Capítulo 21
M acleod entró a toda prisa en la segunda sala de entrevistas, donde se encontraban Justin Carlton y su abogada.
Le encontró mordiéndose las uñas y mirando frenéticamente de un lado a otro.
A su lado, impecablemente vestida con un traje oscuro y una blusa blanca, había una mujer morena y menuda, quizá de unos treinta años, con unas gafas que le daban un aire profesional.
Macleod tomó asiento frente a la mesa tras la que estaban sentados ambos y apoyó las manos sobre ella.
—¿Por qué está en peligro Missy? ¿Por qué va a morir?
—Porque yo lo he ordenado. La eliminarán en muy poco tiempo. —Carlton miró a la pared al hablar.
—¿Dónde? ¿Quién? ¿Cuándo?
Macleod vio a Hope sentarse a su lado y se recostó en el asiento.
—Mi socio. Va a matarla por orden mía. Deme un teléfono y lo pararé.
Macleod miró fijamente a Carlton, que se revolvía en su asiento.
—¿A quién va a llamar?
—No pienso decirlo. Pero le llamaré y me aseguraré de que no ocurra. —Carlton temblaba, nervioso.
—Mi cliente se ofrece a ayudar, inspector, a evitar la muerte de una inocente. ¿Me permite sugerirle que actúe en consecuencia? —La mujer le miró deliberadamente por encima de las gafas, como si cualquier otra opción fuese la mayor estupidez jamás cometida por un ser humano.
—Disculpe, señorita, ¿su nombre?
—Janice Kyleholm, abogada del señor Carlton.
—De acuerdo, señorita Kyleholm. Primero, si van a matar a alguien, tenemos que estar allí para impedirlo. Segundo, ¿por qué nos hacen venir? ¿No podría haberle dado usted su teléfono al señor Carlton y haberlo parado sin más? Solo tendría que decirle a su socio que huyera. ¿Por qué avisarnos?
—Porque —respondió la mujer con brusquedad— el señor Carlton está haciendo lo correcto al involucrarlos. Intenta evitar más daño.
—¿Y está admitiendo los tres asesinatos cometidos hasta ahora, incluido el de su propia hija? ¿Me está diciendo que mató a su propia hija?
—Eso es exactamente lo que estamos diciendo.
—Señor Carlton —preguntó Macleod—, ¿mató usted a su hija Liberty?
Carlton asintió con la cabeza.
—Seguimos grabando. ¿Puede decir que sí para la grabación? —preguntó Macleod.
Vio al hombre levantar la cabeza, con los ojos anegados en lágrimas. Pero permaneció en silencio.
—Necesito que lo diga.
—Diga que sí para la grabación —aconsejó la señorita Kyleholm—. Es una mera formalidad que le pide el inspector.
—¡Una formalidad! —gritó Carlton, con el rostro enrojecido y las lágrimas corriéndole por la cara—. La muerte de mi hija, una puta formalidad. Está muerta, ¿me oye? Está muerta.
—Sí, lo está —dijo Hope—, pero por lo que nos han contado sus hijas, usted no le habría hecho daño a ninguna. Eso no es lo que usted hace.
—Pero yo… yo… lo hice. —La voz le salió en un susurro ronco.
—Repítalo más alto, para la grabación —dijo Hope.
—Acabo de decirlo.
—Pues dígalo otra vez, más alto, para la grabación —indicó Macleod.
—Creo que mi cliente ya lo ha dicho como es debido…
—No, no lo ha hecho —dijo Macleod—. Tiene que quedar en la grabación.
—Vale… vale —gimoteó Carlton—, lo hice, la maté. ¡Maté a Liberty! ¿Ha sido bastante alto?
—Bastante alto, pero dudo que sea exacto —dijo Macleod.
La tensión en la sala era palpable y Macleod notó cómo le sudaban las palmas. A su lado, vio a su compañera casi mecerse en el asiento. Pero algo le inquietaba. Carlton había pronunciado las palabras, pero seguía pareciendo nervioso, como si ocultara algo más.
—Cuénteme cómo lo hizo —pidió Macleod.
—Bueno… bueno… los quemé vivos, con mi gasolina.
—¿Por qué?
—Porque estaba mancillada por estar con ese bastardo, así que los maté a los dos.
—¿Algo más sobre las muertes? ¿Dejó alguna otra señal o marca?
Macleod vio cómo el rostro de Carlton se iluminaba de repente y se transformaba en una expresión de horror.
—El rito, hice el rito.
—¿Qué rito? —preguntó Hope.
—Les metí dos pergaminos en la boca.
