Capítulo 14 El Encuentro con Adrián
El bosque parecía una entidad hostil que intentaba cerrarle el paso a cada zancada.
Laura corría sin mirar atrás, con los pulmones ardiendo y el pecho oprimido por una presión asfixiante.
Sus botas de montaña, cubiertas de fango denso, se hundían en la hojarasca descompuesta del suelo forestal; cada paso era una batalla contra el cansancio.
Las ramas bajas de los pinos silvestres, cargadas de lluvia, la azotaban en el rostro dejándole cortes ardientes.
La linterna perdida minutos atrás reposaba en el lodo, pero ya no le importaba.
Se guiaba por el oído, por el rugido lejano y salvaje del Río Negro.
El torrente desbordado actuaba como un faro sonoro en la negrura absoluta.
A su espalda, Laura creía vislumbrar el haz blanco de la linterna de Mateo.
El doctor Silva no corría; caminaba con la parsimonia de quien conoce cada sendero, seguro de que el cansancio terminaría por doblegarla.
Aquella calma metódica la aterrorizaba más que una persecución frenética.
Era la misma paciencia con la que le dosificaba el Dormisen, la misma suavidad paternal con la que reconstruía sus recuerdos rotos en La Cabaña de los Pinos.
«No estás loca», se repetía a sí misma como un mantra, intentando ahogar las punzadas de duda disociativa que amenazaban con paralizarla. «Las llaves eran reales. El expediente de Adrián era real. Tu firma falsificada era real».
La abstinencia del fármaco le provocaba un dolor punzante detrás de los globos oculares y una hipersensibilidad que convertía sus jadeos en un estruendo.
Sin embargo, esa lucidez descarnada le permitía procesar la geografía del terreno con la precisión de la psicóloga forense que alguna vez fue.
Conocía esta vereda. Conducía directamente al puente del Río Negro, el kilómetro cero de su desgracia.
Súbitamente, el bosque se abrió. El abrazo de los pinos dio paso a una explanada baldía de grava azotada por el viento.
Ante ella, suspendido en la penumbra como una cicatriz de hormigón y hierro oxidado, se alzaba el puente del Río Negro.
Construido en los años sesenta, sus pilares se hundían en las profundidades de la garganta.
El asfalto mojado brillaba bajo la lluvia, reflejando la claridad de los relámpagos.
En el flanco derecho, una sección más nueva del guardarraíl de color plata señalaba el punto exacto donde, dos años atrás, el coche de Daniel se había salido para hundirse en el abismo.
Laura se detuvo al borde de la calzada, temblando.
El frío le calaba los huesos, pero el verdadero temblor nacía de su interior.
Aquel lugar albergaba los fantasmas de su memoria perdida.
Sentía una repulsión casi física hacia el puente, un vértigo que la empujaba a dar la vuelta y entregarse a la cómoda anestesia de Mateo.
El Río Negro rugía abajo con violencia, un torbellino de agua turbia que golpeaba las rocas del fondo con un estrépito ensordecedor.
Dio un paso adelante. Sus botas resonaron sobre el asfalto mojado.
La niebla flotaba en jirones sobre la calzada, ascendiendo desde el río como vapor frío.
Entonces, en mitad de la estructura, donde la niebla era más densa y el viento soplaba con mayor ferocidad, distinguió una silueta.
Laura se quedó paralizada, conteniendo la respiración.
Sus manos se aferraron al guardarraíl, sintiendo el frío del hierro oxidado y la vibración del caudal del río.
Entornó los ojos, intentando rasgar la cortina de agua que le nublaba la vista.
La silueta no se movía. Permanecía de pie, de espaldas a ella, mirando hacia el vacío del río.
Llevaba una chaqueta impermeable azul marino gastada, con la capucha bajada, permitiendo que la lluvia empapara su cabello oscuro.
Era la misma figura que había visto merodear por los pinos, el mismo hombre que había golpeado su puerta durante la tormenta nocturna.
—¿Adrián? —el nombre salió de sus labios como un susurro ahogado, devorado de inmediato por el rugido del agua.
La silueta se giró despacio. Bajo la luz trémula, Laura pudo ver su rostro.
Era él. Adrián Soler. Su piel presentaba una palidez casi traslucida y sus ojos negros se clavaron en ella con fijeza.
La pequeña cicatriz en su ceja izquierda destacaba sobre la frente empapada.
En sus manos, protegida del agua por una carpeta de plástico hermética, sostenía un fajo de documentos médicos.
La mente forense de Laura entró en conflicto inmediato.
La duda, ese veneno sembrado por Mateo, volvió a susurrarle al oído: Es una alucinación.
Estás sufriendo un brote psicótico provocado por la falta de Dormisen.
Adrián Soler murió el 14 de noviembre de 2024.
Este hombre es solo una proyección de tu culpa .
Adrián dio un paso hacia ella. Sus botas crujieron contra la grava acumulada en el puente.
