El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

A veces, el jefe sigue siendo un dinosaurio, pensó Hope.

Dejó atrás a Anna Campbell y enfiló el pasillo que se alejaba de los despachos.

Los estudios se distribuían a ambos lados.

En uno vio a un hombre de treinta y tantos años en antena; el piloto rojo indicaba que estaba en directo.

En el otro, una mujer parecía prepararse, con un teclado y un montón de notas delante.

No apartaba la vista de una pantalla y asentía satisfecha cada vez que tecleaba algo.

Hope vio apagarse el piloto rojo del estudio y abrió la puerta sin más.

—Hola. Espero que no le importe, pero necesito hacerle unas preguntas.

—Pues mira, guapa, si no te importa, estoy en medio de un programa —protestó el hombre, bastante molesto—. Y, por cierto, ¿tú quién demonios eres?

—Soy la detective Hope McGrath y necesito hacerle unas preguntas. Puede buscar a alguien que lo sustituya o contestarme mientras suenan los temas. Si hace falta, podemos hacerlo en comisaría, pero no quería joderle el día. ¿Me siento aquí?

El hombre fulminó a Hope con la mirada antes de sacar una silla para ella.

Hope le devolvió la sonrisa, se sentó y miró a su alrededor.

Casi dio un respingo cuando él empezó a hablar con aquel tono meloso de «encantado de estar aquí» que Hope decidió que jamás querría oír al despertarse.

Apenas había empezado cuando terminó; el piloto rojo, que solo había estado encendido unos segundos, volvió a apagarse.

—Vale, ¿qué quieres? ¿Puedes darte prisa? Estoy en antena.

En la ventana de enfrente, Hope vio brazos haciendo aspavientos y dedos que la señalaban, así que sacó el carné profesional y la placa y los sostuvo bien en alto, a la vista de todos.

—Con eso deberían dejarnos en paz —dijo Hope—. Bien, veo que ha conseguido lo que siempre quiso. ¿Qué tal se está al frente del programa?

—Eso está fuera de lugar.

—¿Ah, sí? La directora de la emisora nos dio a entender que se moría de ganas de sentarse aquí. Y, por lo que sabemos, el señor MacTavish tampoco le caía muy bien.

—Mira —dijo el hombre, pasándose una mano por el pelo abundante y bien peinado—, no voy a andarme con rodeos: ha sido una suerte que se haya ido. Estaba hundiendo la emisora; la audiencia caía en picado. Y todo por culpa de su estúpido contrato.

—Sí. No era fácil quitárselo de encima. Habría hecho falta algo drástico para librarse de él.

—Deja de insinuar cosas. Nadie haría algo así.

—Alguien lo hizo —dijo Hope—. Y se llevó a otra persona por delante.

—Sería alguna guarra. Me sorprende que no fuera Anna Campbell: no se le despegaba de encima, la muy fresca. Mejor que se haya ido. Me extraña que no lo detuvierais por secuestro de menores, con la edad de las chicas con las que se acostaba.

—¿No tenían bastante con hombres más jóvenes? —soltó Hope.

Jimmy «The Gen» Mochilas estaba a punto de replicar cuando se encendió el piloto rojo.

Bufó y resopló un instante, pero un montón de manos agitándose al otro lado del cristal lo devolvió al programa y soltó atropelladamente el título de un tema.

Hope se rio para sus adentros. Se le daba de maravilla sacar de quicio a los hombres.

Cuando empezó la música, le sonrió. Con el piloto rojo ya apagado, esperó el contraataque.

Pero él estaba tranquilo.

—Así que está muerto. ¿De verdad?

—Estamos a punto de anunciarlo.

—¿En el bothy ?

—Yo no he dicho eso. Pero sí, está muerto. ¿Dónde estaba anteanoche? ¿Sabe con quién se veía Andy?

—Seguro que se veía con una chica nueva. Había presumido de la nueva fulana con la que andaba.

«Fulana», pensó Hope. Este tío era un carca.

—Por lo visto, ella estaba colada por él. Y además estaba buena, según había dicho Andy la semana anterior en el aparcamiento. Anna Campbell estaba a su lado y lo fulminó con la mirada al oírlo. Me sorprende que no lo matara el sexo. Todo un pensionista.

—Tenía cuarenta años —replicó Hope—. Tampoco estaba acabado. Así que a esa chica le gustaba. ¿De dónde era?

—Andy dijo que era de Black Isle. No había tenido mucho sexo, pero era buena en la cama. Se prestaba a todo y hacía lo que él quería.

Hope empezaba a pensar que la muerte de Andy MacTavish no era del todo una mala noticia. Pero no le tocaba juzgar; solo averiguar quién lo había hecho, dónde y por qué.

—¿Ha estado alguna vez en ese bothy ?

—No. Nunca.

—¿Cómo lo sabe? ¿Puede decirme exactamente dónde está?

