El Refugio (Highlands e Islas 2) Capítulo 6
21%

Capítulo 6

M acleod entró por la puerta principal de una casa bastante típica de clase media.

El recibidor estaba ordenado, con fotos de caras sonrientes en la pared y hasta algunos premios.

Pero no había niños. Lo propio de un poli: siempre buscando qué falla.

No es que no tener hijos tuviera nada de malo.

Solo que había visto demasiados matrimonios desgastarse por no poder concebir. Nosotros nunca tuvimos hijos.

Una puerta se abrió ante él y lo devolvió al presente. Una agente uniformada lo miró sin reconocerlo. Macleod mostró el carné profesional y sonrió.

—Perdone, señor. No lo había reconocido. Está ahí dentro —dijo la mujer, señalando la puerta que acababa de abrir.

—Es la primera vez que vengo por aquí, agente, así que no es culpa suya. ¿Cómo está?

—Muy alterada. Intenta hacerse la fuerte, pero sabe que hemos encontrado algo en el bothy .

—De acuerdo. Quédese cerca, por si se altera demasiado. No tengo el tacto de una mujer.

—Tampoco es que muchas mujeres lo tengan, señor —replicó ella.

De algún modo había dicho algo ofensivo. Pero si era un cumplido. En general, las mujeres eran más compasivas, sabían acercarse mejor a la gente. No había quien entendiera los tiempos modernos. Ya no se podía decir nada.

Entró en el salón. Tenía una moqueta mullida, de esas en las que uno podría tumbarse a gusto. El sofá era de piel color crema y por la habitación había varios cojines y adornos. ¿Cómo lo decía Jane? La habitación estaba «vestida». ¿Cómo se vestía una habitación? Un disparate.

En uno de los sillones, junto al sofá, había una mujer con vaqueros de marca y un jersey beis que se le ajustaba a la perfección.

Debía de andar por los cuarenta y cinco.

Llevaba el pelo impecable y su perfume dominaba la estancia.

Estaba pensado para atraer, pero a Macleod le resultaba empalagoso.

Aunque, bien mirado, nunca había entendido el perfume.

El olor de una mujer bastaba; no hacía falta añadir nada.

Eso sí, para el sudor rancio estaba la ducha.

—Siento molestarla, señora MacTavish. Soy el inspector Macleod y me hago cargo del caso, así que necesito repasar unas cuantas cosas con usted.

—¿Está en ese maldito bothy ? —espetó la mujer—. Dígamelo. Tengo derecho a saberlo.

—Desde luego. En cuanto pueda confirmar la identidad del cadáver encontrado en el bothy , se lo comunicaré. Hasta entonces, necesito reconstruir los movimientos de su marido.

Macleod vio cómo la mujer cedía y se dejaba caer en el sillón.

—Ayer estuvo en la emisora y se marchó sobre las tres. ¿Volvió a verlo o tuvo noticias suyas después?

—Sí, ya se lo dije a sus compañeros. Pasó un momento por casa, me dijo que no cenaría aquí y volvió a largarse.

—¿A qué hora?

—Sobre las cinco. De todos modos, no había hecho cena, así que me daba igual.

Macleod frunció el ceño.

—¿No esperaba que cenaran juntos?

La mujer soltó una carcajada.

—Ese cabrón no ha cenado conmigo más de dos veces en el último mes. A ese hombre solo lo mueve una cosa, la misma que lo ha movido durante estos veinte años de matrimonio. Le cuelga entre las piernas, piensa por él y mete en líos a chicas incautas.

—Así que tenía aventuras —dijo Macleod con sequedad.

—No. Alguna vez jugaba en casa. Esa era la excepción. Lo normal era que fuera con la polla por delante detrás de cualquier faldita que se le cruzara. Míreme, inspector. Me casé con un mierda. ¿Lo entiende? Con un mierda salido.

Macleod se sentó en la parte más amplia del sofá y procuró no hundirse en él de forma ridícula. En aquel momento habría sido del todo inapropiado.

