Capítulo 5
H ope vio a Macleod salir de la emisora mientras ella se acercaba al mostrador de recepción. La chica parecía bastante simpática y, cuando Hope le pidió la dirección de Jimmy Mochilas, se puso de inmediato a buscarla en el ordenador. En menos de un minuto la apuntó a mano y se la tendió.
—¿Le importa que le haga una pregunta? —dijo la chica al soltar la nota.
—No me molesta que me pregunten. Otra cosa es que pueda responder. Adelante.
—Es que… ¿es Andy el que está ahí fuera?
—No puedo responderle a eso, y menos tratándose de un medio de comunicación —dijo Hope con una sonrisa—. Entiendo que aquí estén muy preocupados por él, pero ahora mismo no puedo decir nada.
—No todos vamos a preocuparnos —dijo la chica en voz baja.
—¿Perdón? —preguntó Hope—. ¿Qué ha dicho?
—Que no todos vamos a preocuparnos tanto. Por Andy, no.
—¿Quiere contarme algo?
La chica negó con la cabeza.
—Aquí no. Desde luego que aquí no.
—De acuerdo. Tengo que llevar a mi jefe a otra dirección y luego tengo otra cosa que hacer, pero ¿necesita que la lleve a casa?
La puerta del pasillo se abrió y la directora de la emisora apareció con un largo abrigo afelpado y zapatos de tacón. Avanzaba con paso elegante, firme pero refinado. Hope vio a una mujer claramente al mando, o al menos convencida de estarlo.
—¿Le has dado a la detective lo que necesitaba, Anna?
—Sí. Me ha dado lo que necesitaba —dijo Hope—. Gracias.
—Bien —dijo Laura Tulloch—. He quedado con alguien y llego tarde, así que cierra mi despacho y luego vete a casa, Anna. Hoy has sido de gran ayuda.
—No se preocupe, señorita Tulloch. Esperemos que lo encuentren sano y salvo —dijo Anna.
—Por supuesto. Seguro que lo encuentran. Pero, pase lo que pase, creo que Jimmy puede encargarse mañana del programa. En fin, buenas noches, Anna. Y a usted también, detective. Si necesita cualquier otra cosa, llámeme.
Dicho esto, la directora salió del edificio con paso decidido y se despidió alegremente de Macleod.
Hope se volvió hacia Anna, pero la chica ya se estaba poniendo el abrigo mientras recorría deprisa el pasillo hasta el despacho de la directora.
Lo cerró enseguida con llave. Un minuto después estaba de pie junto a su mesa, con la mirada fija en la ventana.
—Entonces, ¿necesita que la lleve? —volvió a preguntar Hope.
—Sí, pero espere a que se vaya esa zorra. No quiero que vea que me lleva a casa.
—¿Por qué? ¿Tiene algo que ver?
—No he dicho eso. Entonces, ¿es Andy el que está ahí fuera?
—Yo tampoco he dicho eso —replicó Hope—. Como diría mi jefe, la investigación sigue su curso. Ahí va su coche —añadió, señalando el aparcamiento—. Coja sus cosas. Creo que quiero oír lo que tiene que decir.
—De acuerdo, pero solo con usted. Con su jefe, no.
—¿Y eso por qué demonios?
—No me gustan los jefes ni los hombres que se creen que mandan.
Hope se preguntó a qué venía el comentario, pero no iba a impedir que una posible informante hablara solo por defender a su jefe ante una chica que ni siquiera lo conocía.
Salieron juntas de la emisora y Hope llamó a Macleod a voces.
Se había acercado al extremo del aparcamiento para contemplar las vistas de Inverness.
—Te llevo a esa dirección y luego llevo a Anna a casa.
Macleod asintió y acompañó a Anna hasta el coche. Cuando ella estuvo dentro y la puerta cerrada, rodeó el vehículo hasta el lado del conductor y le susurró a Hope al oído.
—¿Información?
—Sí —respondió Hope—, pero no quiere que estés allí.
—¿Te parece bien?
—Sí, sin problema. Y tú, ¿qué tal con la que te calienta la cama?
—Cállate, Hope.
El trayecto hasta la casa de los MacTavish fue corto.
La casa se reconocía enseguida por el coche patrulla aparcado delante.
También había un grupo de periodistas arremolinados.
Hope dejó a Macleod un poco antes de llegar al gentío y observó cómo se acercaba a la prensa como si fuera a pasar de largo y seguir carretera abajo.
En el último momento sacó el carné profesional, se lo enseñó al agente de guardia y entró a toda prisa en la casa. Dios, qué perro viejo, pensó Hope.
—¿Te gusta el café? —preguntó Hope.
—No, pero sí me gustan los frappuccinos —respondió Anna.
