El Reflejo de la Duda Capítulo 9 La Llamada del Inspector #2
60%

Capítulo 9 La Llamada del Inspector #2

—El traslado fue ejecutado por el propio doctor Mateo Silva.

Él falsificó tu firma en la clínica Valle Sereno.

Sacó a Adrián de allí y utilizó tu accidente y tu pérdida de memoria para ocultar el hecho.

Hizo parecer que tú habías autorizado la salida de Adrián justo antes de estrellarte en el puente del Río Negro, lavándose las manos de cualquier responsabilidad legal sobre el paciente y cargando toda la culpa sobre ti.

Laura se llevó la mano a la frente, sintiendo una punzada de dolor detrás de los ojos.

La traición de Mateo no era solo profesional; era una profanación de su confianza, una manipulación sistemática de su mente utilizando fármacos como el Dormisen para mantenerla en la duda.

Todo lo que creía saber sobre su recuperación y sobre la necesidad de aislarse en La Cabaña de los Pinos, a quince kilómetros del pueblo, era una mentira diseñada para mantenerla en el silencio absoluto.

—¿Por qué, Marcos? ¿Qué tiene que ver Adrián Soler con mi accidente o con Daniel?

—No lo sé con certeza, Laura, pero sospecho que el 'Proyecto Espejo' del que hablabas en tus viejas notas no es una fantasía de tu mente dañada.

Valle Sereno está bajo investigación por experimentos ilegales con fármacos y sospecho que Mateo los utilizó a ambos como peones en algo mucho más grande de lo que imaginamos.

Pero no tenemos tiempo ahora. Laura, escucha lo que te voy a decir y hazlo sin rechistar.

La urgencia en la voz de Marcos subió de tono, transformándose en una orden directa que activó sus instintos de policía.

—¿Qué pasa? —preguntó Laura, mirando hacia la puerta de la cabaña, cerrada con el pesado cerrojo de hierro.

—Mateo sabe que estoy investigando —dijo Marcos—.

Fui a su consulta esta mañana a hacer preguntas pretendidamente rutinarias sobre los expedientes de traslados.

Se mostró evasivo y, hace una hora, mi compañero me informó de que el coche de Mateo salió del pueblo hacia la carretera forestal que sube a tu zona.

Laura, él va hacia allí. Sabe que estás recuperando la memoria y que no estás tomando la dosis completa del medicamento.

Tienes que salir de esa cabaña inmediatamente.

—¿Salir? Marcos, cae una tormenta impresionante. No tengo coche y la niebla es tan espesa que no se ve a tres metros —replicó Laura, mirando por la ventana donde el agua chocaba contra el vidrio con violencia.

—No me importa la lluvia, Laura. Coge un abrigo y sal ahora mismo.

No empaques nada. Sal y camina por la vereda del bosque que corta hacia el camino principal.

Yo ya estoy subiendo en el coche patrulla, pero con las carreteras secundarias medio inundadas tardaré al menos cuarenta minutos en llegar a tu posición.

Tienes que esconderte en el bosque o avanzar hacia mi encuentro.

Bajo ningún concepto permanezcas en la cabaña si Mateo llega antes que yo. ¿Me has entendido? ¡Laura, respóndeme!

—Sí, te entiendo —dijo Laura, sintiendo que la adrenalina empezaba a correr por sus venas, disipando cualquier rastro restante del letargo del Dormisen.

Su mente comenzó a evaluar las opciones de escape, las rutas a través del bosque húmedo y los posibles puntos de encuentro que recordaba de sus años en la zona forestal de Sendero Verde.

—Bien. Mantén el teléfono encendido. Si ves luces en el camino forestal, no asumas que soy yo. Escóndete en la maleza hasta que...

De repente, una violenta ráfaga de viento golpeó el lateral de la cabaña con la fuerza de un impacto físico. Las paredes de madera crujieron y una de las ventanas del piso superior vibró con un sonido seco. Al mismo tiempo, la voz de Marcos en el auricular comenzó a distorsionarse por completo.

—...Laura... ¿me... oyes?... Hay... mucha... —la voz del inspector fue reemplazada por un zumbido metálico que subió de volumen rápidamente, perforando el oído de Laura con una vibración dolorosa que casi la obligó a apartar el aparato.

—¿Marcos? ¡No te oigo! Hay interferencias —gritó, buscando mejor recepción cerca de la puerta—. Repite lo último. ¿Qué decías de Mateo?

La estática se volvió ensordecedora, un crepitar seco que sonaba como ramas rompiéndose. A través de la distorsión, Laura creyó escuchar una última advertencia ahogada del inspector Marcos Leal:

—...sal... de... ahí... él... ya...

La llamada se cortó abruptamente con un chasquido.

Laura miró la pantalla táctil del teléfono.

En la esquina superior derecha, donde debían estar las barras de cobertura, apareció el símbolo de "Sin servicio".

La tormenta había derribado la señal del valle, o algo peor estaba sucediendo en ese preciso instante.

Intentó marcar de nuevo el número de Marcos, pero el dispositivo ni siquiera iniciaba la llamada, emitiendo un pitido sordo antes de colgar automáticamente.

El pánico comenzó a deslizarse por su garganta como un nudo frío.

—Mierda, vamos, funciona —susurró, alzando el teléfono hacia el techo en un intento inútil de captar alguna señal.

Fue en ese preciso instante cuando ocurrió.

Con un chasquido seco que resonó en toda la estructura de la cabaña como un disparo de advertencia, la lámpara de pie parpadeó dos veces, reduciendo su filamento a un hilo rojo mortecino antes de apagarse por completo.

A su alrededor, el zumbido constante de la nevera se detuvo en seco, dejando un vacío sonoro que acentuó la violencia de la tormenta exterior.

La calefacción eléctrica emitió un último suspiro de aire tibio y se apagó.

La Cabaña de los Pinos quedó sumida en una oscuridad total y absoluta.

Laura permaneció inmóvil en el centro del salón, rodeada por tinieblas densas, una masa negra y fría que la presionaba desde todos los ángulos.

La única fuente de luz era el débil resplandor de la pantalla de su teléfono móvil, que proyectaba sombras alargadas en las paredes de madera del salón.

Fuera, la tormenta aullaba entre las copas de los pinos con furia, y la lluvia golpeaba con fuerza contra los cristales.

En mitad de la negrura, el silencio de la cabaña se volvió ensordecedor.

Sin electricidad ni la voz de Marcos, se sintió despojada de sus defensas, expuesta en un tablero de juego del que apenas comprendía las reglas.

Dio un paso atrás, con los ojos abiertos, intentando que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad.

Sabía que no podía quedarse allí. Marcos tenía razón.

Mateo estaba en camino. O tal vez el corte de luz no había sido provocado por la tormenta, sino por alguien que acababa de cortar los cables en el exterior.

El frío comenzó a filtrarse por las rendijas de la madera, y con él, la certeza de que ya no estaba sola en la oscuridad de los pinos.