El Reflejo de la Duda Capítulo 15 La Última Sesión
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Capítulo 15 La Última Sesión

El frío del puente del Río Negro era una presencia física que se instalaba en la médula.

La lluvia caía como un velo gris sobre la estructura de hierro y hormigón, difuminando los límites con el agua que rugía abajo.

Aquel era el escenario donde la vida de Laura Vane se había quebrado dos años atrás, el catorce de noviembre de dos mil veinticuatro.

Ahora, el destino la traía de vuelta al mismo punto, envuelta en la niebla que ascendía desde el cauce del río como el aliento de un fantasma.

Laura se aferraba a la barandilla metálica, sintiendo el óxido frío.

Su ropa empapada se adhería a su cuerpo, pero su temblor no era solo por el frío, sino por el síndrome de abstinencia del Dormisen.

Pasar horas sin el fármaco desataba una tormenta en su cerebro: una migraña pulsátil le martilleaba las sienes y sus pensamientos fluctuaban entre la lucidez extrema y la desconexión.

A su lado, inmóvil, estaba Adrián Soler.

Vestía su chaqueta impermeable azul marino, salpicada por la lluvia.

En sus manos pálidas sostenía la carpeta con la autopsia de Daniel y los registros de la clínica Valle Sereno.

Adrián no tiritaba. Sus ojos negros miraban hacia el extremo opuesto del puente, donde los faros de un vehículo recortaban la niebla con dos cuchillas de luz blanca.

Del coche descendió el doctor Mateo Silva.

Cerró la puerta con un golpe seco y avanzó con paso firme.

Su abrigo largo ondeaba levemente con el viento.

Llevaba sus anteojos de montura fina y en su mano derecha sostenía un maletín de cuero negro.

En la otra, casi oculta bajo la manga, llevaba una jeringa cargada con un líquido transparente que reflejaba la luz de los faros.

—Laura —llamó Mateo, con ese tono paternal que durante dos años había sido su ancla—. Por favor, da un paso atrás. Sabes que no estás bien y experimentas un episodio disociativo. Déjame ayudarte.

Laura contempló al hombre que había considerado su mentor.

La rabia se concentró en su pecho, pero su mente de psicóloga forense y ex-negociadora de la policía operó bajo el instinto de supervivencia.

Evaluó la situación: Mateo estaba armado, bloqueaba la salida y la superaba en fuerza en su estado de debilidad.

Si intentaba huir, él la reduciría. Su única arma era el lenguaje.

Debía convertirse en la negociadora que solía ser y jugar el papel que Mateo esperaba: el de la paciente rota y sumisa.

Deslizó la mano izquierda en el bolsillo.

Al llegar a la estructura elevada del puente del Río Negro, una zona despejada sobre la garganta de la sierra, la cobertura del teléfono móvil —que se había perdido en la honda vaguada arbolada de la cabaña— parpadeó hasta recuperar una barra de señal de la antena repetidora del camino forestal.

Con movimientos memorizados en años de servicio, desbloqueó el dispositivo, accedió a la marcación rápida e inició una transmisión en directo, conectándose con el inspector Marcos Leal.

Sabía que Marcos estaba al otro lado, escuchando.

El micrófono del teléfono comenzó a registrar cada sonido y palabra que se pronunciara en el puente.

Para dar credibilidad a su actuación, Laura dejó que sus rodillas se doblaran.

Soltó la barra de hierro, que golpeó el suelo con un estrépito metálico antes de rodar hacia el borde.

Se llevó las manos a la cabeza, balanceándose.

—¿Daniel? —balbuceó, forzando una voz quebrada—. ¿Por qué no me dejas en paz? Está bajo el agua, Mateo... puedo oírlo. El coche... los frenos... todo da vueltas. Mateo, me duele la cabeza. El ruido no para. Necesito las gotas. Dame el Dormisen. Haz que Daniel se calle.

Mateo detuvo sus pasos a unos cinco metros de distancia.

Al observar el comportamiento errático de Laura, la tensión en sus hombros se relajó visiblemente.

Una sonrisa sutil, casi imperceptible pero cargada de una condescendencia infinita, se dibujó en sus labios.

El depredador creía que su presa había regresado voluntariamente a la jaula psicológica que él mismo había construido.

—Eso es, Laura. Admítelo —dijo Mateo, dando un paso más, suavizando su voz hasta convertirla en un arrullo hipnótico—.

Estás enferma. Todo esto que crees haber descubierto, ese supuesto complot, el chico Adrián.

.. todo son proyecciones de tu culpa. Daniel murió en un trágico accidente, Laura.

Tú conducías. Tu mente no pudo soportar el peso de haber sobrevivido mientras él moría a tu lado, y creaste esta fantasía de conspiración para protegerte.

Pero yo estoy aquí para cuidarte. Solo tienes que dejar que te administre la dosis de control y todo volverá a ser pacífico en La Cabaña de los Pinos.