—¿Por qué? —preguntó Hope—. Se habrían quemado, ¿no?
—Los pergaminos impiden que sus almas entren en el cielo. Tenía que recibir un castigo. Tenía que…
Carlton se derrumbó, inconsolable.
Pero algo le reconcomía a Macleod.
—Entonces, ¿por qué recurrir a otra persona esta vez? ¿Qué ha cambiado?
—Bueno, yo estoy aquí dentro.
Ahí me ha pillado, pensó Macleod. Pero algo sigue sin cuadrar.
—Pero ¿por qué ahora? Missy lleva mucho tiempo sola por ahí. Podría haberla matado a ella antes que a Liberty.
Carlton rompió a llorar de nuevo.
—¿Qué más quiere, inspector? Tiene la confesión de mi cliente. Ya puede marcar la casilla.
Macleod se levantó tan deprisa que hizo saltar la mesa antes de que volviera a asentarse. Marcar la casilla, pensó. Será fresca. No, aquí pasa algo. Está protegiendo a alguien.
—¿Quién va a matarla?
El hombre se desplomó en el suelo y Hope corrió a rodear la mesa para prestarle ayuda. Pero el hombre se limitaba a llorar en el suelo, con los hombros sacudidos por los sollozos.
Macleod se irguió cuan alto era.
—Francamente, señor Carlton, no le creo. Jamás le ha hecho daño a ninguno de sus hijos y no ha empezado este año. Vamos, Hope, creo que aquí hemos terminado.
Carlton se incorporó del suelo.
—¡No, no se vayan! Estará muerta. No tendrá ninguna posibilidad. Puede que incluso ya la tenga. No hay tiempo.
—¿Quién? —gritó Macleod—. Dígame quién o me voy ahora mismo.
Por el rabillo del ojo, vio la expresión de preocupación en el rostro de Hope.
Carlton se echó a llorar de nuevo, los hombros sacudidos por un dolor que apenas lograba contener. Macleod permaneció impasible y una vez más vio a Hope mirándole boquiabierta.
—Muy bien, si no me da un nombre, aquí hemos terminado.
—¿Puedo irme? —preguntó Carlton con la voz quebrada.
—¡No! Aún no hemos terminado con usted. Acaba de confesar tres asesinatos; no puedo dejarle salir sin más. Volveremos más tarde esta noche. Tengo trabajo que hacer.
Al girar sobre los talones, Hope ya se había puesto en pie y se acercaba a él.
—Ahora no, McGrath, fuera.
Al salir por la puerta, con Hope justo detrás, Macleod oyó los gritos del hombre atormentado.
—De acuerdo —gritó Carlton—. Ven la matará. Ven le hará a Missy lo mismo que le hizo a Liberty. Dejará la nota y ella no verá el cielo. ¿Lo entiende? ¡No verá el cielo!
Macleod esbozó una sonrisa contenida. Lo sabía.
—McGrath, avise por radio a los agentes de la casa de que detengan a Ven Carlton y le traigan a comisaría. Tenemos que hablar con él.
Veinte minutos después, Macleod estaba de pie en un recoveco junto a la máquina de café de la comisaría cuando Hope se le acercó.
Traía una expresión decidida, como si fuera a sonsacarle la verdad, pensara él lo que pensara.
Ladeó un poco la cabeza y suavizó el tono, como hacían las mujeres cuando querían sacarle algo a un hombre.
Él dudaba que fuera deliberado, igual que un hombre cambia el tono para impresionar o insinuarle algo a una mujer.
—¿Cómo lo supiste?
—¿Saber el qué? —preguntó Macleod, pero estaba de broma; sabía a qué se refería.
—Carlton. El padre. ¿Cómo supiste que no fue él?
—Intuición masculina.
Hope se rio.
—Vete a la mierda… señor.
Macleod sonrió.
—A lo mejor es cosa de hombres, o a lo mejor no. Cuando miras a Justin Carlton, ¿qué ves?
—Un cerdo machista. Tenía a su mujer y a sus hijas en un estado de felicidad pervertida, para su propio disfrute. Siempre exhibidas ante él y, al mismo tiempo, apartadas de cualquier relación normal con otros hombres. Poseídas y sometidas. Está claro que le importaban bien poco.
El asco en el rostro de Hope era evidente.
—Te equivocas. Te has dejado llevar por tus prejuicios.
Aunque no te culpo. —Macleod vio la expresión de estupefacción en el rostro de Hope—.
Tienes que verlo desde su punto de vista.
Esta secta, desde su óptica, veneraba a las mujeres.
