Capítulo 7
T enían por delante media hora larga hasta el lugar indicado.
Había anochecido y Hope tenía que concentrarse en la carretera: el madrugón empezaba a pasarle factura.
Durante el trayecto, puso a su jefe al corriente de lo que Anna Campbell le había contado e hizo caso omiso de su expresión horrorizada cuando empleó la palabra «follar».
Su desdén por la vida sentimental de la gente de la emisora era evidente y, la verdad, ella tampoco se sentía muy cómoda con el asunto.
El coche serpenteó por una carretera de un solo carril hasta llegar a una cancela con un gran cartel blanco: «Granja Carlton: propiedad privada. Toda intrusión será repelida por la fuerza».
—Curiosa forma de dar la bienvenida —comentó Hope.
—Mantente alerta. Y no salgas del coche demasiado rápido —aconsejó Macleod antes de apearse y abrir la cancela.
La abrió del todo, dejó que Hope pasara con el coche y volvió a cerrarla.
A partir de allí, la carretera era una pista de tierra, con algo de grava echada aquí y allá, seguramente en los puntos donde los baches reaparecían con el tiempo.
Tras un breve trayecto, apareció una casa grande con apenas unas luces encendidas.
Hope detuvo el coche frente a la puerta principal y Macleod vio que esta se abría. Asomó el cañón de una escopeta. Macleod señaló el arma a Hope con un gesto.
—Quédate aquí. Prepárate para pedir refuerzos.
Macleod abrió despacio la puerta del coche, salió y se plantó frente a la entrada.
—¡Policía! ¡Somos la policía! ¡Baje la escopeta o podría estar infringiendo la ley al amenazar a un agente!
—¿Qué demonios queréis? Aquí no tenemos nada para vosotros, gentuza. Nada, ¿me oís? ¡Largaos!
La voz era grave y áspera, y Macleod imaginó a un hombre mayor con cicatrices. Quizá veía demasiadas series policíacas. Pero la escopeta seguía alzada.
—¿Tiene licencia para esa arma, señor? Le sugiero que la baje o me veré obligado a volver con más agentes para comprobar que está en regla. Y si sigue apuntándonos, tomarán medidas que no le van a gustar.
—Ya os lo he dicho. Aquí no tenemos nada para vosotros. Ahora lárgate, cerdo, y deja que un hombre se ocupe de sus asuntos. Vosotros, gilipollas, no sois más que los puñeteros lacayos del Estado.
Macleod salió de detrás de la puerta del coche. El arma seguía encañonándolo.
—Estoy investigando un asesinato y necesito información que solo usted puede darme, así que baje el arma.
—Cree que hemos sido nosotros. ¿Por qué? ¿Solo porque vamos a lo nuestro? Yo no he hecho nada. No he estado en ese bothy que sale en las noticias.
Macleod empezaba a hartarse. La escopeta seguía apuntándole y le preocupaba que la situación se torciera.
—Iba a preguntárselo dentro, señor, pero ¿dónde está su hija? ¿Está su hija en casa?
—¿Cuál?
—Lib, Lib Carlton, señor. ¿Es usted el señor Carlton?
La escopeta descendió y la puerta se abrió. Salió cojeando un hombre de barba gris y espalda encorvada. Tenía profundas ojeras.
—¿Qué pasa con nuestra Liberty? Más le vale no insinuar que ha matado a alguien o le retorceré el pescuezo por semejante acusación.
Mis chicas son buenas. Quieren a su papá y llevan esta casa como es debido.
Algún día será una buena esposa. Leal, entregada.
Escuchará a su marido y cuidará de él. ¡No voy a permitir que hable mal de ella! ¿Me entiende?
Macleod dio un paso al frente y el hombre volvió a alzar la escopeta. Tragó saliva, pero siguió avanzando.
—¿Dónde está? Temo que pueda haberle pasado algo.
—Pues no tiene por qué, señor. Dé media vuelta y lárguese. Estamos bien. —El hombre escupió al suelo e hizo un gesto con la escopeta para indicarle a Macleod que se marchara o se atuviera a las consecuencias.
—No. Soy de la policía y necesito cerciorarme de que su hija está sana y salva.
Hágala salir para que pueda verla y me marcharé.
Si sigue dándome largas, volveré con muchos más agentes y haré bastantes más preguntas.
Acabaremos invadiendo mucho más su intimidad.
¿Me ha entendido? No haré nada injustificado, pero sí todo lo que la situación exija.
—¡Maldito! ¡Cerdo!
El hombre bajó el arma y se volvió hacia la casa.
