El Refugio Capítulo 1
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Capítulo 1

La noche en que todo empezó

La puerta de El Refugio se abrió con un chirrido suave, como si el local mismo prefiriera no llamar la atención.

Luces rojas tamizadas caían sobre el salón principal.

Sofás negros, espejos enormes, música baja y un olor denso a perfume, alcohol y piel.

José Ignacio entró sostenido por los hombros de dos amigos.

Cumplía dieciocho años. Mayoría de edad.

La broma del grupo había sido clara desde el principio: «No puedes llegar virgen a la uni católica. Hay que solucionarlo esta noche».

Él había dicho que no. Más de una vez. Pero las cervezas, los chupitos y la presión hicieron el resto. Ahora estaba allí, con la camisa desabrochada en el segundo botón y el corazón latiéndole demasiado rápido.

Doña Mercedes apareció desde el pasillo lateral. Vestido negro ajustado, tacones que no sonaban, mirada profesional.

—Buenas noches. ¿Qué os apetece?

Uno de los amigos señaló a José Ignacio con la barbilla.

—Él. Es su primera vez. Queremos lo mejor.

Mercedes lo midió de arriba abajo: alto, delgado, cara de niño bueno asustado, peinado demasiado perfecto.

Dos chicas se acercaron. Una morena de lencería roja se pegó a su costado. La otra, rubia, le pasó los dedos por el pecho abierto de la camisa.

—¿Suave o salvaje, cariño? —susurró la morena, rozándole el cuello—. Puedo ponerte a tono despacito…

José Ignacio se quedó rígido. Sintió el calor subirle por el cuello y una erección traicionera bajo los vaqueros. Quería decir que no. Que se iba. Pero la lengua se le pegaba al paladar. Desde el despacho, al otro lado del espejo unidireccional, Raquel lo veía todo.

Estaba sentada en la silla de su madre, con vaqueros y sudadera gris, el pelo recogido.

El espejo le devolvía la imagen del salón como si fuera un acuario rojo.

Vio cómo la morena le deslizaba la mano por el muslo.

Cómo él cerraba los ojos un segundo, avergonzado.

Cómo su cuerpo respondía a pesar de todo.

Raquel apretó los nudillos hasta ponerlos blancos.

Lo conocía. De la universidad. De la misa de los jueves. De las conversaciones en la biblioteca sobre teología moral y sobre llegar vírgenes al matrimonio. Los dos habían hablado de eso. Los dos lo habían creído.

Y ahora él estaba allí.

Doña Mercedes entró un momento al despacho.

—No salgas, Raquel. Es un crío de buena familia. El capitán Jiménez no quiere escándalos. Raquel levantó la vista.

—¿El capitán?

Mercedes se encogió de hombros.

—Antiguallas. No preguntes.

Salió.

Raquel no pudo más. Abrió la puerta lateral y bajó por el pasillo trasero. Esperó en la penumbra. Cuando José Ignacio apareció solo, tambaleante, ella salió de las sombras.

—¿Qué coño haces aquí?

Él se detuvo en seco. La reconoció al instante. La cara se le descompuso.

—Raquel… yo… no quería…

Ella dio un paso adelante. Los ojos le brillaban de furia y de algo que parecía dolor. —De ti no me lo esperaba. De nadie más, pero de ti…

José Ignacio se derrumbó. Se dejó caer contra la pared y empezó a llorar. Lágrimas silenciosas al principio, luego sollozos que le sacudían el pecho.

Raquel dudó un segundo. Luego se acercó y lo abrazó. Él hundió la cara en su hombro, agarrándose a su sudadera como si fuera lo único sólido en el mundo.

—Lo siento —murmuró contra su cuello—. No quería… me trajeron… no sé ni cómo…

Ella no dijo nada. Solo lo abrazó más fuerte. Olió el alcohol en su aliento, el perfume barato que se le había pegado a la camisa y, debajo de todo, su olor de siempre: jabón neutro, libros y una inocencia que se estaba rompiendo.

En el salón, al otro lado del espejo, las luces rojas seguían girando.

Nadie los vio.

Pero algo, esa noche, ya había empezado a romperse.