—Bueno, no, pero no he estado en ningún bothy de la zona. Nunca voy por Black Isle. No conozco a nadie allí.

—Se lo repito: anteanoche, ¿dónde estaba?

Se encendió el piloto rojo, pero Hope no apartó los ojos de Jimmy. Él le sostuvo la mirada mientras anunciaba la información del tráfico y las noticias. Lo vio escribir mientras hablaba y luego le deslizó el bloc: «En casa, solo». Qué oportuno, pensó Hope. Muy oportuno.

Oyó un ruido fuera y vio el culo de Anna Campbell desaparecer por el pasillo. Pilló a Jimmy siguiéndola con la mirada. El piloto rojo se apagó.

—¿Se ha tirado alguna vez a Anna? —Hope lo vio tragar saliva y negar con la cabeza—. ¿Se lo ha propuesto?

—A ella le gustan los mayores, ¿qué quieres que te diga? Una rarita de primera.

—O quizá una mujer con buen gusto.

Jimmy alzó las cejas. A Hope le pareció un gesto demasiado estudiado. La mirada que el tipo le había echado antes a Anna decía que le ponía y que le fastidiaba no haber conseguido acostarse con ella. ¿Qué pasa con este sitio? ¿Trabajar en la radio te pone cachondo?

Tras una breve intervención en la que Jimmy habló con un oyente, volvió a sonar la música. Él se recostó a esperar la siguiente pregunta y Hope decidió guardar silencio. Justo cuando Jimmy iba a incorporarse para preparar el siguiente bloque, ella le soltó una pregunta a bocajarro:

—Entonces, ¿cuál es su coche?

—¡No conduzco!

—¿Por qué?

—No me dejan: demasiados puntos en el carné.

—¿Por beber? —preguntó Hope justo cuando se encendía el piloto rojo.

El silencio pareció irritar a la gente al otro lado del cristal, que hacía señas a Jimmy para que hablara.

Pero él siguió sentado, clavando en Hope una mirada furiosa.

Entonces irrumpió la música y la voz del realizador le ordenó que espabilara.

Hope notó vibrar el móvil en el bolsillo. Lo sacó y leyó el mensaje.

Confirmado: Jimmy Mochilas tomó un taxi anteanoche a la una de la madrugada. Destino: Black Isle, aproximadamente a una milla del bothy . Ross.

Hope clavó la vista en el DJ. Lo observó parlotear sobre un single de las listas de éxitos y soltar después un chiste bastante malo; sonrió para sus adentros. El locutor remató la intervención con una floritura y se encaró con ella en cuanto se apagó el piloto rojo.

—Y bien, ¿ya has terminado conmigo?

Hope le plantó el mensaje del móvil delante de la cara y vio cómo su expresión pasaba de la confianza al pánico en un instante.

—Creo que tendrá que buscar a alguien que lo sustituya un rato, ¿no le parece?

—No es lo que tú crees —dijo él, presa del pánico.

—Parece que me ha mentido.

—No… Bueno, sí, pero no porque haya hecho nada que no debiera.

Bueno, eso tampoco es verdad, pero no fue un asesinato.

Era una mujer con la que me veía. Ella sospechaba desde hacía tiempo que su marido le ponía los cuernos.

Se insinuó en un bar y me preguntó si quería divertirme un poco y ayudarla a vengarse.

Luego me llamó y la cosa fue a más. Lo siento, pero su casa está cerca del bothy .

Por eso no quería decirlo. Sabía que sumarías dos y dos y te saldrían diez.

Yo solo me veía con una mujer. Nada más.

—Nombre y dirección. No se moverá de aquí hasta que volvamos a por usted. De hecho, voy a pedir que venga un agente uniformado y se quede hasta que compruebe su historia.

Hope se puso en pie y clavó la mirada en el hombre, ahora petrificado.

—No sé cómo se llama de verdad. Se hacía llamar Scarlett y era rubia. Creí que se parecía a una actriz. Pues no, ni siquiera desnuda. En realidad no era gran cosa. Bastante decepcionante.

¡Menudo capullo arrogante! Debería llevarle sus huevos al marido.

—Me quedaré aquí hasta que llegue un agente uniformado. No llame a nadie. Y que nadie hable con usted. ¿Dirección?

—No la sé.

Hope abrió la aplicación de mapas del móvil y le enseñó la pantalla al locutor.

—Enséñeme dónde.

Observó cómo él ampliaba el mapa hasta acotar la zona. Miró la pantalla. Joder, pensó, esa era la casa vecina a la de los Carlton.

—Cuando acabe el programa, irá a comisaría a prestar declaración. Hasta entonces, se quedará aquí mientras compruebo su historia.

—No se lo digas al marido. Prométeme que no se lo dirás. Es carnicero. ¡Es un puto carnicero!

Hope se plantó ante el locutor con su expresión más seria. Luego le dio la espalda y se echó a reír en silencio. Un puto carnicero. Impagable. Sencillamente impagable.