Capítulo 20
M acleod se humedeció los labios, resecos por el aire.
Notaba que le estaba saliendo un herpes labial y se lo achacó al clima de Inverness.
O quizá al estrés. La gente lo olvidaba.
Por mucho que aquel fuera su trabajo y estuviera acostumbrado al oficio, el estrés le pasaba factura igual que a cualquier agente, paramédico o trabajador de emergencias.
Y, cuando había un caso en marcha, solía alcanzar su punto álgido.
Así que Laura Tulloch se había reunido con uno de los hermanos Savage.
Y Missy Carlton había desaparecido. Ross había llamado y Macleod había tenido que preguntarle qué entendía por desaparecida.
No la habían visto en todo el día. Su cama estaba sin usar y el coche había desaparecido.
Su madre no tenía ni idea de adónde había ido.
Con Carlton entre rejas, tampoco habían dejado a un agente en la puerta. Maldita sea.
La desaparición de Missy encajaba mejor con los asesinatos.
Si hubieran atrapado al asesino cuando siguieron a Anna Campbell, todo habría terminado y él estaría de vuelta en Glasgow, afianzando su relación con Jane.
En cambio, había tenido que salir corriendo de su lado para ocuparse de todo aquello.
Macleod se acarició la barbilla. Laura Tulloch, la mujer que aseguraba no meterse nunca en nada semejante. ¿Formaba parte del secuestro de Mochilas? ¿También de los asesinatos? Le costaba creerlo. ¿Había dos tramas distintas que se habían cruzado?
Liberty Carlton se veía con Andy MacTavish y los habían encontrado muertos juntos en su lugar secreto de encuentro.
Anna Campbell, también relacionada con Andy MacTavish en el pasado y amiga de Liberty, había sido asesinada cuando iba a encontrarse con alguien.
Los trozos de papel en la boca de las víctimas apuntaban a una secta.
La gasolina de los incendios se había encontrado en casa de los Carlton.
Tenía que ser él. Pero la gente seguía desapareciendo aun con Carlton entre rejas.
Jim y Alison Tunnock. La gasolina hallada en su casa. Pero aquello tenía que ser un montaje. No tenían motivos para llegar tan lejos. Llevaban sus aventuras a disgusto, cada uno al tanto de las del otro. ¿Por qué matar a esas otras personas?
La emisora parecía un hervidero de escándalos y quejas, pero ¿matar por un puesto de trabajo?
¿Por qué eliminar también a los demás? Puede que Mochilas estuviera celoso y quisiera ascender, pero aquello era pasarse.
No le iba tan mal en la emisora. Y Laura Tulloch, la mujer que no hacía ese tipo de cosas.
Tal vez sí. Pero ¿hasta dónde llegaba para ella «ese tipo de cosas»?
La propia hija de Carlton. Y ahora faltaba otra.
¿De verdad podía Carlton despachar a sus propias hijas?
El caso es que, aunque las hacía vestir con lencería y demás, parecía quererlas de verdad.
Missy se había marchado y él no había hecho nada.
No las mantenía encerradas en casa ni les prohibía por completo mezclarse con el mundo exterior, pese a la contaminación que sin duda supondría.
Quizá la víctima sea él. Quizá todo sea demasiado sencillo.
Macleod cogió el móvil.
—McGrath, ¿todavía tienes a la vista a Laura Tulloch? Bien, tráela. Te veo en la comisaría de Inverness.
Macleod dio instrucciones para que vigilaran el barco y lo mantuvieran informado.
Pronto tendría que intervenir, pero antes quería estar seguro.
Aunque los hermanos Savage estuvieran implicados, necesitaba saber adónde había ido su víctima.
Que alguien secuestrara a una persona no significaba que fuera a darle de comer y de beber.
Y ¿por qué secuestrar y retener? El asesino no lo había hecho nunca.
Media hora después, Macleod esperaba a Hope sentado en la zona de entrevistas.
Había ordenado a Ross que mantuviera a un agente en casa de los Carlton hasta nuevo aviso y que controlara cualquier llamada y su procedencia.
El café apenas conservaba el calor y ya se había terminado la taza cuando llegó Hope.
Entraron en la sala de entrevistas número uno, donde una indignada Laura Tulloch se limaba las uñas.
—Tengo una emisora que dirigir, inspector, y esto es una vergüenza.
—No, no lo es. Esto es una investigación. Tengo tres cadáveres encima y gente desaparecida. Así que quiero saber por qué se reunía hoy con Ronald Savage. ¿De qué hablaron?
Laura Tulloch fulminó a Macleod con la mirada, se echó el pelo a un lado y frunció los labios.
—Si tanto insiste, de los viejos tiempos. Ronald fue compañero mío de colegio y, para ser franca, fue el primero. Siempre ha sentido algo por mí, y yo por él. Con todo lo que está pasando, me apetecía estar un rato con alguien que supiera apreciarme.
Macleod negó con la cabeza.
—¿Cómo es que fue al colegio con Savage? Usted no es de aquí.
—Él tampoco. Es de Brighton, como yo. Se mudó aquí hace unos quince años.
—¿Y qué? —preguntó Hope—. ¿Se cruzó con él por casualidad?
—No, siempre hemos mantenido el contacto. Nunca está de más tratar con un hombre que tiene ciertas… —abrió mucho los ojos y aspiró de golpe, como si algo la escaldara— dotes.
—Vaya si las tiene: extorsión, lesiones graves y toda clase de delitos violentos en su historial.
—No me refería a esas dotes, inspector.
Macleod se sonrojó y agradeció que Hope interviniera.
—Pero no hablaban de cómo podía masturbarla mejor cuando escuché su conversación.
¿Masturbarla? Qué basta es.
