El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

—¿Eres de aquí, Ross? —preguntó Hope, observando cómo conducía.

—Sí, pero de Inverness mismo. Vivo por la zona del puente.

—¿El grande?

—Sí —respondió Ross—. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Has oído hablar alguna vez de esta secta por aquí?

—Nunca.

Ross tomó otra curva cerrada.

—En Glasgow tampoco. —Hope miró por la ventanilla, intentando distinguir las formas oscuras a su alrededor—. ¿Tú qué opinas de todo esto? ¿Crees que Ven Carlton los mató a todos?

—Bueno, parece cosa de él o de su padre. Quizá el padre a los dos primeros y luego fue lo bastante tonto como para pedirle al hijo que le echara una mano con Missy. O quizá el hijo lo hizo por su cuenta. ¿Quién sabe? Pero yo apuesto por el padre, diga lo que diga tu inspector.

—¿Así que venir hasta aquí es dar palos de ciego?

—No —dijo el hombre, sacudiendo la cabeza con fuerza—. Tiene que estar por aquí, en alguna parte. Seguramente muerta, eso sí.

—Oye, Ross, déjame primero en casa de los vecinos. Quiero hacerle unas preguntas al señor Tunnock.

—¿No crees que sea él? —preguntó Ross.

—No, pero quizá pueda ayudar. Es un fisgón de cuidado.

Una vez la dejó en lo alto del camino de entrada, Hope bajó hasta la puerta principal de los Tunnock. Llamó al timbre, admirando de nuevo la elegante puerta, y le abrió Alison.

—Disculpe, señora Tunnock, ¿está su marido en casa?

La mujer examinó a Hope con recelo.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho ahora?

—Nada que yo sepa, solo necesito hacerle unas preguntas. ¿Dónde ha estado todo el día?

—Salió temprano al campo y a última hora de la tarde, pero el resto del tiempo ha estado en esa habitación suya con el telescopio.

—Bien —dijo Hope con firmeza—, puede que nos sea útil.

La señora Tunnock llevó a Hope hasta Jim Tunnock, que apartó la vista del telescopio para saludarla.

—Siempre es un placer ver a la mejor mitad del dúo investigador. ¿Te apetece tomar algo?

—Jim, está trabajando.

—Vamos, Alison, no hace falta ser tan severa, seguro que la detective puede responder por sí misma.

Hope vio venir otra guerra conyugal y tomó las riendas de la conversación.

—No, señor Tunnock, se lo agradezco, pero estoy de servicio. ¿Ha estado observando hoy la casa de los Carlton? No hace falta que se haga el ofendido; de hecho, quizá pueda ayudarnos.

—Ah —dijo Jim—, interesante. La verdad es que sí estaba echando un vistazo por allí, con eso de que se llevaron al viejo. Ahora hay más jaleo también.

—Sí, estamos investigando una desaparición —dijo Hope.

—¿La mayor?

—Jim, ¿cómo lo sabes?

—Alison, querida, ¿te importaría prepararle un té a la agente? Seguro que eso sí está permitido estando de servicio.

Hope no estaba de humor para un té, pero sí quería acorralar a Jim Tunnock a solas, así que asintió con entusiasmo. Alison Tunnock pataleó a medias antes de desaparecer como una esposa regañada.

—Así que la ha visto hoy, ¿verdad? —preguntó Hope.

—No, pero lo estaba intentando —dijo Jim—. Está muy buena, como tú, la mayor. Todavía me acuerdo de ella en bikini ahí detrás, antes de que se fuera. Cuando volvió, estuve pendiente de ella. A menudo salía por detrás de la casa a tomar el aire, como se dice. Tiene unas curvas de infarto.

Hope se acercó más a Jim y se sentó en una silla frente a él. Se inclinó hacia delante, consciente de que enseñaría algo de escote y lo tendría pendiente.

—¿Qué ha visto? Puede contármelo, su mujer no está.

—Bueno, hoy nada. Ayer salió en camiseta con este tiempo y estaba tremenda. Tiene un tipo como el tuyo, llena una camiseta que da gusto. Veo que no te importa que te lo diga.

