Capítulo 22
M acleod creía que aquello terminaría rápido.
El hombre tenía solo veinticuatro años, apenas un muchacho a ojos de Macleod, y las pruebas lo tenían acorralado.
El padre, Justin Carlton, se había derrumbado y había admitido que estaba protegiendo a su hijo.
Lo único que tenían que hacer era presionarlo un poco y encontrar a Missy.
Seguramente estaría muerta, pero mantendría el ritmo hasta confirmarlo con certeza.
Macleod observó cómo hacían pasar a Ven Carlton por la puerta trasera de la comisaría y, una vez más, le impresionó la envergadura del muchacho.
Alguien con su fuerza no habría tenido ningún problema en reducir a Andy MacTavish y a Liberty Carlton, y mucho menos a Anna Campbell.
Trató de recordar al agresor con el que se había enfrentado en el bothy , pero su memoria, o quizá el episodio original, no era lo bastante nítido.
Sabía que le habían dominado, pero recordaba muy poco del agresor.
—¿Preparado para esto, señor? —preguntó Hope, acercándose.
—Sí, Hope. Acabo de llamar a Jane un momento; ha vuelto a nuestro alojamiento, tiene una botella de tinto y parece necesitar compañía.
—¿Quieres que me vaya a un hotel?
—Sería ideal —dijo Macleod con voz inexpresiva.
—No cantes victoria todavía —replicó Hope—. Estas cosas tienen la costumbre de alargarse mucho después de que el detective las dé por acabadas.
Macleod sacó la lengua, cogió el café y le indicó que entraran en la sala de entrevistas donde tenían a Ven Carlton.
El hombre estaba sentado detrás de la mesa de interrogatorios, más bien aséptica, y parecía un poco agitado.
Bien —pensó Macleod—, esto debería ser fácil si está tan alterado.
Mirando a Ven, Macleod decidió dejar que Hope iniciara el interrogatorio y, tras hacer constar los datos reglamentarios en la grabación, se limitó a indicarle con la mano abierta que podía empezar.
—¿Sabe por qué está aquí, Ven? —preguntó Hope.
—Vengeance, no Ven. Madre me puso Vengeance. Dijo que, como hombre, yo estaría ahí para mantener a todo el mundo a raya. A Liberty la mantenían a raya.
—¿La mantenía usted a raya? —preguntó Hope.
Vengeance Carlton le sostuvo la mirada, los ojos fríos en apariencia. Entonces se le escapó una lágrima del ojo izquierdo y le rodó por la mejilla. Sin hacer ademán de limpiársela, negó con la cabeza.
—¿Le caía bien su hermana? ¿Se portaba bien en casa?
Macleod vio que las manos del hombre empezaban a moverse con inquietud. Aunque la sala de entrevistas estaba caldeada, no justificaba en absoluto el sudor que empezaba a formarse en la frente del hombre. Ven miró brevemente al suelo antes de girarse hacia un lado y clavar la vista en la pared.
—Conteste a la pregunta, por favor —dijo Hope. El hombre no apartó los ojos.
—Mi compañera le ha pedido que conteste a la pregunta, señor Carlton. Hágalo, por favor.
El hombre centró la atención de inmediato en Macleod.
—Sí, señor. Papá parecía contento con ella, nunca le vi enfadarse con ella. No como con Missy; no quería a Missy en casa. Se había descarriado.
—¿Y había que castigarla? ¿Igual que castigaron a Liberty? ¿Eso fue lo que pasó, que alguien tenía que castigarlas, poner a sus hermanas en vereda? ¿Eso exigían las normas? —preguntó Hope.
El hombre la ignoró hasta que Macleod le indicó que debía responder a la pregunta. Entonces volvió a centrarse en Macleod y el inspector percibió que el enfado de su compañera empezaba a desbordarse cuando ella resopló ligeramente.
—Liberty estaba con alguien con quien no debía estar. Hacía mal, con alguien con quien no debía estar. Por eso la mataron. Tenía el rollo en la boca. Ahora está atrapada, no puede ascender, no está en el cielo. No volveré a verla.
Los ojos de Ven se volvieron muy distantes, como si estuviera recordando otra cosa.
—¿Fue justo lo que le pasó? ¿Se lo merecía? —preguntó Macleod, asumiendo el mando dado que Ven seguía ignorando a Hope.
—En América solían hacer eso cuando vivíamos allí. Eso dijo Padre. Solían hacer eso. Pero… —Ven se quedó callado.
