Capítulo 13 La Huida en el Bosque #2
—No es real... —gimió, clavando las uñas en la tierra húmeda para anclarse al presente—. No es real. Daniel está muerto. Yo sobreviví al puente. Todo esto está en mi cabeza.
La visión del coche bajo el agua se fundió con el haz de Mateo, que bajaba la ladera. Estaba a menos de veinte metros. Las sombras de los pinos parecían garras que querían arrastrarla de vuelta al sótano de la cabaña, a Valle Sereno y a la prisión química.
—¿Laura? —el tono de Mateo era de resignación profesional—. Ya veo el rastro de tu caída. No te muevas. Estás sufriendo una crisis disociativa. Es el trauma del accidente. Déjame darte algo para calmarte.
Laura vio la silueta de Mateo en lo alto del terraplén.
En su mano libre, vislumbró el destello metálico de una jeringuilla.
El pánico alcanzó su punto más alto. Intentó arrastrarse sobre el barro, pero el dolor de su tobillo la mantenía clavada al suelo, indefensa ante el avance del doctor.
De pronto, un susurro suave y pausado cortó el rugido de la tormenta y de sus propios pensamientos.
—Laura.
No era la voz de Mateo. Tampoco la de Daniel. Era una voz más joven, con una entonación precisa y calmada, la misma que había escuchado en la cinta de la grabadora y en la llamada telefónica en la cabaña.
—Laura, mírame a mí. No mires al agua del río. El coche ya no está ahí. Tienes que moverte ahora mismo.
Laura giró la cabeza hacia la izquierda con desesperación, hacia la zona más oscura del bosque, donde el haz de luz de Mateo aún no había llegado.
Entre la penumbra de dos pinos centenarios, una silueta delgada se recortaba contra la niebla.
Llevaba una chaqueta impermeable azul marino gastada, con la capucha levantada sobre la cabeza.
Bajo la capucha, Laura pudo distinguir la palidez de un rostro joven y unos ojos oscuros, intensos y decididos.
Era Adrián Soler.
—¿Adrián? —susurró Laura, sintiendo que su cordura se tensaba hasta casi romperse. ¿Es real o es otro constructo de mi mente drogada?
—Tienes que levantarte, Laura —dijo Adrián, dando un paso en la penumbra del bosque.
Su voz era firme, un ancla de realidad en mitad de la tormenta—.
Si te quedas ahí tendida, Mateo ganará. Te inyectará el compuesto que lleva en la jeringuilla y todo lo que has descubierto desaparecerá de tu memoria.
Volverás a ser la paciente sumisa en la cabaña.
Olvidarás a Daniel y lo que te están haciendo.
—No puedo... —gimió Laura, indicando su tobillo derecho con desesperación—. Mi tobillo... está roto. No puedo apoyar el pie. Me desmayaré del dolor.
—Sí puedes —insistió Adrián, y su tono no admitía réplica.
Era la voz de un negociador experimentado, la que ella misma habría usado en el pasado—.
El dolor es solo una señal en tu cerebro.
Eres psicóloga, Laura; sabes cómo bloquearla.
Tienes que correr si quieres vivir. Sigue mi voz.
Mateo no conoce este sendero secundario del bosque.
A pocos metros, las ramas crujieron bajo las botas de Mateo. El haz de su linterna iluminó la roca detrás de la cual Laura se ocultaba. El doctor estaba a escasos pasos de descubrirla.
—¡Laura! —gritó Mateo—. Sé que estás detrás de esa roca. ¡No intentes moverte!
Laura tomó una bocanada de aire helado, llenando sus pulmones.
En un esfuerzo supremo de voluntad, clavó los dedos en la corteza rugosa de un pino y se obligó a ponerse en pie.
El tobillo protestó con una oleada de dolor tan intensa que vio destellos negros en su visión.
Sin embargo, apretó los dientes hasta sentir el sabor metálico de la sangre en su boca, y se negó a caer.
