El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

H ope giró el volante y el coche tomó la curva cerrada a toda velocidad.

Macleod notó que las ruedas traseras perdían adherencia, pero mantuvo la calma mientras su compañera lanzaba el coche carretera adelante tan deprisa como podía.

Por dentro, la adrenalina se le disparaba y crecía su preocupación por Anna Campbell.

¿Qué hacía allí su coche? ¿Por qué lo habían abandonado en pleno día?

Cuando pararon a un lado de la carretera, a unos trescientos metros de la maleza que daba acceso al bothy y de la ladera cubierta de vegetación que se alzaba sobre él, Hope se desabrochó el cinturón y saltó del coche.

La preocupación se le veía en la cara. Macleod comprendió que Anna no le era indiferente.

A veces pasaba en una investigación. Él mantenía una mayor distancia y no sabía con exactitud qué papel desempeñaba la joven, pero aquello no pintaba bien.

—¿Alguna idea de adónde podría haber ido? —preguntó Hope al agente que estaba junto al coche.

—Bueno, ahí atrás está el sendero que baja al bothy , pero hemos tenido un agente apostado allí y los forenses han pasado un momento esta mañana, así que no creo que haya ido por ahí. La habríamos visto.

—¿Algún otro sitio por aquí cerca? —preguntó Macleod.

—Tierra adentro solo hay granjas, pero se puede llegar a la playa y a varias calas caminando hacia las laderas. La pendiente es fuerte y no hay senderos de verdad, al menos ninguno evidente. Aun así, es una posibilidad.

Macleod se quedó pensativo mientras Hope examinaba la hierba alrededor del coche. ¿Por qué aparcar allí? ¿Qué más había por la zona? Nadie habría elegido el bothy para reunirse; habrían supuesto que la policía seguiría allí. Entonces, ¿dónde?

La vio acercarse a la maleza que empezaba junto a la carretera.

Más allá había árboles. Hope miró a un lado y a otro, cada vez más frustrada.

De repente, se abrió paso a la fuerza por el seto y saltó una alambrada.

Macleod se quedó donde estaba; no pensaba arriesgarse con los tojos.

Al cabo de un minuto, Hope regresó con los restos de un sándwich en la mano.

—¿De qué son los sándwiches?

Macleod abrió el coche y cogió el paquete.

—De pollo y maíz dulce.

—Bingo, señor. Por aquí.

Macleod siguió a su compañera a través del seto espinoso, cruzó la alambrada con dificultad y se encontró en lo que él habría llamado un sendero de ovejas.

Una vereda muy estrecha, abierta por el paso continuo, se adentraba entre los árboles.

Siguió a Hope, que avanzaba a toda prisa.

Apenas lograba mantener el ritmo y ya resollaba cuando llegaron a una hilera de árboles desnudos, con las ramas a la altura de la cabeza.

En lo alto aún había verdor; abajo, donde apenas llegaba la luz, todo era corteza oscura, restos vegetales, agujas secas y tierra bajo los pies.

—Por aquí —dijo Hope—. La tierra está removida, como si alguien se hubiera deslizado por la ladera. Se oye el mar ahí abajo. Diría que esto baja hasta la playa. Las marcas son recientes.

El frío le cortaba la piel y, a la sombra, parecía diez veces más intenso que durante su paseo nocturno por Cromarty.

Delante de él, Hope se dejó resbalar por la pendiente y levantó la tierra.

A Macleod, en cambio, se le enganchaban los pies.

Acabó cayendo hacia delante por la empinada ladera, se golpeó el hombro contra un árbol y arrolló las piernas de Hope, que cayó encima de él.

Notó que Hope le agarraba una mano.

—Vamos, Seoras. Quizá siga aquí abajo.

Sin aliento, se puso en pie y siguió a Hope como pudo. Pendiente de dónde pisaba, no la vio detenerse y chocó de lleno contra su espalda. Ella ni se tambaleó: lo agarró del brazo y señaló un hueco entre los árboles.

—Mira, señor: otra casa pequeña. Quizá sea otro bothy . También hay fuego dentro. Vamos.

Hope volvió a salir disparada. Macleod apretó el paso y la siguió por otro matorral hasta un sendero de ovejas más transitable, que bordeaba la ladera en dirección a aquella casa.

Hope le sacó tanta distancia que desapareció de su vista.

En el aire flotaba un olor a quemado, procedente quizá de la casa.

Olía a gasolina, pero también a otra cosa.

