El Reflejo de la Duda Capítulo 11 Dos Voces en el Teléfono #2
73%

Capítulo 11 Dos Voces en el Teléfono #2

—¿Eso es lo que te has contado durante estos dos años para poder dormir?

—la risa de Daniel volvió a sonar, esta vez más distorsionada por la estática, adquiriendo un matiz metálico y burlón—.

Qué frágil es la mente de una negociadora cuando el rehén es ella misma.

Escucha con atención, Laura. El coche está en la puerta.

Mateo viene a por su última dosis. ¿Vas a abrirle la puerta o vas a seguir fingiendo que no sabes quién conducía realmente aquella noche en el puente?

Un golpe seco resonó fuera de la cabaña.

El sonido de la portezuela del todoterreno al cerrarse rasgó el silencio del bosque.

Laura dio un paso atrás, con los ojos desorbitados por el horror dual que la atenazaba: la presencia física del hombre que la había estado envenanando y la presencia espectral de su esposo muerto hablándole por el teléfono.

—Daniel, por favor... —suplicó, aunque no sabía a quién le estaba hablando realmente—. Dime qué pasó...

—Ya viene, mi amor —susurró la voz, volviendo a modular suavemente hacia el tono de Adrián—. Escóndete.

La llamada se cortó con un zumbido seco y continuo.

El tono de línea ocupada comenzó a sonar de inmediato, un pitido rítmico y monótono que parecía el latido de un corazón moribundo.

Pi... pi... pi... Laura soltó el auricular como si quemara.

Este cayó y quedó colgando del cable en espiral, balanceándose lentamente en la penumbra del salón, emitiendo el molesto pitido de la línea cortada.

Fuera, los pasos comenzaron a crujir sobre la grava húmeda que rodeaba el porche.

Eran pasos lentos, firmes, medidos. La pisada de alguien que no tenía prisa porque sabía que su presa no tenía a dónde ir.

El pánico amenazó con paralizar sus extremidades, pero el instinto de supervivencia, pulido durante años de enfrentarse a criminales en situaciones límite, se impuso.

No podía quedarse en el salón. El salón tenía grandes ventanales y estaba expuesto a la luz indirecta de los faros del todoterreno.

El sótano estaba cerrado por fuera y descender de nuevo significaría arrinconarse a sí misma en una ratonera sin salida.

Su única opción era ganar tiempo, observar y esperar una oportunidad para neutralizar a Mateo o huir hacia el bosque una vez que él estuviera dentro. Pensó en el pasillo de la cabaña.

Allí, a mitad de camino entre el salón y el dormitorio principal, se encontraba el armario empotrado donde se guardaban los abrigos de invierno y las mantas de repuesto.

Era un armario de doble hoja de madera de pino con rejillas de ventilación horizontales, lo que le permitiría ver el pasillo sin ser vista.

Además, en el suelo de ese armario se encontraba la trampilla disimulada que daba acceso al subsuelo de la cabaña, un espacio angosto que podría servir como vía de escape de emergencia si Mateo decidía registrar el armario.

El crujido de los tablones de madera del porche exterior le indicó que Mateo ya estaba subiendo los escalones principales.

El sonido era húmedo y pesado. Laura se agachó, recogió la barra de hierro del suelo con mano firme y se deslizó hacia el pasillo.

La oscuridad allí era aún más densa, pero conocía la distribución de la cabaña de memoria.

Llegó a las puertas del armario, tiró de una de las manijas con suavidad, evitando que los goznes oxidados emitieran algún chirrido, y se introdujo en el estrecho habitáculo.

El olor a humedad, lana vieja y naftalina la envolvió al instante.

Se abrió paso entre las pesadas parkas impermeables y los abrigos de lana gruesa, empujándolos hacia los lados para crear un espacio donde poder mantenerse de pie sin hacer ruido.

Colocó la barra de hierro en vertical, apoyada contra su pierna, lista para ser usada como arma de último recurso.

A través de las rendijas de las lamas de madera de la puerta del armario, Laura tenía una visión directa del final del pasillo y de la puerta principal de la cabaña.

El pomo de la puerta principal comenzó a moverse.

Se escuchó el tintineo metálico de un manojo de llaves introduciéndose en la cerradura.

El mecanismo giró una vez. Luego dos. La cerradura cedió con un golpe seco que resonó en toda la cabaña.

La puerta se abrió lentamente, dejando entrar una ráfaga de aire frío y húmedo impregnado del olor a tierra mojada, ozono y resina de pino.

La silueta alta y corpulenta del doctor Mateo Silva se recortó contra el resplandor grisáceo de la tormenta exterior.

Llevaba una gabardina oscura empapada por la lluvia y sostenía un maletín de cuero negro en la mano derecha.

Su rostro quedaba en la penumbra, pero sus anteojos de montura fina captaron por un instante el reflejo de las luces de su todoterreno.

Mateo dio un paso al interior de la cabaña, cerró la puerta a su espalda con suavidad y pasó el pestillo.

El silencio volvió a reinar, roto únicamente por el goteo constante del agua que caía de su gabardina sobre el suelo de madera.

—¿Laura? —llamó Mateo con su habitual voz calmada, profesional y paternal—. ¿Laura, estás aquí? Sé que la tormenta ha cortado la luz. He venido a ver cómo te encuentras.

Laura, oculta en la negrura del armario, contuvo el aliento, sintiendo cómo el corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temía que Mateo pudiera escucharlo desde el pasillo.

La voz del médico, antes un bálsamo de seguridad, ahora le sonaba como el siseo de una serpiente dispuesta a atacar.

Ella se pegó a la pared interna del armario, procurando que los abrigos amortiguaran cualquier roce incidental.

A través de las lamas de la puerta, observó cómo Mateo caminaba hacia la chimenea, donde reposaba el teléfono fijo.

Su mirada se desvió un instante hacia el auricular que colgaba de la pared, balanceándose en el vacío como un péndulo silencioso.

El pitido de línea ocupada seguía saliendo de la bocina, un murmullo continuo que delataba una comunicación recién cortada.

Mateo frunció el ceño en la penumbra, dio un paso hacia el aparato y colocó el auricular en su sitio con un movimiento seco, apagando el molesto zumbido.

Después, dejó el maletín de cuero sobre la mesa del salón y comenzó a avanzar lentamente por el pasillo, en dirección a donde ella se encontraba escondida.