Capítulo 8
H ope siguió a las mujeres escaleras arriba hasta el rellano, donde se separaron: la madre entró por la puerta de la izquierda y la hija siguió hasta una habitación a la derecha.
Quedaban preguntas por responder, pero Hope contuvo la curiosidad mientras la madre se disponía a cambiarse.
Miró alrededor. Había varias fotografías y, en más de la mitad, una chica tenía la cara tachada con rotulador negro.
—Qué raro conservar esas fotos cuando está claro que no quiere que esa persona aparezca en ellas.
—¿Ha dicho algo? Puede pasar y hablar conmigo. Papá no está aquí; no pasa nada —dijo la madre desde dentro de la habitación.
—He dicho que es raro conservar unas fotos si no quiere que aparezca en ellas una de las personas retratadas.
—A Papá no le gusta que le recuerden nuestra decepción —respondió la madre con frialdad—. Pero sigue siendo de mi sangre. Me deja tener sus fotos en la pared siempre que él no tenga que verla.
Hope estuvo a punto de señalar lo absurdo de la afirmación, pero decidió intentar que la mujer se abriera.
—¿Cómo se llama?
—Soy Mamá, y al fondo del pasillo está Sera. Es mi segunda hija. La de las fotos es Missy. Muy guapa, ¿no cree?
Hope carraspeó.
—No sé si la foto le hace justicia. ¿Cuál es su nombre completo, Mamá?
—Ah, nadie me llama así.
—Déjeme llamarla por su nombre, por favor.
La mujer dejó caer la bata. Hope apartó un poco la vista por pudor, pero una marca roja en la parte posterior del muslo izquierdo le llamó la atención.
Era fina y parecía dolorosa. La mujer no le prestó la menor atención: se acercó al armario y sacó un vestido largo.
Bastante anticuado, pensó Hope. Nada que ver con la bata.
—Soy la señora Carlton, Precious Carlton. El hombre de abajo es Justin Carlton; me casé con él hace más de veinte años. Era un buen partido, un hombre mayor con futuro, como decía mi padre. Y al sol de Luisiana estaba sencillamente deslumbrante.
La conversación tenía algo de irreal. Hope trató de imaginar al hombre de abajo de joven, pero, por más que lo intentó, no consiguió verle ese atractivo.
—¿Cómo se llama su hijo?
—Ese es Ven. Es un buen chico. Cuida de nosotras junto con Papá. Con hombres buenos como ellos cerca, no hay de qué preocuparse.
Hope cayó en la cuenta de algo.
—¿Al sol de Luisiana? ¿Entonces vivió en Estados Unidos? ¿Es de allí?
La mujer negó con la cabeza y le pidió a Hope que le abrochara el vestido por detrás.
—No, soy de por aquí, pero conocí aquí a Justin y mis padres no aprobaban nuestra relación.
Nos fugamos a Estados Unidos, encontramos a Winston y a sus seguidores y tuvimos la suerte de que nos admitieran en su comunidad.
Nos casamos allí poco después de que yo cumpliera diecinueve años. No tardamos en tener el primer hijo.
—Entonces, ¿todos los hijos nacieron allí?
—Sí, todos, pero tuvimos que marcharnos y volver a Escocia después de que naciera Sera.
Hope juntó los bordes de la espalda del vestido para abrocharlo, pero algo le cortó la respiración.
Desde que había visto la herida del muslo, había evitado mirar a la mujer.
Ahora, al fijarse en su espalda, descubrió un sujetador de encaje.
Más abajo llevaba un tanga y, quizá, medias autosujetables.
Hope no tenía nada en contra de la lencería sexy, pero aquella chocaba con el vestido anodino, diseñado para cubrirla por completo sin dejar nada a la vista.
—¿Por qué tuvieron que irse? —preguntó Hope.
—El recinto se quemó por completo. A algunas personas no les gustaba nuestra felicidad. Hay mucha maldad en el mundo, detective.
—Algo he visto en mi trabajo. Pero ¿no denunciaron el incendio a las autoridades? No deberían haber tenido que soportar un ataque así.
La mujer negó con la cabeza mientras Hope abrochaba el último broche.
—De eso se encarga Papá. Yo tengo que criar a los hijos, llevar la casa y mantener contento a Papá. Él se ocupa de lo de fuera.
Algo no cuadraba en aquella dinámica. Por abierta que estuviera Hope a otros modelos de vida, le costaba no ver allí una situación de maltrato.
—¿Papá tiene muy controlados a sus hijos?
—Papá nos controla mucho a todos. Pero es que tiene tanto que hacer, tantas responsabilidades. Ese es el papel del hombre, ¿no? ¿Está usted casada, detective?
