Capítulo 14 El Encuentro con Adrián #2
La lluvia caía con tal fuerza que los folios empezaban a humedecerse. Adrián los guardó rápidamente y cerró la cremallera de plástico, manteniendo sus ojos fijos en la psicóloga.
—Mateo se enteró de las intenciones de Daniel —prosiguió—.
Sabía que si esos documentos salían a la luz, perdería la clínica y terminaría en prisión.
Así que saboteó el coche de Daniel. La tarde del accidente, mientras el vehículo estaba aparcado en Valle Sereno, cortó los latiguillos de los frenos.
Sabía que la carretera tenía pendientes pronunciadas y este puente era el punto crítico.
Laura sintió que el asfalto bajo sus pies se volvía inestable. Las piezas del rompecabezas que la habían atormentado durante dos años encajaban con una coherencia matemática y terrorífica.
—Pero esa noche... —la voz de Laura tembló, quebrándose por el llanto—. Esa noche Daniel estaba agotado por la tensión. Yo le dije que descansara en el asiento del copiloto. Fui yo quien insistió en conducir.
—Exacto —dijo Adrián con solemnidad—. Mateo saboteó el coche para matar a Daniel, pero no contaba con que tú irías al volante.
Cuando entraste en la curva previa a este puente, bajo una lluvia tan intensa como la de esta noche, intentaste frenar.
Pero el pedal se hundió hasta el fondo sin oponer resistencia.
No había presión en el sistema. El coche derrapó, embistió el guardarraíl de hierro y se precipitó al Río Negro.
Un fogonazo de luz blanca iluminó el desfiladero y, en ese instante de claridad absoluta, un recuerdo sepultado por toneladas de bruma química emergió de la oscuridad de la mente de Laura.
El impacto no fue una visión disociada; fue una experiencia sensorial completa y dolorosa que la golpeó con la fuerza de un rayo.
Recordó el olor a goma quemada y el pedal del freno hundiéndose inútilmente.
Recordó el pánico en los ojos de Daniel, buscando su mano en un intento de protección.
Recordó el guardarraíl rasgándose y la ingravidez del vuelo hacia el vacío.
Recordó el golpe contra el agua del río, un impacto helado que rompió el parabrisas e inundó el habitáculo.
Y recordó, antes de perder el conocimiento, una figura en el borde del puente iluminada por los faros.
Una figura inmóvil, observando cómo el coche se hundía.
Una figura con la silueta y los anteojos de Mateo Silva.
Laura se llevó las manos a la cabeza, ahogando un grito de agonía.
Las lágrimas, calientes y amargas, se mezclaron con el agua de la lluvia que le corría por las mejillas.
La amnesia de dos años no había sido una consecuencia natural del traumatismo craneoencefálico del accidente; había sido una construcción artificial, una prisión química diseñada por Mateo para enterrar ese último recuerdo incriminatorio.
—Tú lo viste, Laura —dijo Adrián—. Viste a Mateo en el puente.
Cuando despertaste en el hospital y lo acusaste, él supo que tu memoria era una bomba de relojería.
Por eso te diagnosticó la psicosis disociativa.
Te recetó el Dormisen, presentándolo como un ansiolítico, para mantener tu mente apagada.
Te convenció de que Daniel había muerto por tu culpa para que no buscaras respuestas.
Laura respiró hondo, sintiendo que la rabia sustituía al miedo. El dolor de cabeza provocado por la abstinencia pareció disiparse ante la adrenalina que recorría su cuerpo. La verdad era monstruosa, pero al fin era suya.
—Y a ti... —dijo Laura, mirando a Adrián—. Te mantuvo encerrado para que no pudieras buscarme ni revelar la verdad.
—Sí —respondió él—. Sabía que si yo hablaba, todo el montaje se vendría abajo.
Pero logré escapar de Valle Sereno hace tres días aprovechando un traslado de material.
Sabía que te tenía en La Cabaña de los Pinos.
Fui a buscarte para entregarte las pruebas antes de que Mateo terminara de destruir lo que quedaba de tu mente.
Marcos Leal me ayudó a confirmar todo antes de que cortaran la línea.
Laura, tenemos que salir de aquí. Marcos viene en camino con la policía, pero Mateo no está lejos.
