El Reflejo de la Duda Capítulo 12 El Rastro Químico
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Capítulo 12 El Rastro Químico

El aire dentro del armario del pasillo era denso, impregnado de un olor rancio a naftalina y madera vieja que la asfixiaba con cada inhalación.

Se presionó contra la pared del fondo, intentando fundirse con las sombras que proyectaban los abrigos sin usar de Daniel.

Sus dedos entumecidos se cerraron en torno a la barra de hierro del sótano.

La sentía helada, un ancla metálica que apenas lograba conectarla con una realidad desmoronada.

A través de las rendijas de la puerta, el pasillo de la Cabaña de los Pinos se extendía como una garganta oscura, rota solo por el resplandor de los relámpagos que se filtraban por el ventanal del salón.

Afuera, la tormenta rugía. El viento azotaba los pinos y la lluvia golpeaba los cristales, alimentando la paranoia que le martilleaba las sienes.

Por encima de la tempestad, escuchó el primer crujido.

Era el peso de una bota en los escalones del porche.

Un paso. Luego otro. Lentos, carentes de prisa.

El sonido paró ante la puerta. Laura contuvo el aliento.

El pomo giró. Tras un breve forcejeo, la cerradura cedió.

La puerta se abrió, dejando entrar una ráfaga de viento helado que hizo temblar las chaquetas del perchero, antes de cerrarse con un golpe seco que resonó en la cabaña.

—¿Laura? —la voz que pronunció su nombre era suave, modulada con una cadencia tranquila—. ¿Laura, estás aquí?

Era Mateo. Su voz no transmitía ira ni urgencia; era la misma voz paternal que la había acompañado durante los últimos dos años, la que le aseguraba que las sombras en su mente eran solo residuos del accidente, la que la había convencido de que la reclusión en la cabaña era su único camino hacia la cordura.

Escucharla ahora, en la absoluta oscuridad, le heló la sangre.

Un haz de luz blanca cortó la penumbra del salón.

Laura se encogió aún más tras los abrigos, observando a través de las rejillas de la puerta cómo la linterna de Mateo barría las paredes, deteniéndose en los cuadros polvorientos y luego en el pasillo que conducía al armario donde ella se ocultaba.

Vio la silueta de Mateo avanzar por el salón.

Llevaba su impermeable oscuro, brillante por la lluvia, y sostenía en la mano izquierda un maletín de cuero marrón, el mismo que traía en cada visita semanal.

Mateo dio unos pasos más, deteniéndose en el centro del salón. Se quitó los anteojos de montura fina y los limpió con parsimonia usando su camisa, sosteniendo la linterna bajo el brazo para iluminar su tarea. Incluso en ese momento, sus movimientos eran precisos, casi clínicos.

—Laura, sé que estás asustada —dijo Mateo, volviéndose a colocar los anteojos—.

Marcos me llamó. Estaba preocupado por ti, dijo que le habías dicho cosas muy extrañas por teléfono.

Tienes que entender que la falta de medicación está alterando tu percepción.

Es normal que te sientas desorientada, que veas cosas que no están ahí.

La desconexión con el tratamiento reactiva el TEPT de forma muy violenta. Estoy aquí para ayudarte, como siempre.

Laura sintió que una oleada de duda la invadía.

¿Y si Mateo tenía razón? ¿Y si todo esto —el laboratorio en el sótano, las llamadas de Adrián, las huellas en el barro— no eran más que un delirio psicótico provocado por su mente traumatizada tras el accidente en el puente del Río Negro?

Recordó el cuerpo de Daniel atrapado en el coche que se hundía en el agua negra, el dolor que aún le desgarraba el pecho.

La culpa era una sombra que distorsionaba todo.

Pero luego recordó el expediente vacío de Adrián en Valle Sereno, las llaves de Mateo que encontró junto a la fosa excavada a medias cerca del lago, y la advertencia desesperada del inspector Marcos Leal antes de que se cortara la comunicación.

No, no estaba loca. Sus instintos de negociadora policial, aquellos que le permitían leer a las personas bajo presión, le gritaban que Mateo mentía.

Su tono era demasiado perfecto. Era el tono de quien intenta apaciguar a un sujeto hostil mientras prepara el golpe definitivo.

Mateo avanzó por el pasillo. La luz de su linterna cruzó las rejillas del armario, proyectando líneas de sombra sobre el rostro de Laura.

Ella cerró los ojos, temiendo que él escuchara su respiración.

Aplicó la respiración táctica de control para ralentizar su pulso y evitar que sus rodillas chocaran contra la madera.

—Sé que has estado en el sótano, Laura —continuó Mateo, y esta vez hubo una sutil nota de frialdad en su tono—.

Dejaste la puerta abierta y la cerradura forzada.

No deberías haber bajado allí. Te lo advertí muchas veces: hay partes de tu pasado que no estás preparada para procesar.

