Capítulo 13
— A nna Campbell está metida en esto, seguro —afirmó Macleod, asintiendo con convicción, mientras Hope lo miraba con expresión inquisitiva.
—No tiene mucho sentido que nos pusiera sobre la pista de su amiga si ella también estaba implicada.
—Pero hoy es lo normal, ¿no? La gente se lía por ahí, no tiene una sola pareja, va cambiando de una a otra y se acuesta con hombres y mujeres que tienen la mitad de su edad. —Macleod soltó un bufido y Hope se molestó.
—¿Y antes nadie se liaba? No es lo que me han contado. Había mucha gente dándole al tema. ¡Los sesenta fueron un festival de polvos!
¿Un festival de polvos? Qué vulgar podía llegar a ser.
—Reconozco que antes también pasaban esas cosas, pero al menos entonces, Hope, sabíamos que estaba mal.
Hoy acostarse con cualquiera se considera una simple opción de vida.
—El móvil emitió un pitido—. Ah, los vecinos de los Carlton son los Tunnock.
Veamos si Scarlett Tunnock resulta ser esa descarada estrella de cine.
—Dudo que ese sea su nombre real —respondió Hope.
—Claro que no. Pero es un nombre sugerente.
—¿De verdad?
—Sí, por Lo que el viento se llevó y todo eso.
—No la he visto.
Macleod chascó la lengua. Los Tunnock eran los vecinos de los Carlton, aunque entre las dos casas había unos quinientos metros.
El camino de entrada desde la carretera principal estaba bien asfaltado y flanqueado por pequeñas luces.
Junto a la entrada había un árbol adornado con elegancia.
Cuando pararon, Macleod reparó en un deportivo bastante caro y en un coche familiar práctico, aunque también de gama alta.
Hope se acercó a la puerta y llamó al timbre. Se quedaron entre dos columnas, mirando un recibidor impecable. Al cabo de un momento apareció una mujer con tacones altos y falda ceñida. Abrió la puerta y los saludó, pero pareció algo desconcertada cuando sacaron los carnés profesionales.
—Pero si ya han estado aquí sus compañeros. Ya nos han hecho preguntas. No hemos visto nada.
—Es solo rutina, señora —dijo Macleod—. Son los vecinos más próximos. ¿Está también su marido?
—Sí, está aquí. Pasen, inspector. Y con una chica tan joven… —La mujer los condujo por el pasillo, atravesó con ellos la cocina y los llevó a un anexo cubierto que albergaba una piscina—. Este es el inspector Macleod y su joven ayudante. Este es mi marido, Jim Tunnock, y yo soy Alison.
Macleod se rio para sus adentros al oír lo de la «joven ayudante», pero Hope no le devolvió la mirada. Esperó a que la señora Tunnock se sentara y se dirigió al marido.
—Buenos días, señor Tunnock. Disculpe la molestia. Como viven al lado de los Carlton, que están pasando por ciertas dificultades, me gustaría repasar con ustedes cualquier cosa que hayan observado. ¿Cómo son como vecinos? ¿Raros, tranquilos? ¿Cómo los describiría?
Jim Tunnock era un hombre alto, de metro ochenta, con el pelo castaño y hombros capaces de levantar montañas. A diferencia de su mujer, menuda y con curvas, Jim era justo lo que parecía.
—Nunca han dado mucha guerra. A veces se oye alguna discusión, pero nada que se salga de lo normal. Aunque son un poco raros. No se relacionan con nosotros. Y…
—¿Y qué más, señor Tunnock? —preguntó Macleod.
—Bueno, en verano suelen hacer barbacoas y cosas así en el jardín de atrás, pero resulta un poco raro.
—¿En qué sentido?
—Están todos… Bueno, no: las mujeres. Están como en exhibición, con muy poca ropa. ¿Cómo lo digo con delicadeza delante de señoras?
—No te preocupaba tanto la delicadeza cuando te quedabas embobado mirándolas —lo interrumpió Alison Tunnock—.
Las observaba con el telescopio del piso de arriba.
No se perdía detalle: las chicas y la madre, todas con casi nada puesto.
Entré en la habitación y creyó que era su amigote.
«Mira qué tetas tiene esa», soltó. ¡A mí!
¡A su mujer! ¿Se lo puede creer, inspector?
—No es exactamente el motivo de mi visita, señora Tunnock. Aunque lamento que su marido mire a otras mujeres y sienta la necesidad de comentarlo, me preocupa más la conducta de los Carlton. ¿Los hombres también van ligeros de ropa?
—No —respondió Alison—. Típico de mi suerte. El marido no es gran cosa, pero el chico está como un tren.
¿Qué tendrá el agua por aquí?, pensó Macleod.
—Anteanoche, ¿vieron algo extraño por la zona?
—Bueno, mejor pregúntele a Alison; esa noche ella andaba por ahí y yo me quedé aquí, en casa.
