Capítulo 13 La Huida en el Bosque
El silencio tras el crujido en el sótano fue aterrador.
Laura permaneció inmóvil junto al maletín abierto de Mateo, con los dedos rozando los frascos de Dormisen y el contrato de venta original de los terrenos de Valle Sereno firmado por su esposo, Daniel.
Su corazón golpeaba contra las costillas en la penumbra de La Cabaña de los Pinos.
El tiempo se había agotado por completo; los pasos del doctor ya subían la escalera desde el laboratorio del sótano.
—¿Laura? —la voz de Mateo llegó desde el piso inferior, con esa cadencia paternal y pausada que durante meses la había arrullado en una falsa sensación de seguridad—. ¿Estás ahí arriba? He oído un ruido.
Laura no respondió. Su mente, libre del disociativo tras haber escupido las últimas dosis del medicamento, funcionaba con la precisión de su época como negociadora policial.
Miró el maletín. Cerrarlo sin hacer ruido le llevaría unos segundos vitales.
Lo dejó abierto, confirmando que había descubierto su secreto, y retrocedió con sigilo hacia la parte trasera de la casa.
Escuchó el clic metálico de la puerta del sótano al abrirse.
Mateo ya estaba en la planta principal. Sus pasos se dirigieron al consultorio improvisado y luego se desviaron al pasillo.
—¿Laura?
El tono de Mateo cambió. Su máscara protectora se desvaneció, revelando el cálculo frío que ocultaba detrás de su fachada de amigo.
Laura se deslizó por la cocina hacia la puerta trasera.
Retiró el cerrojo conteniendo el aliento, intentando amortiguar el ruido metálico con la manga de su chaqueta impermeable.
Detrás de ella, en el pasillo, resonó el chasquido del cuero del maletín al ser manipulado.
Hubo una pausa de tres segundos de comprensión absoluta.
—Laura... —susurró Mateo, y esta vez su voz no ocultó la fría amenaza—. No debiste mirar ahí dentro. No estás preparada para la verdad. Todavía no.
Laura empujó la puerta de madera hacia fuera y se lanzó de lleno a la intemperie.
La tormenta la recibió con lluvia gélida y viento racheado.
El agua golpeaba los pinos con un murmullo ensordecedor y la niebla reducía la visibilidad a unos pocos metros.
Con el frío calándole la ropa, Laura comenzó a correr hacia la espesura del bosque oscuro, donde los árboles se alzaban como muros negros contra el cielo sin estrellas.
Llevaba una linterna pequeña de dinamo que había rescatado del cajón de la cocina.
Era un objeto metálico cuya luz temblorosa apenas lograba perforar la oscuridad.
Sus botas de montaña se hundieron en la tierra blanda del sendero que subía hacia la colina.
Cada paso requería un esfuerzo físico desmedido; el lodo succionaba el calzado con un chasquido pesado.
A sus espaldas, la cabaña se iluminó con una claridad violenta. Mateo había salido al porche trasero.
—¡Laura! —el grito de Mateo fue amortiguado por el viento—. ¡Detente! ¡El bosque es peligroso en tu estado! ¡Estás sufriendo un brote psicótico! ¡La falta del medicamento está alterando tu percepción! ¡Vuelve adentro!
Laura no miró atrás. Sabía que esa era la narrativa que Mateo usaría si lograba atraparla: la de la paciente inestable, la viuda rota por el dolor del accidente en el Río Negro, delirando bajo los efectos de un trauma no superado.
Era una manipulación perfecta. Mateo la había mantenido aislada a quince kilómetros de Sendero Verde para asegurarse de que su memoria permaneciera fragmentada y su voluntad sometida a la mentira química del Dormisen.
Un haz potente cortó la oscuridad detrás de ella.
La linterna táctica de Mateo barría los árboles con intensidad, proyectando sombras deformes sobre el suelo del bosque.
El doctor se movía rápido, con la firmeza de un cazador que conoce el terreno y busca capturar a su presa sin vacilación.
Laura aceleró, apartándose del sendero principal para adentrarse en la maleza más oscura.
Los arbustos espinosos y las ramas secas le arañaban la cara y las manos, pero apenas sentía el dolor físico.
La adrenalina corría por sus venas, anulando el frío y el cansancio.
Su respiración se convirtió en un jadeo rítmico, el aire helado quemando sus pulmones como si tragara cristales.
"No es real", se repetía, luchando contra la disociación que amenazaba con nublar sus sentidos.
"La cabaña es real. El laboratorio del sótano es real.
Mateo me ha estado drogando". Pero la duda, sembrada por dosis de Dormisen, susurraba en su cerebro: ¿Y si Mateo tiene razón?
¿Y si estás delirando por el trauma del accidente?
El haz de luz de Mateo barrió el pino a su lado. Laura se pegó al suelo, ocultándose detrás de una gran roca cubierta de musgo resbaladizo. Contuvo el aliento, presionando la espalda contra la piedra fría, con el pecho agitado. El agua de lluvia corría por sus mejillas mezclada con el sudor.
