Capítulo 16
R oss se sorprendió un poco cuando Macleod le dijo que esperara antes de interrogar a Tunnock.
Ya lo tenían detenido; sin duda pediría un abogado y, para entonces, sería bien entrada la noche.
Si Tunnock era el hombre que buscaban, lo tenían bajo custodia.
Pero, si Hope tenía razón, pasarían la noche con un asesino suelto, quizá con otras víctimas ya en el punto de mira.
Esta vez tenía de conductora a una agente joven, rubia, de veintipocos años.
Se la veía despejada y con energía; acababa de empezar el turno.
De vez en cuando miraba a Macleod, y él encontraba aquellas miradas un tanto inquietantes.
A medida que avanzaba el trayecto, se hicieron más frecuentes y empezaron a fastidiarle de verdad.
—¿Pasa algo, agente? ¿Tengo un trozo de bocadillo pegado a la comisura? ¿Estoy babeando? ¿Se me ha quedado un ojo vago de repente?
La agente puso cara de apuro.
—No, señor.
—Entonces, ¿qué pasa?
—Bueno, es que usted era el inspector al mando en la isla de Lewis cuando aquella mujer y su hijo acabaron en el agua, ¿verdad? Mantuvo a una persona a flote y salvó a la chica que habían secuestrado.
Macleod negó con la cabeza.
—Yo no salvé a la chica. La salvó la detective McGrath, que mantuvo la bolsa por encima del agua. Ella fue la verdadera heroína.
—Yo conocía a esa chica, señor. Íbamos al mismo instituto.
—Eso no es difícil en Lewis. ¿O también coincidieron en primaria?
—Sí, señor. También en primaria. La conocía bastante bien.
—De acuerdo —dijo Macleod—, pero no hace falta que me mire como a un héroe.
Todos hacemos lo que podemos. Tenga cuidado cuando entremos.
Sé que vienen bastantes hombres con nosotros, pero a algunos de los de esa familia no les gustan las mujeres; creen que usted debe saber cuál es su sitio.
La tendrían encadenada al fregadero y vestida para su disfrute.
—Macleod vio la expresión de la agente—.
No he dicho que me parezca bien; solo le explico cómo piensan.
Y no se me ponga moralista: no estamos aquí para cambiar el mundo, sino para encontrar a un asesino.
—Sí, señor. Seré profesional.
—No me cabe duda, agente, pero debe de ser duro, sobre todo siendo mujer, ver cómo tienen así a otras mujeres. A mí tampoco me gusta, y soy hombre.
El coche siguió por las carreteras de Black Isle y no tardaron en llegar a la casa de los Carlton. El aire estaba frío y cortante. Macleod miró la nieve a su alrededor mientras se dirigía a la puerta. Había un agente apostado allí; le preguntó qué novedades había.
—La familia lleva aquí todo el día, señor. También la joven que llegó. Nos hemos quedado junto a la puerta, como ordenó. Ha habido movimiento en el garaje y han estado trabajando en el campo de detrás de la casa. Pero nadie ha entrado ni salido por esta puerta.
El agente se apartó cuando Macleod llamó con los nudillos. El inspector miró atrás, hacia su conductora, y vio a varios agentes que habían llegado en otro coche. La artillería pesada, por si se armaba una.
La puerta se abrió y apareció la señora Carlton, envuelta en un abrigo que llevaba desabrochado. Parecía que la hubieran interrumpido y miró a Macleod con gesto hosco.
—Ya va siendo hora de acostarse. ¿Qué pasa ahora?
Para una mujer a la que aquel mismo día le habían comunicado que su hija había muerto, parecía sorprendentemente entera.
—Perdone la intromisión, pero necesito hablar con Missy.
La señora Carlton asintió, lo hizo pasar y gritó escaleras arriba que bajara Missy. La joven apareció en lo alto de la escalera con un jersey ajustado de cuello vuelto y unos vaqueros. Al bajar, el pelo se le apartó de la cara y Macleod vio que había estado llorando.
—Mi más sentido pésame. Y disculpe la intromisión, pero de verdad necesito hablar con usted.
—Por supuesto, inspector.
—¿Salimos un momento?
Missy asintió. Cuando Macleod se volvió, vio a la señora Carlton quitarse el abrigo y regresar al salón. Solo llevaba ropa interior. Tuvo que mirar dos veces para creer lo que veía. Ya fuera, le preguntó a Missy por lo que acababa de ver.
—¿No le ha afectado a su madre la muerte de su hermana?
Missy empezó a llorar otra vez.
—Está destrozada. Solo hace lo que le ordena Papá.
Para ellos, Liberty ha recibido su merecido.
Es el precio que paga una mujer desobediente.
Crecí con eso durante toda la infancia y la adolescencia.
