Capítulo 15
M acleod estaba frente a la casa de los Tunnock, abatido, vacío por dentro y agotado.
Ross y él habían ido hasta allí a toda velocidad, pero habían encontrado a los dos Tunnock en casa.
Ambos aseguraban que no se habían movido en todo el día.
Cierto, habían pasado ratos sin verse, pero cada uno juraba haber oído al otro.
No faltaba ningún coche. Alison Tunnock había estado pintando el salón; por la envergadura del trabajo, Macleod calculó que podía haberle llevado casi todo el día.
Jim Tunnock había estado en el garaje, trabajando en un coche viejo.
Además, se habían cruzado varias veces. Una coartada, sí, pero con fisuras.
El equipo forense se dirigía ya a la casa donde yacía el cuerpo de Anna Campbell.
Al menos Macleod creía que era ella; no había motivo para dudarlo.
Todo indicaba que Anna había recorrido el sendero desde su coche.
Ahora no respondía y nadie que la conociera sabía dónde encontrarla. Pero ¿quién lo había atacado?
Ross iba a llevarlo al embarcadero de Avoch, donde embarcaría rumbo a la casa junto a la playa rocosa. Y no iría solo: también embarcarían más especialistas y material forense. Al parecer, era la vía de acceso más fácil. No es que a Macleod le importara ir en lancha.
Había llamado a Hope, que seguía en observación en el hospital de Inverness tras recibir un fuerte golpe en la cabeza.
Esperaba que pudiera reincorporarse pronto.
Por ahora tendría que arreglárselas con Ross.
El detective se estaba desenvolviendo bien y tenía casi todo bajo control, lo que dejaba a Macleod libre para pensar.
Más de una hora después, Macleod desembarcó y contempló la casa de la que había huido en busca de ayuda aquel mismo día.
Estaban descargando un generador y equipos de iluminación para que los forenses pudieran trabajar durante la noche.
También bajaron comida y grandes termos de café.
Macleod tuvo ganas de abrir uno allí mismo.
En la puerta lo recibió la responsable del equipo forense que había trabajado en la escena del bothy . Macleod la saludó con un gesto cortés y se esforzó por disimular que había olvidado su nombre.
—Hazel Mackintosh, inspector Macleod. Todo un placer para los dos, como siempre, estoy segura.
La voz ronca de fumadora —su cruz— dejó claro a Macleod que lo había calado enseguida.
—Como siempre —respondió Macleod—. ¿Alguna novedad?
—No gran cosa. Pero el cuerpo no está tan calcinado como los otros. Además, quien lo hizo dejó parte del combustible. Dentro hay bidones de gasolina. Si consigue muestras de las casas de los sospechosos, podemos compararlas. Quizá sirva de algo.
—Bien —dijo Macleod—. Encargaré a Ross que se ocupe. Creo que nos atacó un hombre. Al forcejear con él me pareció un tipo corpulento y, por lo poco que le vi de las piernas y los pies, parecía fuerte. Además, me lanzó sin el menor esfuerzo.
—Veré qué podemos averiguar. Es raro que alguien venga hasta aquí.
—No si uno viene a matar a alguien. Aquí, lejos de todo, podría tomarse su tiempo y deshacerse del cuerpo con facilidad. Me pregunto cuántos de nuestros sospechosos conocían el lugar. Con mi suerte, probablemente todos.
Metió la mano en el bolsillo para llamar a Ross, pero sacó otro móvil.
—Un momento. Este no es el mío.
La cabeza se le puso a mil. Entonces recordó la pelea. Debía de seguir aturdido; tendría que haberse acordado antes.
—¡Una bolsa de pruebas, rápido!
Mackintosh pidió una a gritos y la bolsa apareció enseguida. Macleod dejó caer dentro el móvil. Intentó activar la pantalla a través del plástico, sin éxito.
—Démelo —dijo Mackintosh.
Macleod observó sus dedos volar sobre las teclas hasta topar con un patrón de desbloqueo.
—Estos patrones son fáciles. Todo el mundo elige una forma que pueda recordar.
Probó a trazar el contorno en un sentido y luego en el otro antes de dibujar desde el centro hacia fuera. Apareció la pantalla de inicio.
—Voy a mirar la agenda —dijo Mackintosh—. Ah, espere. Aquí dice «Móvil de Jim». Y en la agenda hay un contacto ICE.
—¿Un ICE?
— In Case of Emergency , «en caso de emergencia». Es el número al que llaman si lo encuentran inconsciente y dan con su móvil. Aquí figura Alison Tunnock.
—Acabo de venir de allí. Estaba tan tranquilo. El muy cerdo. Tamaño no le falta. Le diré a Ross que vuelva, lo retenga y revise también el garaje en busca de combustible. ¿Cómo son los bidones?