—Precious, trae aquí a Liberty.
Se volvió hacia Macleod. En el silencio, los dos hombres se sostuvieron la mirada mientras el inspector intentaba adivinar qué ocultaba aquella fachada.
Una mujer se asomó a la puerta; solo se le veían la cabeza y los hombros.
—No la encuentro, señor. No está. La cama está intacta.
El hombre se volvió de golpe y avanzó hacia la mujer.
—¿Pero qué demonios dices? ¿No estaba aquí esta noche? Sera dijo que Liberty no se encontraba bien, que estaba enferma. ¿Me ha mentido? Voy a darle una paliza a esa chica.
—¡Basta! —gritó Macleod—. ¿Está desaparecida? Señora, soy el inspector Macleod, de la policía. ¿Ha desaparecido Liberty?
—¡La policía! —chilló la mujer y salió corriendo por la puerta principal hacia Macleod. Iba solo con una camiseta larga y fina. Avanzó hacia él fuera de sí, pero el hombre la agarró.
—¿Qué haces, mujer? Vuelve dentro y deja de exhibirte ante ese cerdo. Entra y cúbrete.
—¿Lib? ¿Dónde está Lib? —siguió gritando mientras el hombre la empujaba hacia atrás.
De repente, una joven salió corriendo con un salto de cama puesto.
El hombre le gritó a la recién llegada, que corrió hacia la mujer mayor.
Sin vacilar, el hombre le soltó un revés en la cara y la tiró al suelo. Hope salió del coche al instante.
—¡Basta! —volvió a gritar Macleod y corrió hacia el hombre sin perder de vista la escopeta. Cuando este empezó a alzarla, Macleod agarró la escopeta. Hope llegó al mismo tiempo, agarró al hombre por la muñeca y le dobló el brazo a la espalda, liberando a la mujer.
—¿Dónde está Liberty? —gritó la mujer mayor.
—¡Quíteme de encima a su zorra! A mí no me inmoviliza ninguna puta.
—¡Basta! —gritó Macleod de nuevo mientras abría la escopeta y sacaba los cartuchos—.
Vamos a entrar y hablaremos dentro. Señora, lleve a la joven a la casa y pónganse las dos algo que las cubra más.
Después hablaré con usted. McGrath, espósele y hágalo entrar.
Y si vuelve a llamarla puta, o incluso zorra, deténgalo y llévelo a los calabozos de comisaría.
Lo dejaremos allí hasta que aprenda a tratar a una mujer.
—Yo trato a mis chicas como me da la gana. Son mías, me pertenecen. Esta es mi tierra y mi casa. Aquí decido yo lo que pasa.
El hombre forcejeó mientras Hope le ponía las esposas. Ella lo empujó contra una pared y se las ajustó a las muñecas. Justo al terminar, percibió algo en la oscuridad, un cambio de tonalidad. Algo salió disparado de las sombras y entró en el círculo de luz de la puerta. Corría hacia Macleod.
—¡Señor! —gritó Hope.
Macleod intentaba hacer entrar a la mujer cuando oyó el aviso.
Algo se abalanzó sobre él por un costado.
Retrocedió, pero dejó un pie adelantado.
Un tipo enorme, cuadrado como un armario y con una larga melena rubia, tropezó con el pie de Macleod y cayó de bruces.
Los años de experiencia habían enseñado a Macleod a no quedarse esperando: le clavó una rodilla en la espalda, le agarró las muñecas y le llevó las manos a la espalda. Sacó sus propias esposas y lo esposó.
—¡No le haga daño! —chilló la mujer—. ¡No le haga daño a mi Ven!
—Va a ser acusado de agresión. Ahora, entremos y calmémonos —dijo Macleod—.
Hay una chica desaparecida y tenemos que encontrarla, así que compórtense.
McGrath, cuando estemos dentro y esto se haya calmado, llame al equipo y pida que venga más gente.
Necesitaremos un agente de enlace y varios uniformados para mantener el orden.
Hope asintió y obligó al padre a entrar mientras Macleod ponía en pie a su agresor y entraba detrás. La madre seguía a Macleod entre sollozos, suplicándole información.
—¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? ¿Tiene que ver con el bothy ? ¿Está en el bothy ?
La mujer se lamentaba a gritos y Macleod le indicó que entrara.
Con su agresor delante, cruzó el vestíbulo detrás de Hope hasta un salón con dos grandes sillones y varios pufs pequeños.
Entre los dos sentaron a la fuerza a los hombres en los sillones, con las manos esposadas a la espalda, y Macleod se volvió hacia la madre y la joven.
