Capítulo 8 Retrato de un Fantasma
El frío de La Cabaña de los Pinos comenzaba en las esquinas antes de calar en los huesos.
Laura Vane cerró la puerta principal con un golpe seco, echando el cerrojo con manos temblorosas por la llovizna gélida que flotaba sobre el lago.
El barro del camino forestal se había adherido a sus botas como una costra grisácea y húmeda.
Se descalzó en el recibidor, dejando que las botas cayeran sobre la alfombra.
Sus ojos estaban fijos en el objeto que sostenía contra el pecho, envuelto en un paño de cocina que cogió al salir hacia el lago.
Caminó hacia la cocina. El tacto helado del suelo le devolvió una porción de realidad tras el torbellino de sospechas que la había arrastrado hasta la orilla.
Con cuidado, desenrolló el paño de algodón sobre la mesa de pino.
Allí estaban, rescatados de la fosa a medio terminar entre la maleza: un bolígrafo plateado con el logotipo descolorido de la Clínica de Salud Mental Valle Sereno y un manojo de llaves cubiertas por una capa de tierra negra arcillosa y agujas de pino en descomposición.
Laura contempló los objetos como fragmentos de una pesadilla física.
En su pecho, el latido del corazón era una vibración rápida que le dificultaba respirar.
Se pasó una mano por el cabello corto, notando la humedad de la niebla.
¿De verdad había estado ella allí fuera, cavando esa fosa en las horas perdidas de su memoria?
¿O había sido el doctor Mateo Silva, su terapeuta y supuesto protector, el arquitecto de aquella fosa al lado del agua?
—Concéntrate —se susurró a sí misma. Su voz sonó extraña en el silencio, idéntica al tono gélido que había escuchado en la grabación telefónica de su propio apagón mental.
Se dirigió al fregadero, cogió un cepillo de dientes viejo y abrió el grifo.
El agua fría brotó con un sonido monótono que llenó la cocina.
Colocó el manojo de llaves embarradas bajo el chorro y comenzó a frotar.
La tierra acumulada en las ranuras de latón se disolvió, tiñendo el fregadero de un color marrón lechoso antes de desaparecer por el desagüe.
Con precisión forense, pulió el metal hasta que el barro desapareció.
Su formación policial se imponía sobre el pánico.
A medida que el metal recuperaba su brillo bajo la bombilla, sus dedos rozaron la pequeña etiqueta de plástico translúcido acoplada a la anilla.
La caligrafía en su interior seguía siendo legible. Sintió que la sangre se le congelaba.
Archivo 4B - Sótano.
La letra era de trazo anguloso y firme, la caligrafía inequívoca de Mateo Silva.
Laura reconoció la deformación de la "B" y el trazo largo de la "t", presentes en los informes de Valle Sereno y en las recetas de Dormisen que él le entregaba cada semana.
El llavero pertenecía a Mateo. Aquello no era un constructo de su mente ni una fantasía.
Las llaves eran reales. El bolígrafo de la clínica, también.
La fosa en el lago existía. Un calor sofocante seguido de un temblor helado la invadió.
Si Mateo había estado cavando esa fosa en el lago, significaba que La Cabaña de los Pinos no era el santuario de paz que él le había prometido tras el accidente del 14 de noviembre de 2024 en el puente del Río Negro.
Era una jaula diseñada a su medida, y su carcelero estaba perdiendo la paciencia.
Dejó las llaves limpias sobre la mesa de pino.
Necesitaba una confirmación externa, alguien que no estuviera bajo la influencia del Dormisen , alguien cuya mente no estuviera fragmentada por la culpa disociativa y la pérdida de su esposo, Daniel Vane.
Caminó hacia el salón, donde el teléfono fijo descansaba sobre una pequeña mesa auxiliar.
Al lado, su móvil mostraba un veinticinco por ciento de batería.
La señal en esa zona montañosa siempre era deficiente, fluctuando con el viento y la niebla que bajaba de los riscos.
Descolgó el auricular fijo y marcó el número de la comisaría de Sendero Verde, el pueblo más cercano, a quince kilómetros de distancia.
El teléfono sonó tres veces, cada tono repercutiendo en sus sienes.
—Marcos Leal —respondió la voz masculina y rasposa de su excompañero.
Laura respiró hondo, forzando a sus pulmones a llenarse de aire frío.
—Marcos. Soy Laura.
Se hizo un silencio. Laura escuchó el chasquido del chicle de nicotina que Marcos masticaba para intentar dejar el tabaco. El ruido de la comisaría se filtraba por la línea.
—Laura —dijo Marcos, sorprendido—. No esperaba tu llamada. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo por La Cabaña de los Pinos?
—No estoy bien, Marcos. Necesito un favor de carácter confidencial. Fuera de los registros.
El inspector suspiró y el chasquido del chicle se detuvo.