Se apoyó en su pierna izquierda, usando el tronco del pino como soporte.
—Por aquí, Laura —el susurro de Adrián llegó desde la oscuridad—. Da tres pasos a tu izquierda. Hay un paso estrecho entre las zarzas. Confía en mí.
Laura dio un paso cojeando, arrastrando el pie derecho sobre las hojas podridas.
El dolor era una tortura, pero la visión del coche hundiéndose en el Río Negro había desaparecido de su mente, reemplazada por la necesidad de sobrevivir.
Cruzó la maleza espinosa, sintiendo cómo las ramas le rasgaban la piel, pero continuó avanzando en la penumbra, guiada por la silueta de Adrián.
Detrás de ella, Mateo llegó a la gran roca.
Su potente linterna barrió el espacio vacío donde Laura había estado tendida en el barro.
Vio las huellas de su caída, la linterna de dinamo perdida en el riachuelo y el rastro de barro removido.
—¡Laura! —el grito de Mateo ya no tenía ningún matiz paternal. Era una mezcla de rabia contenida y frustración—. ¡Es inútil que sigas corriendo! ¡No vas a llegar a ninguna parte a oscuras y herida! ¡Te vas a matar en este bosque!
—No lo escuches, Laura —dijo la voz de Adrián, deslizándose entre los árboles—.
Mantente a la izquierda del sendero. El terreno se vuelve más plano aquí.
Sigue el murmullo del agua, pero no te aproximes a la orilla del lago.
El puente del Río Negro está a menos de un kilómetro por este camino. Si llegas allí, estarás a salvo.
Laura avanzaba en la oscuridad, guiada por los pasos ligeros de Adrián. Cada paso era una agonía que exigía toda su fuerza de voluntad. Sin embargo, su guía actuaba como un ancla mental que mantenía a raya las visiones disociativas.
"Adrián está muerto", recordó ella. Su expediente en Valle Sereno decía que había fallecido el mismo día del accidente. ¿Cómo podía estar guiándola? No era momento de analizar si era una alucinación o un superviviente real; él era su única oportunidad de escapar de Mateo.
A sus espaldas, la luz de Mateo barrió los arbustos a unos cincuenta metros.
El doctor avanzaba con más lentitud, obstaculizado por la maleza y por el terreno resbaladizo, pero no daba muestras de abandonar la persecución.
Su linterna potente seguía cortando la noche lluviosa, un recordatorio constante de que el peligro acechaba a muy poca distancia.
—Un poco más, Laura —la voz de Adrián sonaba más clara en medio de la tormenta—. El bosque se abre adelante. El puente sobre el Río Negro está muy cerca. Podrás ver las luces de la carretera en cuanto salgamos de la maleza.
Laura se obligó a dar otro paso cojeando, ignorando la debilidad extrema de sus músculos y el frío que ya amenazaba con causarle hipotermia.
La lluvia seguía cayendo sin piedad, lavando la sangre de su rostro pero empapando cada capa de su ropa hasta dejarla pesada y rígida.
Su mente se aferró a la imagen de los documentos del maletín: la firma falsificada de Mateo, las gotas de Dormisen que resultaron ser un compuesto experimental, la autopsia de Daniel.
La verdad estaba al alcance de su mano, si tan solo lograba resistir unos minutos más.
—Sigue adelante, Laura —susurró la voz de Adrián entre las sombras húmedas—. Ya casi estás en el puente. No dejes que Mateo te alcance. No dejes que te borre de nuevo.
Con el corazón desbocado, los pulmones ardiendo por el esfuerzo y el cuerpo al límite absoluto de sus fuerzas, Laura continuó su agónica huida a través del bosque lluvioso y oscuro, persiguiendo la silueta de Adrián Soler, decidida a enfrentarse a la verdad cara a cara en el puente del Río Negro, el lugar exacto donde todo había comenzado aquella trágica noche de noviembre.