Hope sintió un amago de náusea al oírlo, pero lo tenía donde quería, así que mantuvo la fachada.

—¿Alguien más por allí?

—Bueno, vi a la madre, a esa Sera y al hermano antes por detrás de la casa.

Pero al poco volvieron a meterse dentro.

Aunque la madre andaba por los campos de abajo poco después.

De hecho, eso me despistó porque estaba mirando en dirección equivocada.

Yo estaba pendiente del jardín trasero, pero ella subía desde el campo.

Desde bastante abajo, además. Y luego salía de la casa, que fue lo raro. Debí de quedarme embobado.

—¿Ha dicho que también la vio antes?

—Sí, entonces yo estaba en el campo y ella bajaba de la casa. Le silbé porque llevaba unas mallas ajustadas y eso, pero se giró y echó a correr hacia la casa. O al menos en esa dirección.

—¿Cómo estaba?

El hombre alzó la vista y sonrió.

—Acalorada y agitada. Se notaba que había estado sudando y que tenía prisa. La camiseta se le pegaba como⁠—

—No, me refiero a su estado, no a su figura.

Jim Tunnock bajó la mirada hacia Hope y pareció comérsela con los ojos.

—Estaba sudando en mallas y tú necesitas saber más.

Hope vomitó para sus adentros. Aquel tipo era un baboso de tomo y lomo. Pero siguió allí sentada, sonsacándole la información.

—¿Llevaba algo encima?

—No. Nada. Pero se la veía con prisa.

Hope sonrió.

—¿Cómo de fuerte diría usted que es la señora Carlton?

—Te daría guerra, como tú. Pero valdría la pena.

Aquello ya era demasiado y Hope soltó un suspiro de alivio cuando se abrió la puerta y entró la señora Tunnock con una taza de té. Hope se levantó, le cogió la taza a la mujer y se acercó al telescopio de la habitación.

—Cuidado, no toque su juguetito —advirtió Alison.

Después del primer encontronazo con aquella pareja, Hope notó algo nuevo en el ambiente: la falta de tensión. Antes estaban a la greña, pero ahora se respiraba otra clase de electricidad.

—Perdone que se lo pregunte, señora Tunnock, pero ¿no le cabrea un poco que su marido se coma con los ojos a las mujeres por este telescopio?

Una sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer, que se arrimó a su marido, le rodeó con un brazo y le enroscó una pierna en torno a la suya.

—Así fue como me encontró, hace ya muchos años. No apartaba los prismáticos de mí. Mi marido es un voyeur, detective; le gusta mirar, pero tiene buen gusto.

—Perdone otra vez, pero su marido hace algo más que mirar.

Hope observó a la mujer para ver si se tensaba ante la pulla, pero ninguno de los dos se inmutó.

—Y yo también hago algo más que mirar. No soy una esposa sufridora, detective. Somos más abiertos que la mayoría de las parejas, nos funciona a los dos. Debería tenerlo en cuenta; podría ser una opción para usted en la vida.

—Desde luego no te faltarían ofertas —terció Jim Tunnock.

Hope sintió que se le erizaba la piel. No le importaba que los hombres la mirasen, pero aquel tipo la devoraba descaradamente con la mirada, con otra mujer colgada del brazo.

No era ningún trozo de carne. Se preguntó si los vecinos de al lado tendrían una visión más sana del matrimonio.

Aunque, claro, en este trabajo no existía nada que fuese normal.

Hope bebió el té dándole vueltas a la siguiente pregunta mientras la ahora feliz pareja parecía deshacerse en arrumacos.

Costaba recordar que uno de ellos había estado hacía poco con una víctima de asesinato y había sido sospechoso.

Quizá el alivio de ya no estar bajo sospecha les estuviera sentando bien.

Ya se sabe: el poder del miedo, o al menos el miedo ya desaparecido, es un afrodisíaco.

—Cuando encontramos el combustible en su garaje, ¿tenía alguna idea de cómo llegó allí?