—Verdes, ligeros, de solo cinco litros. Gasolina, no diésel. Con eso tendrá para empezar mientras hacemos el análisis comparativo. Llamaré al laboratorio.
Macleod cogió el móvil e intentó llamar.
—No hay cobertura, inspector. ¡Tome!
Mackintosh le lanzó una radio Airwave. Macleod la sintonizó en el canal que ella le indicó, contactó con Ross y le comunicó el hallazgo. Pero algo no le cuadraba.
Lo de Anna Campbell era una cuestión aparte.
Tal vez Tunnock hubiera reaccionado de forma desmedida por miedo a que ella lo delatara.
Pero ¿qué había hecho? ¿Lo suyo no había sido consentido?
¿Habían peleado? Y, de todos modos, ¿por qué matarla?
Su mujer lo sabía. ¿Y Liberty Carlton? Tunnock había admitido que las miraba con descaro, pero ¿había pasado de ahí?
Quizá Missy lo supiera. No. Aquello no le cuadraba.
Durante la llamada, Ross también le había dicho que acababa de llegar información sobre la secta a la que habían pertenecido los Carlton.
El dosier era bastante voluminoso. Macleod pidió que enviaran una copia al móvil de Hope para que la revisara.
Ross había hablado con ella: estaba bien y solo esperaba que le dieran el alta.
Pero no sería hasta la mañana siguiente como muy pronto.
Después de pasar una hora recorriendo la escena, durante la cual Mackintosh lo invitó a largarse con mucha educación, Macleod siguió su consejo y tomó la lancha de regreso a Avoch.
Allí lo esperaba un coche. Volvería a hablar con Ross y luego iría a ver a Hope.
Antes de que pudiera llamar, recibió una llamada del detective de Inverness.
—Señor, hemos encontrado unos bidones como los que describió.
Estaban en el garaje de Tunnock, sin más, en una estantería.
Él dice que faltan algunos, pero lo he detenido y lo he llevado a comisaría.
Lo niega todo. Usted tiene su móvil y faltan bidones, así que me ha parecido mejor traerlo.
Aún no lo he acusado formalmente; esperaba su autorización.
—Bien —dijo Macleod—. Nos vemos en comisaría. Y haga fotos de los bidones. He visto los de la escena del crimen y podré decirle si son iguales.
—Mackintosh ya me ha enviado fotos, señor. Coinciden sin lugar a dudas. He recogido muestras del combustible para analizarlas.
Al menos empezaban a avanzar. Antes de ir a comisaría, pasaría por el hospital para ver qué decía el dosier sobre la secta.
Hope debía de estar subiéndose por las paredes, deseando volver al trabajo.
Y él tendría que llamar a Jane en algún momento.
Pero el caso empezaba a resolverse; quizá incluso volviera a casa antes de acabar la semana.
El conductor lo dejó en el hospital, justo enfrente de la comisaría, al otro lado de la calle. Macleod subió varios pisos del enorme edificio hasta una planta que parecía idéntica a todas las que había visitado: limpia, pero anodina. Estéril, quizá. Claro que de eso se trataba, ¿no?
Al entrar en el largo pasillo blanco, una enfermera con pijama sanitario lo hizo a un lado y le indicó una habitación aparte. Rondaría los cincuenta y tenía el aspecto severo de una enfermera veterana.
—Ha recibido un golpe en la cabeza y necesita descansar de verdad. No vaya a alterarla ni a ayudarla a pedir el alta voluntaria. Inspector, fue un golpe tremendo y necesita reposo.
Macleod no supo cómo había adivinado que era inspector, pero se limitó a asentir. Cualquier discusión le acarrearía una reprimenda. Al entrar en la habitación que le habían indicado, vio a Hope incorporada en la cama y rodeada de papeles.
—¿Has estado hablando de mí? —preguntó.
—Puede ser —respondió Hope entre risas—. ¿Ya te ha echado la bronca la enfermera Severa?
Macleod asintió.
—Ten cuidado, que igual te da unos azotes en el culo.
Hope puso una mueca descarada.
—Ya veo que estás bien. Hemos detenido a Jim Tunnock. En su garaje hay bidones iguales a los de la casa de la playa, y se le cayó el móvil cuando me atacó. Cuadraría que hubiera matado a Anna si temía que lo delatara por haber estado cerca de la primera escena del crimen.
—Si es que estuvo allí. Puede que tengamos dos asesinos distintos o que alguien le haya preparado un montaje perfecto.
No entiendo por qué iba a matar a Liberty Carlton.
En cambio, sí sé por qué la mataría su padre.
El informe de Estados Unidos sobre la secta pone los pelos de punta.
Aquella gente era fanática de verdad antes de que las autoridades acabaran con el grupo.
—¿En qué sentido?
—Bueno, para empezar, yo estaría muerta —dijo Hope—.
Allí las mujeres no eran nadie. Eran propiedad del marido.
Se vestían como él ordenaba, pero tenían que ir tapadas si venía alguien de fuera.
