Capítulo 4
M ientras se acercaba al hospital, Macleod se quedó mirando la enorme mole que se alzaba ante él.
Odiaba los hospitales. Siempre parecía acabar en ellos para ver morir a alguien.
Y, si no, era porque alguien había sufrido heridas graves.
En general, le parecían lugares deprimentes.
Claro que uno solo iba allí si estaba enfermo.
Nada más entrar, mandó a Hope a averiguar en qué habitación se recuperaba la testigo y esperó en la pequeña tienda.
Vio los periódicos en un estante y comprobó que las ediciones de última hora empezaban a hacerse eco de la noticia.
Después del viaje en coche desde Glasgow, la tarde estaba ya muy avanzada, y Macleod todavía quería pasar por la emisora antes de montar la base de operaciones.
Cogió un ejemplar y lo hojeó mientras esperaba a su compañera.
Un hombre se acercó y se plantó a su lado.
Con ojo de policía, Macleod calculó que tendría treinta y muchos, quizá cuarenta, y era de complexión bastante esbelta.
Llevaba el pelo rubio con una raya impecable.
Macleod reparó también en los zapatos: negros, de charol y tan bien lustrados que reflejaban a la perfección las luces del techo.
El hombre se inclinó hacia él.
—No mires ahora, pero por el pasillo viene un buen pibón.
Macleod no quiso dignificar el comentario volviéndose, aunque sintió curiosidad por ver a quién calificaba aquel hombre de «buen pibón».
Giró la cabeza y se encontró con una sonrisa conocida.
Se rio para sus adentros; luego miró al hombre y le dijo que la mujer también tenía cerebro y estaba impresionante en bañador.
Cuando echó a andar hacia Hope, oyó al tipo soltar un taco y mascullar:
—Cabrón con suerte.
—Quinta planta, señor. ¿De qué se ríe?
—De nada, McGrath, de nada.
Macleod siguió riéndose por lo bajo. Hope, al parecer convencida de que no valía la pena insistir, echó a andar hacia los ascensores principales.
Mientras esperaban a que se abrieran las puertas, el hombre de la tienda se acercó de nuevo a Macleod.
Entró con ellos en el ascensor, se colocó frente a Hope y se dispuso a mirarla a gusto.
—¿A qué planta va? —le preguntó Hope.
—A la que vaya usted.
Hope lo miró un instante y respondió:
—Quinta.
Pulsó el botón y volvió la vista hacia una esquina del ascensor.
Macleod, en cambio, vio al hombre recorrer a Hope con la mirada, calibrándola.
Tampoco podía reprochárselo. Cuando se abrieron las puertas, el hombre dejó salir primero a Hope y luego tuvo que esperar a que Macleod se apartara para poder salir él.
Por el pasillo, Macleod reparó en que el hombre seguía detrás.
Se detuvieron a la entrada de la planta para echarse gel hidroalcohólico en las manos.
El desconocido hizo lo mismo, entró antes que ellos, se paró un momento junto a un agente uniformado y pasó a una habitación.
Al llegar junto al agente, Macleod le enseñó el carné profesional y preguntó quién era.
—Es la pareja de la señorita Haskins, señor.
Macleod dejó que Hope entrara primero. Desde detrás de ella observó la cara del hombre. Los ojos le iban de un lado a otro mientras se sentaba junto a Georgie Haskins. Se le iba encendiendo el rostro cuando Georgie tomó la palabra.
—¿Y ustedes quiénes son? Ya he declarado ante sus agentes. ¿Qué más hay que decir? Ya fue bastante duro la primera vez como para tener que revivirlo.
—Disculpe —dijo Hope—. Soy la detective McGrath y este es el inspector Macleod.
Hemos venido de Glasgow para dirigir la investigación sobre lo que usted vio y queremos asegurarnos de que no se nos escapa nada.
Sabemos que ha pasado por una experiencia traumática e intentaremos reducir las preguntas al mínimo. Pero tenemos que repasarlo otra vez.
—Lo siento, estoy agotada. ¿No pueden volver mañana? Neil, haz que vuelvan mañana.
—Bueno —dijo Neil—, ha tenido un día muy largo y no se encuentra con fuerzas y…
—Disculpe —lo cortó Macleod—, pero, Neil, tengo entre manos una investigación por asesinato y la señorita Haskins es la primera persona a la que vengo a ver.
Esta noche tendré que visitar a muchos otros relacionados con este asunto, así que perdóneme si insisto en que la señorita Haskins colabore. Mañana no puede ser.
Macleod se volvió hacia Georgie Haskins, sonrió y se limitó a preguntar:
—¿Puede contarme exactamente qué le ha ocurrido hoy y qué vio? Con sus propias palabras y a su ritmo. Gracias.
Macleod escuchó impasible. La mujer relató lo sucedido sorbiéndose la nariz casi todo el tiempo y hacía largas pausas al describir lo que había visto dentro del bothy .
Una parte de él sentía compasión por ella: nadie debería encontrarse jamás ante algo así.
Pero, por dentro, el policía pensaba a toda velocidad, atento al dato que necesitaba aunque todavía no supiera cuál era.
