasta quedar bajo la roca.
Allí no daba el viento y Macleod observó atentamente a su alrededor.
Otra vez movió la linterna de un lado a otro hasta que algo en el suelo le captó la mirada.
Se acercó y encontró una chaqueta, negra como la de Hope.
Su carné profesional estaba dentro y de repente se tensó.
Volviéndose ahora hacia el interior de la abertura, miró al suelo y vio huellas en la arena.
Junto a ellas había una marca larga y poco profunda, como si hubieran arrastrado algo pesado.