Todo lo que hice en este lugar ha sido para protegerte del dolor.

Para mantenerte a salvo de tus propios recuerdos.

El médico caminó hacia la mesa del salón y depositó el maletín de cuero con un golpe seco.

La linterna quedó colocada en posición vertical sobre la mesa, proyectando una luz difusa hacia el techo que iluminaba la habitación con una claridad espectral.

A través de la rejilla, Laura vio cómo Mateo abría las hebillas metálicas del maletín.

El sonido del metal al chocar contra el cuero pareció amplificarse en el silencio.

Mateo metió la mano en el maletín y extrajo un vial de vidrio transparente con una etiqueta blanca y una jeringa desechable aún dentro de su envoltorio de plástico.

Laura sintió una punzada de pánico frío al ver el brillo de la aguja.

Con movimientos metódicos, Mateo rasgó el plástico de la jeringa, clavó la aguja a través del tapón de goma del vial y extrajo una dosis del líquido transparente.

—Has dejado de tomar tus gotas de Dormisen, Laura.

Lo sé porque tus ojos hoy mostraban una lucidez peligrosa, una lucidez que solo te traerá sufrimiento.

El Dormisen no es un castigo, es tu escudo.

Si dejas que el torrente de recuerdos regrese sin control, tu mente no lo soportará.

Deja que te ayude a dormir. Solo una dosis para estabilizarte, y mañana hablaremos de todo esto con calma.

Mateo dejó la jeringa cargada sobre la mesa, junto a la linterna. Luego, extrajo de su bolsillo un teléfono móvil satelital, mucho más robusto que un teléfono convencional, y miró la pantalla. Frunció el ceño.

—Maldita tormenta, no hay señal —murmuró para sí mismo.

Guardó el teléfono y volvió a mirar en dirección al pasillo. Su rostro, iluminado desde abajo por la linterna, adquirió una cualidad casi demoníaca; las sombras acentuaban las líneas de expresión alrededor de su boca y hacían desaparecer sus ojos tras el reflejo de las lentes.

—¿Estás en el sótano, verdad? —dijo Mateo en voz alta, dirigiéndose hacia la parte trasera de la cabaña, donde la puerta que conducía a las escaleras del sótano permanecía entornada—. Claro que sí. Es donde crees que encontrarás tus respuestas.

Mateo recogió la linterna de la mesa, dejando la jeringa cargada y el maletín abierto.

Con paso firme, se dirigió hacia la puerta del sótano.

Laura escuchó el chirrido de los goznes al abrirse por completo.

Los pasos de Mateo comenzaron a descender por la escalera de madera, amortiguados por la profundidad de la estructura.

El haz de luz de su linterna desapareció del salón, sumiendo la cabaña una vez más en una penumbra casi total, solo interrumpida por los fogonazos celestes de los relámpagos lejanos.

Esta era su única oportunidad. Si Mateo bajaba al sótano y no la encontraba, registraría la planta principal de inmediato, incluido el armario.

Su vida dependía de los próximos minutos.

Esperó tres segundos más para asegurarse de que Mateo había descendido lo suficiente.

El sonido de sus pisadas resonaba ahora con un eco hueco proveniente del subsuelo.

Despacio, con una lentitud desesperante, Laura empujó la puerta del armario.

La madera protestó con un gemido levísimo que a ella le pareció un disparo en mitad de la noche.

Se detuvo, con el corazón en la garganta, esperando alguna reacción.

Nada. Solo el rumor constante de la lluvia y el viento azotando los cristales.

Salió del armario con los pies descalzos, sintiendo el frío del suelo de madera.

Se movió con la agilidad y el sigilo de una sombra, esquivando las maderas del pasillo que sabía que crujían al pisarlas.

Cada paso era un ejercicio de control absoluto.

Llegó al salón y se acercó a la mesa de madera donde descansaba el maletín de Mateo.

La jeringa cargada brillaba sobre la mesa, un recordatorio silencioso de la amenaza que se cernía sobre ella.

Laura la ignoró por el momento y centró su atención en el maletín de Mateo.

Sus dedos temblorosos comenzaron a rebuscar en el interior con rapidez, intentando no desordenar los papeles para no dejar rastro de su intrusión.

Lo primero que encontró fueron varios frascos pequeños de Dormisen, idénticos a los que Mateo le suministraba todas las semanas.

Sin embargo, al mirarlos de cerca bajo la luz de un relámpago, notó algo diferente.

Debajo de la etiqueta comercial que rezaba "Dormisen - 10 ml", había otra etiqueta original que había sido raspada a medias, pero cuyas letras aún eran legibles si se examinaban con atención.

Laura acercó el frasco a sus ojos. Logró descifrar las palabras impresas con tipografía clínica: Nembutal Modificado (Fórmula Disocil-B) .