Inventario general #3
Queremos agradecerte tu dedicación y las aportaciones realizadas durante este periodo. Te deseamos lo mejor en tus próximas actividades y quedamos a tu disposición para cualquier cuestión relacionada con el cierre de tu colaboración.
Coordinación del proyecto
Universidad
Lo vuelve a leer sentada. No contiene un reproche.
Tampoco dice qué tarea ha dejado de necesitarla.
El contrato del museo terminó en mayo; esa fecha no ha cambiado.
Lo que ahora desaparece es otra participación, la posibilidad de seguir entrando aquí con un motivo que no tuviese que explicar cada tarde.
Por un momento le avergüenzan los programas amontonados, la caja de cartuchos, la planta del rellano que ni siquiera sabía cómo regaban.
Ha estado mirando aquel desorden como lo mira quien puede quejarse de él.
Se acerca a la mesa y recoge el estuche de lápices que dejó allí ayer. Cabe en el bolso, pero no lo guarda.
Podría escribir pidiendo motivos, la fecha exacta del cambio, el reparto de lo que aún tiene abierto.
Lo hará. Ahora la ofende sobre todo la facilidad con que su trabajo se deja agradecer después de retirárselo: las tardes que pasaron mal, las comparaciones que hubo que repetir, el alivio de encontrar una fotografía utilizable, convertidos en un periodo cuya extensión ya conocen quienes han firmado.
Ella todavía tiene papeles que terminar.
El mensaje ha llegado al final antes que ella.
Álvaro llama cuando Elena está descargando el correo con sus datos de envío. Lo deja sonar dos veces.
—Quería explicártelo yo —dice él.
—¿Qué cosa?
Hay una pausa.
—Lo del Inventario. Te habrá llegado.
—Sí.
Álvaro dice que la Fundación ha pedido una protección, que nadie está discutiendo que el espejo se le entregara, que un objeto así merece garantías.
Desde donde él habla llega un golpe amortiguado; le dice a otra persona que cierre, por favor, y vuelve con una voz más próxima.
Elena mira el patio. La bajante conserva una abrazadera nueva en mitad del tramo viejo.
—Nadie ha hecho nada contra ti.
—Me han retirado del proyecto.
Él tarda en responder.
—Eso tendrás que hablarlo con la universidad.
—Estoy hablando contigo porque has llamado tú.
Elena oye su propia dureza y siente deseos de disculparse.
Le irrita que el deseo llegue tan pronto, antes de saber siquiera qué ha hecho él, y aprieta el estuche hasta notar uno de los lápices a través de la tela.
En abril, al salir del restaurante, Álvaro mencionó la cátedra y el convenio de diciembre.
La frase le vuelve con el ruido de los platos que retiraban.
No sabe si él ha llamado a alguien ni si hay una relación que pueda acreditar entre esa comida y el mensaje.
La proximidad de las fechas no le entrega una conversación que no oyó.
—Yo no decido sus equipos —dice Álvaro.
—Ya.
—Y lo del espejo se puede hablar. No creo que deba depender de cómo nos llevemos tú y yo.
Elena separa los dedos. Ha dejado de mirar el estuche.
En eso también tiene razón, y le cuesta soportar que una razón útil para el objeto pueda llegar de su voz, en esa tarde, mientras ella calcula qué debe retirar de un despacho.
La protección permitiría a otros preguntar por la pieza, exigir información, oponerse a ciertos usos; no necesita inventarle un defecto para mantener su desacuerdo con Álvaro.
Lo que desea es que él diga quién decidió presentar el escrito ahora, qué conversación tuvo antes de telefonear, si la preocupación por el bronce toleraría verlo conservado lejos de la familia.
Esas preguntas no vienen incluidas en el informe.
—¿Estaríais de acuerdo con el depósito en Manila? —pregunta.
—Si se dan las garantías.
—Te he preguntado si estaríais de acuerdo.
—Y yo te digo que tendríamos que verlas.
Él le propone pasar por la sede. Podrían revisar juntos el informe, hablar sin correos de por medio.
Elena imagina el retrato en la sala, el espacio que ocupa el espejo pintado dentro de una casa a la que todavía sabe llegar sin buscar la dirección.
Piensa en Leonor y en las cosas que también perderá si cada visita tiene que prepararse como una comparecencia.
No quiere regalarle a Álvaro ese pensamiento.
Tampoco quiere utilizarlo para castigarse.
—Hoy no voy a ir.
—Cuando quieras. Mi madre pregunta por ti.
Elena cierra los ojos un instante.
—La llamaré.
Se despiden sin fijar otra cita. Ella guarda el teléfono, saca el estuche del alcance de la mano y termina de conservar el mensaje.
Después escribe una respuesta breve a la coordinación: pide la fecha de efecto, las tareas que se redistribuyen y los criterios de la decisión. Revisa los destinatarios. La envía.
Queda el artículo. Elena lo abre por la página que corrigió de madrugada. Entre dos hojas está el borrador de procedencia. Lo extrae despacio para no romper la palabra que se ha curvado junto al pie, aunque la tinta ya está seca y el movimiento no podría dañarla.
El reverso está libre. Le da la vuelta, escribe continuación y vuelve a colocar la hoja a su derecha, junto al ordenador enchufado.