El Reflejo de la Duda Capítulo 11 Dos Voces en el Teléfono
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Capítulo 11 Dos Voces en el Teléfono

La oscuridad en La Cabaña de los Pinos no era un vacío pasivo; era una presencia física, densa y fría, que se adhería a la piel de Laura Vane como el sudor helado que cubría su frente.

Acababa de cerrar la puerta del sótano tras de sí.

Su mano derecha, entumecida por la tensión, aferraba una barra de hierro oxidada que había encontrado junto a la caldera, mientras que en la izquierda sostenía la linterna cuya luz vacilante comenzaba a flaquear, proyectando círculos concéntricos de un amarillo moribundo sobre el suelo de madera.

Laura se apoyó contra la pared del pasillo, intentando estabilizar su respiración.

Sentía una opresión en el pecho, un nudo ardiente que amenazaba con ahogarla.

Los síntomas del síndrome de abstinencia del Dormisen se manifestaban ahora con una intensidad salvaje.

Hacía más de veinticuatro horas que no tomaba las gotas que Mateo le suministraba semanalmente, y su cerebro, privado del sedante, reaccionaba con una hipersensibilidad dolorosa.

Cada sonido exterior se amplificaba: el repiqueteo incesante de la lluvia contra las tejas, el crujido de las vigas sometidas a la presión del viento y el susurro lúgubre de los pinos que rodeaban la propiedad, situados a quince kilómetros del pueblo de Sendero Verde .

La distancia física del pueblo no hacía más que acentuar su aislamiento, transformando la cabaña en un presidio forestal en mitad de la tormenta.

Laura dio un respingo, casi dejando caer la barra de hierro.

El sonido provenía del salón. Era el teléfono fijo, un viejo aparato de baquelita negra empotrado en la pared junto a la chimenea apagada.

La electricidad se había cortado hacía menos de una hora, tras la última y desesperada llamada del inspector Marcos Leal.

Marcos le había advertido que saliera de allí, que Mateo había falsificado su firma para trasladar a Adrián y que estaba en peligro.

Pero el teléfono fijo, alimentado por la línea de cobre de la compañía telefónica que corría bajo tierra, seguía funcionando.

El aparato volvió a sonar. Un tono largo, estridente, que resonó en las paredes de madera como una alarma de evacuación.

Riiing.

Laura se quedó inmóvil en el umbral del pasillo, con los ojos fijos en la silueta difusa del teléfono en la distancia.

Su entrenamiento como psicóloga forense y exnegociadora de la policía luchaba contra el pánico primario que la instaba a huir por la puerta trasera hacia el bosque lluvioso.

En una situación de crisis, la información era la única moneda de cambio válida.

Cortar la comunicación era ceder el control.

Pero, ¿quién podía llamarla a estas horas, en mitad de una tormenta que había aislado la región?

¿Sería Marcos intentando restablecer el contacto?

¿O Mateo vigilando sus movimientos? El tercer timbrazo pareció vibrar directamente en sus sienes.

Con paso lento y cauteloso, Laura avanzó por el salón oscuro.

Sus botas de montaña, aún cubiertas por el barro seco del lago, apenas hacían ruido sobre la alfombra gastada.

Dejó la barra de hierro sobre la mesa ratona, asegurándose de que quedara a mano, y extendió los dedos temblorosos hacia el auricular de baquelita.

El plástico estaba frío como el hielo. Lo levantó y se lo llevó al oído.

—¿Hola? —dijo ella, con una voz que intentó mantener firme, utilizando el tono neutro y controlado de sus años en el cuerpo de policía.

Al otro lado de la línea, solo se escuchaba un siseo estático, como el sonido del viento arrastrando hojas secas sobre el asfalto. Laura contuvo la respiración, esperando.

—Laura —susurró una voz.

El pulso de Laura se aceleró. Reconoció el tono de inmediato. Era una voz pausada, ligeramente ronca, con una cadencia que oscilaba entre la urgencia y una extraña serenidad.

—¿Adrián? —preguntó Laura, apretando el auricular con tanta fuerza que los nudillos se le tiñeron de blanco—. ¿Dónde estás? Marcos me llamó... me dijo que tú...

—No hay tiempo, Laura —la interrumpió Adrián Soler.

Su voz sonaba amortiguada, como si hablara desde una cabina pública bajo la lluvia o con la mano cubriendo parte del micrófono—.

Tienes que salir de la cabaña inmediatamente.

Mateo ya está en camino. Ha descubierto que no estás tomando el Dormisen y sabe que has estado investigando las llaves del archivo. Viene a silenciar el experimento.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Laura. La palabra "experimento" resonó en sus oídos con el eco de los frascos de Disocil que había visto en el sótano.

—¿De qué experimento hablas, Adrián? —exigió Laura, dando un paso hacia la ventana que daba al camino de acceso—.

He estado en el sótano. He visto el consultorio replicado.

He visto las fichas médicas con mi nombre.

