Inventario general
A las nueve y media, Elena coloca el teléfono boca abajo.
La técnica ha dejado el espejo en su soporte, sobre la mesa, y ha comprobado con ella la hora de salida.
Volverá a las once. Durante la sesión estará en la dependencia contigua; si necesita variar la posición de la pieza, Elena debe llamarla.
El laboratorio conserva una claridad pareja, sin el rectángulo que otras mañanas avanza desde la ventana y obliga a desplazar una pantalla.
El cielo está cubierto por una capa alta, bastante luminosa para que los edificios de enfrente se distingan con precisión y demasiado continua para saber de qué lado tendría que abrirse.
En el hormigón de los pasos interiores ha visto las huellas de las tablas, vetas detenidas que cambiaban de dirección al llegar a una junta; después, al acercarse al patio, la luz aumentaba sin calentarse, y el mismo gris que fuera le había parecido un alivio empezaba a resultarle insuficiente.
Ha pedido esa mañana desde hace semanas. Nadie le prometió el tiempo.
De las otras mesas se han retirado los trabajos.
Quedan cubiertas, soportes que mantienen levantada una tela, etiquetas vueltas hacia el pasillo entre puestos.
En un extremo hay una caja baja con su tapa debajo y un vaso vacío para pinceles; detrás, las baldas sostienen recipientes que Elena conoce por la distancia a la que conviene dejarlos de las piezas.
La ausencia de quienes los utilizan permite ver mucho tablero.
Hasta el recorrido del aire se oye mejor: un rumor estable cerca de la puerta, una variación más baja cuando se pone en marcha un equipo al otro lado.
El laboratorio no está cerrado. Hay alguien trabajando donde ella no alcanza a verlo.
La halógena espera en el lugar dispuesto para el ensayo.
El cable llega hasta la toma sin cruzar el paso.
Elena puede pedir que preparen la proyección; la técnica se lo ha recordado al comprobar la hoja.
Conoce el filamento, su tamaño aparente desde el espejo, el cuidado necesario al variar las distancias.
En marzo vio a Pilar obtener una imagen con esa fuente. El cielo de hoy no impide repetirlo.
Elena no la enciende.
Mira la cara plateada. Desde su silla, el borde más próximo oculta una porción mínima del soporte y permite advertir que el disco no descansa directamente sobre el tablero.
La montura conserva sus pérdidas; una discontinuidad pequeña interrumpe una zona de nácar sin dejar a la vista lo que permanece debajo.
Ella sigue ese contorno hasta el mango. No tiene que completar nada para reconocerlo.
Ha sacado del bolso el cuaderno, una carpeta y el ordenador que todavía necesita un enchufe.
Lo deja cerrado en la mesa auxiliar. Entre las hojas asoma la última versión del artículo: una frase corregida llega hasta el margen, donde otra mano ha añadido una objeción, y más abajo hay un párrafo entero con dos posibilidades de comienzo.
Elena sabe en qué página deja de gustarle lo escrito.
También sabe cuánto le ha costado admitir que allí, precisamente donde la exposición ganaba velocidad, había reunido pruebas que respondían a preguntas diferentes.
El título no contiene la palabra denuncia.
Las imágenes que podrá usar están separadas de las que solo puede consultar.
Ha dejado fuera transcripciones privadas, ha rehecho pies, ha vuelto a pedir una referencia que creía completa.
Quiere llegar al catorce de octubre con algo que pueda leerse después de apagar el proyector, un trabajo que no dependa del temblor de su voz delante de su familia.
Algunas tardes ha imaginado ese momento con una satisfacción que la avergüenza al volver a las notas.
Otras se ha visto sentada entre el público, escuchando cómo otra persona explica su propia cautela y consigue convertirla en un elogio de la Fundación.
Levanta la vista. Siguen sin aparecer bordes de sombra en la ventana.
Las nueve y media procedían de un relato de la campaña de Manila.
En junio quiso estar a esa hora frente al fuerte y obtuvo la medida de una sombra de junio, la distancia que pudo recorrer, dos fotografías permitidas.
Aquí no está reproduciendo aquella luz ni aquel lugar; lo sabía cuando solicitó la sesión y vuelve a saberlo ahora, aunque saberlo no le ahorre la decepción de haber venido.
Le resulta difícil identificar qué esperaba del trece de agosto.
Una condición meteorológica, al menos, algo que no hubieran redactado ella ni otra persona antes de ocurrir.
Saca una hoja de la carpeta. En la cabecera del mensaje de la Fundación hay un adjunto que aún no ha leído entero.
La primera línea anuncia una iniciativa de protección.
Elena había venido pensando que aprovecharía la sesión para responder con la pieza delante; le parecía una precaución, o quizá una manera de no contestar desde Ayala, entre la vajilla y las cuentas.
