Capítulo 17
— E ra mi hija, Macleod. Mi propia hija. No podía hacerle algo así. No podía.
Las palabras no dejaban en paz a Macleod mientras estaba de pie en los Links de Cromarty, la pequeña extensión de césped situada frente al extremo oriental del pueblo.
El aire mordía. Había pensado en irse directamente a la cama, pero algo lo reconcomía.
La teoría de Hope parecía acertada, pero, cuando se había enfrentado a Justin Carlton aquella noche en comisaría, el hombre estaba deshecho.
Macleod había visto muchas veces a familiares negar que uno de los suyos hubiera hecho nada.
Aun así, su instinto le decía que Carlton no había cometido los asesinatos.
Resultaba extraño: Macleod detestaba la clase de hombre que era.
La forma en que obligaba a vestir a sus hijas y aquel afán de dominio chocaban con la idea de familia que Macleod se había formado con los años.
El hombre era la cabeza de la familia; eso decía la Biblia. Pero no así. No para imponer su voluntad ni servirse de la mujer a su antojo. Debía amarla como Cristo. No era tarea fácil, pero aquello quedaba muy lejos de la forma de actuar de Carlton.
Contempló las ondas del agua. Lo calmaban.
Se dio la vuelta y cruzó el césped hasta llegar al puesto de café, una cabaña de madera que ya estaba cerrada.
Tal vez pudiera tomarse un café por la mañana.
Abrían a las ocho. Para entonces ya estaría de camino.
Nunca había tiempo suficiente. Ni siquiera para las cosas hermosas y sencillas.
Bajó hasta el pequeño embarcadero de hormigón donde atracaba el transbordador con capacidad para tres coches por el lado de Cromarty.
Al otro lado, las luces del astillero de Nigg brillaban como un escaparate navideño y transmitían una sensación de actividad silenciosa.
De joven había trabajado en el turno de noche y recordaba aquella camaradería de aguantar hasta el amanecer y después encontrar una cama.
Pensó que debería llamar a Jane. Tal vez estuviera preocupada, pero algo dentro de él se resistía. Miró el agua y vio ante sí el rostro de su difunta esposa.
¿Qué opinas, Hope? Nunca llegaste a conocer esta faceta mía, lo calculador y meditabundo que me he vuelto.
Me habría venido bien tenerte a mi lado, levantándome el ánimo después de pasarme el día contemplando el lado más sombrío del alma humana.
Un buen fuego y un abrazo. Quizá algo más.
Nos perdimos buena parte de eso, de lo que tendríamos que haber tenido.
Y luego los hijos que no tuvimos: hijos que nos habrían desvelado y hecho madrugar.
Tampoco envejeceremos juntos, viendo a nuestros hijos meter la pata como hicimos nosotros.
¿Y qué me dices de esto, Hope? ¿Podrías matar a uno de tus propios hijos por desobedecerte? La hija de Carlton no lo creía. Pero ¿de verdad conocía a su padre? ¿O Tunnock lo había incriminado? Y, en ese caso, ¿por qué? ¿O había alguien más mareándolos a los dos?
A veces aún puedo verte. También suelo verte al entrar en la ducha.
Recuerdo aquella vez que entré sin saber que estabas dentro.
Menudo momento. Perdóname por lo de Jane.
Es que me siento solo. De verdad. Pero no puedo dejarla entrar en el lugar que ocupas tú.
Sería como echarte. No caben dos mujeres en la misma casa, decía mi padre.
A un hombre le basta una. Tenía razón, aunque supongo que se refería a mujeres vivas.
Macleod se alejó de nuevo del agua y siguió la carretera junto a los yates, sacados del agua para pasar el invierno en el varadero.
Se cruzó con un hombre que paseaba con un perro.
Macleod lo saludó con un «hola» y recibió un «buenas» por respuesta.
Contempló el pequeño puerto y las embarcaciones de trabajo que se mecían en sus amarres.
Tal vez debería mudarse a un sitio tranquilo como aquel, lejos de Glasgow.
Un lugar donde no conociera a nadie y nadie lo conociera a él.
Podría ser un hombre corriente, sin tener que hacerse cargo de las malas noticias de turno. Tal vez a Jane le gustara.
Regresó al alojamiento, se preparó un café soluble y encendió el televisor.
En cuanto se vio dando una declaración a la prensa, volvió a apagarlo.
¿Por qué no le habían dicho que tenía el pelo así?
Inquieto y sin nada que hacer, se puso el pijama, se echó la bata por encima y se sentó frente a una estufa eléctrica de una sola resistencia.
Cogió un libro de la estantería. Llevaba tres capítulos cuando se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué estaba leyendo ni de lo que decía.