Laura miró hacia Adrián, que permanecía de pie junto a ella, inmóvil, observando a Mateo con una frialdad sepulcral. Luego volvió a mirar al médico, dejando que una lágrima real resbalara por su mejilla y se mezclara con el agua de lluvia.

—Pero Adrián está aquí, Mateo... —sollozó Laura, señalando el espacio vacío junto a ella—.

Él tiene los papeles. Dice que tú saboteaste el coche.

Dice que Daniel descubrió lo que hacías en Valle Sereno.

¿Es mentira? Dime que es mentira, Mateo.

Necesito entenderlo antes de que me duermas.

Si me vas a curar, dime la verdad por una vez.

¿Por qué Daniel me acusaba en la grabadora?

¿Qué es el Proyecto Espejo? Por favor...

si no me lo dices, la voz de Daniel me arrastrará al río.

Mateo suspiró, adoptando una postura de resignación científica, la pose del creador que explica su obra a una mente incapaz de comprender su grandeza.

Se colocó a escasos tres metros, lo suficientemente cerca como para que el micrófono del teléfono de Laura captara hasta el más leve matiz de su respiración.

La arrogancia del médico, alimentada por la aparente sumisión y locura de su paciente, terminó por sepultar su prudencia.

—El Proyecto Espejo era la culminación de toda mi carrera, Laura —comenzó Mateo, con una solemnidad escalofriante—.

La modificación del comportamiento a través del borrado selectivo de la memoria episódica.

El Dormisen no es un simple sedante; es una herramienta de liberación.

Imagina poder extirpar el trauma de los soldados, de las víctimas de abuso, de personas como tú.

Pero tu esposo, Daniel, era un hombre limitado, un moralista de miras estrechas.

Como arquitecto de la nueva ala de Valle Sereno, tuvo acceso a los archivos de facturación y a los registros de los pacientes de los ensayos clínicos.

Descubrió que estábamos usando sujetos no aptos, que algunos habían sufrido daños cognitivos irreversibles. .. como Adrián Soler.

Laura contuvo el aliento, manteniendo la cabeza baja para ocultar la chispa de lucidez criminalística que brillaba en sus ojos.

—Daniel... él iba a denunciarte —susurró Laura, incitándolo a continuar.

—Iba a destruir mi vida, la clínica y el futuro de la psiquiatría —declaró Mateo, y su tono calmado fue sustituido por una fría vehemencia—.

Hablé con él, intenté hacerle ver el panorama completo, pero se negó.

Estaba decidido a acudir a la fiscalía el quince de noviembre.

Así que no me dejó otra opción. Tuve que intervenir en su vehículo.

Un sabotaje simple en los latiguillos de los frenos, diseñado para que fallaran en la bajada del desfiladero del Río Negro.

Se suponía que Daniel viajaría solo esa noche al pueblo para reunirse con su abogado.

Pero tú... tú decidiste tomar el volante.

Cuando me enteré del accidente y de que habías sobrevivido, el pánico me dominó.

Pero el destino me ofreció una oportunidad de oro.

Mateo dio un paso más, levantando la jeringa. Sus ojos brillaban tras los cristales empañados por la lluvia.

—Despertaste en el hospital con una amnesia retrógrada masiva y un sentimiento de culpa devastador.

No recordabas haberme visto en el garaje de la clínica manipular el coche antes de salir, ni las amenazas que le hice a Daniel.

Eras una hoja en blanco. Así que te trasladé a La Cabaña de los Pinos, lejos de las miradas indiscretas, y me convertí en tu único terapeuta.

Con la dosis diaria de Dormisen mantuve tu cerebro en un estado de maleabilidad constante.

Reescribí tus recuerdos día a día, semana a semana, asegurándome de que cualquier atisbo de la verdad fuera interpretado por ti como una alucinación psicótica.

Te he protegido de la cárcel, Laura. Y de ti misma.

Pero ahora has dejado de tomar la medicación, y tu mente está colapsando.

Laura levantó lentamente la cabeza. El temblor de su cuerpo cesó de golpe.

Su postura se enderezó, perdiendo toda la docilidad y la fragilidad que había fingido con tanta precisión.

Sus ojos castaños se clavaron en los de Mateo con una fijeza gélida y dominante, la mirada de la inspectora de policía que ha acorralado a su sospechoso en la sala de interrogatorios.

—No, Mateo —dijo Laura, y su voz sonó clara, firme y desprovista de cualquier rastro de la psicosis que él creía haber explotado—. Mi mente no está colapsando. Está despertando.

El médico se detuvo en seco, desconcertado por el cambio radical en el tono y la postura de Laura.

Dio un paso atrás, instintivamente, pero ya era demasiado tarde.

Laura sacó la mano izquierda del bolsillo de su chaqueta y alzó el teléfono móvil.

En la pantalla, iluminada en medio de la penumbra lluviosa, se mostraba la interfaz de una llamada activa con el nombre de Marcos Leal y el icono de grabación parpadeando en rojo.