El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

—¿Tenemos más detalles, Ross?

El sargento sacó la libreta del bolsillo de la chaqueta. Ross no parecía haberse abrigado para aquel frío, y Macleod pensó que o era inmune a las bajas temperaturas o estaba sencillamente loco.

—Ocurrió hacia las tres de la madrugada. Un conductor pasó por allí sobre las dos y cuarenta y cinco. Otro vio el coche con la puerta abierta a las tres y diez y dio aviso. Los dos se dirigían a lugares lejanos y, al parecer, ninguno tenía relación con Mochilas.

—¿Vieron algún otro vehículo?

—No, señor. Estamos examinando unas rodadas incompletas, pero el apartadero se usa bastante y había aguanieve, no nieve. Las marcas son confusas, así que no sé si sacaremos nada en limpio.

Macleod se sorbió la gota que le colgaba de la nariz. Empezaba a sentir el frío y recordó que Jane lo esperaba en la casita alquilada. Prefería las vistas de aquella mañana.

—¿Sabemos algo más sobre los últimos movimientos de Mochilas?

—Ayer por la mañana trabajó en la emisora y luego prestó declaración en nuestra comisaría. Después, por lo visto, estuvo jugando al bádminton en el polideportivo. Se marchó sobre las diez y, según un vecino, a medianoche su coche estaba en casa. No lo oyeron salir.

—Buen trabajo, Ross. ¿Ha ido alguien a la emisora? Quiero saber dónde estaba el personal anoche y de madrugada. Tenemos tres cadáveres. Hasta ahora barajábamos un crimen pasional, obra de un padre ofendido, pero esto no cuadra. Quiero asegurarme de que no esté ocurriendo nada en la emisora.

—Enviaré a alguien ahora mismo, señor. También ha llamado la detective McGrath. Dice que está lista para salir del hospital. ¿Le mando un coche? —preguntó Ross.

—No —dijo Macleod—. Iré yo a buscarla. ¿Había algún móvil, una agenda o cualquier otra cosa en el coche?

—Solo preservativos, señor. Dos paquetes.

—Eso encaja con que recibiera compañía en el coche. ¿Y si fuera una venganza por sus devaneos? Quizá haya algo más…

Macleod se acarició la barbilla, absorto.

—¿Señor? —preguntó Ross.

—Nada, sargento. Sigamos, ¿le parece? Ah, gracias.

Un agente uniformado acababa de entregarle un café grande en un vaso de cartón con tapa.

—Se lo hemos traído sin leche, señor. Disculpe, no sabíamos cómo lo tomaba —dijo el agente.

—Está perfecto —dijo Macleod, y dio un sorbo al café humeante.

Se despidió de Ross, subió a un coche y puso rumbo al hospital.

El hospital de la ciudad ya estaba en plena actividad.

Cuando Macleod cruzó el aparcamiento hacia la entrada principal, el lugar bullía de personal y visitas.

El café le había devuelto el calor. Al entrar en el pasillo donde días atrás se había encontrado con la pareja de la primera testigo, en la pequeña tienda, oyó que alguien lo llamaba.

Al volverse, vio a Hope sentada en la cafetería.

Sonreía, con el pelo rojo recogido, una chaqueta informal sobre los hombros y un body blanco debajo.

Los vaqueros oscuros le hacían juego con las botas.

A simple vista parecía estar bien, pero Macleod creyó advertir algo bajo aquella apariencia.

—Eh, ¿estás bien? —preguntó Macleod.

—Lista para volver al trabajo —respondió Hope.

—No es lo que te he preguntado. ¿Estás bien?

—Eso creo. Todavía estoy un poco conmocionada por el porrazo que me dieron. Tuvimos suerte. Podríamos haber acabado muertos, tirados allí. Tú sí que nos salvaste.

Macleod negó con la cabeza.

—Tú y yo no llevamos la cuenta. Me alegro de verte. ¿Te ha enviado Ross los detalles del secuestro?

Hope asintió.

—Es raro. No sé dónde encaja Mochilas en todo esto.

Sabemos que es ambicioso, que no tiene reparos en liarse con una casada y que se cree por encima de los demás.

Yo diría que ha sido cosa de algún amante despechado, pero todo esto es extraño.

Secuestrado en un apartadero. Sacado a rastras de un coche. Y Mochilas no era precisamente menudo.

—Un par de minutos en mitad de la noche. Si lo secuestraron, no fue un encuentro fortuito. Eso creo.

Hope tosió.

—¿Estamos seguros de que sigue vivo? ¿No será otro asesinato?

—Había sangre, pero muy poca. No dejaron nada que nos diga quién lo hizo ni cuándo.

Ni nota ni móvil. Casi parece obra de alguien con cierta experiencia.

En fin, vamos. Voy a acercarme a la emisora, a ver si alguien oyó algo.

Tenemos bajo custodia a quien creemos responsable de los asesinatos, y eso hace que el secuestro resulte aún más extraño.

O estamos equivocados o alguien lo está usando como tapadera.

También quiero ver quién presenta hoy el programa matinal. Parece que se les agotan las opciones.

Salieron juntos del hospital rumbo a la cercana emisora. Macleod dejó conducir a Hope e intentó examinarle a escondidas la herida de la nuca, pero trataba con una policía.

—Puedes mirarla si quieres. Pero con cuidado, ¿eh? Todavía me duele.

