Capítulo 9 La Llamada del Inspector
La lluvia no había dado tregua en toda la tarde, transformando el denso bosque que rodeaba La Cabaña de los Pinos en un océano de sombras movedizas y susurros acuáticos.
El agua golpeaba el tejado de zinc con una violencia rítmica y metálica, un tableteo incesante que se había instalado en los tímpanos de Laura como un zumbido permanente.
Fuera, la niebla espesa y cenicienta ascendía desde los barrancos de Sendero Verde, devorando la luz del atardecer.
A través de los cristales empañados, el mundo exterior era solo un borrón grisáceo de árboles ahogados y oscuridad incipiente.
El olor a pino húmedo y a madera vieja se filtraba por las rendijas de la cabaña, mezclándose con el aroma del café frío que Laura se había olvidado de beber en la encimera.
Laura permanecía de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y los hombros tensos.
Llevaba dos días sin tomar una sola gota de Dormisen.
Había sido una decisión arriesgada, casi suicida según los estándares que el doctor Mateo Silva le había inculcado, pero la necesidad de recuperar el control de su propia mente era más fuerte que el miedo a los fantasmas que habitaban en su memoria.
Los efectos de la retirada del fármaco comenzaban a manifestarse: no era una simple abstinencia física, sino un despertar sensorial absoluto y abrumador que ponía sus nervios a flor de piel.
Sentía que una fina capa de anestesia se desprendía de sus ojos y de sus oídos, dejándola indefensa ante la cruda realidad del entorno.
El silencio de la cabaña le resultaba casi insoportable.
Sentía una hipersensibilidad lacerante: el crujido imperceptible de las vigas de madera al contraerse por el frío, el roce de sus propios dedos contra la tela de su jersey de lana, el latido acelerado de su corazón resonando en sus oídos.
Su cerebro, liberado de la bruma química que Mateo le suministraba con paternal insistencia, procesaba la realidad con una lucidez afilada y dolorosa.
Las lagunas de memoria seguían allí, como enormes abismos negros en su pasado reciente, pero los bordes de esas ausencias eran ahora cortes limpios que exigían respuestas lógicas, no meras justificaciones terapéuticas que adormecieran su intelecto forense.
Se dio la vuelta y contempló el salón en penumbra.
Sobre la mesa de madera rústica, bajo el círculo de luz pálida de la lámpara de pie, descansaban los objetos del lago.
Los observó con una mezcla de fascinación analítica y temor reverencial.
Laura había sido psicóloga forense y negociadora de la policía en Sendero Verde; su mente estaba entrenada para buscar patrones en el caos, para descifrar la verdad oculta tras el desorden.
Sin embargo, aplicar esa fría metodología a su propia vida era una tarea desoladora que a menudo la dejaba al borde del abismo emocional.
Se acercó a la mesa y se sentó en la silla de madera.
Con movimientos lentos, repasó el bolígrafo plateado con el logotipo de la Clínica de Salud Mental Valle Sereno.
Las siglas de la institución donde había trabajado antes del accidente parecían burlarse de ella, recordándole un pasado que no lograba encajar del todo en su mente.
Al lado reposaba el llavero embarrado. La etiqueta de plástico translúcido, desgastada por la humedad, mostraba una caligrafía temblorosa que ella reconocía perfectamente: "Archivo 4B - Sótano".
La llave más grande del llavero era la que mantenía sus ojos fijos: un mando electrónico negro de coche, con el logotipo de la marca alemana que Mateo conducía con tanto esmero por los caminos forestales.
Laura cerró los ojos y apretó los puños.
La duda, ese veneno que Mateo le había inyectado como "culpa disociativa", volvió a susurrarle.
¿Y si Mateo tenía razón y Adrián era solo un constructo?
¿Y si ella misma, en una de sus lagunas, había robado las llaves y cavado aquella fosa?
El recuerdo de su esposo, Daniel Vane, acudió a su mente.
Daniel solía decirle que trabajaba demasiado, que se obsesionaba con detalles insignificantes del comportamiento.
La culpa de haber sobrevivido al accidente del 14 de noviembre de 2024 en el puente del Río Negro era la palanca perfecta que Mateo había utilizado para desarmar su lucidez y manipular sus recuerdos.
El vídeo de las 17:42 seguía grabado en la memoria de su teléfono: el lago bajo la lluvia y su propia voz susurrando "Ya casi recuerdas" .
La posibilidad de haber fragmentado su psique hasta crear una presencia física que vestía una chaqueta azul marino la aterrorizaba.
Pero al abrir los ojos, miraba los objetos reales sobre la mesa de la cabaña.
El barro que había limpiado de las llaves era físico y real.