—Cuando vio las cabezas de las víctimas, señorita Haskins, ¿vio algo dentro de las bocas? —preguntó Macleod.
—No me quedé a inspeccionarlas, la verdad.
—No, claro. No le pregunto si las tocó o las examinó. Pero esto es importante. Al echar un vistazo a las cabezas, ¿vio algo en las bocas? Puede que solo lo vislumbrara. Por favor, intente recordar. Repase mentalmente el recorrido de su mirada.
Georgie Haskins volvió a llorar. Neil se inclinó hacia delante y la abrazó.
—Pero, inspector, ¿de verdad es necesario?
—Sí, señor, hace falta —respondió Macleod con voz neutra—. Señorita Haskins, ¿recuerda algo? ¿Vio algo?
La señorita Haskins se sorbió la nariz y soltó algo ininteligible.
—Perdone, no la he entendido —dijo Macleod—. ¿Qué ha dicho?
—Un rollito. Como un pergamino pequeño, creo. Quizá un cigarrillo liado. Solo fue un… vistazo. La cabeza… y el cuerpo… Dios mío.
—Siento insistir, señorita Haskins, pero céntrese en el rollito. ¿De qué color era? ¿Qué tamaño tenía? ¿Vio si había algo escrito?
—Pequeño. Era pequeño, como un cigarrillo. Pero no era blanco. De color arena, creo. Sí, arena oscura. No como la arena clara de la playa, sino como la mojada. Así.
—¿Estaba mojado?
—No lo creo. Solo lo vi un instante y luego corrí a avisar a la policía.
—Actuó muy bien —dijo Hope—. De verdad. Solo una cosa más: ¿notó algún olor en el bothy ?
Macleod vio a la mujer hacer memoria y taparse la nariz.
—El hedor. Nauseabundo, a putrefacción. Como unos cubos de basura, pero peor. Más bien como… carne en descomposición. Eso creo. O quizá no. No lo recuerdo. Lo siento, no lo sé.
—¿Notó olor a combustible, señorita Haskins? ¿A gasolina, como en una gasolinera, o a gasóleo? —preguntó Macleod.
—No, no lo recuerdo. Me sorprendió mucho que de pronto todo saliera ardiendo. Si hubiera habido combustible, habría reparado en el olor, ¿no?
—Quizá —dijo Macleod—. Gracias por su colaboración.
Siento que haya tenido que ver algo así, pero nos ha ayudado mucho.
No sé si necesitaremos hablar de nuevo con usted; si es así, nos pondremos en contacto.
Por favor, no comente fuera de esta habitación los detalles que acaba de darnos. Podría comprometer la investigación.
—Por supuesto que no lo hará —dijo Neil.
—Y usted tampoco, señor. No haga comentarios inoportunos a desconocidos.
Macleod vio cómo el hombre se removía, incómodo. Luego dio media vuelta y salió.
—¿A qué ha venido eso? —preguntó Hope mientras volvían por el pasillo de la planta—. Ha sido un poco duro con él.
—Solo era una advertencia.
—¿Por qué? ¿Cree que hablará con la prensa?
—Quizá. No lo sé. Pero sé que le gusta fijarse en las mujeres y hacer comentarios sobre ellas a policías desconocidos en tiendas de hospital. Y, por si alguna vez te preocupa la figura, McGrath, eres un buen pibón.
Hope puso los ojos en blanco y Macleod se rio.
Salieron del hospital. Ya había anochecido en Inverness.
Macleod le había pedido a Ross que se asegurara de que alguien de la dirección de la emisora los esperara a su llegada.
Pero tenía hambre, así que le pidió a Hope que lo llevara a un gran supermercado de la ciudad.
Impaciente con el servicio de la cafetería, fue dos veces al mostrador a meterles prisa con la comida.
Hope le reprochó que pretendiera que le sirvieran el fish and chips en menos tiempo del que él tardaría en hacer una tortilla.
Después de cenar a toda prisa, fueron a la emisora.
Macleod mandó a Hope por delante y dijo que la seguiría enseguida.
Cuando ella se alejó del coche, sacó el móvil y marcó un número.
Saltó el buzón de voz de inmediato. Maldita sea, pensó.
Si no consigo hablar con ella ahora, no tendré otra oportunidad hasta después de medianoche.
Macleod nunca había estado en una emisora y el edificio lo decepcionó.
Se había imaginado una fachada imponente, alguna obra maestra de la arquitectura de otra época.
Aunque, pensándolo bien, quizá la sede londinense de la BBC no fuese el modelo habitual.
Aquel edificio era gris y anodino; en la fachada solo lucía el logotipo de Monster.
Una chica de recepción salió al encuentro de Macleod en cuanto entró y lo encaminó hacia un despacho al final de un largo pasillo.
Al abrir la puerta, vio a una mujer de mediana edad sentada detrás del escritorio.
Llevaba una blusa elegante y una melena castaña rojiza que se arremolinaba alrededor de la cabeza como espuma de champú desbordada.
Al verlo, la mujer rodeó el escritorio y le tendió la mano. Hope ya estaba en el despacho.