Es enfermizo. Pero es su manera de soportarlo: vuelve a lo que conocen.
Por eso son así, ella y Papá. Es enfermizo, ¿verdad?
—Procuro no opinar sobre la forma de vida de nadie; me limito a los delitos. Pero tiene razón: es enfermizo. ¿Han estado aquí sus padres todo el día?
—Que yo sepa, sí. Dormí por la tarde después de enterarme y he pasado toda la noche arriba.
Macleod asintió.
—¿Conoce bien al señor Tunnock, el vecino?
Missy sorbió por la nariz y luego se echó a reír.
—Binos Tunnock. Se ponía en la ventana trasera de su casa y nos espiaba cuando estábamos todos en el jardín de atrás. Lo sabíamos todos menos Papá. No se lo dijimos porque habría ido a buscarlo y seguramente lo habría matado. Desde luego que lo habría hecho de haber sabido lo nuestro.
—¿Hace cuánto tiempo?
—Poco antes de que me marchara. De hecho, inspector, Tunnock fue el motivo de que me fuera. Tuve un rollo con él, pero enseguida me di cuenta de que podía encontrar algo mucho mejor fuera de allí.
—Y aparte del señor Tunnock y usted, ¿lo sabía alguien más?
—No. —Missy hizo una pausa—. Bueno, en realidad creo que su mujer lo sabía, o al menos lo sospechaba, pero nunca me dijo nada.
—¿Podemos ir al garaje? Hace un poco de frío, pero no quiero hablar donde pueda oírnos alguien de su familia.
—Claro —dijo Missy, y llevó a Macleod por un lateral de la casa hasta una puerta del edificio anexo—. ¿Cree que mató a mi hermana? ¿El señor Tunnock?
—¿Tenía su hermana una relación con él? ¿O la había tenido antes?
—No. Nunca. El muy cerdo iba detrás de ella, pero yo no dejé que se le acercara. Por triste que suene, lo quería para mí. Nunca le hablé de lo nuestro.
Macleod recorrió el garaje mientras Missy encendía todas las luces.
En un rincón del fondo vio botes de pintura y botellas transparentes llenas de un líquido morado.
Había diluyentes de pintura y otros disolventes.
En medio del garaje había un único bidón verde, idéntico a los que había visto en la pequeña casa de la playa rocosa.
—¿Para qué sirve el bidón?
—Ah, es de mi padre. Lo usa para el generador.
Lo pone en marcha al fondo de la granja cuando necesita luz para trabajar de noche.
De hecho, suele haber varios más. Lo recuerdo porque me obligaba a llevarlos hasta el fondo de la finca.
¿Se imagina cargando con uno de esos en bikini, inspector?
Parecía sacada de un calendario erótico del campo.
—No creo que tengamos esa clase de calendario en comisaría. ¿Conoce bien a Anna Campbell?
Missy sonrió con ironía.
—Anna… Sí, la conozco. Era de esas personas que buscan protagonismo arrimándose a los famosos. Se tiraba a Andy MacTavish y no soportaba que él se liara con otras. También estaba celosa de Tunnock y de mí, Dios la ayude. Él le habló de lo nuestro para picarla.
—Está muerta. La mataron en un sitio donde vi varios bidones iguales. Cuando dice que suele haber más, ¿cuántos tiene aquí su padre?
Missy tomó aire. Macleod la vio temblar.
—Seis. Siempre eran seis.
Uno aquí, dos en la pequeña casa de la playa rocosa y tres en el garaje de Tunnock. Quizá Hope tuviera razón.
—Y dígame, si alguien apareciera muerto con un papel enrollado en la boca, ¿le diría algo?
Missy se dobló en dos. Empezó a hiperventilar.
—No. Él no lo haría.
—¿Quién no haría qué? —insistió Macleod.
—Papá no los mataría. Se enfadaría y se pondría a gritar, pero no los mataría. Así no.
—¿Así cómo?
—El papel. El papel enrollado. Le dice a Dios que los abandone, que los arroje al lago de fuego. Los reduce a nada. A mierda. Escoria. Fornicadores. Lo más bajo de lo bajo. Mierda. Papá quiere a su familia. Piense lo que piense de su locura, nos quiere a su manera. Nunca nos haría eso.
—¿Está segura?
Missy estaba ya de rodillas. Le temblaba todo el cuerpo, tanto que Macleod temió por su salud.
—Nos enseñó lo que significa el pergamino en la boca. Separa a una persona de las demás y la abandona al abismo. A un destino de dolor y violencia. Papá sería incapaz de desearnos algo así. Lo sé porque no me lo hizo a mí.
—Lo siento —dijo Macleod—, pero voy a llevarlo a comisaría. Se acumulan demasiados indicios en su contra. De verdad que lo siento por usted.