El reflejo de Oriente. El espejo Makyo Plazo de reserva
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Plazo de reserva

A las nueve, cuando el archivero empuja el carro hasta el extremo de la mesa, Elena todavía lleva en las manos el frío de la calle.

Ha salido de Ayala con demasiada anticipación.

Madrid estaba entonces a medio encender: en los escaparates oscuros, su propio cuerpo avanzaba entre lámparas apagadas y zapatos que parecían aguardar el regreso de sus dueños; bajo los árboles había hojas adheridas al pavimento, tan planas después de la lluvia que solo el color permitía distinguirlas de la piedra.

Ahora, en cambio, la calefacción de la sala empieza a levantar un olor discreto a lana húmeda, a madera encerada y a papel que ha pasado la noche en un lugar más fresco. Sobre el carro hay doce cajas.

La reserva ha vencido hoy, primero de octubre. Elena escribe la fecha entera antes de anotar nada más.

A su izquierda, Kavi ajusta la altura de la silla; enfrente, separado de ellos por dos puestos vacíos, un investigador de pelo blanco ha extendido una cuadrícula de lápices, fichas y pequeños rectángulos de papel.

Lleva una americana verde con los codos rehechos en una tela de verde distinto.

Al entrar les ha preguntado si investigaban los ferrocarriles; después de escuchar que no, ha vuelto a sus fichas con una satisfacción que a Elena le ha parecido demasiado sincera para ofender.

Es el tercer lector de la sala y, de los tres, el único que ya ha conseguido empezar.

El archivero les explica la correspondencia entre las signaturas antiguas y las actuales.

No abrirán las doce cajas a la vez. Los apoyos de espuma son para los volúmenes, las hojas sueltas permanecerán dentro de su unidad; las reproducciones que soliciten deberán quedar identificadas.

Elena escucha, asiente, vuelve a contar las cajas.

El mero hecho de tenerlas delante no le produce la alegría que había imaginado durante los meses de espera.

Hay demasiadas cosas cuya existencia depende todavía de una línea en un inventario.

—La carpeta de incidencias de la colección —dice—. De mil novecientos treinta y seis a treinta y nueve.

El archivero busca en la relación actual. Pasa dos hojas; regresa a la primera.

—Esa unidad no está entre las que se han servido.

—¿Está en depósito?

—Voy a comprobarlo.

Se lleva la relación nueva y deja la de 1985.

Elena acerca su cuaderno. Copia la serie, las fechas extremas y el volumen: una carpeta.

No necesita copiar el resto para recordarlo, pero lo hace.

«Relaciones de objetos procedentes de la casa de la Castellana y correspondencia relativa a su depósito.

Devolución: no consta». En mayo aquellas últimas palabras habían abierto una posibilidad; hoy ocupan dos renglones corrientes, entre el borde izquierdo y el sitio donde termina su letra.

Kavi no se inclina para leer por encima de ella.

Tiene delante la solicitud del cuaderno y está comprobando su número.

El edificio posee un silencio lleno de pequeños trabajos.

Se oye el rodamiento de otro carro detrás de la puerta, un ventilador que alterna dos velocidades, el papel de una ficha cuando el investigador lo levanta y lo deja caer.

Las ventanas, altas, dan a un patio donde una bajante recién pintada corta la superficie desconchada del muro; por encima del vidrio esmerilado se alcanza a ver una franja de cielo de una claridad tan lisa que parece añadida después a la mañana.

A Elena le gustaría apoyarse un instante en algo que no tuviera que interpretar.

La mesa, por ejemplo, esa mesa estable y ancha, con una hendidura cerca de su codo que algún lector anterior habrá buscado con la uña mientras esperaba.

El archivero regresa con una copia parcial de un acta de septiembre. En la relación adjunta figura la carpeta: retirada del conjunto servido para cotejo y valoración. No trae una localización posterior.

—¿La han eliminado? —pregunta Elena.

—Esto no dice eso.

Él pone el índice junto a la columna correspondiente, sin tocar el documento antiguo que permanece al lado.

—¿Y puede decirme dónde está?

—Ahora mismo, no. Tengo que pedir el expediente y comprobar los movimientos. El acta de valoración no acredita una destrucción.

La precisión debería tranquilizarla; sin embargo, al oírla siente una irritación que debe contener antes de hablar.

Le resultaría más fácil enfrentarse a un hecho consumado que a esta bifurcación, a la posibilidad de que la carpeta exista en otro armario, de que se haya devuelto, de que un cambio de caja o una omisión en la relación mantenga abiertos todos los verbos.