Macleod le apartó el pelo con cautela y examinó los puntos que cerraban la herida de McGrath.

—Al menos han hecho un trabajo limpio. Dale una semana.

—Sobreviviré.

El coche se detuvo frente a la emisora. En recepción había un joven que se acercó a Macleod en cuanto este entró. Iba impecable, con traje.

—Hola, bienvenido a la emisora. ¿Puedo ayudarle?

—¿Temporal? —preguntó Macleod.

El joven asintió. Macleod sacó el carné profesional y pidió ver a la directora de la emisora, pero el recepcionista le dijo que aún no había llegado.

—¿Le ha comunicado alguien lo del secuestro?

El joven negó con la cabeza, con gesto hosco, y se quedó pensando.

—¿Debería hacerlo yo?

—No —dijo Macleod—. Ya me encargo yo.

Pasó de largo y abrió la puerta del pasillo de los estudios. Se asomó y vio a una chica ante el micrófono, bastante joven, al menos comparada con él.

—¿Quién es?

—Ah, Shona Hibbert. Presenta el programa de madrugada. Se ha quedado después de su turno.

Macleod asintió y siguió mirando. No sabía bien qué buscaba, pero tenía claro que aquel recepcionista temporal no iba a averiguarlo por él. Entonces le sonó el móvil.

—¡Macleod!

—Ross al habla. Tenemos una grabación de una cámara de salpicadero y hemos identificado la furgoneta. Es de alquiler. La oficina tenía cámaras de seguridad y he visto las imágenes: son los hermanos Savage. Vamos a hacerles una visita. Llevan una funeraria.

—¿Debería conocerlos?

—No, señor. Son delincuentes de poca monta. Gente violenta, pero lo suyo no suele acabar con muertos; más bien con lesiones graves. Le he enviado la dirección al móvil. Si está en la emisora, le queda cerca.

—Voy para allá —dijo Macleod.

Agarró a Hope del brazo y la arrastró tras él.

El trayecto hasta la funeraria los llevó al otro lado de la desembocadura del río Ness, donde el agua pasaba por unas esclusas antes de llegar al mar. Siguieron un camino estrecho, divisaron un coche patrulla y se reunieron con los dos agentes que ya estaban allí.

—Todo cerrado —informó una agente rubia—.

Hemos preguntado por la zona. Ahí abajo hay una empresa de cruceros fluviales que alquila embarcaciones para el canal de Caledonia.

Al parecer, los hermanos Savage han alquilado una.

Los acompañaba una mujer; la descripción es imprecisa porque no entró en la oficina.

—¿Tenemos el nombre de la embarcación?

— Melody Jane , al parecer. Un crucero a motor con capacidad para cinco personas.

La agente alzó la vista y sonrió a Macleod. Él le devolvió una sonrisa de ánimo, se apartó y llamó a Ross.

—¿Ross? Parece que están en el lago Ness.

Llevemos esto con discreción. Nada de uniformes; no queremos alertarlos.

Mande coches sin distintivos a recorrer la carretera y buscar desde allí el crucero Melody Jane .

Los hermanos van a bordo con una mujer. Estoy al oeste del canal, así que empezaré por este extremo con McGrath. A ver qué encontramos.

Después de indicar a los agentes que informaran a su central, Macleod y McGrath siguieron por la carretera principal junto al lago Ness.

Ross les había enviado una foto de los hermanos Savage, y Macleod la estudió mientras Hope conducía.

Cuando llegaron al tramo principal del lago, Hope paró el coche.

Iba a apearse, pero Macleod la sujetó del brazo.

Se quitó la corbata y cogió unos prismáticos.

—Vamos a fingir que somos una pareja de turistas. Espera un minuto y sal detrás de mí.

Macleod salió del coche y se quedó en mangas de camisa junto al lago.

Levantó los prismáticos, recorrió la superficie y distinguió varias embarcaciones.

Una era un velero. Otra, un crucero a motor, pero más pequeño de lo que buscaba y con un nombre que no coincidía.

Entonces vio una tercera. En el costado se leía Janet Marie .

Hope lo rodeó con los brazos y Macleod notó su aliento en el cuello. Ella también se había quitado la chaqueta. Tenerla pegada al cuerpo estuvo a punto de hacerle perder la concentración.

—Por allí —susurró, indicando la embarcación con un gesto de cabeza.

Hope le cogió los prismáticos y miró con aire distraído de un extremo a otro del lago antes de enfocar de nuevo la embarcación durante unos segundos.

—El tamaño encaja, pero el nombre no.

—El nombre no está donde debería. Parece añadido —dijo Macleod—. Volvamos al coche.

—Coge la cámara —dijo Hope—. Creo que sale alguien a cubierta.

Macleod volvió al coche y sacó una cámara del maletero. Hope se quedó de pie sobre el murete junto al lago, con la cabeza erguida, mientras Macleod ajustaba el zoom y fotografiaba a la persona que había salido a cubierta. La distancia era considerable, pero no podían hacer más.

De vuelta en el coche, Hope pasó la foto al móvil y se la envió a Ross. La respuesta llegó enseguida.

No estoy seguro de que sea la embarcación que buscamos. La silueta parece la de Iain Savage, aunque también podría ser su chica. No puedo asegurarlo al cien por cien, pero, si tuviera que apostar, diría que es él.