—Pero ¿qué, señor Carlton?
El hombre permaneció en silencio y Macleod se inclinó sobre la mesa.
—Le he preguntado: «Pero ¿qué?». Contésteme, por favor.
—Pero allí lo hacían los padres; era un derecho del padre. Padre debería haberlo hecho. Ella debería haberse parecido más a Madre; es un buen ejemplo de cómo debe ser una mujer.
El hombre giró ahora la cabeza hacia Hope.
—A usted le vendría bien seguir su ejemplo. Esa forma de vestir no es para que la vean los de fuera.
Macleod miró a Hope y, aunque llevaba un conjunto que le realzaba las curvas, no tenía nada de vulgar, ni siquiera para los estrictos criterios de decoro de Macleod.
—¿Le pasó a Missy lo mismo que a Liberty? —preguntó Macleod.
—No lo sé —dijo el hombre, enfadado—. Me lo preguntaron en casa y les dije que no lo sabía. Sigo sin saberlo.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Esta mañana. En el desayuno, antes de que me mandaran hacer tareas con Sera. Estuve con Sera en el cuarto de trabajo, vaciándolo.
—¿El cuarto de trabajo? —preguntó Macleod.
—Sí, la habitación de Madre, donde cose y hace la ropa.
Quería que la vaciáramos, que la reorganizáramos y que Sera me ayudara.
Dijo que nos tendría ocupados una hora, pero tardamos más, quizá tres.
Luego oímos que Missy había desaparecido y me hicieron muchas preguntas.
Pero yo no sabía dónde estaba. Sigo sin saberlo.
Usted le metió a Padre aquí y eso significaba que yo era responsable de Missy, pero no sé dónde está. ¿Tiene alguna idea?
El hombre se puso en pie y empezó a recorrer la sala de un lado a otro.
—Padre habría sabido dónde estaba. La habría encontrado, pero usted le metió aquí.
Nunca la encontrarán. Padre dijo que ustedes no encontraron a Liberty hasta que fue demasiado tarde.
¿Cómo van a encontrar a Missy? Debería estar con nosotros.
Debería haberse quedado en casa con nosotros, debería haber dejado que Padre le encontrara a alguien bueno que la quisiera, alguien con quien pudiera ser una sola carne.
Podría haber sido tan hermosa como Madre.
—¿Me está diciendo que no la ha visto ni ha estado con ella desde esta mañana? —preguntó Hope, interrumpiendo. El hombre la ignoró. Macleod fue a hablar, pero Hope se le adelantó.
—Creo que se la llevó y le puso en la boca el mismo rollo que a Liberty. Creo que fue usted.
—¡Cállate! —gritó Ven—. Tú no eres quién para decir eso, no tienes derecho a acusar. Yo no la he visto. No he sido yo, no he sido yo, pero he fallado, he fallado.
Vengeance Carlton se puso en pie y estrelló los puños contra la mesa, golpeándola con tanta fuerza que la hizo temblar y desplazarse.
—¡He fallado, igual que Padre, he fallado!
Acto seguido, agarró la silla que tenía detrás y la arrojó contra la pared.
—¡Cálmese! —gritó Macleod.
Pero el hombre siguió dándole patadas a la mesa antes de volcarla y derramar el café por todas partes.
Hope rodeó la mesa a toda prisa mientras Macleod pedía ayuda desde fuera.
Hope le agarró el brazo a Ven y se lo dobló a la espalda, lo puso de rodillas y, tras un breve forcejeo, consiguió esposarle.
Para entonces ya habían llegado refuerzos, y Macleod pidió que volvieran a poner la sala en orden mientras encerraban al señor Carlton en un calabozo. De pie a un lado de la sala, Macleod le dio una patada a la pared.
—¿No ha ido bien, señor? —preguntó Ross, entrando en la sala.
—No, Ross, no ha ido bien. Suba a casa de los Carlton y registre el sitio a fondo. Volveremos a intentarlo con Ven Carlton, pero algo me dice que no va a hablar. Búsqueme algo a lo que agarrarme, porque tenemos que encontrarla, y rápido, si tiene alguna posibilidad de sobrevivir.
—Señor —asintió Ross, y salió a toda prisa a organizar a sus compañeros.
—¿Señor?
—¿Qué, McGrath? ¿Qué?
—¿Sigues creyendo que ha sido él? Se ha alterado bastante ahí dentro.
