El Reflejo de la Duda Capítulo 12 El Rastro Químico #2
80%

Capítulo 12 El Rastro Químico #2

Nembutal. Como psicóloga forense, Laura conocía el compuesto.

Esta variante modificada no estaba diseñada para curarla, sino para inducir confusión mental, amnesia retrógrada selectiva y sumisión.

Cada gota que había tomado no aliviaba su trauma, sino que borraba sus recuerdos episódicos del puente del Río Negro para evitar que la verdad emergiera.

Había colaborado en su propia destrucción, confiando en el hombre que llamaba amigo.

—Dios mío... —susurró, con una mezcla de horror y rabia ardiendo en su pecho.

Pero no era el único secreto que albergaba el maletín.

Laura continuó registrando el fondo del compartimento principal.

Sus dedos tropezaron con una carpeta de cartón azul marino, desgastada por los bordes y atada con una cinta elástica negra.

La desató con cuidado y abrió el primer folio.

Era un documento notarial con el membrete de la clínica Valle Sereno.

En la parte superior se leía: Contrato de Compraventa y Cesión de Derechos Territoriales - Valle Sereno .

Laura pasó las páginas con rapidez, buscando la sección de las firmas.

Al llegar a la última hoja, sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Allí, bajo el sello de la clínica y la firma autógrafa del Dr. Mateo Silva, estaba la firma de su esposo.

Daniel Vane .

La firma era temblorosa, casi irreconocible, como si la mano que sostenía la pluma hubiera sido forzada o hubiera estado bajo la influencia de alguna sustancia que anulara su voluntad.

La fecha del documento era del 12 de noviembre de 2024.

Apenas dos días antes del accidente automovilístico en el que Daniel perdió la vida y Laura casi pierde la cordura.

El contrato estipulaba la cesión de los terrenos de Valle Sereno a una sociedad fantasma controlada por Mateo.

Daniel, que había trabajado como arquitecto de la clínica y conocía el valor de la propiedad, se había opuesto al proyecto por considerarlo una estafa basada en el desvío de fondos.

El rompecabezas comenzó a encajar en la mente de Laura con una claridad dolorosa.

Daniel no había muerto en un simple accidente de tráfico provocado por el mal tiempo.

Daniel había descubierto la red de corrupción que Mateo había tejido en Valle Sereno.

Y Mateo lo había silenciado. El sabotaje del coche en el puente del Río Negro no estaba destinado a ella, o quizás sí, a ambos.

Pero ella había sobrevivido, y para evitar que recordara lo que había visto —para evitar que testificara sobre el sabotaje y sobre el propio Mateo manipulando el vehículo—, el médico la había recluido en la Cabaña de los Pinos, manteniéndola en un estado de neblina mental permanente gracias al rastro químico del Nembutal modificado.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Laura al escuchar un crujido metálico proveniente del sótano.

El sonido de los pasos de Mateo comenzó a subir por la escalera, esta vez más rápidos.

—¡Laura! —llamó Mateo desde el subsuelo, y su voz ya no sonaba calmada. Había una creciente impaciencia en su tono, una urgencia que rayaba en la hostilidad—. Sé que no estás abajo. ¿Dónde estás? No compliques más las cosas.

Laura cerró la carpeta azul con cuidado pero con rapidez, deslizándola de nuevo en el maletín tal y como la había encontrado.

Colocó los viales de Dormisen en su sitio y cerró la tapa de cuero, intentando que las hebillas metálicas quedaran exactamente en la misma posición en la que Mateo las había dejado.

Sus dedos temblaban tanto que casi tira la jeringa cargada que descansaba sobre la mesa.

La recogió en el último segundo, sosteniéndola entre sus dedos como un arma improvisada o una prueba física del veneno que le habían estado suministrando.

Miró a su alrededor. Volver al armario del pasillo era imposible; Mateo subiría por esa misma zona y la vería de inmediato.

El pasillo que conducía a los dormitorios también era una trampa sin salida.

La única salida era el ventanal que daba a la parte trasera de la cabaña, o la puerta de la cocina que conectaba con el cobertizo exterior.

Escuchó la mano de Mateo apoyándose en el marco de la puerta del sótano al salir al pasillo.

El haz de luz de su linterna volvió a recortarse contra las paredes del salón, barriendo el espacio a gran velocidad.

Mateo estaba enojado. La máscara del terapeuta comprensivo comenzaba a agrietarse, revelando al monstruo frío y calculador que se ocultaba detrás de ella.

—¿Laura? —la voz de Mateo estaba ahora a pocos metros, en el pasillo—. No seas insensata. Sabes que sin mí no puedes sobrevivir en este bosque. La tormenta es peligrosa. Sal de donde estés.

Laura se agachó detrás de la barra de la cocina americana, conteniendo la respiración una vez más.

El metal frío de la jeringa le quemaba la palma de la mano.

A través de la rejilla de los taburetes de madera de la cocina, vio a Mateo entrar al salón.

Su mirada se dirigió inmediatamente al maletín sobre la mesa.

Se acercó y pasó los dedos por el cuero, como si comprobara si alguien lo había tocado.

Luego, sus ojos se posaron en el espacio vacío donde antes estaba la jeringa cargada.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el retumbar del trueno que hizo vibrar los cimientos de la cabaña.

Mateo se quedó inmóvil junto a la mesa. Laura pudo ver cómo la mandíbula del médico se tensaba, perdiendo toda su habitual suavidad.

Apagó la linterna por un instante, sumiendo la habitación en una oscuridad casi total, confiando en que el contraste de la luz le permitiera detectar cualquier movimiento de Laura.

Laura cerró los ojos, apretando la jeringa contra su pecho.

En su mente, las palabras de Adrián Soler resonaron con fuerza: "Siempre supiste que Mateo no actuaba solo" .

¿Quién era Adrián realmente? ¿Un aliado real que intentaba salvarla, o una proyección de su propia culpa, la última defensa de un cerebro que se negaba a dejarse borrar por el rastro químico del Dormisen?

No importaba ahora. Lo único que importaba era salir viva de esa cabaña.

Mateo volvió a encender la linterna, apuntando el haz de luz directamente hacia la cocina.

—Laura... —susurró Mateo, y su voz ahora era un siseo frío, desprovisto de toda empatía—. Sé que tienes la jeringa. No me obligues a hacer esto de otra manera.

Laura deslizó su mano libre hacia el pestillo de la puerta de la cocina que daba al exterior.

El viento aullaba al otro lado del cristal, ofreciéndole una huida desesperada hacia la oscuridad del bosque lluvioso.

Tomó aire, sabiendo que en el momento en que abriera esa puerta, la persecución comenzaría y ya no habría vuelta atrás.

Su mente, antes fragmentada y confusa, parecía haberse aclarado gracias a la descarga de adrenalina y al descubrimiento de la verdad.

Ya no era la paciente sumisa del doctor Silva.

Volvía a ser la investigadora, la mujer que Daniel amaba, y estaba dispuesta a llegar hasta el final para desenterrar la verdad oculta bajo el rastro químico de la duda.

Abrió la puerta de golpe, permitiendo que la tormenta entrara con toda su furia en la cabaña, y se lanzó a la oscuridad de la noche lluviosa mientras a sus espaldas se escuchaba el grito de Mateo y el sonido de sus pasos apresurados iniciándose tras ella.