Sí, estaban para el placer del marido, pero él también estaba para cuidarlas y quererlas.
Su deber era asegurarse de que nadie abusara de ellas.
Que alguien se fuera de picos pardos con su hija era un horror, una abominación.
Pero para ellos, tener a esas mujeres, a las que consideraban hermosas, paseándose con poca ropa era normal, lo natural.
Recuerda que él no consideraba aquello maltrato.
—Pero tenían marcas, una de las chicas tenía marcas.
Hope estaba indignada.
—Sí, las tenían. Pero no era lo que ellos considerarían abuso. Solo una reprensión para mantenerlas en el buen camino. Como un cachete a un niño, al menos así lo veían ellos. Para Carlton, lo normal era una familia feliz, protegida del mundo y capaz de exhibir su belleza en un entorno seguro.
—¿De verdad te lo crees? —preguntó Hope—. ¿Es por cómo te criaron que estás de acuerdo?
Macleod levantó una mano y dio un largo sorbo al café.
—Tranquila, Hope. No he dicho que esté de acuerdo; solo intento entender cómo piensa. Pero no le eches toda la culpa a él. Precious Carlton también cree en eso. Ha vuelto y podría haberse marchado. No sé si le han lavado el cerebro o si lo cree de verdad, pero ahora es cómplice, eso está claro.
»Verás, Missy se escapó y Carlton no hizo nada.
Sabemos que la secta habría exigido que muriera y que le pusieran el papel en la boca para impedir que su alma ascendiera al cielo, o como quiera que lo entendieran ellos.
Carlton no habría querido eso para Missy.
Creo que se alejaron de la secta porque él no compartía esas ideas extremas.
—¿Y aun así estaba de acuerdo con toda esa degradación femenina en la casa? —preguntó Hope, enarcando una ceja.
—Sí, pero él no lo veía como degradación, sino como protección, como permitir que las mujeres a las que quería mostraran todo su esplendor.
Ya sé que suena raro, y lo es. Pero así lo ve él.
Envió a Missy lejos para que no contaminara a las demás.
Pero ahora que la familia se necesita mutuamente tras la muerte de Liberty, ella ha vuelto a casa.
Sí, tiene problemas con Missy, pero la quiere.
—Pero ¿y lo de la gasolina y todo eso? Seguro que él estaba implicado.
—Se dio cuenta de lo que había hecho Ven. Ven se había criado en la cultura de esa secta e hizo lo que las normas habrían exigido. Su padre debió de darse cuenta y luego intentó desviar la culpa hacia el vecino. Pero estaba protegiendo a su hijo e intentando proteger también a la familia.
Hope frunció el ceño, horrorizada.
—Y cuando nos lo llevamos, dejamos la puerta abierta otra vez para Ven.
—¡Sí! Exacto.
—Así que lo único que queda es encontrar a Missy, presionar a Ven y localizar el cadáver. Seguramente está muerta.
Macleod asintió.
—Eso creo, pero le presionaremos y lo averiguaremos. Al menos encontraremos un cuerpo para que su madre pueda enterrarla.
—Menuda familia de tarados. —Hope se giró y se preparó un café—. ¿Sabes? Carlton sí tenía esa mirada que ponéis vosotros los hombres, esa de asco. Tú la pones a veces.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, recuerdo la primera vez que me viste en la comisaría de Glasgow, antes de salir para Lewis. No sé si te hizo mucha gracia lo que llevaba puesto. Un pelín atrevido para ti, quizá.
Hope sonrió, pero Macleod percibió la seriedad de la pregunta.
—Sí, se te veía la ropa interior.
—¿La ropa interior?
—Sí, un tirante del sujetador y algo de escote. Por cómo me criaron, eso te habría marcado como una mujer de dudosa reputación. Pero no es así como te veo.
—Gracias a Dios —dijo Hope.
—Desde luego, gracias a Dios. Pero me incomoda. En cambio, cuando Jane anda por casa solo con una cami—
—¡¿Qué?! —exclamó Hope.
Macleod sonrió ante sus pensamientos desbocados.
—Ya ves, distintos criterios. Hombres y mujeres tenemos ideas diferentes sobre lo que es privado. Siento haberte mirado así, porque eres alguien muy especial, Hope.
—Y tú eres toda una caja de… ¿sorpresas?
Enarcando una ceja, Macleod sonrió.
—Eso sí, te hace falta un poco de elocuencia; quítate de encima esa jerga de ciudad.
Al darse la vuelta oyó las palabras «Capullo pijo». Por dentro se rio. Sí, ese soy yo: un idiota arrogante y pijo.