El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 24
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Capítulo 24

M acleod no estaba contento. McGrath le había desbaratado el razonamiento y no lograba sacárselo de la cabeza.

Había parecido tan obvio: el padre había asumido las creencias de la secta y había despachado a su hija.

Pero luego, cuando lo detuvieron y las cosas siguieron ocurriendo, tuvo que ser el hijo.

Después de entrevistar a Justin Carlton, Macleod estaba convencido de que él no lo había hecho, así que solo quedaba el hijo.

Y tras hablar con el hijo, creyó que ya tenía al hombre que buscaba.

Pero Hope no estaba convencida. Así que ¿quién más podía estar metido en aquello y por qué?

El móvil venía de la secta, así que, razonándolo en frío, cualquiera que hubiera abrazado sus creencias podía haberlo hecho.

O sea, el señor Carlton o su hijo, sin duda criado con el discurso de su padre.

¿Las chicas de la familia, la madre? Había parecido tan desconsolada cuando fueron a verlos después de los asesinatos, esperando angustiada a su hija.

Había sido la intermediaria cuando Missy volvió a Inverness de visita para ver a sus hermanas a escondidas.

Macleod dejó de rondar el escritorio, llamó a un agente joven y le pidió que llevara al señor Carlton a la sala de entrevistas número dos.

El agente respondió con un seco asentimiento y salió disparado.

Necesito conocer mejor a esta familia, pensó.

Nadie de fuera encaja. Nuestra jefa de emisora, la experta en publicidad, pero no es ninguna asesina.

La mujer de MacTavish no habría sido capaz, y ¿por qué el segundo asesinato?

De hecho, ella había mostrado preocupación por MacTavish.

Y los pergaminos eran demasiado para cualquiera que solo quisiera sembrar la idea.

Hacía falta mucha cabeza para fabricar ese detalle; no bastaba con dar con él.

No, la familia es la clave y el hijo es el candidato perfecto para todo ese odio heredado contra las mujeres. Pero iré a por Carlton y me aseguraré.

Macleod se dirigió resuelto a la sala de entrevistas en cuanto el joven agente lo llamó para avisarle de que todo estaba listo. Justin Carlton seguía siendo un manojo de nervios.

—¿La han encontrado? ¿Son malas noticias? ¿Está…?

—Tranquilo —dijo Macleod—. Tengo que hablar con usted de su familia. Cuénteme lo de cuando se fue a Estados Unidos para unirse a ese movimiento al que pertenecía.

El hombre miró a Macleod con los ojos desorbitados.

—Pero ¿la han encontrado? Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo.

Macleod no quería contarle mucho, pero necesitaba calmarlo.

A su lado había un agente al que le habían dicho que se limitara a estar presente, pero Macleod notaba los ojos puestos en él, ojos que observaban con ganas de aprender.

Sentía que estaba en un pedestal, y el problema era que uno solo oía hablar de la gente que se caía de él, nunca de la que conseguía seguir arriba.

—Nada por ahora. Pero estamos buscando. Necesito su ayuda, necesito que responda a mis preguntas para poder ayudar a Missy. ¿Lo entiende?

El señor Carlton bajó la mirada al suelo y, cuando volvió a levantar la cabeza, Macleod le vio una lágrima en el ojo.

—Es mía, entiéndalo, mi hija. Haya hecho lo que haya hecho, es mía.

—Lo entiendo, así que ayúdeme. Cuénteme lo de la mudanza a Estados Unidos.

El hombre se removió inquieto y luego alzó la vista hacia Macleod.

—Éramos jóvenes; bueno, ella lo era. Yo casi tenía cuarenta años y ella solo tenía dieciocho.

Cuando Precious me dijo que quería pasar la vida conmigo, fuimos a ver a sus padres y pusieron el grito en el cielo.

A ella nunca le gustó su padre, siempre me decía que era débil.

Decía que quería un hombre fuerte, como yo.

En aquel momento hasta me hizo gracia; yo era como cualquier otro hombre, sabía valerme por mí mismo, pero no era nada fuera de lo normal. Pero ella veía otra cosa.

»Luego dijo que había oído hablar de un sitio donde podíamos estar con hombres fuertes y familias de verdad.

Yo no sabía gran cosa, pero, la verdad, la vida no iba muy allá, mi trabajo de carpintero era una mierda y tenía a una belleza de dieciocho años diciéndome que quería fugarse conmigo a un lugar donde los hombres eran los amos.

Ya entenderá por qué no me lo pensé demasiado.