Lo reconoció. Su mente volvió de golpe al bothy que habían visitado unos días antes y después a un almacén de Glasgow, al principio de su carrera.

El olor a carne humana quemada no se olvidaba nunca.

Aceleró y trató de ignorar la quemazón de los pulmones.

El sendero salió de entre los árboles y la casa apareció ante él.

La senda desembocaba en la parte trasera del edificio; el mar se oía a pocos metros, al otro lado.

Por el tamaño, la casa no podía tener más que unas pocas habitaciones, todas en una planta.

Le sorprendió no ver ninguna puerta en aquel lado, solo un hueco abierto.

Al entrar, vio a Hope tendida boca abajo en el suelo.

La cabeza le sangraba. Su instinto le gritó que había un intruso, pero reaccionó demasiado tarde.

Algo sólido lo golpeó en las costillas. Al girarse, aferró el abrigo de quien lo atacaba e intentó hacer pie, pero recibió un puñetazo en la cabeza.

Macleod cayó al suelo, pero tuvo reflejos para rodar y esquivar una patada dirigida a la cabeza.

Intentó levantarse a la desesperada, pero quien lo atacaba lo agarró al incorporarse y lo empujó por la estancia.

Vio un pequeño fuego ante sí y extendió las manos para no caer en él, pero el rostro le quedó a centímetros de un amasijo en llamas.

El calor le abrasó las mejillas. Su atacante le aferró los hombros e intentó empujarlo al fuego.

Macleod resistió con todas sus fuerzas para evitar que le hundieran la cara en el fuego.

El humo sofocante olía a carne humana y el calor le quemaba la piel, pero la desesperación todavía le daba fuerzas.

Poco a poco empezó a ceder. No podía esperar más.

Soltó los brazos. Uno cayó en el fuego y sostuvo su peso; echó el otro hacia atrás, encontró la mandíbula de su atacante y la agarró con tanta fuerza que le arrancó un grito.

Después soltó un puñetazo a ciegas y se impulsó para alejarse del fuego.

Volvió a lanzarse hacia su atacante, que estaba en el suelo, pero solo alcanzó el abrigo.

Algo cayó y Macleod lo recogió. Cerró la mano sobre el pequeño aparato de plástico como si fuera lo más valioso del mundo.

Una patada en la cabeza le arrancó un grito; trató de rodar otra vez para apartarse.

Quien lo atacaba lo levantó y lo lanzó de cabeza contra la pared.

El mundo le retumbó en los oídos; el dolor le recorrió el cuerpo y se desplomó.

Oyó cómo la otra persona huía, pero no pudo girarse para verla.

Se quedó en el suelo, retorciéndose de dolor.

—¡Hope! ¡Hope! ¡Maldita sea, Hope, responde!

Macleod rodó hasta ella y le apartó de la cara el pelo rojo.

Tenía los ojos cerrados, pero vio moverse las aletas de la nariz.

¡Gracias, Dios mío, gracias! La colocó de lado y le deslizó un brazo bajo la cabeza, en algo parecido a la posición lateral de seguridad.

No reaccionó. Macleod se puso en pie con lentitud.

Entonces notó la quemadura de la mano. Se la miró: la piel estaba enrojecida y tuvo que resistir el impulso de tapársela con algo.

Ardía. El dolor le subía por el brazo. Miró alrededor y sacó el móvil del bolsillo.

Recordaba vagamente haber cogido también el de su atacante.

Buscó por el suelo hasta localizarlo junto a la pared.

Comprobó ambos móviles: ninguno tenía cobertura.

Se los guardó y se volvió hacia Hope, inmóvil.

—Vuelvo enseguida. No te vayas. Ahora mismo eres de lo mejor que tengo en la vida, chica, así que ni se te ocurra irte.

Macleod salió tambaleándose de la pequeña casa.

La mano le ardía. Buscó un arroyo; entonces oyó el mar al otro lado de la casa.

Bajó de un salto por un pequeño desnivel, corrió entre las rocas hasta la orilla y hundió la mano en la arena fría mientras el agua salada corría sobre ella.

Gritó. Debía de tener algún corte, pero lo ignoró: necesitaba el frío del agua.

Al cabo de unos minutos se incorporó y volvió a cruzar las rocas a la carrera.

Trepó la pendiente y encontró el sendero de ovejas por el que habían llegado.

Avanzó con cuantas fuerzas le quedaban hasta dar con la cuesta de subida; la tierra removida señalaba el camino.