—Vayan a ponerse algo que las cubra más, por favor. Enseguida va a llenarse la casa de agentes.
—Han puesto a Papá en el sillón equivocado —dijo la joven—. Papá está en el de Ven y Ven, en el de Papá.
Macleod la miró extrañado.
—Y usted, ¿dónde se sienta?
—En los pufs pequeños, con Mamá y Lib. Y ahí está el de Missy.
—¡No nombres a esa zorra indisciplinada y desagradecida! —gritó el padre.
—¡Cállese! —espetó Hope con firmeza.
—A mí no me manda ninguna chica.
—En mi equipo, obedecerá a quien le dé una orden. Y empiece a respetar a mi agente.
El hombre escupió al suelo.
—Señoras, suban, por favor, y pónganse algo que las cubra más, como les he pedido.
Macleod vio que las mujeres miraban al padre antes de moverse.
—Ya ve, detective, saben cuál es su sitio. La mujer es la más atractiva de la especie; debería poder lucir siempre el plumaje. Pero tiene razón: no delante de extraños. Anda, Mamá.
A Macleod aquella voz y sus insinuaciones le revolvieron el estómago, pero su verdadera preocupación era que Hope acabara soltándole un puñetazo al tipo. O, peor aún, que lo castrara.
—Agente McGrath, acompañe a las señoras arriba e insista en que se vistan como es debido. Y, McGrath —añadió Macleod, acercándola para susurrarle—, averigua qué demonios pasa en esta familia.
Hope asintió y acompañó a las mujeres fuera de la sala. Macleod la oyó llamar a comisaría y luego se concentró en los dos hombres esposados en los sillones.
—Llevo una porra —dijo Macleod—, y si vuelven a atacarme, emplearé la fuerza. Me gusta mi cuerpo tal como está y quiero conservarlo intacto, así que, cuando me atacan, no suelo quedarme esperando. Quédense sentados, no se muevan y respondan a mis preguntas. ¿Tiene alguna fotografía de su hija?
—Hay una foto de familia sobre la repisa de la chimenea. Es la que tengo en brazos —dijo el padre.
Macleod se giró a medias sin perder de vista a los hombres.
Por el rabillo del ojo distinguió a la familia agrupada en la fotografía: las mujeres delante; el padre y el hijo, detrás.
Las mujeres vestían ropa anticuada que las cubría del cuello a los tobillos, un cambio absoluto respecto a cómo iban cuando él llegó.
Pero una de las hijas tenía el rostro tachado en negro.
—Entiendo que esa es Missy, la que han borrado.
—¡Esa ya no forma parte de esta familia! —espetó el hombre.
Aunque le interesaba saber qué había provocado esa reacción, Macleod decidió que Liberty debía ser su prioridad.
—Y Liberty, ¿dónde cree que está?
El hombre gruñó y apartó la mirada, pero Macleod vio que el joven lo observaba fijamente. Arqueó las cejas para animarlo a hablar. El joven abrió la boca, pero miró a su padre.
—Dígalo —le aconsejó Macleod—. Si no lo dice aquí, podemos hablarlo en la comisaría.
—Se ha descarriado. Papá lo dijo. Dijo que había que encargarse de ella porque no se porta como debe. No conoce su sitio.
—Ya veo —dijo Macleod—. ¿En qué sentido?
—Creo que la chica lleva un tiempo deseando ver a alguien —intervino el señor Carlton—.
La culpa es de esa chica de la emisora, que le ha metido ideas en la cabeza.
No está bien que una chica desobedezca a su padre, que ande con esas revistas y desee a algún hombre.
Yo sé qué les conviene y quién les conviene. No necesito que nadie se meta.
—¿Dónde ha estado usted hoy, señor, y anoche?
—En la granja, igual que Ven. No ha salido nadie. Llevamos aquí los tres últimos días.
—Salvo Liberty, que está en otra parte —dijo Macleod—.
Los dos irán a comisaría y voy a comprobar si tiene licencia para esa arma de fuego.
En cualquier caso, les informaré de sus derechos.
Mientras tanto, intentaré encontrar a su hija.
—Macleod volvió a mirar la foto—. ¿Tienen un dentista habitual?
—Sí, ¿por qué?
—¿Cuál es? —preguntó Macleod.
—Mamá tendrá los datos —dijo el hombre mayor.
La ficha dental sería probablemente la vía más rápida para identificarla, pensó Macleod. Pero ¿cómo le decía eso a una madre?