—No des un paso más —gritó Laura, haciendo un ademán de advertencia—. No eres real. No puedes serlo. El expediente en la clínica... ponía que habías fallecido. El doctor Silva me mostró las pruebas. Eres un constructo de mi mente disociada para no afrontar la muerte de Daniel.
Adrián se detuvo. Una sonrisa triste y amarga se dibujó en sus labios mientras la lluvia resbalaba por su barbilla y goteaba sobre la tela de su impermeable azul.
—Si fuera un fantasma de tu mente, Laura, ¿sentirías esto? —preguntó.
Su voz tenía un timbre físico, una resonancia que no provenía del interior de su cráneo, sino del aire húmedo del puente.
Adrián avanzó y, antes de que ella pudiera retroceder, le sujetó el antebrazo con firmeza.
El impacto de la sensación física la dejó sin aliento.
Los dedos de Adrián estaban helados, pero la presión de sus falanges, el peso de su agarre y la textura de la tela impermeable de su chaqueta rozando su propia piel eran indiscutiblemente reales. Su presencia física disipó toda duda.
—No estás loca, Laura —dijo Adrián, mirándola fijamente—. Estoy aquí. Estoy vivo. Nunca morí en este puente, aunque Mateo intentó por todos los medios que así fuera para el resto del mundo.
Laura sintió que un nudo se le deshacía en el pecho, dando paso a una oleada de preguntas.
—¿Cómo? —preguntó—. Si estás vivo, ¿dónde has estado? ¿Por qué tu expediente decía que habías fallecido el mismo día de mi accidente?
Adrián soltó su brazo y alzó la carpeta de plástico negro. Deslizó el cierre hermético y extrajo un fajo de folios protegidos por fundas de celofán transparente.
—Porque Mateo falsificó mi certificado de defunción —explicó Adrián—.
Utilizó el caos del accidente de coche en este puente del 14 de noviembre para borrarme del sistema de Valle Sereno.
Mientras luchabas en el hospital, Mateo firmó mi traslado ficticio y fallecimiento.
Pero la realidad es que me mantuvo encerrado en el pabellón psiquiátrico abandonado.
Fui su prisionero, Laura. Fui el sujeto experimental número siete, el cuerpo sobre el cual probó el disociativo que luego te suministraría a ti bajo el nombre de Dormisen.
Laura contempló los documentos. A la luz de la pantalla de su teléfono, pudo distinguir los logotipos de Valle Sereno, gráficos de dosificación e informes firmados con el sello de Mateo.
—Él me usó como un laboratorio viviente —continuó Adrián—.
Quería comprobar la capacidad del Dormisen para fragmentar la memoria episódica.
Y cuando vio que funcionaba, que borraba recuerdos sin dejar rastro de daño cerebral evidente, lo aplicó contigo.
Te convirtió en su obra maestra. Te aisló en La Cabaña de los Pinos, a quince kilómetros del pueblo, haciéndose pasar por tu protector mientras te suministraba el fármaco para mantenerte en duda perpetua.
Laura sintió un escalofrío. Sus sospechas sobre el Dormisen se quedaban cortas ante la magnitud de la conspiración. Ella había sido el peón en un tablero diseñado por el hombre en quien más confiaba.
—Pero ¿por qué? —inquirió Laura—. ¿Por qué hacer todo esto conmigo? ¿Qué ganaba Mateo manteniéndome encerrada y drogada? ¿Qué descubrí yo antes del accidente para que decidiera destruir mi mente?
Adrián dio un paso hacia el guardarraíl de color plata y señaló el abismo negro del río.
—Tú no descubriste nada al principio, Laura. El que lo descubrió todo fue Daniel. Tu esposo.
El nombre de Daniel resonó en el puente como un trueno. Laura sintió una punzada de dolor físico en el pecho.
—Daniel era arquitecto —continuó Adrián, mostrándole un plano técnico—.
Mateo lo contrató para diseñar la ampliación de la clínica.
Al revisar la contabilidad, Daniel descubrió las irregularidades financieras y los contratos de financiación de un laboratorio extranjero.
Descubrió que Mateo realizaba ensayos clínicos ilegales con pacientes psiquiátricos que no podían dar su consentimiento.
Pacientes como yo, a los que administraba compuestos sin autorización.
Laura asintió, rememorando la cinta número '07' de la grabadora que había encontrado en su cabaña. En ella, la voz de Daniel la acusaba de estar obsesionada con el 'Proyecto Espejo'.
—Daniel intentó hablar contigo —dijo Adrián—.
Pero en ese momento, tú estabas tan influenciada por la aparente brillantez científica de Mateo que no le creíste.
Pensaste que era paranoia de su parte. Daniel, al ver que no encontraba apoyo, decidió reunir las pruebas por su cuenta.
Consiguió mis informes médicos reales, los contratos del laboratorio y los registros de las cuentas bancarias de Mateo.
Iba a presentarlos ante la fiscalía federal la mañana del 15 de noviembre de 2024.