—Inspector, su compañera ya me ha dicho que vendría. Me llamo Laura Tulloch, soy la directora general de la emisora. Estoy a su disposición. ¿Le traigo un café o alguna otra cosa?
—No, gracias —dijo Macleod—. Quisiera saber qué puede contarme sobre su locutor desaparecido.
—Usted cree que está en el bothy de Black Isle, ¿verdad?
—Seguimos investigando, pero sabemos que su compañero ha desaparecido y eso nos preocupa. Necesitamos averiguar si le ha ocurrido algo.
—¿Qué sabe de sus movimientos de ayer? —preguntó Hope desde un lado del despacho. Macleod la vio sentada en un sofá bajo.
—Vino a hacer su programa matinal. Todo parecía normal. Andy era de la vieja escuela: entraba a la carrera en el último momento y luego hacía magia en antena. Su productor elegía toda la música, pero Andy conectaba con los oyentes como nadie.
—Y ese es Andy «Howling» MacTavish. El informe decía que tenía cuarenta años. Un poco joven para ser de la vieja escuela.
—Bueno, sí, pero así era él. Dicho esto, el resto del día emitimos programas más juveniles, dirigidos a adolescentes y veinteañeros, y me temo que la audiencia se ha ido desplazando hacia ellos. La de Andy caía en picado.
—Y supongo que eso le suponía un problema. ¿Por qué no sustituirlo sin más? —preguntó Hope.
—Tiene un contrato blindado que nos impide hacerlo. Lo firmó un antiguo director de la emisora, amiguete suyo. Le ofrecí una buena cantidad para que se marchara, pero creo que le gusta demasiado que el público lo adore a diario, aunque ese público sea cada vez más reducido.
—¿Hasta qué hora estuvo aquí ayer? —preguntó Macleod.
—Se marchó sobre las tres, creo, justo después de una pequeña bronca con Gen Mochilas.
No sé a qué vino, pero la cosa se puso bastante tensa.
Jimmy está desesperado por conseguir la franja matinal.
Un joven de treinta años con mucho potencial.
Debería estar él al frente. Conecta mejor con los jóvenes. Tiene más calle, como dicen.
—Sí, seguro que lo dicen —murmuró Macleod—. Así que ese Gen… ¿o es Jimmy?
—Jimmy «The Gen» Mochilas. Todos tienen que ponerse nombres estúpidos. Créame, inspector: lo sé. Todos unos ególatras de cuidado. Es como cuidar críos, de verdad. Pero sin ellos no tengo programas.
—Entonces, ¿tenía Jimmy que estar aquí a esa hora?
—No. Suele llegar a las siete para hacer su programa. De hecho, no sé qué hacía aquí.
—Facilítele a la detective McGrath la dirección de Jimmy, Gen o como se llame. Puede pasarse esta noche a hablar con él y aclarar unas cosas. ¿Ha tenido noticias de la señora MacTavish?
—No, inspector, no directamente. Anna, mi recepcionista, la llamó esta mañana cuando él no se presentó a su programa.
Para entonces llevaba unas dos horas de retraso.
Sinceramente, no creo que a su mujer le importe un comino.
Verá, inspector, MacTavish le pega fuerte a la botella y quizá más fuerte aún a las mujeres.
Es un maldito lastre para mí, pero gracias a Dios no tengo que vivir con él.
Macleod se mordió el labio. Algo no encajaba.
Todo demasiado sencillo. Podía haberse despeñado en la carretera, haber acabado en una cuneta o algo así.
Pero aquel asesinato, si el muerto era él, no era algo que le ocurriera a un hombre solo por haber perdido el norte.
No. Debía de haber provocado a alguien, y mucho.
—Bueno, señorita Tulloch, creo que eso es todo. Aquí tiene mi tarjeta. Si tiene noticias suyas o recuerda cualquier otra cosa relevante, llámeme. Y gracias por quedarse para recibirme. Esperemos que MacTavish no sea la víctima de la tragedia del bothy .
—Desde luego, inspector. Aunque, si fuera él, me resolvería los problemas.
Claro que sí, pensó Macleod. Demasiado fácil. Laura ni siquiera lo ocultaba, aunque quizá ese fuera precisamente el farol. Oyó a la directora llamar a la recepcionista para que acompañara a los visitantes a la salida, y la joven entró enseguida en el despacho.
—Ah, y la dirección, por favor —le recordó Hope a la directora.
—Pídasela a la señorita Campbell; es muy eficiente.
Mientras volvían al mostrador de recepción, Macleod le pidió a Hope que, después de dejarlo en casa de los MacTavish, fuera a casa de Mochilas.
—Quiero ver yo mismo a la señora MacTavish. Tú puedes encargarte de Mochilas. Averigua si tiene madera de asesino. Diría que tiene un motivo, pero todo depende de su temperamento.
—Sí, señor. Ah, y, por cierto, ¿has conseguido hablar con ella?
—¿Con quién?
—Con tu calientacamas.
Si se lo hubiera dicho cualquier otra persona, habría saltado, pensó Macleod.
—Ya basta, detective. Ya basta.