El Refugio Capítulo 2
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Capítulo 2

El día después

La universidad católica olía siempre a incienso viejo y a café de máquina.

Esa mañana el campus parecía más silencioso de lo habitual. O quizás era solo la forma en que Raquel y José Ignacio caminaban: hombros encogidos, mirada baja, como si cada paso pudiera delatarlos.

Se encontraron en el pasillo del edificio de Humanidades, justo antes de la clase de Ética Teológica. Él la vio primero y se detuvo. Ella fingió no haberlo visto, pero fue imposible. Sus ojos se engancharon.

—Raquel… —murmuró él, acercándose con cuidado.

Ella levantó la vista. Tenía ojeras y el pelo recogido de cualquier manera. Llevaba la misma sudadera gris de la noche anterior.

—Ya está, José Ignacio. No hace falta.

—Quería pedirte perdón. De verdad. Por lo de anoche… por todo.

Raquel suspiró y miró hacia los lados. Nadie parecía prestar atención, pero en aquella universidad todo se sabía tarde o temprano.

—Ya tienes bastante con la que lió. Tu madre te reñiría, ¿verdad?

—Sí. Me soltó una charla de media hora sobre la honra familiar y el ejemplo que doy a Emma. Pero… no me arrepiento de lo que hice.

Bajó la voz.

—No perdimos nada. Estaba todo pagado. Y tú… en el cuartel te estarían esperando, ¿verdad? Raquel asintió apenas.

—Dos de los tuyos. Secreta. Vinieron a comprobar que no te había pasado nada. Mi madre les dijo que estabas durmiendo la mona en el sofá. Fin.

Él se acercó un paso más.

—Pero ahora vamos al aula y ni mu a nadie. ¿Vale?

—Sí. Te entiendo.

Ella dudó un segundo. Luego lo miró directo a los ojos.

—Y lo que dije… era verdad.

José Ignacio se sonrojó hasta las orejas.

—Encima el gallito se acuerda de todo.

Raquel sonrió por primera vez, una sonrisa pequeña, cansada, pero real.

—Sí. Y lo que dije en el sofá también era verdad. Me avergüenzo de mí mismo.

Se quedaron callados un momento. El timbre sonó lejano.

—Vamos —dijo ella—. Antes de que nos vean hablando tanto.

Entraron al aula juntos, pero se sentaron en filas separadas. Como siempre. Como si nada hubiera pasado.

Pero algo había pasado.

Al acabar la clase, José Ignacio la esperó en el pasillo.

—Tengo que ir a recoger a Emma. ¿Me acompañas?

Raquel se detuvo.

—No vamos a dejarlo aquí y así.

—Te juro que lo que dije en el sofá es cierto.

Ella lo miró con una mezcla de cansancio y rabia contenida.

—Pues créete una cosa: ni quiero ni pretendo nada contigo. Una voz me dijo «ayúdale», y mira… no eres el único virgen que hay en el mundo.

José Ignacio se sonrojó, pero no retrocedió.

—Tú lo tienes fácil. Eres mujer.

El bofetón sonó seco, como un latigazo en el silencio del pasillo vacío. Raquel lo miró con los ojos encendidos.

—Hipócrita. Eres un hipócrita.

Se dio la vuelta y se alejó. Él la siguió dos pasos.

—No me dejes así, Raquel…

Ella se giró, levantó el dedo índice como advertencia y desapareció por la escalera.

Esa tarde, cuando José Ignacio llegó a casa, su padre lo esperaba en el salón. Uniforme aún puesto, brazos cruzados.

—Siéntate.

José Ignacio obedeció. El aire olía a café frío y a tensión.

—Te lo digo una vez y no lo repito: te alejas de esa chica. Es más, o te alejas o te alejo yo. Y de ir de putas se acabó. ¿Entendido?

—Sí, señor.

Javier lo miró fijo.

—No me hagas tener que repetirlo.

Al día siguiente la tensión era distinta. Más densa. Ya no había miradas en los pasillos, solo roces evitados y silencios que pesaban.

Iban los dos por el corredor del sótano: un pasillo oscuro, con recovecos y tuberías expuestas que olían a humedad. Nadie pasaba por allí a aquella hora.

De pronto, José Ignacio la cogió por la cintura desde atrás. Fuerte, pero no agresivo. La pegó suavemente contra la pared.

—¿Qué haces, tío? —susurró ella, intentando zafarse.

—Tenemos que hablar.

—O me sueltas o chillo.

Forcejearon un segundo. Ella levantó la mano y le dio otro bofetón, más flojo esta vez, más desesperado que enfadado. Él no se movió. Se quedó quieto, mirándola. Los ojos de los dos brillaban en la penumbra.

Fue él quien se acercó primero. Despacio. Los labios rozaron los de ella como pidiendo permiso. Raquel no retrocedió. Cerró los ojos.

El beso empezó torpe, tembloroso, pero en segundos se volvió hambriento.

Las manos de él subieron por su cintura, por debajo de la sudadera, tocando piel caliente.

Ella jadeó contra su boca y le metió los dedos en el pelo.

El roce era eléctrico: la erección dura contra su vientre, el calor húmedo que ella sentía entre las piernas, traicionero y culpable.

Respiraciones aceleradas. Un gemido bajo escapó de los dos al mismo tiempo.

No era solo deseo.

Era rabia, miedo y algo que dolía de tan puro.

José Ignacio se separó apenas, la frente apoyada en la de ella.

—Te quiero. Y poco más te pierdo por una gilipollez. Yo solo quiero estar contigo. Si no es contigo, no va a ser con nadie.

Raquel respiró hondo, todavía temblando.

—Sabía que eras tonto… pero tanto no. Para perder tantas cosas por mí.

—Le acarició la mejilla donde aún quedaba la marca del bofetón—.

Yo también soy virgen. Y te amo. Si no, ¿de qué me viene hacer lo que hice?

Ahora vámonos. No levantemos sospechas. Tu padre te va a dar dos hostias bien dadas.

No ves que el hijo de un guardia civil no puede ir con la hija de una puta… aunque para mí mi madre es una santa.

Se separaron a regañadientes. Se arreglaron la ropa con manos nerviosas. Salieron del pasillo como si nada, hacia el aula.

Pero los dos sabían que ya no había vuelta atrás.