Macleod no supo cuánto tardó en llegar a la alambrada y al matorral de tojo.

Apoyó un pie en la alambrada y alzó el otro, pero el equilibrio le falló.

Cayó al otro lado, sobre el tojo, y tuvo que rodar para salir.

Se hizo unos buenos arañazos en la cara.

Desde el suelo miró hacia la carretera. El coche patrulla seguía allí, pero dentro no había nadie.

Abrió la puerta y cogió la radio Airwave.

Necesitó unos instantes para comunicarse con la central.

Le informaron de que dos agentes habían bajado tras él para prestarle apoyo, pero debían de haber tomado otro sendero. Los refuerzos estaban en camino.

Se dejó caer contra el respaldo. El dolor aumentaba conforme se disipaba la adrenalina. Empezó a preguntarse qué acababa de ocurrir. Entonces alguien dio un golpecito en la ventanilla. Un sanitario empezó a atenderle la mano y la cabeza, que tenía muy magullada.

—¿Hope? ¿Cómo está Hope? —le gritó al sanitario, casi en la cara.

—Cálmese, cálmese —respondió el sanitario. Luego llamó a gritos a alguien, pero Macleod cerró los ojos porque el dolor arreciaba. Cuando volvió a abrirlos, Ross estaba de pie ante él.

—La llevan al hospital, señor. Está bien. Ya ha vuelto en sí, aunque parece que estuvo un rato inconsciente. La están evacuando en la lancha de salvamento; por mar el acceso es mucho más fácil. A usted también lo trasladarán enseguida.

—No —dijo Macleod—. Ahí abajo hay un cadáver entre las llamas.

Avise a los forenses; creo que es Anna Campbell.

Averigüe dónde está todo el mundo: los Carlton, los Tunnock y todo el personal de la emisora.

Quien lo haya hecho no habrá tenido tiempo de volver.

Tenemos que movernos ya si queremos encontrar al asesino.

Ross asintió y echó a correr hacia su coche.

Quien lo había zarandeado tenía mucha fuerza, pensó Macleod.

Era difícil asegurar que se tratara de un hombre, pero esa era la impresión.

Tunnock podría haber atacado a Anna, aunque sería demasiado burdo, demasiado evidente.

¿Quizá el DJ? Hope había dicho que estaba enfadado con ella.

¿La directora de la emisora? ¿Los Carlton?

A saber a cuánta gente odiaban y cómo veían a los demás. Demasiadas posibilidades.

Ross regresó y le preguntó si quería acompañarlo a casa de los Carlton.

Macleod ni lo dudó. Apartó la mano que el sanitario le estaba curando; el hombre se limitó a mirarlo.

Las ruedas del coche patinaron en la nieve y, pocos minutos después, llegaron a casa de los Carlton.

Un agente montaba guardia ante la puerta principal.

Cuando Macleod fue a abrirla, el agente se interpuso y le explicó que los padres estaban teniendo un momento de intimidad arriba.

Estaba seguro de que lo mejor sería llamar a la puerta.

Macleod lo ignoró y la abrió de golpe. Entró como una exhalación en el salón y vio a Sera sentada, con una bata corta y en ropa interior.

Negó con la cabeza y pasó a la cocina. No había nadie.

Abrió otra puerta de la planta baja y encontró a Missy, vestida con vaqueros y una camiseta ajustada, escuchando algo en el móvil con unos auriculares enormes.

A continuación subió las escaleras hecho una furia. Papá salió trastabillando de una habitación mientras se subía los pantalones.

—¿Qué demonios es esto? —preguntó el hombre.

—¿Dónde está su mujer?

—En la habitación. Estábamos haciendo lo que un hombre y su mujer deben hacer a solas.

Macleod no oyó el final: ya había abierto la puerta y visto a Mamá en la cama, con el edredón subido hasta la barbilla.

—Disculpe —dijo Macleod, y se lanzó a registrar las habitaciones contiguas. No encontró nada. Volvió abajo, al salón. Al abrir la puerta, vio al hijo de la familia sentado en el sillón que le correspondía, según le habían explicado durante la visita anterior.

—¿Dónde ha estado?

—En el váter.

Macleod negó con la cabeza. Maldición. Casa equivocada.

—¡Rápido, Ross! ¡A casa de los Tunnock!

Macleod dio media vuelta y salió de la casa. Detrás, Papá bramaba sobre la decencia y la intimidad. Y su hija allí sentada casi desnuda. ¡Hipócrita!