¿Quién eres tú realmente? ¿Por qué tu expediente en Valle Sereno está vacío?

¿Por qué dice que moriste el catorce de noviembre?

—Porque para el mundo estoy muerto, Laura.

Mateo se encargó de eso —respondió Adrián.

La estática en la línea pareció intensificarse, distorsionando sus palabras—.

Pero tú lo sabes mejor que nadie. Tú me ayudaste a ocultarme antes de que tu memoria fuera borrada por las gotas.

Cada miligramo de Dormisen que te obligaba a tragar era un clavo más en el auge de tus recuerdos perdidos.

Mateo necesita que sigas siendo la viuda traumatizada, la paciente desahuciada que no puede testificar en un tribunal.

Si recuerdas lo que pasó en el puente del Río Negro. ..

De repente, una luz blanca y cegadora barrió el salón de la cabaña.

Laura se agachó instintivamente, dejando caer la linterna apagada al suelo.

A través del cristal sucio de la ventana principal, dos potentes faros antiniebla cortaron la cortina de agua y la bruma del bosque.

El sonido sordo y pesado de un motor diésel de gran cilindrada vibró en el aire húmedo.

Un todoterreno oscuro avanzaba lentamente por el sendero de tierra batida, aplastando las ramas caídas y las piñas con un crujido metálico.

Era el coche de Mateo.

Las luces del vehículo barrieron el interior de la cabaña de izquierda a derecha, dibujando sombras alargadas y grotescas de los muebles sobre las paredes de madera.

El haz de luz iluminó por un instante el rostro pálido de Laura, que se había parapetado detrás del marco de la ventana, con el teléfono aún pegado a la oreja.

—Está aquí —susurró Laura, con la garganta seca—. El todoterreno de Mateo acaba de aparcar fuera. Adrián, tienes que decirme la verdad ahora mismo. No sé qué es real y qué es una alucinación causada por la abstinencia del Disocil. Dime qué pasó esa noche en el puente. Dime por qué Daniel...

—Siempre tuviste las respuestas, Laura —dijo la voz al otro lado de la línea.

El tono de Adrián ya no era apresurado; ahora sonaba frío, distante, casi analítico—.

Solo tenías que mirar detrás del reflejo de la duda.

Fuiste una gran negociadora, una profesional impecable.

Pero decidiste autoengañarte para no enfrentarte a la realidad.

Sabes perfectamente que Mateo no actuaba solo.

Laura sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

El todoterreno fuera de la cabaña apagó los faros principales, dejando solo las luces de posición encendidas, que proyectaban un resplandor fantasmal e indirecto sobre el porche de madera.

El motor se detuvo, dejando tras de sí un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el tintineo del metal caliente enfriándose bajo la lluvia y el siseo del teléfono.

—¿Qué quieres decir con que no actuaba solo? —preguntó Laura en un susurro desesperado, mientras vigilaba la silueta que comenzaba a recortarse tras el parabrisas del vehículo—. ¿Quién lo ayudaba? ¿Había alguien más en la clínica Valle Sereno?

La línea telefónica emitió un chasquido agudo.

Entonces, la voz de Adrián Soler cambió.

No fue una transición abrupta, sino un deslizamiento sutil en la frecuencia, una modulación en la que el tono pálido y tenso de Adrián se disolvió para dar paso a una tesitura más profunda, más cálida, impregnada de una familiaridad dolorosa que Laura reconoció en el nivel más profundo de su ser.

—Siempre supiste que Mateo no actuaba solo, mi amor.

Laura se quedó paralizada. El auricular pareció congelarse en su mano.

Esa voz. No era Adrián. Era la voz de Daniel Vane.

Su esposo. El hombre que había visto morir en el puente del Río Negro, el hombre cuyo cuerpo había sido rescatado de las aguas heladas aquella noche de noviembre.

Una risa suave y contenida llegó a través del auricular.

Era una risa que Laura había escuchado miles de veces en la intimidad de su hogar, el sonido que Daniel emitía cuando terminaba de diseñar un plano complejo o cuando la observaba leer en el sofá. Una risa que mezclaba ironía y ternura.

—Daniel... —la voz de Laura fue apenas un hilo de voz, un gemido de puro terror psicológico—. No... tú estás muerto. Esto no es real. Es el fármaco... es la abstinencia del Dormisen... mi mente está colapsando...

—¿De verdad crees que la química puede inventar una voz que conoces tan bien?

—dijo la voz de Daniel a través del receptor, con un tono pausado y cariñoso que resultaba infinitamente más aterrador que cualquier amenaza—.

La memoria es un espejo roto, Laura. Y tú te estás empeñando en recoger los pedazos descalza.

Mateo solo era el arquitecto del olvido, pero tú pusiste los cimientos.

Tú firmaste los traslados de Adrián. Tú sabías lo que hacíamos en Valle Sereno.

—¡No! —sollozó Laura, cubriéndose la boca con la mano izquierda para no gritar—. ¡Daniel denunció a Mateo! ¡Él quería detener los experimentos!