—Quizá la agente tenga la amabilidad de prepararnos un té o algo.

—¿Y qué? ¿Con eso nos tranquilizamos todos?

—Señora MacTavish, está enfadada, preocupada y probablemente asustada.

Es comprensible, pero necesito seguir el rastro de su marido, ya esté tirado en una cuneta, dentro de un coche o pagando por fin las consecuencias de sus andanzas, como dice usted.

Para eso necesito que se calme, ¿de acuerdo?

Así quizá consigamos respuestas y demos con él.

Su enfado es comprensible, pero, francamente, ahora mismo no sirve de nada.

La mujer le lanzó una mirada feroz, pero después se hundió en el sillón.

—Vale, vale. Un té. En el armario de arriba. Y nada de la mierda barata que les pongo a las visitas.

—Bien —dijo Macleod, indicándole con un gesto a la agente que se ocupara de las bebidas—. Para mí, café. Gracias.

Cuando la agente salió, Macleod observó a la mujer. Tenía los ojos húmedos y el rímel le había corrido. Con aquellas rayas negras, parecía lista para saltar al campo en un partido de fútbol americano, no para recibir visitas.

—Así que se fue de aquí a las cinco y desde entonces no ha vuelto a tener noticias de él.

—Eso es. Lo llamé a las once de la noche para decirle que me iba a la cama y que más le valía no molestarme. Al menos el muy cabrón me hizo caso.

—¿Cuántos años llevan casados?

—Veinte. Los cumplimos hace dos meses. Él solo tenía veinte años y yo veinticinco, pero tenía mucha labia.

Ese es su don, inspector: le atrapa desde el primer momento y, cuando se da cuenta, él ya se ha marchado.

Por eso consiguió el trabajo en la radio.

Por eso el jefe anterior lo quiso en la emisora.

Yo me aseguré de que consiguiera un buen contrato. Por eso todavía tenemos todo esto.

Macleod se recostó con cuidado en el sofá.

—Entonces, ¿por qué iba con otras? Tienen una casa estupenda y supongo que pueden permitirse una vida entretenida. Entonces, ¿cuál es el problema?

—Es estéril. Lo descubrimos a los cuatro años de estar juntos.

Entonces empezó a verse con otras mujeres.

Al principio creo que buscaba demostrar que el estéril no era él, sino yo.

Ahora lo hace porque no sabe guardarse la polla en los pantalones.

La esterilidad también fue lo que lo empujó a beber.

—¿Bebe mucho?

—Una barbaridad. Pero aguanta cantidades que a usted o a mí nos dejarían tirados. Si pasa de ahí, se le va la cabeza.

—¿Se pone violento?

—Nunca. Cuando está con una mujer, la trata bien. En cuanto se va, vuelve a ser un mierda.

La agente regresó. Macleod observó cómo la señora MacTavish cogía el té con las dos manos. El platillo le temblaba entre las manos y parte del té se derramó.

—¿Se ha planteado alguna vez divorciarse? —preguntó Macleod.

—¿Planteármelo? —dijo ella, alzando la voz—. Le supliqué que nos divorciáramos, pero se negó. Esas zorrillas no le iban a cocinar, limpiar ni llevar la casa. Y él lo sabe.

—¿Alguna idea de con quién andaba últimamente?

—Con la recepcionista de la emisora. Lo pillé mirando en Facebook unas fotos suyas de vacaciones, en bikini.

Allí estaba, sentado y babeando. Ni siquiera se dio cuenta de que yo estaba mirando por encima de su hombro.

Y en nuestra propia casa, el muy cabrón descarado.

¿Sabe cómo me hace sentir eso? Yo no estoy para el arrastre, inspector.

Me habría acostado encantada con él. ¿Tan mal aspecto tengo?

Macleod se preguntó si de verdad esperaba una respuesta.

Claro que no tenía mal aspecto, pero había envejecido.

Él también. Todos envejecían. La recepcionista aún no había empezado a envejecer mal; de hecho, con unos veinticinco años, probablemente estaba en su mejor momento.

