Capítulo 10 La Habitación Cerrada #2
“Sesión 14. 8 de mayo de 2024. La Dra. Vane continúa utilizando al paciente Adrián Soler como sujeto principal para las pruebas del compuesto Lote 14 (Nembutal modificado). El paciente muestra una respuesta favorable a la supresión de recuerdos, aunque experimenta lagunas e intrusiones disociativas de terceras identidades.” Laura sacudió la cabeza, sintiendo que un abismo se abría ante ella.
¿Ella misma había estado experimentando con Adrián?
¿Había sido ella la responsable de su tratamiento experimental?
La grabadora del armario, la cinta número 07 que había escuchado días atrás, cobraba sentido.
Daniel la acusaba de estar obsesionada con un proyecto secreto en Valle Sereno llamado "Proyecto Espejo".
Y ella... ella estaba en el centro de todo.
Había sido cómplice o víctima de los experimentos antes de que su propia memoria fuera borrada.
Al final del expediente de Adrián encontró el documento de traslado firmado el 14 de noviembre de 2024, el mismo día del accidente del Río Negro.
El documento justificaba la salida de Adrián debido a una supuesta mejoría.
Al pie de la página, en la línea de la firma del médico responsable, figuraba su nombre calcado: Dra.
Laura Vane . Laura examinó la firma con detenimiento forense.
Parecía idéntica, pero notó las vacilaciones del trazo.
La tinta mostraba paradas y temblores inexistentes en su escritura habitual, indicios de que alguien había copiado su firma sobre una plantilla luminosa.
"Mateo la falsificó", pensó con rabia sorda. "Él sacó a Adrián de la clínica el mismo día de mi accidente para ocultarlo de la investigación federal."
Laura comprendió entonces el sentido de aquel laboratorio clandestino en su propio retiro.
Mateo había trasladado de prisa y corriendo todos los archivos confidenciales, las fotografías de seguimiento y las muestras del Nembutal experimental desde las oficinas de Valle Sereno a esta cabaña remota en cuanto se iniciaron las redadas de la auditoría federal en la clínica.
Aprovechando que la cabaña estaba a su nombre de forma no registrada, y confiando ciegamente en que Laura permanecería en un letargo químico constante gracias a la dosificación regular de Dormisen, supuso que el sótano clausurado de La Cabaña de los Pinos era el último lugar del mundo donde los inspectores o ella misma buscarían.
Fue una jugada desesperada para salvar su investigación de la incautación judicial.
Volvió al archivador. Al fondo del cajón, casi oculta tras los separadores, había una carpeta de color rojo con una etiqueta adhesiva blanca: LAURA VANE - PROTOCOLO DE CONTENCIÓN .
La abrió con manos trémulas. Las hojas estaban llenas de anotaciones recientes escritas por Mateo:
“Observaciones clínicas sobre el sujeto Laura Vane. Estado del tratamiento pos-accidente: La administración diaria de Dormisen (Nembutal modificado, Lote 14) es eficaz para mantener bloqueada la memoria episódica del evento del 14 de noviembre. El sujeto continúa creyendo que la amnesia es consecuencia del traumatismo craneal. Se observa resistencia cognitiva: el cerebro del sujeto intenta rellenar las lagunas proyectando a Adrián Soler. Es necesario aumentar la dosis a 8 gotas diarias para asegurar el bloqueo y evitar que recuerde los acontecimientos previos al sabotaje del puente.” Laura sintió que la habitación daba vueltas.
Las palabras se le clavaban en el cerebro como agujas de hielo: sabotaje del puente , bloquear la memoria .
Mateo no la estaba tratando para que se recuperara; la estaba drogando sistemáticamente para borrar lo que pasó aquella noche.
Su recuperación era una mentira. La cabaña era su prisión de montaña y Mateo su carcelero silencioso.
Se levantó de la silla de un salto, empujándola hacia atrás con fuerza.
Dejó caer la linterna sobre el escritorio por un segundo mientras se llevaba las manos a la cabeza, intentando contener la avalancha de revelaciones que amenaba con desbordar su psique.
Las piezas del rompecabezas que habían estado esparcidas en su mente durante dos años comenzaban a encajar con una lógica monstruosa y fría.
Recogió la linterna y enfocó el haz de luz hacia la parte posterior de la habitación, más allá del consultorio simulado.
En una esquina, fuera de la réplica de la oficina, había una mesa de metal industrial con aparatos clínicos y un pequeño refrigerador portátil conectado a la corriente que emitía un zumbido eléctrico constante.
Laura se acercó con pasos vacilantes. Sobre la mesa reposaban cajas de cartón abiertas y un contenedor de plástico para residuos.
Al lado de una gradilla con tubos de ensayo, vio tres frascos de vidrio ámbar, idénticos a los del Dormisen.
Cogió uno de los frascos. La etiqueta estaba impresa con el logotipo de la Clínica Valle Sereno en la esquina superior izquierda. Leyó el texto en voz alta en un susurro tembloroso:
— Nembutal modificado. Lote 14. Compuesto disociativo experimental. Concentración: 50 mg/ml. Uso exclusivo para investigación clínica.
