El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

H ope saludó al agente de la puerta principal y entró en casa de los Carlton.

En el recibidor se encontró con la señora Carlton, con los ojos llorosos.

Llevaba una bata bastante deslucida y el pelo mal recogido en la nuca.

En cuanto la señora Carlton reparó en la presencia de Hope, esta tuvo la sensación de que la examinaba, casi como si la evaluara.

—Señora Carlton, esperaba poder ver a Sera.

—¿Para qué quiere ver a Sera?

La voz era amarga, aunque no era de extrañar: tenía al marido y al hijo retenidos en comisaría.

—Solo unas preguntas, nada traumático.

—Yo la llevo. Está en su cuarto. Mirando fotos de Missy, creo.

Escupió el nombre de la hermana mayor como si fuera un resto de comida atascado entre los dientes.

McGrath subió las escaleras detrás de la señora Carlton, fijándose en aquellos hombros tensos por la indignación.

Al llegar al cuarto, la señora Carlton indicó a Hope que abriera la puerta y se quedó mirándola con ojos llenos de odio mientras entraba.

Hope cerró la puerta con suavidad y observó a Sera, tumbada en la cama, vestida con una bata igual de deslucida que la de su madre.

—Perdona que te moleste —dijo Hope.

—Es Missy, ¿verdad? Dios mío, han encontrado a Missy.

Hope levantó las manos.

—No, no es Missy. Y no la hemos encontrado. Solo necesito hacerte unas preguntas.

Se acercó a la ventana, descorrió las cortinas y miró el paisaje nocturno: la luz de la luna se reflejaba en la nieve intacta.

—¿Te pones aquí a menudo? Digo aquí, en la ventana, mirando hacia fuera. Se ve mucho desde aquí, ¿no?

La chica parecía algo inquieta y sorbió con brusquedad.

—¿Por qué lo pregunta?

Los hombros no paraban quietos y la voz le temblaba un poco.

—Simple curiosidad. ¿Te pones aquí a menudo?

—A mí no me gusta, pero Madre me obliga a veces.

—Ah —dijo Hope—, ¿y eso por qué?

—Le preocupa el vecino de al lado. Siempre está intentando mirarnos.

Hope sintió cierta culpa al formular la siguiente pregunta —ella también había notado la mirada persistente del señor Tunnock—, pero necesitaba respuestas.

—Pero tiene derecho, ¿no? Al fin y al cabo es un hombre; nosotras nos vestimos para ellos.

La chica agachó la cabeza antes de echar un vistazo a la puerta. Hope se acercó, la abrió y examinó el rellano en ambas direcciones. No había nadie.

—Despejado. No está. Puedes hablar.

La chica arqueó las cejas y luego siguió a Hope hasta la puerta. Después de inspeccionar también el rellano, hizo entrar a Hope de nuevo y se colocó junto a la ventana.

—Acérquese, se lo susurraré.

Hope se situó al lado de la joven, con un oído pendiente del rellano.

—¿Por qué tienen a mi hermano?

—Es sospechoso de estar implicado en la muerte de tu hermana.

La chica dejó escapar una risa hueca y sarcástica.

—Ven no habría matado a Lib. Quería a Lib, eran muy amigos, como Missy y yo.

—Pero es un hombre de esta casa, responsable de mantenerlas a raya y de que vayan vestidas como es debido.

—¿Por qué dice eso? Ven está aquí para proteger. Como Papá, no hace más que protegernos. A todos. Quienquiera que matara a Lib —dijo la mujer, sorbiéndose la nariz—, no fue Ven.

—Entonces, ¿tu padre?

—Mi padre… ¿qué sabe usted de Papá? Tiene encerrados en una celda, seguramente, a los dos hombres más bondadosos que conozco. No han hecho más que protegernos.

—No me lo creo. Las obligan a llevar lencería y otra ropa impropia de un entorno familiar.

Sera clavó en Hope una mirada de incredulidad.

—Quieren que sea hermosa, como Mamá, como lo era Lib.

—¿Como Missy?

—No —dijo la mujer, poniéndose en pie—. Missy exhibe su cuerpo, igual que usted. ¿Sabe a quién atrae eso? A hombres como nuestro vecino. Yo quiero un buen hombre, así que Papá me protege hasta que encontremos uno.

—Pero es tu decisión vestirte y ser como quieras ser —Hope notó que estaba perdiendo la frialdad y empezando a desmontarle esas ideas—. Tú controlas tu cuerpo y cómo te presentas ante ellos.

—¿De verdad? ¿Y usted? Somos demasiado para la mayoría de los hombres; los empujamos a hacer tonterías.

—Liberty no pensaba así.

—¡Y está muerta!

La habitación quedó en silencio. Hope volvió a la ventana y se quedó mirando hacia fuera.

Su intento de cambiar la forma de pensar de aquella mujer se había estrellado contra una fortaleza de ideas muy arraigadas, y desmontarla podría llevarle toda una vida.

Sería mejor volver a la tarea que tenía entre manos.

—¿Así que Mamá te tiene aquí de pie? Hay mucha corriente. De verdad, muchísima.

—Sí, cuando me necesita.

La mujer se miró los pies, sentada en la cama.

—¿Por qué?

—Para vigilar. A veces Mamá tiene que bajar al campo que hay más allá. Le gusta saber si nuestro vecino está mirando.

—Así que la sigues con la vista todo el camino.

—Lo intento, pero casi nunca la veo salir de casa. La localizo más abajo. Le hago una señal si él está mirando.

