El Refugio Prólogo
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El Refugio

El Refugio

Por Ernest Pont Salmern

© inepub.com

Prólogo

Hay lugares que no aparecen en los mapas turísticos.

Lugares que se esconden en callejones estrechos, detrás de puertas que no llevan nombre, solo un número y una luz roja discreta.

El Refugio era uno de ellos.

Desde fuera parecía un edificio cualquiera: fachada gris, ventanas cerradas con persianas bajadas, un portero automático que casi nunca sonaba.

Por dentro olía a perfume barato, a tabaco y a algo más antiguo, más humano.

Sofás de terciopelo desgastado, espejos grandes que multiplicaban cuerpos y promesas, y un despacho al fondo con un cristal especial.

Desde fuera era solo un espejo. Desde dentro, una ventana perfecta.

Doña Mercedes lo regentaba con la misma frialdad con la que había aprendido a vivir.

Había llegado allí joven, embarazada y sola.

El padre de su hija desapareció en cuanto el test dio positivo.

Ella se endureció. Trabajó. Ahorró. Y un día compró el local.

Ahora tenía cincuenta y tantos, el cuerpo aún firme y una mirada que no perdonaba debilidades.

Su hija, Raquel, creció entre aquellas paredes.

Aprendió a no mirar demasiado, a no preguntar y a soñar con una vida distinta.

Una vida limpia. Una vida donde el cuerpo no se vendiera por horas.

A pocos kilómetros, en una casa con bandera española y fotos de uniforme en las paredes, el capitán Javier Jiménez criaba a su hijo con la misma rigurosidad con la que dirigía su cuartel.

Honor, disciplina, apellido. José Ignacio era el orgullo de la familia: estudiante de una universidad católica, hijo de Guardia Civil, hermano mayor de Emma.

Su madre, Esperanza, sonreía en silencio y callaba más de lo que hablaba.

El pasado de su marido no se mencionaba. Nunca.

Dos familias.

Dos mundos.

Una misma ciudad.

Y una puerta que, una noche de cumpleaños, se abrió para los dos.