Eso, si uno solo se fijaba en lo de fuera.

Macleod no sabía qué respuesta esperaba ella ni cuál podía aceptar como sincera sin que le doliera, así que guardó silencio.

—Me pareció que al salir se había puesto loción para después del afeitado. No se había afeitado, solo se la había echado. La verdad, me daba igual. Siempre andaba follando por ahí. Soy idiota por seguir aquí, ¿verdad? Espero que el cabrón esté muerto.

Entonces se echó a llorar y se tapó la cara con las manos. Los hombros le temblaban. Se le cayó la taza y el té salpicó la moqueta.

—Mierda. Puta mierda.

—Agente, traiga un trapo y limpie eso, por favor.

La agente se puso en marcha. Macleod siguió sentado, estudiando a la testigo. Parecía sincera. Tal vez lo fuera. También se puede llorar por la víctima cuando la has matado.

—¿Dónde estaba usted anoche, señora MacTavish?

Los ojos encendidos de ira se clavaron en él.

—Es pura rutina. Tenemos que descartarla como sospechosa.

—Aquí, sola. Vi Corrie , algún programa estúpido y una película de Navidad en uno de esos canales que solo se encuentran haciendo zapping. Después me fui a la cama. Sola, como todas las noches de los últimos quince años. Él solo se metía en mi cama cuando no conseguía mojar en otra parte.

Sin coartada. Sospechosa, sin duda. Tocaba comprobar qué habían visto los vecinos y los movimientos de los coches.

—¿Qué coche tiene su marido?

—Un Audi blanco. Ya se lo dije a sus otros lacayos.

—¿Y el suyo?

—No conduzco. Nunca lo he hecho.

—Entonces, ¿el coche de la entrada es el de su marido?

La señora MacTavish chasqueó la lengua.

—¿Qué demonios cree? Ya le he dicho que no conduzco.

—¿Por qué no se lo llevó él?

—Seguramente iba bebido. Ya lo han pillado borracho al volante más de una vez, por eso ahora tira de taxis.

Macleod se puso en pie.

—Gracias por su tiempo. Puede que tengamos más preguntas. La mantendré informada si averiguamos algo.

La mujer asintió y volvió a hundir la cabeza entre las manos. Al darse la vuelta, Macleod oyó sus sollozos.

—Una cosa más. ¿Ha estado alguna vez en el bothy ?

La mujer levantó la vista. Tenía los ojos enrojecidos y las lágrimas seguían cayendo.

—¡Sí! Allí empezó lo nuestro. Era mi sitio, donde lo hacíamos. Pero ni siquiera me dejó conservar eso.

Macleod asintió e indicó a la agente que atendiera a la señora MacTavish. La vida se complicaba con la gente del espectáculo. Tal vez fuera por la fama.

Al salir de la habitación, Macleod encontró a otro agente uniformado. Lo llevó a la cocina y repasó con él las gestiones realizadas.

—¿Algo de los vecinos?

—Sí, señor —dijo el joven agente—. Lo vieron volver a casa ayer poco después de las tres. Más tarde se marchó en taxi. Estamos intentando localizar a la empresa de taxis.

—¿Y salió a las cinco?

—Sí, señor. Al salir hacia el taxi parecía el de siempre. Nada fuera de lo normal.

—¿Ropa?

—Vaqueros oscuros, camisa y un abrigo grande. También llevaba guantes.

—Contaba con el frío, entonces. Bien hecho. Hasta que montemos la sala de investigación, comunique cualquier novedad a través de la comisaría.

Macleod volvió al recibidor y estudió las fotografías de la pared. El locutor había sido toda una celebridad local durante años. Tenía premios a montones. Le sonó el móvil. Un número que no conocía.

—Macleod.

—Buenas noches, señor. Soy Ross. Está anocheciendo y casi todos vamos a ir a Cromarty para montar la sala de investigación.

La instalaremos en el ayuntamiento, junto al campo de fútbol.

Seguramente es el lugar más cercano con cocina y demás instalaciones.

