Capítulo 11
A Macleod no le hacía ninguna gracia dejar juntos a los Carlton.
Dio instrucciones al sargento destinado en la casa: si alguno se salía de la raya, acabaría en comisaría.
La franqueza de Missy le había permitido entender mejor cómo funcionaba la familia, pero no dejaba de ser su versión y, como todas, estaría sesgada.
Aun así, no podía culpar a la chica por haberse marchado en busca de una vida mejor.
Por alguna razón, aquel día le apetecía conducir.
Le encargó a Hope que llamara al equipo forense para averiguar si había novedades mientras iban a Inverness, a visitar la emisora.
El trayecto era agradable y tomó las curvas sin visibilidad y los tramos sinuosos a una velocidad prudente.
Aquello no era el ajetreo de Glasgow, pero tampoco el fin del mundo.
Inverness era una ciudad pujante, crecía deprisa y se estaba labrando una buena reputación.
Cuanta más gente, más problemas. Al menos así no me faltan café ni galletas.
—Los forenses han confirmado la identidad del hombre —dijo Hope tras colgar—. Es Andy MacTavish, sin duda. Los registros dentales y el historial médico coinciden. A la víctima femenina aún no la han identificado. Esperan hacerlo antes de comer.
—Claro. A nadie le apetece trabajar a la hora de comer. Llama a Ross, ponlo al día de lo que estamos haciendo y dile que quiero avances sobre la conexión con la comuna estadounidense donde se conocieron los padres de los Carlton.
De camino a Inverness atravesaron Fortrose y Munlochy.
Después de tanto tiempo en Glasgow, Macleod disfrutó al pasar por aquellos pueblos más pequeños y tranquilos.
Pero pronto tomaron la carretera principal hacia Inverness y, al llegar al puente de Kessock, el tráfico que se acumulaba ante una rotonda con semáforos los retuvo unos minutos.
Hasta las Highlands parecían haber adoptado algunas costumbres de Glasgow.
Al llegar a la emisora, Macleod sorprendió a la recepcionista mirándolos por el gran ventanal y le pareció nerviosa.
No era normal que alguien los recibiera así si no había cometido ningún delito.
Pero Macleod sospechaba que la chica ocultaba más de lo que le había contado a Hope.
MacTavish empezaba a revelarse como un ligón tosco y podía haber dejado tras de sí una hilera de mujeres celosas.
Quizá alguna fuera hábil con un arma. O con los puños.
Hope también sería capaz de moler a golpes a alguien si de verdad se lo propusiera.
—Localiza al otro DJ, Mochilas, y a ver qué sacas por ese lado. Yo voy a presionar un poco a Anna Campbell. Puede que estuviera celosa de su amiga; al fin y al cabo, la gente hace cosas mucho peores a quienes cree amar.
—A mí me pareció sincera —dijo Hope.
—Ya, detective, pero conviene contar también con una perspectiva masculina y luego contrastar ambas.
—Hope lo miró como si Macleod acabara de abrir de nuevo el debate sobre la guerra de los sexos.
Él comprendió que se había metido otra vez en aquel jardín—.
Mira, no digo que estés equivocada, pero hombres y mujeres a veces interpretamos las cosas de manera distinta, y no viene mal contrastar nuestras impresiones.
Si no creyera que sabes leer a la gente, no estarías aquí, Hope.
Solo digo que vemos las cosas desde ángulos distintos.
Puede que yo vea o descubra algo que a ti se te escape.
—Hope seguía sin parecer convencida—. Y viceversa, claro.
—Por supuesto, señor.
Hope se encogió ostensiblemente de hombros y se alejó a grandes zancadas.
Macleod suspiró. No gano una. No gano una con este maldito asunto de hombres y mujeres.
Mientras la veía desaparecer en la emisora, volvió a fijarse en la planta de Hope.
Habría que ser muy valiente para atreverse con ella.
Te mantendría siempre alerta, pero sin duda valdría la pena.
Mejor limitarse a ser su jefe. Rió para sus adentros.
El vestíbulo de la emisora estaba caldeado.
De pronto, el abrigo le pareció excesivo y empezó a quitárselo.