Miró la portada. La fontanería doméstica del siglo XIX era, en efecto, tan aburrida como anunciaba el título. Dejó caer el libro al suelo.
¿De verdad estaba esperando a que los forenses encontraran algo?
Papá había estado en la casa, pero esta quedaba muy cerca del escenario de los asesinatos y la señora Carlton era su única coartada.
El testimonio de la señora Carlton no valía gran cosa.
Tunnock tampoco tenía una coartada clara.
No. Quedaban demasiadas cosas sin aclarar.
Sonó el móvil. Macleod miró la pantalla. Era Jane. Titubeó antes de aceptar la llamada.
—Hola —dijo Macleod.
—Hola —respondió una voz que lo serenaba—. ¿Cómo estás?
—No muy bien. Muy cansado.
—Vale, no te entretengo.
—No, Jane. Cuéntame qué tal te ha ido el día. Háblame.
Jane le habló de algo que había ocurrido. Él no se enteró de nada; se limitó a escuchar su voz. Entonces ella pronunció las palabras mágicas:
—¿Quieres que vaya?
Silencio.
—¿Y bien? —insistió Jane—. ¿Quieres que vaya?
—Si te soy sincero, Jane, no lo sé. No soy buena compañía. Estoy absorbido por el caso. Todo es muy oscuro y acaba hundiéndome. Me obliga a pensar en lo peor. Hay cosas que no querrías oír y otras de las que no puedo hablar.
—De acuerdo, Seoras. Pero tienes que decírmelo si me necesitas. En ese caso, cojo el coche ahora mismo. ¿Me oyes?
—Lo sé.
—¿Hope no está contigo? —preguntó Jane.
—No. Está herida; mañana le dan el alta.
—Así que estás solo, comiéndote la cabeza.
—Sí —dijo Macleod.
—Vete a la cama, Seoras, pero dame la dirección. Te mandaré algo.
—Vale. Lo haré.
Macleod le leyó la dirección de la tarjeta que había en el cuarto de estar y se despidió.
No podía dejarla entrar en aquel mundo. Aquel mundo era oscuro y espantoso.
Se metió en la cama y pasó otros treinta minutos dándole vueltas al caso sin sacar nada en claro.
Después se volvió y cayó dormido, agotado.
Casi cuatro horas después, oyó abrirse la puerta de abajo.
La de la calle. Alguien entraba a hurtadillas, aunque no con demasiado sigilo.
El cansancio volvió a arrastrarlo hacia un sueño ligero, pero, al oír girar el picaporte de su dormitorio, se quedó inmóvil.
Si era un intruso, más valía fingir que dormía, sobre todo si lo estaba observando.
Entonces oyó caer ropa al suelo. Se volvió en la cama y se encontró con una imagen que no olvidaría jamás.
El edredón se levantó. La figura se metió en la cama y lo rodeó con dos brazos ansiosos.
—Me pareció que me necesitabas. ¿Te parece bien?
—Sí —dijo Macleod—. Más que bien.
* * *
Macleod despertó a la mañana siguiente y alargó una mano por detrás hacia el otro lado de la cama.
No había nadie. Se dio la vuelta para comprobarlo.
Nada. Las sábanas estaban arrugadas y el edredón revuelto, pero no eran prueba de que alguien hubiera estado allí.
¿Lo habría soñado? No. Jane había estado allí.
Había sentido el calor de su cuerpo contra el suyo.
Consultó el reloj digital. Las seis. Ni siquiera había amanecido.
Macleod sacó los pies de la cama y cogió la bata.
Se oía un chisporroteo, como algo friéndose en una sartén.
Abrió la puerta. Olía a beicon, salchichas y café.
Jane estaba allí. Seguro. A menos que Hope se hubiera dado el alta por su cuenta.
No. El beicon ni se le pasaría por la cabeza a Hope.
Bajó las escaleras frotándose los ojos con fuerza, tratando de espabilarse.
Al entrar en la pequeña cocina vio unas piernas desnudas y una camisa blanca.
Se le marcaba algo de celulitis en los muslos, pero a Macleod le parecieron unas piernas de escándalo.
Contempló los hombros y el pelo castaño extendido sobre ellos mientras ella se afanaba con la sartén.
—Ya estás levantado. Espero no haberte despertado. He intentado no hacer ruido. Iba a prepararte esto y dejártelo en el horno mientras salía a dar un paseo, pero, ya que estás despierto, más vale que te lo comas.
Jane se volvió y dejó un plato sobre la mesa. Después volcó en él todo lo que había en la sartén, sirvió un café y lo dejó junto a la comida humeante. Macleod no llegó a mirar el plato. Tenía los ojos clavados en ella. La camisa no estaba abotonada y él se quedó con la boca abierta.
—¡Como babees, lo limpias tú! —dijo Jane entre risas.