La etiqueta era real. La ausencia de la bruma del Dormisen le permitía formular una hipótesis alternativa y siniestra: no estaba loca; estaba siendo manipulada en un experimento sistemático de control mental y olvido inducido.
El teléfono móvil vibró sobre la mesa, sobresaltándola con un zumbido violento que pareció amplificarse en la quietud de la sala.
Laura miró la pantalla táctil con el corazón acelerado.
El identificador de llamadas mostraba el nombre del Inspector Marcos Leal.
Deslizó el dedo por la pantalla con un movimiento rápido y se llevó el aparato al oído, conteniendo la respiración mientras se preparaba para escuchar la voz de su antiguo compañero de patrulla.
—¿Marcos? —su voz sonó extraña, un susurro ronco en el salón silencioso.
Al otro lado de la línea, tras un chasquido de estática que revelaba la precariedad de la conexión en esa zona montañosa, Marcos habló con un tono cansado y grave que le erizó la piel.
Se oía el chasquido característico de un chicle de nicotina; Marcos estaba bajo mucha presión y recurría a su habitual método para calmar la ansiedad.
—Laura, soy yo —dijo—. He estado toda la tarde cruzando datos en los servidores de la comisaría de Sendero Verde. Lo que he encontrado... tenías razón en desconfiar, Laura. Tenías toda la maldita razón del mundo.
—Dime qué has encontrado, Marcos. No me ocultes nada —pidió Laura, intentando proyectar la seguridad analítica de sus años en activo.
—Empecemos por la llave del coche que encontraste en la fosa del lago —comenzó Marcos—.
Rastreé el código del chip electrónico del mando a través de un contacto en Tráfico.
Ese dispositivo pertenece a un duplicado de llaves de repuesto de un todoterreno gris metalizado registrado a nombre del doctor Mateo Silva.
Es el coche que él usa para subir a visitarte a la cabaña cada semana.
Laura sintió un escalofrío en la espina dorsal. Sus sospechas tomaban forma documentada en los registros oficiales.
—¿La llave de Mateo? ¿Qué hacía la llave de su coche enterrada allí? Si él la perdió en ese lugar... significa que estuvo cavando o escondiendo algo cerca del agua.
—O algo peor —añadió Marcos—. Pero eso no es lo más alarmante. Lo preocupante es lo que descubrí al investigar los archivos del personal y de los pacientes de la Clínica de Salud Mental Valle Sereno. Investigué a Adrián Soler.
—¿Existió? —preguntó Laura, con el corazón golpeando sus costillas.
—Es real, Laura —afirmó el inspector—. Adrián Soler fue ingresado en Valle Sereno.
Su ficha informática estaba vacía, tal como dijiste, pero las copias de seguridad de la comisaría conservaban los registros de los ingresos judiciales de hace dos años.
Adrián estuvo allí y estaba asignado directamente a ti; tú eras su terapeuta antes del accidente.
La revelación la golpeó como un impacto físico.
Un recuerdo difuso pasó por su mente: una oficina con paredes blancas y un joven de mirada intensa, pálido y con una cicatriz en la ceja izquierda, sentado frente a ella.
Adrián . Los recuerdos fragmentados luchaban por emerger de la oscuridad a la que el Dormisen los había condenado durante tanto tiempo.
—Y hay algo más —continuó Marcos—. La desaparición de Adrián de la clínica ocurrió el 14 de noviembre de 2024. El mismo día de tu accidente en el puente del Río Negro, cuando Daniel perdió la vida en el agua.
Laura se levantó de golpe, tirando el bolígrafo plateado, que cayó al suelo con un tintineo. La mención del accidente de Daniel siempre actuaba en ella como un detonante, pero esta vez la urgencia superó a la tristeza que solía paralizarla.
—¿El mismo día? Mateo me aseguró que Adrián era una proyección de mi culpa. Que lo inventé para canalizar el trauma de no haber salvado a mi esposo en el puente del Río Negro.
—Mateo te mintió —dijo Marcos—. Fui en persona al depósito de archivos de Sendero Verde para buscar el expediente original de traslado de Adrián de esa fecha. Quería saber quién autorizó su salida en un día tan señalado.
—¿Y quién firmó el documento? —preguntó Laura, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía inestable.
—El documento oficial de traslado de salida tiene tu firma, Laura.
Figura que autorizaste su traslado —explicó Marcos—.
Pero yo he visto tu firma mil veces. Miré el documento con una lupa de aumento en el depósito.
No es tu firma, Laura. Es una falsificación.
El ángulo de inclinación de la caligrafía y la presión del trazo revelan una mano diferente que intentó imitarte sin éxito.
Como psicóloga forense sabes que el trazo final revela vacilación.
—Si no fui yo... ¿quién la firmó? —preguntó Laura, aunque la respuesta ya se había dibujado en su mente con una claridad aterradora.