Hope ya había desaparecido por un pasillo a la izquierda, más allá de recepción.
Anna Campbell hablaba por teléfono con el auricular puesto, pero salió de detrás del mostrador sin interrumpir la conversación.
Sin decir una palabra, le cogió el abrigo, lo puso en una percha y la colgó de la barra de un armario grande.
Mientras Anna seguía hablando, Macleod examinó las fotografías de las paredes.
Aparecía en varias, pero iba desapareciendo a medida que las fotos eran más recientes.
Miró con más atención. En las fotos de hacía tres y cuatro años, Anna había sido una presencia constante en las entregas de premios.
En las dos últimas no estaba. Andy MacTavish ya no aparecía flanqueado por los empleados, sino por su mujer.
—Perdone, inspector. ¿Puedo ayudarle? La señora Tulloch está reunida, pero puedo interrumpirla si lo desea.
—En realidad, señorita Campbell, quería hablar con usted. Pero antes, una pregunta sobre algo en lo que acabo de fijarme. A juzgar por esas fotos de las entregas de premios, al señor MacTavish no le iba nada mal.
La mujer resopló.
—No se fíe de esas fotos —dijo—. Los premios no significan nada. Lo que cuenta es la audiencia. Pregúntele a mi jefa.
—Pero usted iba, ¿no?
—Claro. ¿Por qué no? Es una buena ocasión para salir.
—Pero ¿qué pasó? ¿Cayó en desgracia? —Macleod la miró fijamente, intentando poner nerviosa a la chica.
—Sus líos con mujeres más jóvenes empezaron a hacerse demasiado evidentes y su mujer insistió en ser ella quien posara a su lado.
—Parece razonable —dijo Macleod, lanzando el anzuelo para ver si picaba.
—Esa cabrona. No sabe una mierda de su marido ni de lo que lo mueve. Si lo hubiera cuidado como debía, a lo mejor él no se habría ido con otras.
Si aquel comentario lo hubiera hecho él, habría sido profundamente machista. Pero, en boca de una adúltera, al parecer era una observación perfectamente válida. Una vez más, aquel asunto de hombres y mujeres se le escapaba.
—Pero usted tampoco consiguió satisfacerlo —replicó Macleod—. Al fin y al cabo, después vinieron otras. Su amiga, por ejemplo.
—Usted no es como su compañera. Ella fue amable. Comprendió mi preocupación por mi amiga. Yo jamás le habría hecho daño a Lib. Ya tenía bastante con su padre. Necesitaba un respiro, y Andy se lo dio. Me alegré por ella.
—Pero estaba enfadada con él, ¿no?
La pregunta quedó suspendida en el aire y Macleod supo que había dado en el clavo.
—¿Dónde estaba usted anteanoche?
—En mi piso, desde que terminé de trabajar.
—¿Y a qué hora llegó al trabajo a la mañana siguiente?
—Estaba aquí a las nueve. Pregúntele a quien quiera.
Así que había tenido tiempo, pensó Macleod. De sobra.
—Tiene que investigar a esa familia. Ellos le hicieron esto a Lib. Son responsables de todo lo que le pasó a esa chica.
—Los investigaré —dijo Macleod—. Pero ¿cuál es su coche?
—El compacto rojo, junto al cupé verde.
Anna masculló la respuesta. La preocupación se le notaba en la cara.
—Gracias —dijo Macleod.
Anna se relajó.
—Volveremos a hablar.
La preocupación volvió al instante.
Macleod indicó que quería hablar con la jefa de Anna.
La chica se apresuró pasillo abajo, hacia el despacho de la directora.
Mientras esperaba, él echó a andar en dirección contraria y cruzó las puertas dobles por las que había desaparecido Hope.
Al otro lado había un pasillo con salas a ambos lados, cada una con una pequeña ventana.
En la primera, Hope hablaba con un DJ. El estudio parecía estar a pleno rendimiento, con todos los pilotos y mandos encendidos, y en la sala contigua había varias personas.
Enfrente, una mujer estaba sentada sola en otro estudio, hojeando papeles y tecleando de vez en cuando en un ordenador.