El hombre hablaba deprisa, pero los detalles iban saliendo. Macleod se recostó en la silla y esperó a oír la historia completa, decidido a no interrumpir en la medida de lo posible.

—Adelante, Justin.

—Bueno, al principio fue genial. Tenían aquellas normas del recinto, y las esposas y tal iban por ahí como sacadas de un sueño húmedo.

Pero también había disciplina: nada de liarse con las esposas de los demás ni nada por el estilo.

Era, en muchos sentidos, seguro. Fue entonces cuando ella también recibió un nombre nuevo.

Precious antes se llamaba Anne, pero le cambiaron el nombre.

A ella le encantó. Yo no entendía por qué.

—¿Y nunca se lo preguntó?

—Era un hombre de mediana edad con una mujer que tenía la mitad de mis años y que estaba feliz de satisfacer a su hombre en todos los sentidos. ¡Claro que nunca se lo pregunté, aquello era el paraíso!

—Y el código de vestimenta, ¿eso venía del grupo? —preguntó Macleod.

—Sí. Pero, de nuevo, a Precious le encantaba, le encantaba que yo la mirara todo el día. A mí también me gustaba, solo soy humano.

El hombre hizo una pausa, como reflexionando.

—Entonces, ¿qué pasó para que se rompiera el paraíso?

—Esto no lo sé seguro, pero corría el rumor de que un padre había matado a una de las hijas.

La chica no era feliz en el recinto; se saltaba constantemente las normas sobre con quién podía verse, y también las de la ropa: quería vestir a su manera.

Yo no le veía nada malo a la chica, pero luego desapareció y dijeron que su padre la había matado.

Llamaron a la policía y el grupo empezó a hablar de cosas como la purificación.

Verá, todo aquello tenía también un componente religioso, no es que yo creyera en esas tonterías. A Precious le gustaba.

—¿Purificación? Cuénteme más —pidió Macleod.

—Bueno, es como cuando una chica no se comporta como debe hacerlo una mujer, entonces ya no merece estar aquí. No cumple su función, ¿sabe? Así que la despachan. Esa era la palabra que usaban también: «despachar». Sobre sus propias hijas y esposas.

Justin Carlton negó con la cabeza, con los ojos que empezaban a anegársele de lágrimas.

—La chica que murió solo tenía dieciséis años; al parecer, salía con un chico del pueblo. Era encantadora, de verdad. Tenía mucho carácter, pero era buena; un espíritu libre, pero de los buenos. ¿Sabe a lo que me refiero?

Macleod asintió, observando cómo al hombre se le quebraba la voz.

—Quizá podría haberlo evitado, pero no dije nada.

En vez de eso decidí que teníamos que irnos.

Precious quería quedarse, pero estaba atrapada.

Según las normas del grupo, tenía que obedecerme.

Pero se enfurruñó. Le dije que nos iríamos a Escocia, de vuelta a casa, y le prometí montar nuestro propio grupito. Y lo hice. Ella estaba contenta.

—¿Así que vivían según las normas del grupo? ¿Se les unió alguien más?

—No —respondió Carlton—. Yo ya había visto lo que había pasado antes, hasta qué extremo habían llegado. Y era feliz. Teníamos una familia, Precious enseñaba a los niños lo que ella creía y yo era feliz con mi familia. Yo reinaba en mi castillo, teníamos una familia.

El hombre ya lloraba abiertamente.

—Entonces, ¿qué pasó? —preguntó Macleod.

—Los hijos. Supongo que a todos los padres les pasa igual.

Quieren hacer lo suyo. Missy fue el principio.

No era como su hermano. Verá, Ven se bebía las palabras de su madre; están muy unidos.

Y a él le ha venido bien, defiende mucho a la familia.

El papel del hombre, ¿sabe?, no solo consiste en gobernar la familia, sino en defenderla, protegerla. Esa era la doctrina del grupo.

»Pero Missy lo odiaba todo: la ropa, aquello de estar siempre desfilando, como ella lo llamaba.

Supongo que tenía razón, pero chocaba con su hermano y con su madre.

Había broncas tremendas, y Precious me dijo que tenía que meterla en cintura.

Al final la eché de casa. Lo más difícil que he hecho en mi vida. Porque era mía.

Al principio solo sorbía por la nariz, pero enseguida rompió a llorar y hundió la cabeza entre las manos. Macleod decidió esperar y ordenó sus propios pensamientos. Cuando el llanto y los sollozos fueron remitiendo, se inclinó sobre la mesa, con las manos entrelazadas.