Ahora le molesta haber traído también esa conversación hasta la mesa.
Deja el mensaje debajo del artículo.
A las diez, la técnica se asoma y pregunta si necesita algo.
—Todavía no.
La mujer mira la lámpara.
—Cuando quieras.
Elena asiente. El sonido de sus pasos se pierde enseguida en el otro cuarto.
Podría llamarla antes de que se siente, decirle que ha cambiado de opinión; la imagen aparecería en una superficie adecuada, con más o menos contraste, y habría que registrar las condiciones.
No duda de eso. Le gustaría, sin embargo, disponer de unos minutos en que su presencia aquí no estuviera obligada a producir otra prueba.
El asiento tiene una altura que la obliga a apoyar los pies un poco hacia atrás.
Los adelanta, cambia de postura y advierte que llevaba tiempo sujetando el lápiz sin escribir.
Apoya la punta sobre una hoja propia y la levanta antes de dejar una marca.
A lo largo de la mañana ha ido volviendo al mismo punto del borde, una pérdida cuya forma distingue mejor desde allí que en las fotografías.
Al variar la posición de la cabeza, la superficie devuelve una claridad diferente, más blanca junto al extremo opuesto, apagada donde se aproxima su cuerpo.
No surge ninguna figura proyectada. En el muro que habría recibido la imagen hay una marca de montaje, dos orificios pequeños y una diferencia de pintura rectangular.
Piensa en Kavi. En el avión recogió el vaso antes de que ella lo tirase dormida; al despertar lo encontró sosteniéndolo con una concentración absurda, como si el agua fuese a desobedecerlo.
No sabe si se lo agradeció. Recuerda mejor que bebió y se volvió a dormir, confiada en una vigilancia que él no le había pedido reconocer.
Después, en casa, hubo llamadas que empezaron por una lectura y acabaron mucho después de cerrarla.
A Elena le gusta oír cómo se le altera la voz cuando cambia de habitación.
Puede imaginarlo buscando algo sin convertir cada demora en una distancia entre ellos.
Hoy querría que estuviera en esa silla incómoda, cerca de la suya.
También le alivia no tener que explicarle por qué ha dejado transcurrir media mañana ante un espejo sin preparar el ensayo.
Si estuviese allí quizá no preguntaría. Quizá ese sería el motivo por el que acabaría contándoselo.
La posibilidad le llega con una ternura física, breve, una necesidad de apoyar la frente en la parte del brazo que queda fuera de la manga; no la sigue más allá, porque al levantar la cabeza ve una hebra en su pantalón y se entretiene en quitarla con dos dedos.
El reloj del teléfono marca las diez y veintiocho. Espera a que cambie, avergonzada de estar contando una espera que nadie le exige. A las diez y media aparta la silla.
En la mesa auxiliar hay un bloc de impresos pautados.
Pregunta si puede tomar uno. La técnica le da una hoja y le señala dónde sentarse para escribir, lejos de la pieza.
Elena pone arriba Borrador personal y la fecha.
En el recuadro que pide identificación escribe SILVA-ESP-0001.
El resto necesita más espacio del previsto.
Empieza por febrero. Entrega del legado, apertura del baúl, ingreso en el Instituto.
Descender le permite partir de algo que hizo, una firma que reconoce, una caja que vio abrir; no por eso encuentra más fácil retroceder al momento anterior.
En mil novecientos setenta y cinco tiene un conocimiento de embarque.
Escribe carga y, después de mirar la reproducción que lleva entre sus notas, tacha la palabra.
Debajo pone documento. La firma Navarro no le da por sí sola las manos que guardaron el espejo en el baúl.
En mil novecientos sesenta y siete deja sitio junto a la fotografía.
Dos copias semejantes han llegado a casas distintas; sabe lo que dicen los dorsos que pudo ver, lo que le contó Petra, lo que no conserva.
En la línea de mil novecientos treinta y seis la incautación ocupa menos que el intervalo que sigue abierto después del depósito.
El retrato de mil novecientos doce exige otra clase de descripción.
Hay un objeto pintado. El del inventario de mil ochocientos noventa y seis cabe en unas palabras genéricas.
Elena estrecha las letras, deja de intentarlo y pasa al renglón siguiente.
El año mil setecientos setenta y dos viene de una hoja de hotel y de una referencia que exige volver a un archivo.
No convierte la letra moderna en la fecha de un viaje del bronce.
Más abajo conserva, separados, los posibles nombres reunidos por Kavi; ninguno declara que aquel hombre llevara un espejo.
Tendría que dibujar flechas hacia atrás y hacia los lados para que el papel se pareciese al trabajo que han hecho. Sigue con palabras.