Capítulo 4
Lo que las cámaras vieron
El jardín detrás de la capilla no era tan secreto como creían.
La universidad católica tenía cámaras discretas en casi todos los rincones. “Por seguridad”, decían. Nadie pensaba en ellas cuando el deseo apretaba más que el miedo.
Al día siguiente, Raquel y José Ignacio fueron llamados al despacho del director a media mañana. Entraron en silencio. El hombre, de gafas gruesas y expresión de eterna decepción, les hizo un gesto para que se sentaran. En la pantalla del ordenador había un vídeo en pausa.
Pulsó play.
Las imágenes eran granuladas, pero claras: ellos dos en el banco roto, besándose, tocándose, jadeando en silencio mientras el sol se filtraba entre las enredaderas. No se veía todo, pero se entendía suficiente.
José Ignacio palideció. Raquel apretó los labios hasta ponerlos blancos.
—Por favor —dijo él, la voz rota—. No digan nada a mi padre.
El director suspiró.
—Ya es tarde. He avisado a vuestras familias. La dirección ha dado parte de lo sucedido. La puerta se abrió minutos después.
El capitán Javier Jiménez entró como un vendaval. Uniforme impecable, mandíbula apretada, ojos de furia contenida. Fue directo hacia su hijo con la mano en alto.
Raquel se interpuso.
—Si le das a tu hijo, me vas a tener que dar a mí también. Estamos los dos en esto.
Javier bajó la mano despacio. En la puerta apareció Doña Mercedes. Vestía con una elegancia fría, traje negro, pelo recogido, la cara de quien ha venido a pelear.
El director se quedó sin palabras.
—Ha sido una chiquillada de adolescentes —dijo al fin, incómodo—. Voy a borrar el vídeo. Pero esto no puede repetirse. Les dejo solos para que hablen.
Salió y cerró la puerta.
El silencio que quedó fue denso.
Javier miró a Raquel, luego a su hijo.
—Lo ves —dijo en voz baja—. Eres tú de joven.
Mercedes sostuvo la mirada del capitán.
—Y ella es como yo.
Los dos jóvenes se miraron, desconcertados.
Javier se dirigió a José Ignacio.
—Te lo advertí. Me has faltado al respeto. Tomaré medidas.
Raquel levantó la barbilla.
—Yo amo a tu hijo.
—El año que viene te meto interno —replicó Javier—. En un colegio lejos de aquí. Se acabó. Mercedes dio un paso adelante.
—Déjalos, Javier. No repitas errores viejos.
Él la miró con algo que no era solo rabia.
—No es tu asunto, Merche.
—Lo es si tocas a mi hija.
Se miraron un segundo demasiado largo. Había historia en esa mirada. Historia antigua, sin resolver.
Javier agarró a su hijo por el brazo.
—Vámonos.
Mercedes puso una mano en el hombro de Raquel.
—Tú también. Hablamos en casa.
Salieron por pasillos distintos. Los jóvenes no pudieron ni rozarse la mano.
Esa tarde, en el coche, Javier no dijo casi nada. Solo al aparcar frente a casa soltó: —Mañana hablo con Mercedes. De verdad. Y tú te alejas de esa chica. O me ocupo yo. José Ignacio bajó la cabeza.
—No puedo, papá.
—Aprenderás.
En El Refugio, Mercedes y Raquel subieron al despacho en silencio. Cuando la puerta se cerró, Raquel habló primero.
—¿Qué hay entre tú y él, madre?
Mercedes se sentó detrás del escritorio. Miró la caja fuerte un segundo.
—Cosas de hace mucho. Cosas que no deberían volver.
—Pero han vuelto —dijo Raquel—. Y nos están aplastando a nosotros.
Mercedes no respondió. Solo abrió un cajón, sacó una llave pequeña y la dejó sobre la mesa. —No toques nada de ahí dentro. Nunca.
Raquel miró la llave. Y por primera vez entendió que el pasado de su madre no era solo un secreto. Era una bomba.
Esa noche, José Ignacio escribió un mensaje corto:
José Ignacio: No sé qué va a pasar. Pero no me voy a alejar. Te quiero.
Raquel tardó en contestar.
Raquel: Yo tampoco. Aunque nos cueste todo.
Apagaron los móviles.
Fuera, la ciudad seguía su ritmo.
Dentro de dos casas distintas, dos padres miraban al techo sin poder dormir.
Y en el despacho de El Refugio, la caja fuerte seguía cerrada.
Por ahora.