—Cuando hablé con Missy, estaba enfadada con usted por eso. Pero tengo entendido que Missy veía a sus hermanas de vez en cuando, y a su madre.

—Sí, sí, eso lo propicié yo. Yo no podía verla; Precious no lo habría permitido.

Pero las otras chicas ya iban a colegios de fuera y hacían amistades, y yo no quería que pasaran por las mismas dificultades.

Así que animé a Precious a establecer contacto a través de las hermanas de Missy y a mantenerlo.

Así podía vigilarlas y ayudarlas si tenían problemas.

—¿Su esposa asumió ese papel de buen grado? Parece extraño en ella, dado su apego a las normas del grupo y a sus creencias.

—Al principio se negó, pero se lo ordené. Y luego empezó a mostrarse contenta con ello.

—¿Así que lo mantenían informado de las actividades de Missy y de las otras chicas fuera de la familia?

—¡No, nunca! —El hombre pareció dudar un instante y desvió la mirada—. Quizá si yo hubiera…

—Entonces, ¿quién sabía de las actividades de las chicas? ¿Su esposa, las propias chicas, Ven?

—Ven no. Él no habría estado de acuerdo.

—¿Su esposa se lo habría contado a él?

—Lo dudo. Me lo habrían contado a mí. Así funcionaba. Cualquier reprimenda era cosa mía, como cabeza de familia. Si yo no lo sabía, no podía actuar. Siempre tenía lo de América en la cabeza. No quería que todo… —El hombre se derrumbó otra vez.

—¿El qué? ¿Qué no quería? —insistió Macleod.

—No quería que acabara como en América.

Macleod ya estaba de pie.

—Y cuando acabó igual, ¿por qué no nos lo dijo?

—Protegí a mi familia. Ya había perdido a Lib y no iba a perder a nadie más. Las vigilaba de cerca a todas, incluso dejé que Missy volviera. ¡Las tenía a todas juntas, a salvo! Pero usted me trajo aquí.

El hombre estaba ahora furioso.

—¡Fue usted quien me metió aquí, joder! ¿Qué podía hacer yo aquí? ¡Dígamelo! Y luego trajo a mi chico. Él las estaba cuidando.

Con las dos manos apoyadas en la mesa, Macleod se inclinó sobre Carlton.

—Pero Anna Campbell murió. Mi compañera estuvo a punto de morir. A mí me atacaron. ¿Qué clase de protección era esa? Alguien intentó tenderle una trampa a su vecino. ¿Qué protección era esa?

—¡Usted me trajo aquí! ¡Fue culpa suya!

Macleod volvió a sentarse mientras una idea le cruzaba de repente la cabeza.

—Ven… ¿mataría a sus hermanas si se salieran de la raya?

—¡No! ¡Yo nunca le hablé de los pergaminos ni de esa mierda religiosa! No hasta después de lo de Liberty. También le prohibí a Precious que se lo contara. Él no sabía nada.

—¿Es fuerte su esposa?

El hombre se quedó mirando a Macleod. De pronto, el miedo le asomó a los ojos.

—¡No! Ella no lo haría.

—Ella no quería irse de Estados Unidos. No veía nada malo en lo que estaba pasando allí. Sabía lo que hacían las chicas porque usted le dijo que las vigilara.

—¡Pero el derecho a reprenderlas era mío! Eso significaba que ella no podía.

—Y cuando usted se negó, cuando creó ese punto muerto, ese bloqueo que impedía actuar contra lo que hacían, ella tomó las riendas.

—¡Pero matar a nuestra hija, no!

El hombre se puso en pie y golpeó la pared con los puños. El agente se levantó y fue hacia él, pero Macleod alzó una mano para detenerlo.

—Usted dijo que Ven protegería a la familia. ¿Se lo contó ella? ¿Intentó él tenderle una trampa a su vecino? ¿Quién creía usted que lo había hecho? Lo sabía, hombre, maldita sea, lo sabía. Y ahora su otra hija va a pagarlo. Anna Campbell murió porque usted nos lo ocultó todo.

Carlton volvió a golpear la pared y luego se desplomó en el suelo.

—Me lo oculté a mí mismo. Ella no puede haberlo hecho, no puede. Es su madre.

Macleod sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sí, es madre, pero también es algo peor. Era y es una creyente de verdad. Dios santo.

Sacó el móvil del bolsillo. McGrath está con la asesina.