—Sé que estás cerca, Laura —la voz de Mateo sonaba próxima, distorsionada por la acústica húmeda del bosque—.
No puedes sobrevivir en este bosque sin tu medicación.
Tu cerebro va a colapsar debido al síndrome de abstinencia.
La falta del compuesto te provocará alucinaciones visuales severas.
¡Déjame ayudarte antes de que sea tarde!
El tono protector seguía allí, pero ahora Laura detectaba la desesperación.
Mateo sabía lo que ocurriría si ella lograba llegar a Sendero Verde y hablar con el inspector Marcos Leal libre del fármaco.
Sabía que la farsa del accidente en el puente del Río Negro comenzaría a desmoronarse y que sus experimentos ilegales quedarían al descubierto.
Laura se incorporó y volvió a correr, buscando una trayectoria descendente hacia el curso del río.
Sin embargo, la oscuridad era casi impenetrable.
La linterna pequeña apenas servía contra la cortina de agua y la niebla que se espesaba.
Corría por instinto, esquivando las siluetas de los troncos y golpeando las ramas bajas cargadas de agua helada.
El terreno se volvió abrupto, salpicado de rocas sueltas y zanjas ocultas.
Laura intentó rodear un talud de tierra arcillosa, pero la lluvia había convertido el suelo en una rampa deslizante.
En su prisa por alejarse del haz de luz de Mateo, no vio una raíz gruesa y resbaladiza que sobresalía del suelo.
Su bota derecha tropezó con violencia en la raíz.
El impacto la lanzó hacia delante. Laura perdió el equilibrio y cayó de bruces por la pendiente de tierra y piedras.
Rodó varios metros cuesta abajo, golpeándose contra el tronco de un pino joven.
Un dolor agudo y abrasador estalló en su tobillo derecho, una punzada helada que le subió por la pierna y le hizo soltar un gemido de agonía.
En la caída, la pequeña linterna se le escapó de los dedos.
Laura la vio rodar, un destello amarillo que rebotaba contra las piedras antes de caer en el cauce de un riachuelo desbordado al fondo de la vaguada.
El agua turbia devoró la linterna en un instante, dejándola sumida en una oscuridad total y opresiva.
Laura quedó tendida sobre el barro frío, temblando con el dolor del tobillo latiendo con fuerza.
Intentar apoyar el pie en el suelo le provocaba una intensa oleada de náuseas.
Estaba atrapada en el fondo de la vaguada.
A oscuras, herida y a merced de su perseguidor.
En lo alto de la pendiente, el haz blanco de la linterna de Mateo apareció de nuevo, cortando la niebla.
El doctor avanzaba con paso firme, guiado por el ruido de su caída.
—¿Laura? —llamó Mateo, su silueta recortada contra el resplandor de la linterna—. Sé que te has caído por el terraplén. Te he oído. No sigas con esta locura. Déjame ayudarte.
El pánico se apoderó de Laura. El dolor de su tobillo y la oscuridad comenzaron a erosionar su resistencia.
La lluvia que golpeaba su rostro ya no se sentía como agua del cielo; se sentía como el agua helada de un río que la envolvía y le impedía respirar.
El rumor del riachuelo cercano comenzó a crecer en sus oídos, transformándose en un rugido de metal retorcido y corriente desatada.
La desorientación la golpeó con la fuerza de un impacto físico.
Sus ojos dejaron de ver los pinos y las rocas embarradas.
En su lugar, el espacio a su alrededor pareció distorsionarse en un vórtice de recuerdos rotos.
Era la noche del 14 de noviembre de 2024.
La lluvia era la misma, una tormenta que azotaba el parabrisas con furia.
A su lado, en el asiento del copiloto, estaba Daniel.
Su rostro estaba sumido en la penumbra del habitáculo, pero Laura podía sentir su tensión extrema mientras sostenía la carpeta con los documentos robados de la Clínica Valle Sereno.
—Tenemos que parar el coche, Laura —decía Daniel, y su voz no venía del recuerdo lejano, sino que parecía resonar allí mismo, entre las sombras del bosque—. Los frenos... no responden. El pedal está completamente blando. ¡Laura, cuidado con el puente del Río Negro!
Laura sacudió la cabeza, pero la visión persistía.
Vio dos faros amarillos bajo el agua del riachuelo: era el coche de Daniel hundiéndose en el Río Negro.
Vio el capó sumergirse y las burbujas de aire escapar por las ventanillas mientras ella contemplaba la escena inmóvil, atrapada en una parálisis de terror.
Daniel estaba dentro, golpeando el cristal con desesperación.
Laura sintió que el agua del río le llenaba la boca y que la presión le aplastaba el pecho.
Su mente revivía el trauma original con crudeza, una respuesta disociativa detonada por la persecución.