Algunas estaban casadas con auténticos hijos de puta que las mantenían humilladas de la mañana a la noche.
Las mujeres estaban para cocinar, limpiar y servir a su hombre.
Los hombres también controlaban todo lo que hacían las hijas mayores.
A los chicos los adoctrinaban en esa forma de pensar, y así el sistema no dejaba de crecer.
—¿Y qué pasó allí?
—Ahí está la cosa. Los Carlton se marcharon justo antes de que todo se viniera abajo.
Aparecieron muertas varias hijas y esposas del grupo, con papeles metidos en la boca.
Las habían matado por tener aventuras o incluso por salir con alguien ajeno al grupo.
Los Carlton se fueron antes de que estallara todo; más o menos una semana después de que desaparecieran las primeras chicas.
Pero para entonces Justin ocupaba un puesto bastante alto en la organización.
Macleod se acercó a la ventana y contempló el enorme aparcamiento.
Vio gente yendo y viniendo; algunos sonreían, otros lloraban.
En los hospitales se mezclaban emociones muy distintas.
Allí había que andar con cuidado. A veces, incluso la mejor noticia que cabía esperar era dura de aceptar, como la muerte de un familiar que llevaba tiempo sufriendo.
Desde fuera resultaba difícil ver las cosas como eran en realidad. Quizá con el caso ocurriera lo mismo.
—No tenemos pruebas materiales contra ellos; contra los Carlton, quiero decir. Mandaré al equipo a registrar de nuevo la casa. Contra Jim Tunnock tenemos muchas pruebas. Solo nos falta el motivo del primer asesinato.
—A menos que se viera con la chica. El tipo es un baboso y la espiaba. Dijo que tenía buen cuerpo.
—Mirar hacia el jardín de los vecinos y verlas exhibirse donde no deberían no es delito. Tampoco lo es disfrutar de las vistas. Tenemos que hablar con Missy o con la madre para averiguar si había algo entre Tunnock y Liberty.
—Yo sigo apostando por el padre como asesino en el primer crimen. Está bastante zumbado.
Macleod asintió.
—Pero no ha matado a Missy. ¿Por qué? Missy hizo cosas que debieron de avergonzarlo más que las de su hermana.
Cosas que debieron de hacerle más daño. Y, aun así, ahora está en la casa con ellos.
Incluso hay una foto suya en la pared, aunque está tapada.
No me malinterpretes. Es un tipo raro, pero creo que quiere de verdad a su familia. Solo que de una forma muy extraña.
—El muy cabrón es un pervertido. Ya ves cómo las trata. Si yo fuera tu hija o tu mujer, ¿me harías pasearme por casa casi desnuda?
Macleod miró a su compañera, incorporada en la cama.
Las piernas le asomaban por debajo de la bata de hospital y el pelo rojo se extendía sobre los hombros.
Sabía cuál era la respuesta correcta. Pero, al mirar a Hope, se tomó un instante para sopesar la pregunta.
De verdad que no puedes preguntarle eso a tu jefe. Y menos sentada así.
—Claro que no —respondió Macleod, quizá demasiado deprisa.
Hubo un breve silencio. Tuvo que apartar la mirada para que Hope no le leyera la cara.
—Está muy mal.
—¿Es así como pensáis los hombres?
Macleod se volvió y enarcó las cejas.
—Hasta cierto punto es natural, Hope. No significa que tengamos que actuar en consecuencia. Pero esos pensamientos son normales. No tienes ni idea de a qué tenemos que enfrentarnos.
Hope le estudió la cara para averiguar si hablaba en serio. Luego se echó a reír. De esta me he librado, pensó Macleod.
—Entonces, ¿me necesitas en el interrogatorio? —preguntó Hope.
—Tienes que descansar. La enfermera Severa me lo ha dicho, y no quiero que me dé unos azotes.
—Antes no eras tan lanzado —dijo Hope entre risas—. Eso está bien. Es sano. ¿La has llamado hoy?
—Mi vida privada no se discute.
—Entonces no.
—Cuando tenga un momento.
El rostro de Macleod se ensombreció de pronto.
—Tenemos que atrapar a un asesino. Si no es Tunnock, sino el padre de las Carlton, muchas mujeres que él considere inmorales estarán en el punto de mira. Pero no me cuadra, Hope.
—Registra la casa. Revisa la ropa y las dependencias exteriores por si hay gasolina o algo parecido.
—Claro. Pero también localizaré a Missy. Sea como sea, esta noche puede ser larga. Tú descansa.
Macleod se dirigió a la puerta. Ya la había abierto cuando oyó que Hope lo llamaba.
—¿De verdad fantaseas con eso?
Macleod asintió.
—Claro. Es de las más suaves.
Al cerrar la puerta tras él, oyó que algo chocaba contra ella desde dentro. Cree que bromeo.