—No. No estoy segura de haber encontrado un hombre que pueda conmigo.
Hope sonrió. O incluso una mujer.
—Entonces, ¿adónde puede haber ido Liberty? ¿Tiene amigas?
—Algunas del colegio. A Papá no le hacía gracia, pero de vez en cuando le permitía salir con ellas. ¿Cree que podría estar con alguna? Sería raro. Suele pasear por la playa, pero Papá le había dicho que anoche se quedara en casa y ella no desobedecería a Papá.
—Pero se ha ido. ¿Cómo se llaman esas amigas? ¿Tiene sus datos de contacto?
La mujer se volvió hacia Hope, preocupada.
—¿Debería tenerlos? Solo sabía que eran amigas. Puede que Sera lo sepa. —La mujer llamó a voces a su hija, que entró en la habitación con otro vestido amplio que la cubría de arriba abajo—. ¿Sabes cómo se llaman las amigas de Liberty?
—Una se llama Anna. Es todo lo que sé. Trabaja en la radio. De las demás no sé nada. Nunca he conocido a ninguna. Tampoco a la persona con la que Liberty se encuentra en la playa.
—No digas tonterías. Baja sola a la playa. A veces las chicas dicen muchas bobadas, ¿verdad?
Hope sopesó aquello. Entonces Sera se volvió y le pidió a su madre que le abrochara el vestido.
—Espera, pequeña, voy a cepillarme el pelo.
—Ya te lo abrocho yo —dijo Hope mientras se colocaba detrás de Sera.
Hope bajó la vista y miró la espalda de Sera. Llevaba el mismo tipo de lencería de encaje. Qué raro. Casi un uniforme.
—¿Sabes adónde iba cuando bajaba a la playa?
—Puedo enseñárselo —dijo Sera antes de correr hacia la ventana.
Apartó la cortina y señaló la orilla, justo detrás de la casa.
—Siempre bajaba por ahí hasta que desaparecía de la vista. Iba hacia aquella parte de la playa.
Hope asintió. Se propuso bajar por allí esa misma noche.
—Señora Carlton, ¿es posible que Liberty esté en contacto con Missy?
La mujer se volvió con brusquedad y se plantó cara a cara con Hope.
—No le diga nada de eso a Papá. Para Papá está muerta. Muerta. No la vemos ni hablamos con ella. ¿De acuerdo? ¿Lo entiende?
Hope alzó las manos para indicar que lo había entendido.
—Pero sí están en contacto, ¿no? —susurró.
La mujer asintió y tiró de Hope para acercarla.
—La veo una vez al mes en Inverness. Compras necesarias, cosas de mujeres. Papá no se acerca a nada de eso. El resto de las compras las hace Papá; a veces, Ven. Missy viene a verme. A veces ve a Sera; a veces, a Liberty, si está conmigo.
—De acuerdo. ¿Tiene un número? Seré discreta.
La mujer pareció recelosa, pero abrió un armario, apartó varias cajas de cartón y retiró unas compresas. Detrás había un teléfono móvil.
—Me llama a este móvil. No tengo su número.
Hope cogió el móvil y lo encendió. Era un modelo básico, no un teléfono inteligente, y tardó apenas unos segundos en abrir el menú. Localizó el número de la última llamada recibida y lo anotó.
—¿Nadie más usa este móvil?
—No —respondió Mamá—. Y asegúrese de que Papá no se entere. No le gustará y no quiero decepcionarlo.
—Será nuestro secreto. Si ya están vestidas, deberíamos bajar y ver qué quiere ahora mi jefe. Sospecho que Papá y Ven tendrán que acompañarnos a comisaría.
—¿Los van a acusar? Papá solo defendía nuestra casa y a nosotras. Por favor, no lo enfade.
—¿Qué hace cuando se enfada?
Sera agachó la cabeza mientras Mamá mantenía el rostro impasible.
—Nada que no deba hacer —dijo Mamá—. Tiene que mantener la disciplina para llevar la casa. Y la lleva muy bien.
Un escalofrío recorrió la espalda de Hope. Algo iba terriblemente mal en la forma en que se relacionaba aquella familia. Lo que más la asustaba era que Mamá defendiera así a su marido. También la inquietaban la marca del muslo y el contraste entre la lencería y aquellos vestidos tan recatados.
—Necesito ver por dónde vio Sera que se iba Liberty. ¿Me acompañas, Sera? Solo hasta la parte de atrás de la casa, donde la perdiste de vista.
—Papá la acompañará —respondió Mamá.