Hay un alojamiento en el pueblo. Voy a reservarlo para usted y la detective, si le parece bien.

Está limpio y no ponen pegas con los horarios.

—Perfecto, Ross. Lo que le parezca mejor. Salgo para allá enseguida. Puede reunir al equipo para las ocho. McGrath pondrá al equipo al corriente. ¿Alguna novedad de los forenses?

—Todavía no.

—Bien —dijo Macleod—. Nos vemos a las ocho.

Colgó con su brusquedad habitual y oyó un alboroto fuera.

Al abrir la puerta principal, vio a alguien que intentaba atravesar la barrera de periodistas mientras la bombardeaban a preguntas.

Era Laura Tulloch, vestida con un largo abrigo de piel.

El agente uniformado apostado en la entrada la ayudó a pasar.

Ella trastabilló. Llevaba unos altísimos tacones de aguja.

—Señorita Tulloch, por aquí, por favor —gritó Macleod, indicando al agente que él se encargaba.

—Gracias, inspector. Vaya melé se ha formado ahí fuera.

Las cámaras no paraban de disparar y los flashes casi cegaron a Macleod mientras tomaba a la señorita Tulloch de la mano y la acompañaba hasta la puerta.

—Supongo que es una visita de cortesía. Quiere ver cómo se encuentra la afligida esposa.

—Exacto, inspector. Una tiene que cuidar de la familia de la radio aunque tenga otro compromiso.

—Bien —respondió él con desgana y llamó a la puerta con los nudillos.

La agente abrió. Cuando supo quién era la visita, se apresuró al salón para avisar a la señora MacTavish. Macleod oyó algo romperse contra el suelo. Después, un golpe seco. La puerta del salón se abrió de par en par y chocó contra la pared.

—¡Echad a esa zorra de aquí! ¡Lo acosaste, joder! ¡Lo acosaste con tu contrato! Desde que llegaste se dio aún más a la botella, hasta tocar fondo. ¡Ven aquí, vaca!

Macleod avanzó para interponerse entre las dos mujeres, pero se llevó un puñetazo en la nariz.

Las cámaras siguieron disparando y el móvil empezó a sonarle en el bolsillo.

Lo ignoró e intentó sujetar las manos de la señora MacTavish, pero ella empezó a lanzar patadas, le acertó en la espinilla y lo obligó a agacharse.

Al alzar la vista, vio que una de las mujeres tenía las manos en la cabeza de la otra y le tiraba del pelo.

Cuando intentó incorporarse, recibió otra patada en plena entrepierna. Se encogió y cayó al suelo.

—¡Atrás! ¡Retrocedan o los detengo por obstrucción! Y ni una foto más. Va por usted. Sí, le he visto.

Era la voz de Hope. Macleod sonrió.

—Usted, la del abrigo de piel, entre con la agente. Y usted, señora, viene conmigo.

Macleod se puso en pie y vio cómo McGrath agarraba a la señora MacTavish y le inmovilizaba un brazo a la espalda para obligarla a entrar. La agente escoltó también a Laura Tulloch al interior. Macleod se quedó fuera con el agente uniformado y una horda de periodistas encantados de la vida.

—Y ustedes, vuelvan a la calle —dijo Macleod—. Se acabó el espectáculo. Atrás.

—¡Que se le curen los huevos!

Si Macleod hubiera visto quién lo dijo, habría ido a por él, pero ya había habido bastante espectáculo. Se aseguró de que la prensa retrocediera y entró, todavía con la sensación de que le faltaba algo entre las piernas. Demonios, cómo dolía. Le habían dado de lleno.

En el recibidor, vio a Hope salir de la cocina.

—Esto puede esperar, señor. Henderson tiene a Tulloch en la cocina y la sacará dentro de unos minutos por la puerta de atrás para que coja un taxi. La otra agente ha conseguido que la esposa vuelva a sentarse.

—Bien —dijo Macleod—. Pero ¿qué pasa?

—Tengo un nombre que podría ser el de la chica del bothy . Tenemos que ir a ver a su familia ahora mismo.