Hope continuó:
—Hablaban de soltar a alguien. ¿A quién?
Laura se recostó con calma en la silla.
—Carreras de palomas. Por lo visto, a Ron le encantan y está pensando en comprar unas cuantas. Mientras no las acerque a mí, no hay problema. Cagan por todas partes.
—Basta —dijo Macleod—. ¿A quiénes han secuestrado? ¿Dónde los tienen?
Laura parpadeó y apretó un poco los labios al oír el plural. Macleod reflexionó un instante. ¿Cuánto debía revelar? Quizá se pasara de farol y ella se enterara de todo, pero entonces sería más difícil tenderle una trampa o conseguir una condena.
—¿Están juntos?
Laura frunció el ceño.
—Esto lo vinculará con los asesinatos, así que más le vale contarlo todo o le caerá todo el peso de la ley.
Hope tocó a Macleod en el hombro. Él la miró y ella le preguntó con los ojos si podía tomar el relevo. ¿También se había dado cuenta? Macleod asintió.
—¿Qué tal los índices de audiencia? Muchos oyentes. Dijo que habían bajado con Andy MacTavish. ¿Habían mejorado con Mochilas? Con todo este revuelo, su emisora debería atraer a mucha gente.
Hope no apartó la mirada de Laura, que parecía sumida en sus pensamientos. Entonces Laura se recolocó en la silla, giró las caderas y se inclinó hacia Macleod. Él vio cómo se le abría el escote de la blusa. Ella no hizo ademán de taparse.
—Eso no va a funcionar —dijo Macleod—. Dígame lo que necesito saber.
—¿Me ofrecerá un trato si confieso?
—¿Un trato?
A Macleod se le encendió la cara. Qué descaro.
—Hay tres muertos. Le estoy dando la oportunidad de desvincularse de esas muertes, no de organizar un pícnic. Dígame ahora mismo qué papel ha tenido.
Laura se enderezó, pero no apartó la mirada de Macleod. Volvió a inclinarse hacia delante y, pese a sí mismo, a Macleod se le fueron los ojos al escote. Se levantó y se dio la vuelta.
—Basta —dijo Macleod—. Se lo cuento yo, ¿quiere?
Siguió de espaldas a Laura y bajó la vista hacia Hope, que sonreía abiertamente.
—Me dijo que no estaba metida en ningún asunto turbio en la emisora y que no tenía nada que ver con la muerte de Andy MacTavish. La primera vez que la oí, ¿sabe qué pensé?
Dejó la pregunta suspendida un instante.
—¡Una mierda! —dijo Hope.
Macleod miró a Hope, que sonreía a Laura, satisfecha con su aportación. Pamplinas. ¿Qué tiene de malo la palabra «pamplinas»? ¿Por qué todo tiene que ser un taco?
—Como dice mi compañera: ¡pamplinas! Creo que le gustó que lo asesinaran y pensó que aquello iba a darle un empujón a la emisora.
Pero quizá no funcionó demasiado bien. O quizá sí.
Luego asesinaron a Anna Campbell y otra empleada suya salió en las noticias.
El chico nuevo del programa matinal es bueno, pero esta era la oportunidad de consolidarlo, de encumbrarlo de verdad.
—Así que fabrica una noticia —intervino Hope—. Se la inventa: echa mano de un matón exnovio suyo y le encarga retener a su locutor. ¿Cuál era el plan después? ¿Que la emisora pagara un rescate? ¿Que él escapara por su cuenta?
—Por su cuenta —respondió Laura con desdén—.
No podemos implicar a la emisora. Iba a pasar dos semanas fuera.
Atado, pero sin nada demasiado dramático; solo apartado de en medio.
Después se escaparía por el lago Ness, un bañito hasta la orilla.
Y luego volvería al programa convertido en un héroe.
Le estaba preparando el terreno para los próximos años. Debería darme las gracias.
—Llame a Savage —dijo Macleod—. Dígale que lleve el barco al embarcadero más cercano. Los detendremos a todos. Los están vigilando.
—¿No podemos darle un poco de espectáculo? Podrían abordar el barco por la fuerza, hacer que un par cayeran al agua y luego organizar una persecución hasta la orilla.
Laura volvió a inclinarse hacia él y se pasó despacio la lengua por los labios pintados de rojo. Maldad, pensó Macleod. Maldad pura. Con aquello haría caer a más de uno.
—Llame ahora —dijo Macleod— y zanjemos esto cuanto antes. Se le van a presentar cargos y procuraré que le caiga todo el peso de la ley. Tengo a un asesino suelto y usted, francamente, me está haciendo perder el tiempo.
—Vamos, vamos, inspector. Seguro que podemos llegar a algún acuerdo.
Otra vez el escote y esa mirada que prometía algo más. Macleod estaba asqueado.
—McGrath, ocúpese de esto. Haga volver el barco y meta a todos en los calabozos. Cuéntele a Mochilas lo que ha hecho por él su jefa. A ver si se lo agradece. Reúnase conmigo cuando haya acabado con toda esta…
—¿Mierda? —sugirió Hope.
Macleod tuvo que salir a toda prisa. Fuera de la sala de entrevistas, se tapó la boca para no echarse a reír. A Hope se le daba muy bien aquello: lograba que su vulgaridad acabara haciéndole gracia. Se tomó un instante para serenarse, pero lo interrumpió un agente.
—Inspector —dijo el joven—, me han pedido que lo busque.
La abogada del señor Carlton dice que necesitan hablar con usted.
Su cliente está dispuesto a confesar los asesinatos.
También los secuestros. Pero, según ella, deben darse prisa o las cosas no saldrán bien.
Dice que Missy podría estar muerta dentro de poco si el señor Carlton no consigue anular las órdenes que ha dado.