Alison se ruborizó un poco.
—Me dan sofocos y esas cosas. Será la edad. Me gusta salir a pasear de noche para refrescarme.
—Te pasaste tres horas fuera, mujer. ¿Adónde fuiste?
Alison enrojeció.
—Es culpa tuya. Sé que trajiste a una chica. Admítelo, llevas tiempo viéndote con una. ¿Fue una de las del otro lado de la valla? ¿Estuviste con ella? ¿Con la joven? Te venía bien a mano, ¿eh?
—Ni se te ocurra. Tú te largaste a follar con el primer jovencito idiota que te hizo caso.
—¡Eh, basta! —gritó Hope—. Esto es importante.
Puede que se hayan puesto los cuernos, que tengan problemas de pareja o lo que sea, pero necesitamos saber algo muy concreto: si alguno de los dos estuvo con alguien anteanoche.
Tenemos a una chica muerta y debemos descartarlos como sospechosos de asesinato.
Sus infidelidades, sus problemas de pareja y todo lo demás son, francamente, lamentables, pero no asunto nuestro.
Así que, uno por uno. Señora Tunnock, ¿estuvo con alguien?
La mujer se sentó en un puf y hundió la cabeza entre las manos.
—Sí, con ese gilipollas de la emisora de radio.
—¿Cuál? —intervino Macleod con rapidez.
—Dijo que iba a quedarse con el programa matinal, como si fuera una gran estrella. A mí me daba igual. Solo quería darle una lección a mi cabrón de marido.
—Una lección. ¿Una lección por qué?
—Por follarte a cualquier tía guapa que se te cruce. Sé de todas. Ya era bastante verte mirar, pero llevabas una tabla de puntuaciones. En serio, eres un mierda. Una tabla de puntuaciones. Y yo ni siquiera llegaba al cinco sobre diez.
Vaya por Dios, pensó Macleod. Esto no nos hacía ninguna falta. Aquello iba a degenerar en reproches y gritos antes de que pudieran llegar a lo importante: qué había ocurrido más allá de sus aventuras.
—De acuerdo, señora Tunnock. Centrémonos en el dónde y el cuándo; los motivos pueden esperar. ¿Hasta qué hora estuvo con él?
—Hasta las tres más o menos. Luego tuvo que irse. Eso sí, la última hora fue bastante incómoda, porque él había acabado antes de tiempo. Incluso más decepcionante que tú, Jim. —La mujer se levantó y le soltó un puñetazo a su marido.
—Basta ya —dijo Macleod—. ¿Cuadra eso, señor Tunnock? ¿A qué hora volvió su mujer?
—Sí, cuadra —admitió Jim a regañadientes, negando con la cabeza.
—Y fue entonces cuando se largó la fulana de mi marido —añadió Alison—. Debió de verme llegar, porque salió pitando en su coche rojo.
—¿Así que su amante se marchó sobre las tres de la madrugada, señor Tunnock?
—Mi aman… Sí, se marchó a esa hora.
—¿Y su nombre?
—Anna. Es lo único que sé. Dijo llamarse así cuando nos conocimos en el centro la noche anterior. Se me puso en bandeja en cuanto vio que la miraba. Uno no rechaza algo así, detective. Hacía tiempo que Alison no tenía un par de tetas así.
Dolida, Alison Tunnock le soltó un puñetazo a su marido y le dio de lleno en la mandíbula. Soltó un grito y se agarró la mano mientras él seguía sentado, impasible.
—Cabrón sin corazón. Espero que te haya contagiado algo. Y apuesto a que esa mujer tiene algo que ver con todo este follón del bothy . Estás metido hasta el cuello.
Alison salió furiosa de la habitación y Hope se dispuso a seguirla. Jim Tunnock la agarró del brazo.
—¿Tiene razón? —preguntó, con el rostro un tanto desesperado.
—Que lo haya descrito bien es muy posible. En cuanto al caso, no puedo hacer comentarios.
Hope salió tras la señora Tunnock.
—¡Siéntese! —ladró Macleod cuando el hombre hizo ademán de levantarse—. Aún no he terminado con usted.
El hombre pareció aturdido, pero volvió a sentarse.
—¿Necesito un abogado?
—Eso dígamelo usted —respondió Macleod—. Usted y Anna Campbell estuvieron aquí anteanoche. Después volvió su mujer. Necesito saber qué hizo usted a partir de ese momento y adónde fue Anna Campbell.
—¿Por qué no se lo pregunta a Anna? Es obvio que la conoce. Para mí no fue más que un rollo barato, una tía con la que echar un polvo. Las jóvenes son muy fogosas, ¿no cree? Menuda potranca tiene ahí.
Macleod avanzó hasta ocupar todo el campo de visión del hombre.
—Escuche, y escuche bien. Uno: yo no voy detrás de faldas. Dos: como vuelva a llamar potranca a mi agente, lo detengo por insultar a una agente de policía. Dígame —añadió, visiblemente enfadado—: ¿tenía Anna alguna relación con los Carlton que usted supiera?