Reconoce esa impaciencia y le avergüenza un poco.

Desea que nada se haya perdido, pero desea también poder nombrar lo ocurrido, tener delante una frase contra la que trabajar.

Pide una constancia escrita de que la unidad descrita en 1985 no ha sido servida hoy, la localización actual y, si hubo traslado o devolución, el registro que lo documente.

El archivero apunta las peticiones. La copia que puede entregarles lleva ocultos datos ajenos a la consulta; Elena no discute esos espacios en blanco.

Señala el anexo y solicita la relación completa en la parte que afecta a la carpeta.

Cuando termina, él le ofrece registrar la solicitud antes de que se vayan.

—Gracias —dice ella.

No es una fórmula para cerrar la conversación. Ha visto cómo él dejaba de prometer una respuesta inmediata cuando no podía darla.

El investigador de la americana verde levanta entonces la mano, con una paciencia escolar que no concuerda con su edad.

—Perdone. En mi caja de puentes hay dos nóminas de caballería.

El archivero se acerca a su mesa. Elena mira a Kavi. Él ha oído y levanta apenas una ceja; ella aprieta los labios para no reírse. La risa llega de todos modos, pequeña, casi enteramente aire. Durante un momento la sala deja de ser el lugar al que ha conducido cada aplazamiento de su familia.

Kavi espera a que el archivero coloque el cuaderno sobre el apoyo.

La cubierta ofrece una resistencia leve al abrirse y queda sostenida sin llegar a formar un plano.

Antes de leer, registra la signatura, el tamaño aproximado, el estado de las esquinas; después aparta el lápiz y mira las dos páginas expuestas.

El tiempo de esa primera observación le resulta necesario.

En una fotografía suele buscar enseguida la información, avanzar hacia lo que sabe que está buscando; ante el objeto, la manera en que la luz se detiene en un pliegue le obliga a reconocer lo que la imagen había dejado fuera.

La descripción del archivo atribuye a José la escritura principal del cuaderno que acabó entre los papeles de Carlos.

Para Kavi, esa atribución necesita todavía un cotejo detenido con las reproducciones que pueden consultar: algunos nombres coinciden; la comparación de las manos exige algo más que reconocer un trazo.

Los dos volúmenes conservados por Merlinda tienen otra custodia y otra historia material.

Kavi escribe la distinción en su hoja de trabajo, aunque no tema confundirlos.

La proximidad de los asuntos, el deseo de disponer juntos los nombres y las fechas, pueden llegar a producir una continuidad que ningún documento ha concedido.

Hay páginas de la escritura principal que puede leer; otras le exigen detenerse en una abreviatura.

En un lugar encuentra una lista de nombres; más adelante, columnas genealógicas.

Las líneas cifradas conservan para él su condición de líneas cifradas.

No las convierte, por estar aquí, en una continuación del material de los otros cuadernos.

Elena trabaja al otro lado del apoyo, con su hoja girada para no acercar el codo a la cubierta.

Cuando necesita pasar una página, espera a que él termine.

La primera anotación marginal que transcriben lleva la fecha del catorce de agosto de 1898:

«No consta.»

Kavi deja debajo un espacio para registrar la posición.

La frase carece de la amplitud que le había atribuido antes de verla: son dos palabras metidas junto a un texto más largo, y su eficacia procede en parte de ocupar poco sitio.

Bastaría con que un lector apresurado les concediese el rango de una rectificación para que todo lo escrito al lado cambiara de valor.

Kavi vuelve al pasaje junto al que está la anotación.

Tiene que leerlo sin obedecer a la glosa y, al mismo tiempo, sin fingir que ya no la ve.

En 1899, a lápiz, junto a la lista de nombres, aparece otra:

«Ninguno de estos existe ya. Consta en mis partes.»

Elena pide la lupa de mesa. No la lleva de inmediato a las letras: mira primero el borde de la página y comprueba que el apoyo no ha variado.

Después se inclina. Kavi observa la separación entre la lista y el añadido.

En su cuaderno de trabajo describe la relación espacial.

No escribe que ha encontrado una confesión.

«Existe» podría querer decir demasiadas cosas si lo arrancara de allí, y la frase remite a unos partes cuya afirmación tampoco sería, por el solo hecho de figurar en un documento, la medida de lo ocurrido.

Le molesta la necesidad de ir tan despacio.

También eso lo anota, de otra manera: no incorporará una arista al grafo durante la lectura.

En 1912 cambia la tinta. Al lado de tres líneas que Kavi no puede descifrar, lee:

«Sigue sin poder leerse. Tampoco importa.»