—¿Y de quién ha sido la culpa? —dijo Macleod, chasqueando la lengua.
—Tú me dijiste que llevara la voz cantante.
—Llevar la voz cantante, sí, pero cuando intervine porque él no te hacía caso, ¿por qué se te ocurrió volver a meterte? Estaba hablando y le has enfurecido. McGrath, con esta podrías habernos costado caro.
—Pero ¿estás seguro de que ha sido él?
—Claro que estoy seguro. Su padre le está protegiendo, eso está claro, y el tipo reúne todos los rasgos y prejuicios para haberlo hecho.
Le han educado para odiar, para obedecer sin rechistar y, en última instancia, para arreglar las cosas.
Tampoco es muy espabilado, pero parece fuerte como un buey.
—Pero aún no lo sabemos —dijo Hope—. No hay pruebas concluyentes. Ha dicho que hoy ha estado con Sera, así que ¿cómo va a esconder a Missy? Déjame subir con Ross a la casa. Quiero seguir indagando allí. No estoy convencida.
Macleod negó con la cabeza.
—¿Estás segura de que no es tu orgullo herido porque le has sacado de quicio? ¿No será que te ha picado que no quisiera hablar con una mujer?
—¡Ni se te ocurra! Soy detective, no una niñata que se ofende porque alguien se haya puesto como una fiera delante de ella. No, señor, necesito seguir con esto porque creo que nos estamos equivocando.
Macleod le dio la espalda.
—De acuerdo, McGrath, ve con Ross, pero rápido, porque si tienes razón vamos a quedar como unos imbéciles cuando ocurra algo más.
—¿Algo más? Aparte de Missy, ¿qué más podría pasar?
Macleod se volvió hacia Hope y bajó la mirada.
—Liberty traicionó a la familia, igual que su amante.
Missy traicionó a su hermana y a la familia.
Anna Campbell, una forastera que se limitó a poner a Liberty en contacto con el mundo exterior.
¿Dónde acaba esto, siguiendo esa lógica?
Si yo tengo razón, lo hemos parado aquí y ahora.
Pero con tu idea, quién sabe cuándo acabará, porque ya no tenemos al asesino y todo el que haya estado en contacto con estas chicas es un objetivo.
Hope asintió y salió de la sala.
Maldición, pensó Macleod, más vale que llame a Jane y le dé la mala noticia.
Salió de la sala de entrevistas, dejando atrás al equipo que la estaba limpiando, y salió por la parte trasera de la comisaría a tomar un poco de aire.
Cogió el móvil, abrió el contacto de Jane y se quedó mirando la foto que tenía puesta.
Era una foto tomada en un momento de risa, y salía estupenda. Con el pulgar, pulsó la imagen.
Y entonces pulsó «Cancelar». Cruzó el aparcamiento y se plantó delante de un arbusto pelado, despojado de flores por el invierno.
La nieve semiderretida chasqueó bajo los pies y el frío le mordió una mejilla.
Alzó la vista y vio un cielo con menos de la mitad de las estrellas que esperaba.
Estaba nublado, y las nubes eran densas.
¿Tú qué crees? ¿He acertado o Hope va bien encaminada? Estaba tan seguro hasta que ha dicho eso, tan seguro. A cualquier otro le habría puesto a caldo y le habría mandado a paseo. Pero ella es como tú, se parece tanto a ti. Sabe hacerme entrar en razón, aunque yo no quiera.
Te echo de menos, amor, aunque nunca llegaste a ver esto.
Te habrían encantado el misterio de estos casos, los detalles.
También entendías a la gente, más de lo que yo entendía entonces.
Habrías sido una detective estupenda. La veía delante: el pelo castaño y aquellos ojos que un día brillaron y que se apagaron después de casarse y de la maldita intromisión de la comunidad que la rodeaba.
Sienta bien hablar, mejor que cuando estábamos juntos.
Entonces no se me daba bien hablar. Quizá ya no se me dé tan bien tampoco.
—Señor, estamos listos cuando usted quiera —dijo un agente desde la puerta trasera.
—Voy. Gracias.
Qué raro le habré parecido, aquí hablándote. Plantado aquí, en medio del frío, sin un cigarrillo en la mano, ni uno de esos vapeadores —creo que se llaman así—. Habré parecido patético, un viejo chalado hablando con su mujer muerta.
Pero Macleod sabía que eso no era lo que le preocupaba. Lo que le preocupaba era su deseo de no hablar con Jane de nada de aquello.