Capítulo 8 Retrato de un Fantasma #2
Sin embargo, su mente estaba más despejada de lo que había estado en los últimos dos años.
Una claridad dolorosa, fría y afilada como una hoja de afeitar, se abría paso entre la niebla química.
Para combatir el frío que se filtraba por las ventanas y la creciente ansiedad, encendió la chimenea del salón con un periódico viejo.
La madera, parcialmente húmeda, prendió con dificultad, llenando la estancia de un olor penetrante a resina y a humo grisáceo.
Se sentó en el sofá de pana, encogiendo las piernas contra el pecho y envolviéndose con una manta de lana gruesa.
La espera se convirtió en un tormento. Cada crujido de la estructura de madera de la cabaña la hacía sobresaltarse.
Miraba constantemente la pantalla de su móvil y el teléfono fijo del salón, esperando el timbrazo que rompiera el asedio del silencio.
Las dudas volvían a anidar en sus pensamientos.
¿Y si Marcos llamaba para decirle que Adrián Soler era una alucinación?
¿Y si los registros demostraban que ella misma había firmado el traslado de Adrián bajo un brote psicótico?
Si no podía confiar en su propia memoria, ¿cómo podía estar segura de sus deducciones?
Las imágenes del puente del Río Negro regresaron con nitidez espantosa: aquella tormenta del 14 de noviembre de 2024, la lluvia golpeando el parabrisas, las luces reflejadas en las barreras metálicas, la mirada de pánico de Daniel antes de que el coche cayera al vacío.
¿Por qué sus recuerdos se interrumpían dos horas antes del accidente?
¿Qué había sucedido que su cerebro ocultaba bajo un olvido forzado?
El reloj de la cocina marcaba las siete y cuarenta y cinco.
La oscuridad exterior era absoluta, una noche cerrada y sin estrellas.
La niebla se había espesado tanto que formaba una muralla grisácea pegada a las ventanas, reduciendo la visibilidad a cero.
Los pinos más cercanos parecían gigantes inertes suspendidos en la nada.
Laura se levantó del sofá, incapaz de permanecer inmóvil.
La inactividad y la tensión devoraban sus nervios.
Se acercó despacio a la ventana que daba al porche trasero y apoyó la frente contra el cristal frío, sintiendo el contacto gélido que la ayudaba a anclar sus pensamientos.
La llovizna se había transformado en una lluvia fina pero constante.
Laura entornó los ojos para escudriñar la profunda oscuridad del bosque de pinos.
Las copas de los árboles se balanceaban por las ráfagas de viento, creando un baile caótico de sombras en la penumbra.
De repente, su respiración se detuvo por completo y sintió que el corazón le daba un vuelco salvaje dentro del pecho.
A unos veinte metros de la cabaña, justo en el límite donde el tenue reflejo de la luz del salón moría en la niebla, había una sombra humana.
No era un pino ni un arbusto. La silueta era demasiado delgada y permanecía completamente inmóvil, ajena al balanceo de los árboles.
Era la figura inequívoca de un hombre de pie entre dos troncos de pino.
Laura contuvo el aliento. Sintió que el vello de sus brazos se erizaba por una oleada de terror primario.
Se restregó los ojos con la manga de su jersey, convenciéndose de que se trataba de otra alucinación visual.
Volvió a mirar a través del cristal húmedo.
La figura seguía allí, inalterable. Vestía una chaqueta impermeable de color azul marino oscuro, con la capucha levantada sobre la cabeza.
A pesar de la distancia y de la falta de luz directa, Laura tuvo la certeza de que el hombre la estaba mirando fijamente a través del cristal.
Era Adrián Soler.
El paciente que Mateo Silva aseguraba que solo existía como una proyección de su culpa y de su mente disociada.
El fantasma cuyo expediente en la clínica Valle Sereno estaba en blanco.
Laura retrocedió un paso, alejándose de la ventana para no ofrecer una silueta clara en el interior.
