El Reflejo de la Duda Capítulo 10 La Habitación Cerrada
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Capítulo 10 La Habitación Cerrada

El súbito silencio que siguió al corte de la llamada del inspector Marcos Leal se sintió como un golpe físico.

La línea telefónica, que un segundo antes vibraba con la advertencia de su antiguo compañero, se transformó en un zumbido estático, un siseo monótono que imitaba la lluvia exterior.

Laura Vane permaneció inmóvil, con el auricular pegado a la oreja, sintiendo el frío del plástico en su mejilla.

—¿Marcos? ¿Me oyes? —susurró, con una voz que sonó trémula y ajena en la penumbra.

Solo el vacío de la línea muerta respondió.

Colgó lentamente, intentando que el impacto del metal no rompiera el frágil silencio de la estancia.

Casi al instante, las luces de la cabaña parpadearon y se apagaron.

La bombilla halógena del salón se desvaneció, sumiendo el espacio en una oscuridad densa, casi palpable.

Laura contuvo el aliento. En La Cabaña de los Pinos, la oscuridad era una presencia física, una masa fría que se filtraba desde el bosque a través de las rendijas.

Afuera, la tormenta arreciaba sobre el tejado metálico con un tableteo ensordecedor, un compás caótico que resonaba en sus sienes.

Las ramas desnudas de los pinos golpeaban los cristales con un ritmo irregular, como dedos de madera que intentaran abrirse paso hacia su refugio.

Sintió una punzada de dolor detrás de los ojos, síntoma inconfundible del síndrome de abstinencia.

Hacía días que había comenzado a escupir las gotas de Dormisen que el doctor Mateo Silva le suministraba.

Ocho gotas, le había prescrito, alegando que su mente necesitaba descansar de los fantasmas del accidente en el Río Negro.

Pero Laura, guiada por un instinto de supervivencia, había fingido tragarlas para luego desecharlas en el lavabo.

Ahora, libre de la bruma química, su cerebro funcionaba a una velocidad alarmante, procesando estímulos con una lucidez febril y dolorosa.

Las palabras de Marcos seguían resonando con la fuerza de un veredicto: el coche cuyas llaves encontró pertenecía a Mateo; Adrián Soler existió y desapareció el día del accidente; la firma en la orden de traslado era una falsificación de Mateo.

¡Sal de ahí inmediatamente! , le había advertido.

Pero la tormenta rugía y el pueblo estaba a quince kilómetros de pistas embarradas.

Sin coche, la cabaña era su única opción de refugio y su trampa.

¿Todo había sido una farsa? ¿Mateo, su terapeuta y protector tras la muerte de su esposo Daniel, era en realidad el arquitecto de su encierro?

Laura recordó las infusiones que Mateo le preparaba mientras ella lloraba pérdidas que apenas lograba reconstruir en su memoria fragmentada.

Recordó su voz suave diciendo que las lagunas eran normales, que el cerebro se protege del dolor borrando las escenas del choque.

Todo había sido un plan de contención. De repente, un sonido rompió la monotonía de la tormenta.

Fue un crujido de madera vieja seguido de un golpe metálico amortiguado. Venía del sótano.

Laura se congeló, con la mano crispada sobre el mueble del teléfono.

Redujo su respiración al mínimo, intentando captar cualquier variación de luz o sombra.

Las sienes le latían con fuerza. ¿Había sido una alucinación?

En las últimas semanas, la línea entre lo real y lo imaginado se había vuelto delgada.

Adrián Soler se le aparecía entre los árboles, una silueta pálida con su chaqueta impermeable azul marino.

Pero esto era diferente. El crujido de abajo tenía una cualidad física, un peso que no pertenecía al mundo de los fantasmas.

Un segundo crujido rasgó el silencio. Algo se movía abajo, desplazándose con lentitud.

Ese sótano siempre había sido un territorio vedado.

El casero le había advertido que la planta inferior estaba clausurada por peligro de derrumbe.

La puerta de acceso, al fondo de la cocina, permanecía cerrada con un candado de combinación y una pesada cerradura.

Laura nunca lo había cuestionado. Hasta ahora.

La adrenalina barrió el dolor de cabeza.

Su entrenamiento policial se activó; no podía quedarse allí arriba esperando al intruso. Debía tomar la iniciativa.

Tanteó en la penumbra del salón hasta dar con el atizador de la chimenea: una barra de hierro pesada y sólida que empuñó con firmeza.

En la cocina, esquivando el mobiliario a ciegas, cogió del aparador una linterna táctica.