Macleod siguió mirando la piel al descubierto.
—Mierda, Seoras, ¿está Hope por aquí? Creía que seguía en el hospital, que aún no le daban el alta. ¿Ha salido antes de hora?
Jane se ciñó la camisa todo lo que pudo.
—No, sigue en el hospital. Es solo que… Bueno, ya sabes.
Jane negó con la cabeza.
—Hacía mucho que una mujer no me preparaba el desayuno medio desnuda —continuó Macleod—. La última fue mi Hope. Te pareces tanto a ella, caramba.
—Me alegra saber que aún conservo mi encanto —dijo Jane.
Dejó caer de nuevo la camisa, que volvió a abrirse. Esperó a que Macleod se sentara y se dejó caer en su regazo.
—No he traído bata. Con las prisas se me olvidó, así que he cogido una camisa tuya. He pensado que no te importaría.
—Créeme, no me importa —dijo Macleod mientras deslizaba las manos bajo la camisa.
—Por mucho que me guste eso —replicó Jane—, tienes que desayunar antes de que se enfríe. Voy a ducharme.
—¿Tienes que vestirte?
—No he dicho que vaya a vestirme.
Macleod la vio salir de la cocina y exhaló largamente.
Vaya. Sencillamente increíble. Se la imaginó entrando en la ducha mientras daba cuenta del desayuno.
El huevo se había pasado un poco, pero no pensaba quejarse.
Engulló la comida y la remató con el café.
Se preguntó cuánto tardaría y decidió meterse con Jane en la ducha, pero entonces la oyó salir del baño.
Sus pasos por la escalera le sonaron a gloria.
Jane entró en la cocina con la misma camisa de antes.
Ahora tenía manchas de humedad donde no se había secado del todo.
—¿A qué hora tienes que ir a trabajar? —preguntó Jane.
—Nunca —respondió Macleod.
—No, en serio.
—Puedo permitirme una hora.
—Bien —dijo Jane.
Se acercó y se sentó a horcajadas sobre sus rodillas. Jane ocupó todo su campo de visión y Macleod se perdió en una dicha que llevaba demasiado tiempo sin sentir. De pronto ella se levantó de un salto.
—¿Qué narices es eso? Te vibra el bolsillo.
Macleod notó vibrar el móvil y maldijo para sus adentros. ¿Por qué ahora, caramba? ¿Por qué ahora?
—Lo siento —dijo, y se llevó el móvil a la oreja.
—¡Macleod al habla!
Seguía mirando a Jane, de pie a su lado. La respuesta le salió en un rugido de fastidio.
—Buenos días, señor. Soy Ross. Tenemos un problema.
Jimmy Mochilas ha desaparecido. Desde anoche.
Avisaron de su desaparición hacia las cuatro, pero he querido confirmarlo antes de despertarlo.
Su coche está en un apartadero de la A9.
La puerta estaba abierta y puede que lo hayan sacado del vehículo por la fuerza.
También hay sangre. No mucha, pero quizá suficiente para que haya sufrido alguna herida.
Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea.
—De acuerdo, Ross. ¿Puede mandar a alguien a recogerme?
—En diez minutos, señor. ¿Le viene bien?
—Está bien, Ross.
Macleod colgó y se guardó el móvil en el bolsillo.
—Ha desaparecido un hombre, Jane. Tengo que irme.
—¿Pasa a menudo? ¿Tengo que dar por hecho que te inventarás estas excusas cada vez que intente acercarme a ti?
—No. No estoy huyendo. Es el trabajo, es que…
Macleod vio que Jane se reía.
—Ya lo sé, pero es que tu cara… Esto no va a ser cosa de una sola vez —dijo mientras le besaba la frente—. Puedes inspeccionarme cuando quieras.
Después se dirigió a la puerta. Macleod la vio marcharse y recordó que aún tenía que vestirse. Cuando se acercaba a la puerta, Jane volvió a abrirla.
—Y para que lo sepas: ahora que tú sales, yo me vuelvo a la cama. No me paso media noche al volante por cualquier hombre para luego pasearme así y alegrarle la vista. Esto solo lo hago por ti, Seoras. Eres tú a quien quiero y me da igual lo que haga falta.
Macleod avanzó y volvió a deslizar las manos bajo la camisa.
—Eh, quietas esas manos. Tienes trabajo y yo no acepto medias tintas. Estaré aquí cuando vuelvas.
—No sé cuánto tardaré. De verdad que no.
Jane lo miró.
—Te he dicho que estaré aquí, ¿vale? No hemos acabado.
Macleod la vio desaparecer otra vez. Entonces cayó en la cuenta de que Jane volvía al dormitorio, donde estaba la ropa de Macleod. Echó a correr escaleras arriba tras ella.