Capítulo 10 #2
—Y usted se calla, señor. Bastantes problemas tenemos ya sin que encima los empeore.
—Pues saque de aquí a esa fulana. Y dígale que se tape como es debido. La criamos mejor que eso. ¿Me oye? La criamos…
—Señor Carlton, creo que le oye todo el mundo. Pero yo no quiero oírle, así que tenga la bondad de calmarse, cerrar el pico y sentarse. Hágalo o me llevaré a usted y a su hijo a comisaría y los encerraré en una celda para proteger a los demás. ¿Me ha entendido?
Macleod se había acercado hasta quedar a un palmo de su cara, pero notaba la sangre resbalándole por la barbilla y se preguntó qué aspecto debía de tener.
—Ahora mismo vuelvo para hablar con usted.
Macleod salió disparado de la sala y, ya fuera, respiró hondo. La barbilla le escocía. Al pasarse la mano, vio sangre. Sacó un pañuelo y se limpió a toques mientras buscaba a Hope y a la mujer. Estaban junto al coche recién llegado. La mujer encendía un cigarrillo.
—Supongo que es usted Missy Carlton. Menuda manera de llegar, señorita —dijo Macleod al acercarse al vehículo—. Soy el inspector Macleod y esta es la detective McGrath.
—Lo siento —se disculpó la mujer—. ¿Dónde está mi hermana? ¿Saben algo? ¿Tiene que ver con el bothy ?
—¿Por qué lo dice? —preguntó Hope.
—Sale en las noticias. Está dando mucho que hablar. Y allí hay alguien muerto, según la televisión. ¿Es Lib?
Macleod estudió el rostro de la mujer y vio que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—¿Por qué iba a estar ella allí? ¿Qué está pasando realmente en esta familia, señorita Carlton?
La mujer le volvió la espalda y dio otra calada al cigarrillo.
Llevaba botines negros, medias o pantis bajo una falda que le llegaba a la rodilla y un jersey de color crema ceñido al cuerpo.
Vestida según la moda actual, no parecía una fulana, pensó Macleod, pero exhibía todas sus curvas.
Lo desconcertaba la contradicción de la ropa moderna.
En un mundo donde se suponía que los hombres ya no debían mirar ni mostrar abiertamente cuánto les gustaba el aspecto de una mujer, la ropa parecía ceñirse cada vez más al cuerpo.
Cada prenda marcaba hasta la última curva.
Nada quedaba al descubierto, pero todo se pegaba al cuerpo.
—Mi padre es un cerdo sexista, machista y pervertido, detective. Durante toda mi vida fui una muñeca que tenía que exhibirse ante él y ocultarse del mundo exterior. No servíamos más que para limpiar, cocinar y después exhibirnos ante él.
—¿Todo muy recatado y pulcro, o había algo más oscuro? —preguntó Macleod.
Missy se rio. Macleod la vio temblar un poco antes de contestar. No supo si era por el frío o por el recuerdo.
—Más oscuro, pero no eso. A mi padre le gusta que sus chicas estén preparadas para ser esposas. Mi madre es el ejemplo perfecto: siempre de aquí para allá casi desnuda para él, atendiendo a sus necesidades.
—Parece un trato de lo más desigual —observó Hope.
—Lo es. Pero, a su manera, ella le importa de verdad.
La ve como la esposa perfecta y quería que todas fuéramos como ella.
Yo fui una decepción para él. No soy la perrita faldera de nadie, detectives.
Soy independiente y estoy encantada de serlo.
Cuando me fui, le costó perdonarme. Pero lo ha hecho.
—Discúlpeme, señorita Carlton, pero cuesta creerlo después de verlos enzarzados ahí dentro.
La mujer se volvió y clavó la mirada en Macleod.
—No me persiguió ni me mató por desobedecerle. Dada la cultura en la que crecimos, la que ellos abrazaron al otro lado del charco, a eso lo llamo perdonar.
—Pero ¿y el bothy ? —preguntó Hope—. ¿Qué tiene que ver con esta familia?
—Encontraron la ropa en la playa, ¿verdad?
—Hope asintió—. Pues imaginen la situación.