—Ninguna —respondió Jim Tunnock—. No abro el garaje a menudo y lo tengo cerrado con llave. Lo que más rato lo dejo abierto, supongo, es cuando bajo paseando hasta el final del campo. Por las botas de agua, ¿sabes? Últimamente está todo hecho un barrizal, con el invierno y la nieve.

—¿Cuánto tiempo se queda sin vigilancia? —preguntó Hope.

—Unos veinte minutos como mucho. Hay ciertas cosas ahí dentro que no son para todos los públicos, si me entiendes. Nada ilegal, pero bastante cachondas, digamos.

La mente de Hope se aceleró y luego frenó en seco. De verdad que no quería saber más. Ahí había margen para colocar el material, pero habría que estar cerca para poder verlo. Habría que haber vigilado antes, saber que la puerta solo se abría durante ese breve periodo. No habría sido por casualidad.

Hope pensó en quién podía ver qué desde la casa de los vecinos. Fuera hacía frío y no estaba de humor para un paseo por la nieve, especialmente con un hombre que seguro se pasaría el rato mirándole el culo, pero así era la vida de una detective.

—Señor Tunnock, ¿le importaría enseñarme el recorrido desde el garaje hasta el campo, adonde iba durante esos veinte minutos en que la puerta solía quedarse abierta?

El hombre se estremeció.

—Hace un frío que pela ahí fuera, la verdad es que no me apetece mucho.

Hope se volvió hacia él y se irguió altiva como un pavo real antes de acercarse a la ventana. Extendió los brazos, giró los hombros y se aseguró de ofrecerles un buen espectáculo.

—Creo que deberíamos ir todos —dijo Alison, y Hope oyó al marido secundar la propuesta.

—Será divertido —dijo él.

Qué va, pensó Hope. Lo que hace una por este trabajo.

Unos minutos después, guiaron a Hope hasta el garaje de la casa y luego le señalaron el campo de atrás.

Se alegró de llevar puestas las botas prácticas en lugar de unos zapatos más elegantes, porque la nieve era espesa y fría, y los pies se le hundían a veces hasta el tobillo.

Pese a haber pedido que le enseñaran el camino, descubrió que sus guías se las arreglaban para colocarse detrás de ella y volvió a sentirse como ganado exhibido ante los compradores.

Mientras avanzaba penosamente campo abajo, no dejaba de mirar atrás para ver qué ventanas de la casa de los vecinos seguían viéndose. Solo había una y en ese momento tenía la luz encendida. Hope la mantuvo a la vista hasta que llegaron al fondo del campo.

—Así que hasta aquí llegaba, señor Tunnock, ¿no?

—Sí, detective, pero llámame Jim.

—Estoy trabajando, señor Tunnock, así que seguiremos tratándonos de usted.

El comentario pareció surtir el efecto contrario al pretendido, y Hope notó que volvían a repasarla con la mirada.

—A Jim le gustan las mujeres fuertes, detective.

—No sabía que tuviera preferencias; por lo que yo veía, con tetas, culo y piernas bastaba.

De nuevo el comentario fue recibido demasiado bien para el gusto de Hope.

—Dígame, señor Tunnock, ¿había alguien en esa habitación cuando usted estaba aquí abajo? —Hope señaló la ventana iluminada.

—Que yo recuerde, no, pero era de día, cuesta mucho más ver, la verdad.

Una vez conseguida toda la información que quería, Hope emprendió rápidamente la retirada hacia la casa y su calor acogedor. Dio las gracias a los Tunnock por su ayuda y Jim Tunnock la acompañó hasta la puerta.

—Encantado de ayudar —dijo, con los ojos recorriendo a Hope—. Si puedo ser de más ayuda, profesional o —hizo una pausa— nada profesional, por favor, soy todo oídos.

Dando la espalda a la casa, Hope le dio las gracias como de pasada y echó a andar deprisa por el camino de entrada nevado. Se abrazó a sí misma, aterida de frío. ¿O eran escalofríos de otra naturaleza? En cualquier caso, se alegraba de seguir camino.