Adrián no pudo terminar la frase. El sonido ensordecedor de un motor revolucionado al límite rompió la monotonía del temporal.
A la entrada del puente, en el extremo forestal del que Laura acababa de huir, dos intensos haces de luz halógena de color blanco azulado cortaron la niebla y la lluvia, proyectando sombras alargadas sobre el asfalto agrietado.
Un todoterreno gris metalizado derrapó sobre la grava de la cuneta y cruzó la calzada en diagonal, deteniéndose en mitad de la vía y bloqueando por completo la salida del puente.
El motor del vehículo continuó rugiendo en ralentí, un ronroneo potente y mecánico que parecía vibrar en las barandillas de hierro.
Laura y Adrián se giraron de golpe, protegiéndose los ojos con las manos ante el deslumbramiento de los faros.
Las luces del todoterreno dibujaron la cortina de lluvia como una red de hilos brillantes.
Con un chasquido metálico, la puerta del conductor se abrió.
Un hombre descendió del vehículo con movimientos lentos y precisos, sin mostrar prisa alguna. Era el doctor Mateo Silva.
Llevaba su habitual abrigo de lana oscura empapado por el agua.
Sostenía una potente linterna en la mano izquierda, cuyo haz barrió la calzada hasta dar en sus rostros.
En su mano derecha, medio oculta por la manga, Laura vislumbró el brillo de una jeringa.
Sus anteojos de montura fina estaban cubiertos de gotas que reflejaban la luz, ocultando sus ojos, pero su rostro mantenía esa calma paternal que ella solía asociar con la curación.
Mateo avanzó unos pasos sobre el asfalto mojado, deteniéndose a unos diez metros de distancia de ellos.
La luz de su linterna no vacilaba; permanecía fija en el pecho de Laura, como el punto de mira de un cazador.
—Laura... Adrián... —la voz de Mateo se alzó sobre el rugido del río, manteniendo un tono pausado, profesional y cariñoso—. Qué irresponsabilidad salir en mitad de esta tormenta y en un lugar tan dañino para tu recuperación, Laura. No estás preparada para este estrés.
Dio otro paso adelante. Sus zapatos de cuero resonaron sobre el asfalto húmedo con un chasquido seco.
—Y tú, Adrián —continuó Mateo, enfocando la luz en el joven—. Deberías haber permanecido en la clínica. Tu huida confirma tu diagnóstico de inestabilidad. Estás interfiriendo en el proceso de Laura y alimentando sus delirios con papeles que no comprende.
Laura dio un paso al frente, interponiéndose a medias entre Mateo y Adrián. El miedo que la había paralizado en el bosque se había evaporado, dejando en su lugar una fría determinación policial. Cruzó la mirada con el hombre que había controlado su vida durante los últimos dos años.
—Se acabó, Mateo —dijo Laura, y su voz, a pesar del temblor físico del frío, sonó firme y clara—.
Ya no hay delirios. Ya no hay Dormisen. Recuerdo el accidente.
Recuerdo que estabas aquí en el puente esa noche.
Recuerdo que saboteaste los frenos del coche de Daniel para ocultar tus experimentos en Valle Sereno. Sé todo lo que has hecho.
Mateo Silva se detuvo. Permaneció en silencio durante unos segundos, mientras la lluvia golpeaba su hombro y el Río Negro rugía bajo sus pies. A través de los cristales mojados de sus anteojos, su mirada pareció enfriarse, perdiendo la última pátina de calidez terapéutica que le quedaba.
—Laura, querida —dijo Mateo con resignación—.
Sigues proyectando tu culpa en mí. Tu mente prefiere inventar una conspiración antes que aceptar que tú conducías el coche que mató a Daniel.
Pero estoy aquí para ayudarte. Regresemos a la cabaña.
Una dosis de tu medicación y esta agitación quedará atrás. Volverás a estar a salvo conmigo.
Avanzó otro paso, levantando ligeramente la mano derecha donde sostenía la jeringa con el disociativo.
El puente del Río Negro se había convertido en una ratonera.
A su espalda, el abismo y el río crecido; al frente, el todoterreno bloqueando la calzada y el doctor Mateo Silva dispuesto a silenciar el experimento siempre.