Vigilaban cada movimiento que hacíamos y apenas teníamos contacto con el mundo exterior, así que necesitábamos un sitio donde vernos con alguien.
Al principio solo se trataba de una amistad, porque tenías ocho años y eso era todo.
Le decías a Papá que ibas a la playa, pero seguías la costa a la hora justa, antes de que subiera la marea. Solo querías tener amigos.
Macleod vio que la mujer se estremecía. Aquella vez sabía que no era por el frío.
—Pero, cuando crecimos y empezó a picarnos la curiosidad, cuando ya habíamos visto algo del mundo exterior, aunque solo fuera en las clases de natación o en algún cursillo sobre algo que Mamá no podía enseñarnos, aquello se convirtió en un refugio para experimentar.
No era precisamente un sitio acogedor, detectives, pero nos apañábamos.
Me hice mujer allí, como se suele decir, y les enseñé a mis hermanas la casa secreta: el bothy .
Lib lo usaba igual que yo, para verse con chicos y hombres por los que se colaba.
No es que fueran cientos, ojo… —Missy soltó una carcajada—. Pero unos cuantos sí.
—¿Conocía a alguien con quien Liberty se viera allí? Sabemos que seguían en contacto por mediación de su madre y que usted se reunía de vez en cuando con sus hermanas.
La mujer hizo una pausa antes de continuar.
—¿Le parece sórdido? Me pregunto qué piensa de todo esto, de nuestra vía de escape, usted que es padre.
Macleod carraspeó.
—No soy padre. Tampoco estoy aquí para juzgar, sino para encontrar a su hermana.
—Claro. Papá lo veía sórdido, aunque fue él quien nos empujó hasta allí a fuerza de tenernos atrapadas. Lo extraño fue que, cuando me fui, lo echaba de menos. A su manera, podía ser bastante cariñoso.
—Seguro que sí —dijo Macleod—. Pero volvamos a Liberty. ¿Le habló de los hombres con los que se veía? ¿De alguien por quien sintiera algo lo bastante fuerte como para necesitar el bothy ?
Missy sacudió la última ceniza, tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie. Luego abrió la puerta del coche, sacó otro del paquete que había en el asiento del acompañante y lo encendió.
—Nunca me dio nombres. Al principio hubo un par de chicos, dos distintos, pero hacía más de un año que ninguno de los dos estaba ya en su vida y Lib no había vuelto a mencionarlos.
Después me habló de alguien cercano, de por aquí.
Un hombre. Insistía mucho en que era mayor y en un tatuaje que le gustaba en la espalda: un par de pájaros.
Estaba muy pillada por él. Pero hace poco me dijo que tenía una estrella.
Dijo que yo lo conocería, que todo el mundo lo conocería.
—¿Y supo quién era? —preguntó Hope.
—No. ¿Cómo iba a saberlo? Solo decía que era una estrella. Luego se puso a divagar con que lo trasladaban de otro sistema solar al de ella. Yo no entendía nada, pero Liberty era muy dada a las imágenes fantasiosas. Le gustaba la poesía.
Macleod miró a Hope. Ella se limitó a asentir, pero él tenía que asegurarse.
—Señorita Carlton, sabrá que encontramos una bolsa en la playa, más abajo de la casa. Contenía prendas bastante llamativas. No tenían nada de explícito, pero sí eran ceñidas y… atrevidas.
—Entonces está muerta. Nuestra Lib está muerta.
Dio una calada al cigarrillo. Le flaquearon las piernas y Hope se adelantó para sostenerla.
—¿Por qué cree que ha muerto? ¿Por qué no puede haberse fugado sin más?
—Porque la bolsa está ahí por algo. Así lo hacíamos: llevábamos una bolsa con ropa, nos cambiábamos allí y nos poníamos algo que hiciera que los hombres nos miraran.
Luego nos lo montábamos con ellos en el bothy .
Después volvíamos antes de que nos echaran de menos.
Ella no ha vuelto. Hay policías por todas partes.
Las noticias dicen que hay alguien muerto.
¿Fugarse? No, Lib está ahí. ¡Nuestra Lib está ahí!