—Laura, sabes que no me gusta cuando me hablas así. ¿Qué pasa allí arriba? ¿Tiene que ver con tus crisis de memoria? El doctor Silva me llamó para advertirme que estabas pasando por una fase difícil tras el accidente del puente del Río Negro. Dijo que experimentarías desorientación y paranoia...
Laura sintió un destello de ira. Mateo se había encargado de presentarla ante su entorno como una enferma mental inestable para desacreditar de antemano cualquier revelación.
—Mateo me está mintiendo, Marcos —susurró—. Y temo que me esté administrando sustancias peligrosas. Necesito que busques datos en el archivo del departamento.
—¿Sobre qué exactamente?
—Sobre el vehículo de Mateo Silva y los coches registrados a su nombre o a nombre de la clínica Valle Sereno.
Y necesito que compares sus neumáticos con unas huellas recientes que he encontrado en el lodo del lago, cerca de la cabaña.
Son neumáticos de perfil ancho, con un patrón de surcos transversales muy específico, como una espiga doble.
Marcos permaneció en silencio.
—Laura, estás en una zona aislada —dijo Marcos con paciencia—. Cualquier senderista de Sendero Verde pudo haber ido al lago. No puedes sospechar de tu psiquiatra, el hombre que vela por ti desde la muerte de Daniel Vane, por unas huellas.
—¡No es solo eso! He encontrado sus llaves personales con la etiqueta 'Archivo 4B - Sótano' escritas con su caligrafía. Estaban al lado de una fosa recién excavada en la orilla del lago, una fosa con la longitud exacta para albergar un cuerpo. Mateo ha estado aquí fuera cavando.
El inspector carraspeó. La vehemencia de Laura pareció convencerle. Conocía su agudeza visual y su antigua capacidad forense.
—De acuerdo. Conseguiré la información del coche de Silva y comprobaré los registros de Valle Sereno. Pero prométeme mantener la calma. ¿Hay algo más?
—Sí. Busca a un paciente llamado Adrián Soler.
—¿Adrián Soler? ¿Quién es?
—Estuvo en mi cabaña anoche, empapado. Dijo que se había escapado de Valle Sereno porque lo perseguían para terminar el trabajo del puente del Río Negro.
Pero esta mañana, al entrar en la base de datos de la clínica, su expediente estaba casi vacío.
Solo decía que falleció el 14 de noviembre de 2024. El mismo día de mi accidente.
—Si falleció en esa fecha... —comenzó a decir el inspector.
—Mateo asegura que Adrián es una proyección disociativa de mi culpa por la muerte de Daniel.
Pero yo lo toqué, Marcos. Su chaqueta azul marino estaba mojada, sentí sus manos frías.
Me habló de detalles de la clínica que yo no recordaba.
¿Cómo puede mi mente proyectar un fantasma que deja huellas físicas?
Se hizo un silencio prolongado en el que solo se escuchó el siseo de la línea.
—Laura... lo que me cuentas es grave —susurró Marcos—. No debería decirte esto, pero Valle Sereno está bajo una investigación federal silenciosa.
Laura contuvo la respiración.
—¿Una investigación federal? ¿Por qué cargos?
—Hay denuncias de terapias químicas experimentales no autorizadas en pacientes crónicos para probar compuestos disociativos y borrar recuerdos. Es un asunto muy sucio. Si Silva está implicado, estás tratando con alguien que tiene mucho que ocultar y muy pocos escrúpulos.
—Marcos —dijo ella, con la voz quebrada—. Cruza los datos de Adrián Soler en el registro nacional de defunciones. Si realmente falleció el 14 de noviembre de 2024, necesito saber la causa oficial de su muerte y quién firmó su acta de defunción.
—Lo haré, Laura. Accederé al sistema desde la terminal de Sendero Verde. Pero prométeme que no tomarás más de ese medicamento. Cierra todas las puertas y ventanas. Te llamaré en cuanto tenga los resultados. Mantente a salvo.
—Gracias, Marcos. Ten cuidado tú también.
Laura colgó el auricular. El silencio regresó a La Cabaña de los Pinos de forma instantánea.
Se quedó de pie junto a la mesa, mirando fijamente las llaves.
El brillo metálico del latón bajo la bombilla de la cocina parecía una advertencia silenciosa.
Afuera, la tarde se desvanecía. Las montañas que rodeaban el valle de Sendero Verde devoraban los últimos jirones de una luz grisácea.
El viento del norte comenzó a soplar con fuerza, azotando las copas de los pinos y haciendo que las ramas cargadas de humedad rozaran contra las paredes de madera con un sonido constante, como dedos rascando la estructura.
Laura caminó a la cocina. Cogió el frasco de Dormisen de la encimera y vertió su contenido en el fregadero.
Los síntomas de abstinencia —un hormigueo eléctrico en la nuca, hipersensibilidad a los ruidos y una sutil náusea— comenzaron a manifestarse de inmediato por la falta de la dosis habitual.
Su cuerpo, sometido durante meses al sedante, protestaba ante la repentina ausencia de la sustancia.