—No —dijo Hope al ver que el rostro de la joven se iluminaba un instante—. Tiene que ser Sera. Ella sabe lo que vio y dónde perdió de vista a su hermana, así que debe acompañarme. Bajemos y pongámonos en marcha antes de que haga demasiado frío ahí fuera.
Hope acompañó a las mujeres escaleras abajo, encontró a Macleod y le explicó su plan. Él accedió, pero insistió en que esperara refuerzos antes de salir. Poco después, Hope cogió una linterna del coche y echó a andar por los campos de detrás de la casa, en dirección al mar.
—¿Qué llevaba puesto? —preguntó Hope—. La última vez que la viste, ¿qué llevaba?
—Su vestido largo verde. También llevaba una bolsa.
Una grande, como una mochila —respondió Sera.
Ahora le dedicaba a Hope una sonrisa radiante bajo la luz de la luna.
Por suerte, las nubes se habían dispersado y la luna bañaba el terreno con una luz tenue pero bienvenida.
En ese momento no hacía falta la linterna, y Hope vio relucir los dientes de Sera en la penumbra.
—¿Puedo preguntarle algo?
—Claro —respondió Hope con una sonrisa.
—¿Cómo es tener una profesión?
—¿Una profesión? A mí me ha ido bien. A veces cuesta, pero merece la pena. ¿Por qué lo preguntas?
—Tener una profesión no es cosa de mujeres —dijo la joven imitando la voz de su padre—. Las mujeres están para criar a los hijos.
—Eso deberías poder decidirlo tú, ¿no? —preguntó Hope.
—Mamá decía que era feliz criándonos, pero Missy no quería eso; por eso se fue.
Yo también quiero irme. Me habla de su trabajo y, por lo que cuenta, parece divertido.
Trabaja en un bar; entra y sale gente, hay música y puede vestirse como quiere, cuando quiere.
Como usted, puede elegir qué ponerse. Usted ha elegido lo que lleva, ¿verdad?
Quiero decir, su jefe no le ha dicho que se ponga eso.
A lo mejor sí, pero esos pantalones le quedan muy bien, sobre todo con las botas.
Está estupenda. Estoy hablando demasiado, perdone.
—No pasa nada. Habla todo lo que quieras.
Pero escucha: nadie elige mi ropa. Me visto de forma práctica para trabajar; fuera del trabajo, elijo yo lo que me pongo.
El inspector Macleod es mi jefe, pero solo en el trabajo.
Tengo libertad para hacer lo que quiera con mi vida.
Y la jefa del inspector Macleod es una mujer.
Sera abrió los ojos como platos.
—¿Quién elige tu ropa?
Sera frunció el ceño.
—Papá. Nos da varias prendas entre las que elegir: unas para cuando hay gente de fuera y otras para cuando solo está la familia. Lo raro es que usted elija por su cuenta. Mamá nunca lo haría; Papá sabe lo que más conviene. Así son las cosas. Papá es quien manda; en todas las casas manda el padre.
Hope negó con la cabeza mientras seguían andando.
—Hoy en día no es así. Al menos, no tanto.
Hope miró a Sera. Aquello la enfurecía.
—¿No ves a otras chicas ni a otras familias? Aunque solo sea en la televisión. Ahí verás cómo viven ahora otras mujeres.
—No tenemos televisión y Mamá nos enseña en casa. Desde que Missy recibió clases fuera de casa y conoció a otra gente, Papá nos obliga a quedarnos con Mamá. Dice que la descarriaron, que la mataron. Pero está bien. Yo la he visto y me habla de mujeres como usted.
Habían avanzado con esfuerzo hasta el final del campo. La casa ya no se veía. El terreno descendía allí en una pendiente pronunciada. Hope miró a la izquierda, hacia el bothy , apenas visible por las luces del equipo forense, y vio que la marea había cortado el paso por la playa.
—¿Siempre está así o se puede pasar?
—Se puede pasar cuando la marea lo permite, creo —dijo Sera—, pero yo nunca he pasado por ahí. Papá no me deja.
Hope bajó la pendiente hasta la estrecha franja de playa que la marea dejaba al descubierto.
Al rodear una mata de tojo, distinguió un bulto apenas visible.
Alargó la mano y tocó algo áspero, parecido al asa de una bolsa de deporte.
Tiró y sacó una bolsa grande. Abrió la cremallera.
Dentro había ropa de todo tipo: faldas, tops, ropa interior, una chaqueta y un vestido amplio.
Cuando Hope se volvió hacia Sera, la vio horrorizada.
—No puede ponerse eso fuera de casa. Esa ropa es para casa, solo para la familia. Papá la matará.