Con un movimiento rápido y tembloroso, buscó el interruptor de la pared y apagó la luz del salón.
La cabaña quedó sumida de inmediato en una penumbra casi total, iluminada únicamente por el resplandor anaranjado y vacilante de los troncos que se consumían lentamente en la chimenea.
Laura volvió a aproximarse a la ventana de forma cautelosa, agazapándose junto al marco de madera de la pared.
Su pulso era tan acelerado que sentía un dolor sordo en el pecho.
Pegó la cara al vidrio y miró de nuevo hacia la linde del bosque.
La niebla flotaba en jirones grises sobre el suelo cubierto de agujas de pino.
Durante unos segundos pensó que la silueta se había desvanecido.
Pero entonces, un cambio en la dirección del viento que dispersó momentáneamente la bruma reveló de nuevo la figura.
Había avanzado. Estaba más cerca. Ahora se encontraba a quince metros del porche de madera.
Laura distinguía con claridad la estructura de sus hombros y la caída de la chaqueta impermeable húmeda.
La figura permanecía en silencio sepulcral bajo la lluvia, como un centinela fantasmal vigilando la cabaña.
—¿Qué quieres de mí? —susurró Laura contra el cristal empañado, sintiendo que sus palabras temblaban por el pánico—. ¿Quién eres?
Un pensamiento intrusivo cruzó su mente: ¿y si Adrián Soler era real, pero no el paciente desvalido que decía ser?
¿O tal vez era un reflejo de su propia conciencia que se negaba a desaparecer hasta que ella desenterrara la verdad oculta sobre la muerte de Daniel en el puente del Río Negro?
El móvil que llevaba en el bolsillo vibró con fuerza, sobresaltándola tanto que estuvo a punto de soltar un grito.
Sacó el dispositivo con dedos helados. La pantalla iluminó sus ojos con una luz azulada y fría.
No era una llamada de Marcos Leal. Era un mensaje de un número desconocido, sin remitente.
El reflejo no miente, Laura. El agua del Río Negro guarda lo que él te arrebató esa noche.
Laura sintió que un nudo se le cerraba en la garganta.
Miró de inmediato hacia el bosque. La silueta ya no estaba en el mismo lugar de antes.
Había desaparecido entre los pinos o se había desplazado hacia el lateral de la cabaña, fuera de su campo de visión desde el salón.
Un pánico ciego se apoderó de ella. La Cabaña de los Pinos, que antes le había parecido un refugio de paz, se había transformado en una ratonera en mitad de la montaña, incomunicada por la tormenta y rodeada por sombras reales o imaginarias.
Cada crujido exterior de la madera sonaba como un paso.
Cada embate del viento parecía el intento de alguien por entrar.
Se dirigió con cautela hacia el pasillo a oscuras, palpando las paredes de madera hasta llegar a la cocina.
Cogió el manojo de llaves limpias y las apretó en su puño derecho.
Los bordes del latón se le clavaron en la palma, causándole un dolor físico que le sirvió para mantener a raya la disociación mental.
Necesitaba que Marcos llamara. Necesitaba que el inspector le devolviera la cordura con datos objetivos.
Si los neumáticos del vehículo de Mateo coincidían con las marcas del lago, y si Adrián realmente era un paciente real desaparecido el día del accidente del puente, la conspiración era real y ella se encontraba en un peligro extremo.
Se sentó en el suelo del pasillo, apoyando la espalda contra el armario, lo más lejos posible de las ventanas.
Mantuvo el móvil en su mano izquierda, vigilando la pantalla apagada, y el manojo de llaves apretado en su mano derecha.
Fuera de la cabaña, la tormenta de montaña arreciaba con fuerza, golpeando las planchas de madera del tejado con el martilleo incesante de la lluvia, y en la densa penumbra del interior, Laura Vane esperá en silencio los resultados del inspector Marcos Leal, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, escuchando con atención cada ruido y cada sombra del fantasma que merodeaba en su bosque.