El frasco estaba completamente vacío. Laura lo giró entre sus dedos y observó que en la base había una pequeña etiqueta manuscrita: Suministro L.V.
- Fase de mantenimiento . El Dormisen que tomaba cada noche no era un ansiolítico común.
Era un disociativo modificado del Lote 14, un compuesto químico experimental diseñado específicamente para fragmentar la memoria episódica, para mantenerla atrapada en un estado de confusión perpetua donde sus propios recuerdos paracían alucinaciones.
Mateo la había estado envenenando con precisión médica, controlando las dosis para mantenerla en el límite de la cordura, el tiempo suficiente para que el caso del accidente cayera en el olvido y nadie investigara lo que realmente pasó.
¿Y Daniel? ¿Qué papel jugaba su esposo muerto en todo esto?
El expediente sugería que Daniel había descubierto los experimentos ilegales de Valle Sereno y planeaba denunciarlos a las autoridades. Mateo no podía permitirlo.
Laura dejó el frasco vacío sobre la mesa metálica, produciendo un tintineo de vidrio que rompió el silencio.
Se dio la vuelta para regresar al escritorio, sintiendo que la ira comenzaba a sustituir al miedo.
La lucidez dolorosa que le proporcionaba la abstinencia al fármaco se convirtió en una determinación fría y cortante.
Fue en ese momento cuando la luz de su linterna iluminó la pared de pladur que se encontraba justo al lado del escritorio, un espacio que había quedado en la penumbra mientras ella revisaba los archivadores.
Allí, fijado con una chincheta metálica en el centro del corcho de anuncios que solía usar en su oficina para colgar el calendario, había un único objeto.
Laura se acercó lentamente, como si el objeto ejerciera una atracción gravitatoria sobre ella.
Su mano izquierda, la que sostenía la linterna, comenzó a temblar de nuevo, haciendo que el círculo de luz blanca bailara sobre la superficie del corcho.
Era una fotografía en papel satinado de tamaño estándar.
La imagen mostraba a Laura en el interior de su propio coche, con las manos apoyadas en el volante de cuero negro y una sonrisa tranquila dibujada en el rostro.
La fotografía había sido tomada desde el exterior, a través del cristal de la ventanilla del conductor, con un teleobjetivo potente que captaba cada detalle con una nitidez casi obscena.
El fondo estaba ligeramente desenfocado, pero Laura reconoció el perfil de los árboles y la barandilla de hierro del puente del Río Negro bajo la luz del atardecer.
Era la tarde del 14 de noviembre de 2024, el día del accidente.
Pero lo más aterrador no era la fecha ni el lugar.
Alguien había trazado una cruz roja enorme, gruesa y violenta directamente sobre su rostro en la foto.
El trazo del rotulador permanente era tan ancho que borraba casi por completo sus facciones, dejando únicamente visibles sus manos sobre el volante y su silueta en el asiento.
Los bordes de la cruz roja parecían arañar el papel, como si la persona que la había dibujado hubiera descargado una rabia contenida al presionar el rotulador contra la imagen.
Laura sintió que la sangre se le congelaba en las venas.
La fotografía era la prueba definitiva de que el accidente del puente del Río Negro no había sido un trágico error de conducción bajo la lluvia.
Habían sido vigilados. Habían sido seguidos.
Ella era un objetivo marcado, una pieza molesta que debía ser eliminada o silenciada.
Andar a oscuras y drogada en la cabaña no era una casualidad; era parte del plan de Mateo.
"No fue un accidente", susurró Laura, sintiendo que las lágrimas de rabia y horror finalmente se abrían paso por sus mejillas descoloridas. "Daniel... él sabía lo que estaban haciendo en la clínica. Y Mateo nos saboteó. Nos quería muertos a los dos."
De repente, un sonido seco y cortante rasgó el aire del sótano.
No provino del exterior de la cabaña, ni del azote de la lluvia sobre el tejado.
Fue el sonido de un peldaño de madera crujiendo bajo una presión lenta y deliberada.
El primer escalón de la escalera del sótano, el que estaba justo al fondo de la cocina, acababa de ceder bajo el peso de un paso humano.
Laura apagó la linterna de inmediato. La oscuridad más absoluta y fría la envolvió en un segundo, borrando el consultorio simulado, los expedientes médicos, los frascos vacíos de Nembutal y la fotografía marcada con la cruz roja.
El silencio que siguió al crujido fue denso, asfixiante, cargado de una tensión insoportable.
Laura apretó con fuerza la barra de hierro con su mano derecha, sintiendo el metal frío contra su palma.
Dio un paso atrás, pegando su espalda contra la pared de pladur, intentando controlar su respiración y sus latidos desbocados.
Otro crujido de madera resonó en el sótano, más bajo esta vez, seguido por el leve y rítmico arrastre de unos pasos que comenzaban a descender la escalera en la penumbra. Alguien estaba bajando al sótano. Y Laura sabía que no tenía otra salida.