—Estos son nuestros estudios, inspector. Veo que Jimmy se muestra muy colaborador. Está en antena y debe de responder a las preguntas entre bloque y bloque. Eso supera con creces lo exigible.
Macleod se volvió. Laura Tulloch estaba allí, con tacones altos y falda negra.
La blusa ceñida, la falda algo más corta que la víspera y el maquillaje sutil, aplicado con maestría, componían una imagen seductora.
A Macleod no se le escapó el efecto, pero también entendió lo que significaba.
Después del jaleo de la noche anterior en casa de los MacTavish, Laura sabía que él iría a verla y se había preparado para engatusarlo.
—Lo que supera con creces lo exigible es que mi detective no se lo haya llevado a comisaría para interrogarlo ni le haya exigido abandonar el programa. Estoy investigando un asesinato. Francamente, todo lo demás tiene que esperar. La investigación, no.
—Así que han confirmado que es Andy.
—No he dicho eso. Supongo que su muerte sería una solución muy oportuna para un problema incómodo.
Laura Tulloch pareció escandalizada antes de recomponerse.
—Yo jamás me rebajaría a eso. Tenemos otras formas de prescindir de un empleado, inspector.
—Pero, por lo visto, ninguna daba resultado.
—Acompáñeme a mi despacho, por favor. No quiero hablar con franqueza aquí, delante de todo el mundo.
Macleod asintió y siguió a la mujer por las puertas dobles, de vuelta por el pasillo hasta su despacho. Una vez dentro, ella le ofreció asiento y le preguntó si le apetecía una copa.
—No —dijo Macleod.
—Está de servicio.
—No bebo. Ni de servicio ni fuera de él. De pequeño lo llamaban el brebaje del diablo, y he visto el daño que puede llegar a hacer. Pero, como iba diciendo, su muerte sería una bendición para usted.
—Vamos, eso está fuera de lugar —dijo Laura.
—¿Ah, sí? Anoche la mujer de Andy no parecía tenerla en mucha estima.
Macleod la observó servirse un vaso grande de whisky y esperó a que añadiera agua y hielo. No añadió nada: se lo bebió de un trago. Dejó el vaso con cuidado, se acercó a la silla contigua a la de Macleod y se sentó con elegancia en el borde, las piernas desnudas a la vista.
—Me acusó de hundirlo, cuando ya era un acabado.
Perdón: es un acabado. No me entienda mal, inspector.
Si ya no está, mi vida aquí será más fácil, pero nosotros no hacemos esas cosas.
Y si tengo que soportar una llamada más de esa arpía, voy a perder los papeles.
Me acusó de tener una aventura con su marido y luego dejarlo tirado.
Dijo que había intentado llevármelo a la cama para convencerlo de que aceptara rescindir el contrato.
Sinceramente, creo que está un poco por debajo de mí.
No me acuesto con mis empleados. Prefiero hombres más fuertes que él.
Macleod reparó en su mirada y en cómo se inclinaba hacia él.
Ella alargó una mano y le tocó la pierna.
Macleod levantó los ojos. Laura sonrió, se pasó despacio la lengua por los labios, se levantó y se sirvió otra copa.
Desde luego, para su edad resultaba embriagadora, pero se había equivocado de hombre.
—Seré franco —empezó—. No creo que se acostara con él porque, sencillamente, es usted demasiado mayor para sus gustos.
No me ponga esa cara de ofendida: pasa de los veinticinco, así que dudo que le resultara atractiva.
Además, tiene demasiada clase para algo así.
Lo habría presionado y manipulado hasta el límite de lo legal, pero, en su puesto, ir más lejos habría sido demasiado arriesgado.
Siempre hay otros trabajos. Ahora bien, se lo advierto: algo no cuadra en esta emisora y voy a descubrir qué es.
Y en cuanto a usted, no sea tan lanzada.
No intente seducir así a un hombre como yo.
Es usted muy hermosa, pero cuando pasa al ataque pierde todo su atractivo.
Se levantó y oyó a su espalda un «Será cabrón». Sonriendo, abrió la puerta y vio a Anna Campbell alejarse a toda prisa por el pasillo. Ahora le toca a usted, señorita Campbell. Usted oculta algo.