—¿Y lo hace a menudo?

—Sí, bastante. Todas las chicas lo hemos usado, menos Missy. Ya se había ido cuando Mamá lo encontró. A mí no me gusta. Lib lo usaba, igual que Mamá, pero Papá debería saberlo.

Hope dio un respingo.

—¿Tu padre no lo sabe?

—No.

—¿Cuánto sabía tu mamá del lío de Liberty con el locutor de radio?

—No debería haber sabido nada, pero creo que escuchó cosas entre Liberty y Missy. Hablaban en clave, nada complicado, y creo que Mamá sabía desde el principio lo que decían.

Hope se acercó a Sera y la miró a los ojos.

—¿Lo sabía todo?

—Quizá no todo, pero sospechaba.

—¿Sabía que usaban el bothy ?

—Lo llamaban el hotel. Pero creo que sabía que era algo parecido.

Se oyó un ruido en la puerta, como el roce de un pie en el suelo de madera del rellano.

Hope fue directa a la puerta y la abrió.

No había nadie. Salió y miró a ambos lados, pero tampoco había nadie.

Pensó en revisar algunas habitaciones, pero eso no demostraría nada.

Con cuidado, cerró la puerta y se volvió hacia Sera.

—¿Sabes si tu mamá estaba en casa el día que encontramos a Liberty?

—¿Cuándo? —preguntó Sera.

—Por la mañana. Por la mañana, temprano. Al amanecer o justo antes.

—Estaría en la cama. Yo estaba en la cama. Papá lo sabría, él se lo diría.

La cara de la chica reveló que entendía lo que Hope le estaba preguntando en realidad: una deferencia, por lo visto, ante la naturaleza de su madre. Hope se preguntó cómo era posible que la chica ni siquiera le planteara esa pregunta a su madre.

Quizá debería llamar a Macleod y contarle sus sospechas, decirle que creía que la madre era la asesina.

Sí, resultaba extraño; al fin y al cabo, la mujer había parecido tan desconsolada la primera vez que se vieron.

¿Y dónde estaba cuando mataron a Anna Campbell, cuando atacaron a la propia Hope? ¿De verdad la había noqueado esa mujer?

Hope sacó el móvil del bolsillo y deslizó el dedo por la pantalla para desbloquearla.

Mientras se desplazaba hasta el nombre de Macleod, oyó algo en la puerta.

Aquel roce de un pie, o lo que fuera, sonó de nuevo.

Cruzó la habitación a toda velocidad y abrió la puerta de golpe.

No había nadie. Salió al rellano y vio desaparecer un zapato escaleras abajo.

Hope bajó las escaleras de dos en dos tan deprisa como pudo, pero al llegar al vestíbulo no había nadie.

Abrió la puerta del salón, pero estaba vacío. Entró en la cocina y vio a un agente de pie con un café en la mano.

—¿Ha visto a la señora Carlton?

—No, señora. ¿Qué ocurre? Ha bajado las escaleras como una manada de elefantes.

Ignorando el comentario, Hope recorrió la casa abriendo puertas a la carrera. Incluso registró debajo de la escalera, donde un armario guardaba un aspirador y unos cepillos. Al no encontrar nada, salió corriendo y se topó con la agente que vigilaba en el exterior.

—¿Ha salido alguien? ¿La señora Carlton? ¿Ha visto a la señora Carlton?

La mujer negó con la cabeza.

—No ha salido nadie. Todo tranquilo. ¿Por qué?

—Ha desaparecido. Tenemos que encontrarla. Tiene que estar por aquí. ¡Encuéntrela ya!

Hope volvió a entrar corriendo. El otro agente dejó el café y empezó a buscar a la señora Carlton.

Hope subió las escaleras a la carrera y empezó a abrir puertas.

Primero entró en la que debía de ser la habitación de Missy: un cuarto con un macuto, sin ninguna otra prenda y sin objetos personales ni fotografías.

Después pasó a la que había sido la habitación de Liberty.

Recordaba que la habían registrado al principio.

Había una foto de familia; a Missy le habían tachado la cara con rotulador.

No va a estar aquí arriba —pensó Hope—. Habría salido corriendo. Seguro que habría salido corriendo. Eso significa que podría ir a por Missy. Si sigue viva. Se acaba el tiempo, tengo que encontrarla.

Hope entró en el dormitorio del señor y la señora Carlton y vio un tocador con una caja de cartón encima.

Estaba abierta y junto a ella había un rotulador.

Había varios papelitos esparcidos. Hope reconoció el papel al instante.

Era igual que la media hoja que habían dejado en la boca de Anna Campbell.

Con la cabeza dándole vueltas, Hope intentó concentrarse, fijarse en el problema y no en la imagen de Missy ardiendo que empezaba a inundarle la mente.

Huyó y nadie la vio. Tenía que haber salido.

Pero he mirado en todas partes y solo hay dos puertas: la de delante y la de atrás.

La delantera la cubría la agente. Por la trasera habría tenido que pasar por la cocina.

Entonces, ¿adónde ha ido? El pasadizo. Ha usado el pasadizo.

Hope volvió corriendo a la habitación de Sera. La chica estaba sentada en la cama, llorando. Al verla aparecer de repente, levantó la vista y Hope supo que Sera había llegado a la misma conclusión que ella.

—¡No! ¡No! ¡No sería capaz!

—¿Dónde está el pasadizo? ¿Cómo entro?

—La escalera —soltó Sera—. Debajo de la escalera. Mueva el aspirador y los cepillos; está bajo el suelo.