—Vale, dime un sitio bueno que esté cerca y vamos a por unos. Luego charlamos en otra parte.
Después de pasar por una cafetería cercana y pagar por dos bebidas lo que a Hope le pareció un atraco, siguió conduciendo hasta que divisó un aparcamiento con vistas a Inverness.
Estaba desierto. Aparcó en el extremo más alejado de la carretera y le indicó a Anna que bajara.
Sacó del maletero la cazadora de cuero y un gorro negro de lana con pompón.
Después se sentó en el capó y esperó a que Anna se acercara.
—Bueno —dijo Hope—, ¿qué querías contarme en la emisora?
—Pues, para empezar, ese numerito de jefa amable y simpática. Una puta farsa. Andy le importa una mierda; lo que quiere es echarlo. Pero no pueden porque tiene contrato.
—Bueno —dijo Hope—, hasta ahora no me has contado nada que no me haya dicho ya tu jefa. Quiere apartarlo del programa. Dice que ya no da la talla, por la audiencia y todo eso.
—Eso dirá ella. Andy es el mejor, pero le han recortado el presupuesto, lo han obligado a cambiar las sintonías y le han suprimido algunos concursos.
Está haciendo todo lo posible para echarlo, pero no puede.
Y luego está Jimmy. Maldito buitre. Está deseando cebarse con él.
Hoy ha venido y le ha montado bronca a Andy por una chorrada.
Te digo que esos dos harían cualquier cosa.
Andy es un encanto, seguramente el tío más majo que he conocido.
Y ellos solo quieren quitárselo de encima.
—Pero no todo el mundo opina así. Tenía entendido que le daba a la botella, que era un poco borrachuzo.
—Espera un momento —espetó Anna—. Eso es una puta mentira. Sí, le gusta beber y tal. Se ha pasado unas pocas veces, pero por culpa de ellos. Está bajo mucha presión. En el fondo es muy atento, un tío muy apasionado. Elocuente y sensible. Muy tierno.
Hope se dio cuenta de que el cariño de Anna no era el de una simple compañera, sino algo más. Decidida a ir a la yugular, se bajó del capó y se volvió para mirarla de frente.
—¿Estabais liados? ¿En plan meteros juntos en la cama?
Anna se ruborizó al instante. Por mucho que intentó disimularlo, no pudo.
—¿Liados? Ojalá lo estuviéramos. Pero Andy es un espíritu libre; no se ata a nadie.
—Entonces, ¿va follando por ahí?
Anna alzó la vista. A Hope le pareció que se le humedecían los ojos.
—Sí, folla por ahí. Dice que tiene mucho amor que dar.
—Y tú eras uno de esos amores. ¿Lo sigues siendo o ya está con otra?
La chica bajó la cabeza.
—Sigue conmigo, pero tenemos una relación abierta.
—¿Se ve con alguien más de la emisora? ¿Con alguien en particular?
Anna negó con la cabeza.
—¿Y con alguien más que conozcas?
—Sí. Ha estado con dos amigas mías: Sarah y Lib.
—¿Son las dos de por aquí?
—No. Sarah vive al otro lado de Inverness; Lib, en Black Isle.
A Hope se le erizó el vello de la nuca. Un mal presentimiento le revolvió el estómago al pensar en las amigas de Anna.
—Voy a necesitar sus direcciones.
—Ni hablar. Te lo estoy contando en confianza. Esto va de esa gente que va a por Andy.
—Me temo que no puede quedar entre nosotras. Necesito sus direcciones. Hemos encontrado dos cadáveres en el bothy . Uno es el de una mujer joven, de tu edad o de una edad muy parecida.
—Pues no es Sarah. Me ha mandado un mensaje esta tarde. Difícil hacerlo estando muerta.
—¿Y Lib? —insistió Hope.
—No tiene teléfono fijo ni móvil. Al menos, ninguno que pueda coger ella.
—¿Cómo es eso?
—Su padre no le permite tener ninguno. Y tampoco la deja contestar al teléfono de casa. Por eso nunca me dio el número. De hecho, nunca he estado en su casa. Vive en Black Isle, pasado Rosemarkie.
Hope volvió a meterse en el coche y extendió un mapa ante Anna.
—¿En qué parte de Black Isle?
Anna señaló una casa a medio camino entre Cromarty y Rosemarkie.
—Vale. Tengo que llevarte a casa, pero puede que necesite hablar contigo otra vez.
—¿Crees que tiene algo que ver? Lo dudo. Para empezar, su padre nunca la habría dejado salir. Menudo capullo controlador. No puede ser ella.
—Aun así, tengo que asegurarme. Ni una palabra a nadie. Si la prensa se entera de algo por ti, iré a buscarte. Ahora acábate eso y sube al coche.