Capítulo 3
Lo que no se dice
Raquel llegó a El Refugio por la puerta de atrás, como siempre. Subió las escaleras de dos en dos, entró en el despacho y dejó caer la mochila. Sacó el portátil y lo abrió sobre la mesa de su madre. Intentó concentrarse en los apuntes de teología, pero las palabras se le escapaban.
Doña Mercedes entró poco después. Vestido negro, tacones, el cansancio de siempre bajo el maquillaje.
—Hija, ¿cómo fue hoy? ¿Has visto al chico ese?
Raquel levantó la vista. Tenía ojeras.
—Ayer le abofeteé. Luego, mientras me alejaba, me arrepentí… pero me quedé a gusto. Me soltó una cosa que no me gustó.
Mercedes se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Y hoy?
—Hoy me pilló por la espalda. Estaba arrepentido. Le volví a pegar. —Raquel dudó un segundo—. Madre… le quiero. Y él a mí. Se le nota. Es virgen, como yo. Si su padre se entera, lo mata.
Mercedes suspiró y entró del todo. Cerró la puerta.
—Su padre no es de fiar. Y de tal palo, tal astilla.
Raquel cerró el portátil.
—Madre, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Me das miedo, hija.
—Tú y el capitán… ¿ha habido algo, verdad? No es normal cómo te mira cuando viene. Ni cómo me mira a mí.
Mercedes apartó la vista hacia el espejo que daba al salón vacío.
—No, hija. Serán cosas tuyas.
Raquel no insistió. Sabía que era mentira. Pero el silencio de su madre pesaba más que cualquier respuesta.
En casa de los Jiménez, José Ignacio cerró la puerta de su habitación y se dejó caer en la cama. Sacó el móvil. Abrió WhatsApp.
José Ignacio: Te quiero, mi amor.
Raquel: Un beso. Pensaré en ti.
José Ignacio: Y yo en ti. Me ha sabido a poco, el beso de hoy.
Raquel: Ya tendrás más. Mañana tenemos que encontrar un lugar que sea nuestro. Que huela a nosotros. Que respire con nosotros.
José Ignacio: El jardín viejo detrás de la capilla. Ese que nadie usa. Con el banco roto y las enredaderas.
Raquel: Perfecto. Mañana después de clase. Allí te espero. No tardes.
José Ignacio: No podría. Te quiero. Sueña conmigo.
Raquel: Y tú conmigo. Buenas noches, mi virgen favorito.
José Ignacio: Buenas noches, mi todo.
Apagó el móvil y se quedó mirando el techo. El corazón le latía demasiado fuerte. Mezcla de excitación, culpa y algo que no sabía nombrar.
Al día siguiente se comportaron como dos extraños. Miradas evitadas, asientos separados, silencios calculados. Estaban seguros de que alguien los observaba.
Después de clase, se encontraron en el jardín olvidado detrás de la capilla. Hierba alta, un banco de piedra roto, enredaderas trepando por muros agrietados. Olía a musgo y a secreto.
Se sentaron. El sol de media tarde filtraba entre las hojas.
—Aquí estamos —dijo José Ignacio—. Nuestro lugar.
Raquel sonrió, nerviosa.
—Sí. Ya huele a nosotros.
El beso fue distinto esta vez. Más lento. Más consciente. Él le tomó la cara con las dos manos. Ella cerró los ojos. Fue un beso que se saboreaba: suave al principio, luego más profundo, con lenguas tímidas y respiraciones contenidas.
Las manos empezaron a moverse solas. José Ignacio deslizó las suyas bajo la sudadera de ella, tocando la piel caliente de su espalda.
Raquel le desabrochó la camisa con dedos temblorosos y le acarició el pecho.
El roce era eléctrico y culpable. El crucifijo que él llevaba al cuello rozó la clavícula de ella. Ninguno lo apartó.
Se tocaron por encima de la ropa primero. Luego, con más urgencia, por debajo. Ella sintió su dureza contra la palma. Él notó la humedad entre las piernas de ella. Jadeaban en silencio, como si el jardín pudiera delatarlos.
Llegaron juntos, temblando, con la frente apoyada el uno en el otro. No hubo penetración. Solo manos, respiraciones rotas y una culpa dulce que les sabía a pecado y a salvación al mismo tiempo.
Cuando se separaron, se arreglaron la ropa en silencio. Las manos aún les temblaban. —Te amo —susurró él.
—Y yo a ti —respondió ella—. Pero esto… esto no puede saberlo nadie.
Se fueron por caminos distintos. El jardín se quedó solo, oliendo ahora a ellos. Esa misma tarde, el móvil de Mercedes vibró sobre el escritorio.
—¿Merche?
La voz de Javier sonó más baja de lo habitual.
—Dime.
—Tenemos que hablar. De lo de los chicos… y de otras cosas.
Mercedes miró el espejo vacío del salón.
—Ven esta noche. Por la puerta de atrás. Solo.
Colgó.
Se quedó un rato mirando la caja fuerte donde guardaba los secretos antiguos. Dentro había una carta que no había vuelto a leer en más de veinte años.
Y sabía que, tarde o temprano, iba a tener que abrirla.