—Bueno, mencionó a una de las Carlton. No recuerdo a cuál; quiero decir, no recuerdo su nombre.
Un culo bonito. Muy bonito. Se la veía estupenda en el jardín de atrás.
Anna y ella se conocían y habían quedado alguna vez.
Anna es bastante golfa, la verdad. Está muy rodada para su edad y le gustan los hombres mayores. Usted tendría muchas posibilidades.
Macleod ignoró la pulla. Se volvió hacia la ventana y empezó a rodear despacio la piscina.
—¿Alguna vez le pidió Anna que hiciera algo por ella? Quiero decir, era evidente que usted le servía para desquitarse. Solo un entretenimiento para ir tirando.
—Oiga, yo no soy el apaño de nadie. Soy de primera.
—Para Anna no. A quien de verdad quería era a Andy «Howling» MacTavish, y él también la había rechazado. Me preguntaba si no le habría pedido que la ayudara a vengarse a cambio de menear sus encantos delante de usted. Tiene pinta de ser de los que se dejan comprar así.
Macleod vio que el hombre se revolvía incómodo. Había lanzado la pregunta a ciegas, pero el sedal acababa de dar un tirón y tenía que cobrar la pieza.
—No hicimos nada. Pero ella me dijo que MacTavish iba a ir al bothy con la chica de al lado y quería que fuese con ella a mirar.
Dijo que le daba miedo la oscuridad o alguna chorrada por el estilo, pero le dije que no, sobre todo después de que volviera Alison.
A mí no me importa hacerlo al aire libre, pero hacía un frío que pelaba.
Hacía tanto frío que casi se me cae la polla.
Costaba decidir qué resultaba más chocante: la ligereza con que aquel hombre hablaba de su aventura o que bromeara con perder sus atributos por el frío cuando tal vez se había acostado con una asesina.
Estaba claro que lo gobernaba lo que tenía entre las piernas, pero podía aportar información útil sobre los movimientos de Anna Campbell.
—Así que, señor Tunnock, ¿afirma que no volvió a ver a Anna después de que se marchara?
El hombre asintió.
—¿Llegó a ver el interior de su coche? Me refiero a esa noche, no en general.
—Sí, cuando llegó, pero ¿por qué quiere…? ¡Joder!
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Llevaba un juego de cuchillos en el asiento delantero. Casi me siento encima. Abrí la puerta cuando llegó, me lancé dentro para echarle mano y una de las esquinas me rozó el culo. Dijo que eran para la cocina, que los que tenía se le habían roto o alguna chorrada. Mierda, ¿ella…?
—Disculpe —dijo Macleod mientras sacaba el móvil—.
¿Ross? Soy Macleod. Detengan a Anna Campbell por sospecha de asesinato.
¿Hasta dónde registramos la zona alrededor del bothy ?
De acuerdo, hay que ampliar la búsqueda hasta la carretera y por la ladera de detrás.
No. No solo el sendero: toda la ladera. Buscamos un cuchillo, quizá dos.
En cuanto amanezca. Pero necesitamos a Campbell ya.
Y mándeme un coche patrulla a casa de los Tunnock…
Sí, los vecinos de los Carlton. Hay que llevarlos a comisaría para tomarles declaración.
Macleod le dio la espalda al señor Tunnock y miró por la ventana. Lo sabía. Vaya si lo sabía: estaba metida en esto. Esbozó una sonrisa. Al oír entrar a Hope, se volvió hacia ella.
—Señor, tenemos que ir a por Jimmy. Alison Tunnock dice que la dejó por aquí, pero que luego se quedó en la zona. Ella iba a salir a ver por qué seguía allí, pero con su marido en casa no tuvo ocasión.
—Acabo de ordenar que detengan a Anna Campbell. Llevaba un juego de cuchillos en el coche cuando estuvo con el señor Tunnock. He pedido que registren la maleza y toda la zona en cuanto amanezca.
El móvil volvió a sonar.
—Macleod. ¿Qué pasa, Ross? ¿Su coche? ¿Qué quiere decir? ¿Junto al lugar de los hechos? ¿Y no había nadie? De acuerdo, entonces llegó hasta allí desde lejos. Voy para allá. Mande el coche patrulla a casa de los Tunnock y llévelos a comisaría para tomarles declaración.
Macleod cerró el móvil y vio que Hope lo miraba expectante.
—Es Anna Campbell. Ross estaba transmitiendo la orden de localizarla cuando uno de los coches patrulla encontró su coche cerca del lugar de los hechos.
No había nadie dentro. En el asiento del copiloto había unos sándwiches sin tocar.
Ha desaparecido. Vamos a echar un vistazo, McGrath.
Creo que quizá hayamos dado con la asesina. Te dije que esa mujer tramaba algo.