No la encendió para no delatar su posición.

Se deslizó hacia la puerta del sótano. De abajo subía una corriente helada impregnada de un olor singular a éter, alcohol y lavanda: el aroma característico de la Clínica Valle Sereno.

Buscó en su bolsillo las llaves de Mateo y separó la que decía Archivo 4B - Sótano .

Con pulso tembloroso, introdujo la llave en la cerradura, la cual giró con suavidad.

El cerrojo cedió con un clac rotundo. Laura contuvo el aliento esperando una reacción inmediata, pero solo el viento respondió.

Encendió la linterna y empujó la puerta; las bisagras gimieron con un chirrido agudo.

Apuntó el haz hacia la escalera. Los escalones de pino brillaban por la humedad, pero lo que la alarmó fue la ausencia de polvo en el centro: había huellas recientes de zapatos formales que subían y bajaban.

Descendió despacio, sintiendo el crujido de la madera vieja.

El olor clínico se intensificaba, denso y dulce, trayendo de vuelta la bruma de las sesiones de Mateo.

Abajo, la linterna reveló un tabique de yeso gris que dividía el sótano.

En el centro, una puerta de madera de haya con picaporte de acero inoxidable desentonaba por completo con el entorno rústico.

Laura se acercó con pasos lentos. La disonancia de encontrar una oficina clínica oculta en ese lugar la abrumaba.

Colocó la mano sobre el pomo frío, giró el picaporte y empujó la puerta.

La hoja se abrió sin ruido. Laura barrió el interior con la luz y se le cortó la respiración.

Sus rodillas flaquearon y tuvo que apoyarse contra el marco para no caer.

La barra de hierro chocó contra el metal con un tañido sordo.

—No... no puede ser real —susurró, con lágrimas de incredulidad.

Frente a ella se desplegaba una réplica exacta, milimétrica, de su antiguo consultorio en la Clínica de Salud Mental Valle Sereno.

Allí estaba el diván de cuero azul cobalto, con el característico desgaste en el apoyabrazos izquierdo donde tantos pacientes se habían aferrado durante las crisis.

Allí estaba el escritorio de roble macizo con acabado satinado, dispuesto en el mismo ángulo exacto respecto a la puerta.

Sobre la mesa, un portalápices de cuero marrón con tres bolígrafos plateados y un cuaderno de notas de tapas duras idéntico al que ella utilizaba para apuntar sus observaciones clínicas antes del accidente.

En la pared del fondo colgaba el cuadro de la marina que Daniel le había regalado cuando abrió su consulta: un mar embravecido bajo nubes plomizas, cuyas olas parecían agitarse bajo las sombras que proyectaba su linterna.

Laura recordó el día en que Daniel llegó con el lienzo bajo el brazo, sonriendo con orgullo y diciéndole que representaba su capacidad para mantener la calma en mitad de cualquier tempestad.

La visión de aquel objeto la golpeó en el estómago.

Laura dio un paso adelante, suspendida en un limbo de irrealidad.

¿La abstinencia la hacía alucinar? Se presionó el puente de la nariz con fuerza.

El dolor físico y el frío de la barra de hierro la mantuvieron anclada.

El suelo era parqué de madera clara, limpio.

Esto no era una ilusión. Era una construcción física oculta bajo la cabaña.

¿Por qué Mateo recrearía su consultorio allí abajo?

¿Para qué someterla a esa simulación? Laura avanzó hacia el escritorio y se sentó en la silla de oficina tapizada en tela negra, el mismo modelo ergonómico que había usado durante años.

Al hacerlo, una oleada de recuerdos fragmentados la asaltó: rostros de pacientes, voces, sesiones de terapia que creía borradas por el accidente.

Enfocó la linterna en el archivador metálico bajo el escritorio.

El cajón superior estaba abierto. Lo deslizó hacia afuera.

Dentro, ordenadas alfabéticamente, se alineaban carpetas de cartón verde.

Sus dedos pasaron las pestañas hasta detenerse en la "S".

Soler, Adrián.

Con el corazón desbocado, sacó la carpeta y la abrió sobre la mesa.

La primera página era una ficha de ingreso en Valle Sereno con fecha del 12 de marzo de 2024.

La foto de perfil mostraba el rostro de Adrián, con sus ojos negros mirándole directamente.

El diagnóstico principal: Trastorno Disociativo de la Identidad con tendencias autodestructivas y episodios de amnesia lacunar .

Pasó las páginas. Sus ojos devoraron las notas escritas por la mano de Mateo Silva. El horror la heló: